El tropo de las pompas de jabón

Traducción del inglés de Joseph Rueda.

Durante cientos de años, pintores, escritores y científicos vieron en ellas tanto lo evanescente de la vida como el regocijo de la infancia y los misterios que se esconden en las entrañas de la luz.

POR Angelica Frey

El tropo de las pompas de jabón

Las pompas de jabón, Jean-Siméon Chardin (1744)

 

¿Qué tienen en común el tejado del Estadio Olímpico de Múnich; Glinda, la bruja buena de El mago de Oz; la versión de Disney de Cenicienta; la serie de instalaciones y cuadros Unweave a Rainbow, de la pintora neosurrealista Ariana Papademetropoulos; sir Isaac Newton; la primera campaña publicitaria “viral” de finales de la época victoriana y los lúgubres bodegones holandeses? Todos ellos reflejan una preocupación por las pompas de jabón, por esas brillantes, resplandecientes e iridiscentes esferas que solemos asociar con el juego y la niñez.

Lejos de ser objetos que tan solo alimentan nuestra inclinación natural hacia las superficies relucientes, las burbujas son un tema recurrente en la historia de la filosofía, la literatura, las artes y la ciencia. “Haz una pompa de jabón y obsérvala; podrías pasar toda una vida estudiándola”, dijo, presuntamente, sir William Thomson –también conocido como lord Kelvin– a finales del siglo xix.

El interés por las burbujas alcanzó un momento cúspide en el siglo xvii, cuando estas, dado lo fácil que explotan, fueron estrechamente asociadas a la locución latina vanitas vanitatum, la fragilidad y la fugacidad de la vida humana. De allí derivó la frase homo bulla est (“el hombre es una burbuja”), una metáfora bastante apreciada durante el Barroco.

Ya la simbología del homo bulla era proverbial durante el siglo i a. C., tiempo en que Varrón (116-27 a. C) escribió lo siguiente en la línea inicial del primer libro de De re rustica: “Porque si, como dicen, el hombre es una burbuja, pues tanto más lo es un anciano”. Por su parte, uno de los personajes del Satiricón de Petronio lamenta la muerte repentina de un amigo a cuyo funeral acaba de asistir, diciendo: “Somos menos que las moscas. Las moscas tienen sus virtudes; nosotros no somos más que burbujas”. También es famosa la mención al homo bulla que apareció siglos después en un diálogo de Luciano de Samósata, escritor sirio en lengua griega del siglo ii d. C. Durante uno de los Diálogos de los muertos, Caronte le dice a Mercurio:

Me gustaría decirte, Mercurio, que para mí todos los hombres y sus vidas se parecen. ¿Alguna vez has observado las burbujas que se forman en el estanque de una cascada?, ¿y la espuma formada por esas burbujas? Las más pequeñas se rompen y se desvanecen enseguida... Así es la vida del hombre.

Cuando de arte se trata, tenemos que dar crédito a los artistas neerlandeses por haber hecho de las burbujas un tema popular. En 1574, el pintor neerlandés Cornelis Ketel representó un rollizo putto (como se les conoce a los populares querubines del arte renacentista) posando de espaldas a un cielo nublado y sobre un lecho de hierba, mientras sopla pompas. Sobre él se lee la inscripción en griego: πομφόλυξ ὁ ἄνθρωπο, “el hombre es una burbuja”. Este panel se encuentra en el reverso del retrato que el pintor hizo de Adam Wachendorff, secretario en Londres de la extinta Liga Hanseática, una federación comercial de ciudades europeas.

 “Es probable que la pintura de Ketel sea la primera aparición de las pompas de jabón, en contraste con la representación más tradicional de las burbujas de aire que se forman en el agua, como las del diálogo de Luciano”, escribe el matemático Michele Emmer en el periódico Leonardo (este matemático curó en 2019 una exhibición monográfica en Perugia, Italia, sobre las burbujas en el arte). En 1594, Hendrick Goltzius completó una serie de grabados que tematizaban a los putti y las pompas de jabón, lo cual consolidó a estas últimas como un elemento frecuente en el arte neerlandés. En uno de los grabados de Goltzius, titulado Homo bulla, un querubín yace lánguidamente sobre una calavera mientras observa absorto las pompas que acaba de soplar.

A lo largo del siglo xvii les cortaron las alas a los putti y se les puso sobre la tierra al representarlos como meros niños. Como afirma la crítica Sarah Tindal Kareem, especializada en literatura clásica inglesa, en su artículo “Burbujas de la Ilustración, mundos románticos” (2015):

La popularidad del tema de niños soplando pompas de jabón puede ser atribuible, al menos parcialmente, a la estima por los juegos infantiles que había en la cultura neerlandesa del siglo xvii. Hacer pompas de jabón era un elemento frecuente del repertorio de dichos juegos.

En la pintura de 1663, Niño soplando pompas de jabón, realizada por Karel Dujardin, se puede ver a un pequeño mirando con satisfacción las burbujas que justo acaba de soplar hacia el cielo. Mientras las pompas vuelan, el niño se balancea sobre una burbuja enorme que descansa en una concha. Este es el único elemento surrealista de lo que, de otro modo, podría lucir como un retrato realista –aunque quizá ligeramente mitificado– de un chico entreteniéndose.

No obstante, es claro que no en todas las representaciones de pompas durante el siglo xvii aparecen niños como protagonistas. En Autorretrato con naturaleza muerta, un cuadro pintado por David Bailly en 1651, vemos burbujas flotando entre esculturas, velas, retratos y calaveras, dispuestos todos en la obra según la composición habitual de los cuadros de naturaleza muerta. 

Algo similar ocurre en La pareja de baile (1663) de Jan Steen, pintura en la que el artista abandona la imaginería infantil para retratar una escena de taberna en donde las personas, en definitiva, se divierten: los músicos tocan sus instrumentos, la gente baila, come y bebe mientras algunos niños se entretienen con sus juguetes y soplan pompas de jabón. Las flores cortadas, las cáscaras de huevo rotas y, claro está, las pompas de jabón nos hacen pensar en la fugacidad del júbilo y el placer, algo que no necesariamente tiene que significar fatalidad y pesimismo.

“Cuando realizamos interpretaciones excesivamente moralizantes de tales pinturas, reduciéndolas a meros sermones pictóricos sobre la vanidad, no logramos captar [...] la ambigua totalidad de estas imágenes”, escribe el historiador de arte Paul Barolsky. Una totalidad que “no solo nos incita a reflexionar acerca de la mortalidad, sino también sobre la forma en que vida y muerte se definen mutuamente”.

burbujas

Las pompas de jabón, Édouard Manet (1867).

Burbujas literarias

A lo largo de los siglos xvi y xvii, las burbujas también se convirtieron en un tema popular dentro de la literatura. En 1591, Francis Bacon afirmó que “el mundo es una burbuja”. Con esto quería decir que una burbuja es un microcosmos del mundo: cada elemento individual está dispuesto para cumplir su propósito dentro de un todo. 

También en la poesía de la época aparecían estas esferas iridiscentes. En “Bulla”, uno de los poemas de Richard Crashaw, poeta del siglo xvii, famoso por su poesía religiosa y sus poemas eruditos en latín, se plasma una descripción psicodélica de una pompa de jabón: 

Allí, por las aguas aledañas, pequeñas antorchas pálidas languidecen. Aquí, la veta de una ola muy delicada, llena de las llamas cercanas, aprende los pasajes púrpuras y salta desde el canal rojo. He aquí la intrincada labor de los cielos: los orbes están en el camino de los orbes. Aquí, el rebaño del vellocino de oro es el pelúcido rebaño del éter, que desgasta la negra pradera de la noche a mordiscos limpios.

Este pasaje registra el siempre cambiante juego de la luz y el color en la superficie de la burbuja, mientras que, a su vez, reconoce lo difícil que es poner este juego en palabras. “La tarea que Crashaw se propuso en el poema estuvo condenada al fracaso desde un inicio”, escribe Stephen Guy-Bray, profesor del Departamento de Inglés y Literatura de la Universidad de la Columbia Británica y especialista en poesía renacentista, para el Journal for Early Modern Cultural Studies. “No obstante, aunque ‘Bulla’ no describa con precisión una burbuja, ciertamente podría afirmarse que ofrece más información sobre ella de la que podría brindar una pintura: si tomamos este poema como un ejemplo del popular debate renacentista acerca de los respectivos méritos de la pintura y la poesía, podríamos estar de acuerdo en que, en este caso, la poesía gana”.

Una burbuja se convierte incluso en una metáfora que permite la conceptualización de otras cosas, como la ficción. Dice Sarah Tindal Kareem:

La condición liminal de la burbuja, que se encuentra materialmente entre el agua y el aire, espacialmente entre el cielo y la tierra, y temporalmente entre la inflación y el estallido, se asemeja a la propia naturaleza transgresora de la ficción. Esto hace que la burbuja sea excepcionalmente adecuada para representar metafóricamente el efímero viaje que ofrece la ficción.

 Burbujas, John Everett Millais (1886).

Burbujas, John Everett Millais (1886).

El juego de la luz

Hacia finales del siglo xvii, los científicos también se interesaron en el tema de las burbujas. “Probablemente no sea gratuito el hecho de que este mismo período vio a las pompas de jabón alcanzar el punto más álgido de su fama como tema pictórico”, escribe Michele Emmer. “Por lo tanto, es posible que los juegos infantiles y las obras de arte hubieran estimulado a los científicos para intentar comprender el funcionamiento de estos fenómenos que resultaban tan atractivos y entretenidos”.

En 1672, el científico inglés Robert Hooke hizo la siguiente observación a la Royal Society en Inglaterra:

Un cúmulo de burbujas fue creado en una solución de jabón al soplarla a través de un tubo de vidrio. Al inicio del experimento, se podía ver con claridad que la película de jabón que encerraba cada burbuja de aire tenía un color blanco, casi transparente, sin rastro alguno de otros colores. Sin embargo, al cabo de un tiempo, a medida que la película se hacía más fina, se empezaban a ver todas las tonalidades del arcoíris en la superficie de las burbujas.

Treinta años después, en su Óptica. O un tratado de las reflexiones, refracciones, inflexiones y colores de la luz, sir Isaac Newton describió con lujo de detalles la superficie de las burbujas y explicó por qué lucen tornasoladas. A grandes rasgos, Newton sostenía que sus colores son visibles gracias a la reflexión de la luz; es la interferencia de la luz la que produce la iridiscencia de las pompas, según el ángulo desde el que se les mire. Los colores en las burbujas, así, fueron para él “una observación común” desde la cual una teoría podría ser apuntalada.

En 1827, el artista boloñés Pelagio Palagi pintó El descubrimiento de la refracción de la luz por Newton, en donde se representa al físico sorprendido por el descubrimiento del fenómeno, mientras observa a un niño soplando burbujas. En la pintura, la burbuja se convierte en el mundo o, al menos, en su análogo formal: así como el globo se encuentra al lado derecho de Newton, la burbuja ocupa una posición similar con respecto al niño. “Las burbujas serían para la óptica lo que las manzanas presuntamente habían sido para la gravedad”, escribió alguna vez el historiador de la ciencia Simon Schaffer.

En todo caso, el afán de los científicos por dominar el fenómeno de las pompas de jabón no se detuvo con Newton. Posteriormente, físicos y matemáticos del siglo xix, en particular el físico belga Joseph Plateau, plantearon una fórmula que podía predecir y explicar los patrones iridiscentes de las películas de jabón.

Pompas de jabón, Amédée Philippe Van Loo (1764).

Pompas de jabón, Amédée Philippe Van Loo (1764).

Una fascinación de largo aliento

En los siglos siguientes, las burbujas continuaron siendo un tema apreciado por las artes. Las pompas de jabón (ca. 1734), de Jean-Siméon Chardin, representa a un hombre y a un niño que están jugando justo cuando una burbuja, ya formada, está a punto de escapar de su pajilla. La búsqueda de un sentido moral o filosófico complejo, más allá de la evidente alusión a la fragilidad de la vida humana, está totalmente ausente. El historiador de arte Théodore Rousseau hijo escribe:

A juzgar por testimonios contemporáneos, parece poco probable que Chardin pintara bajo la influencia directa de ideas provenientes de fuentes clásicas o literarias. Su padre, un carpintero, quien es descrito como alguien “distinguido por su talento para fabricar mesas de billar de calidad”, era un hombre de escasos recursos, incapaz de darle una educación formal.

En lugar de centrarse en el simbolismo, Chardin se enfocó únicamente en los aspectos técnicos de sus pinturas. De hecho, los artistas del siglo xix, incluido Édouard Manet, tendían a rehuir las connotaciones de la vanitas al representar pompas de jabón. Lo mismo ocurría en la literatura. En el canto xiv del Don Juan de Lord Byron se insinúa cómo una burbuja se puede convertir en el juguete de un niño y, a su vez, en un globo cósmico. Kareem escribe que Byron “se aleja de la imagen de la burbuja en una superficie de agua como símbolo del concepto de vanitas, pero también de las connotaciones de fanfarronería que tenían las burbujas, y en su lugar adopta la pompa de jabón como un emblema del auténtico júbilo lúdico del verso”.

Por otro lado, son famosas las críticas que John Keats le hizo a la Óptica de Newton por “destejer un arcoíris”. El poeta las lanzó tanto en su poema “Lamia” como públicamente en una cena organizada en diciembre de 1817 por el pintor inglés Benjamin Haydon. Keats sostenía que Newton “había destruido toda la poesía del arcoíris, al reducirlo a meros colores prismáticos”, de acuerdo con el propio testimonio de Haydon. 

A pesar de que la ciencia aparentemente hubiese despojado de su poesía a las pompas de jabón, estas aún provocaban un sentimiento de asombro. “Son pompas de jabón, puras quimeras que atraen la imaginación”, escribió Dostoievski en Crimen y castigo. Y en Un vagabundo en el extranjero, Mark Twain afirmó: “Una pompa de jabón es el objeto más hermoso, y el más exquisito en la naturaleza. Me pregunto cuánto costaría comprar una pompa de jabón si solo existiera una en el mundo”.

A finales del siglo xix, el pintor prerrafaelita John Everett Millais se alejó de las composiciones y motivos medievales de sus primeros cuadros, en los que aparecían sensuales doncellas, para representar a un niño soplando burbujas. Debido a la inestable naturaleza de las pompas de jabón, Millais tuvo que recurrir a un globo de cristal como referente para representar su superficie. Posteriormente, esta pintura se convirtió en el póster oficial del jabón transparente de Pears, la primera compañía en usar pompas de jabón para su publicidad (entre muchas a lo largo de los siguientes dos siglos). “Las burbujas ya no simbolizan el concepto de vanitas”, escribe Emmer, “sino las cualidades más mundanas de la frescura y la limpieza”. 

ACERCA DEL AUTOR


Angelica Frey

 Escritora y traductora radicada entre Nueva York y Milán. Ha trabajado para medios como The Guardian, The Wall Street Journal, Vulture, Artsy y jstor Daily, portal web donde se publicó originalmente este ensayo.

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