El último escape del poeta McKey

48 horas marcaron la tragedia del escritor y editor venezolano Willy McKey, quien hace unos meses se quitó la vida en Buenos Aires tras admitir, en pleno movimiento del Yo Te Creo Venezuela, el Me Too venezolano, que había cometido abuso sexual contra una adolescente. Este es el retrato de un hombre que no supo escamondar la maleza que le crecía por dentro.

POR Lisseth Boon

willy

© abel naím

Willy McKey contó hasta tres antes de saltar al vacío. Cuando la Policía de Buenos Aires confirmó que el escritor venezolano se había suicidado tras las denuncias de abuso sexual a una menor de edad, ya había colgado en su cuenta de Instagram un trío de comunicados personales en un intento por atajar todo el escándalo que desató la revelación de un delito cometido contra una adolescente seis años atrás.

Apenas 48 horas transcurrieron entre las primeras denuncias en Twitter y el desenlace fatal que tuvo lugar en el barrio de la Recoleta, en la capital argentina. McKey aún se mostraba desentendido del tsunami virtual de acusaciones por abuso, acoso, violación y estupro que a mediados de abril de 2021 desencadenó el movimiento feminista #YoTeCreoVzla, el #MeToo venezolano. En aquellos días revueltos, el poeta y cronista cultural de 40 años se dedicó más bien a pedir a sus seguidores testimonios de migración para una entrega final de posgrado y a escribir la semblanza de un legendario cantante de pop venezolano recién fallecido.

Dos días antes de lanzarse de un noveno piso, Willy McKey continuaba siendo el reconocido poeta y escritor criado en la populosa zona de Catia, al oeste de Caracas, así como el editor y cronista del portal Prodavinci, formado en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Mantenía su fama de locutor, animador, tallerista, “semiólogo político” y “agitador cultural”, como le gustaba autodefinirse. Hasta ese momento, la inconfundible figura de lentes oscuros (aseguraba que le tenía fobia a la luz), barba, bigote y peso de oso, corte de pelo ladeado y brazos tatuados con frases de presunción literaria todavía era apreciada como la de un comunicador premiado, admirado, altamente seguido y elogiado que formaba parte de la dudosa categoría de los influencers venezolanos.

Pero el martes 27 de abril, el avatar de McKey recibió un primer martillazo: una periodista de Maracaibo reveló en un hilo de Twitter que el editor le había propuesto escribir en Prodavinci a cambio de que le enviara fotos suyas. La acusación de inmediato fue secundada por otras mujeres a las que también pidió nudes, todo en pleno deslave de señalamientos contra acosadores y abusadores sexuales del mundo de la música, la farándula y el teatro en Venezuela.

El mismo martes, más de 70 artistas y creadoras de distintas disciplinas formalizaron el clamor y lanzaron Yo Te Creo Venezuela, una plataforma de apoyo a las víctimas. “Los testimonios de abuso y violencia sexual por parte de músicos y miembros del gremio del entretenimiento venezolano a mujeres y niñas se multiplican con impunidad, sacando a la luz el trago amargo que las víctimas han pasado en silencio durante años. Para muchas de nosotras, escucharlos y leerlos en redes sociales significa dos cosas: dolor e impotencia”, dijeron en un comunicado en el que advertían que el modus operandi de los perpetradores “fue y sigue siendo usar la fama y la posición de poder para ejercerlas con mujeres que los seguían y admiraban por su trabajo artístico”.

A muchos tomó por sorpresa el primer post de Instagram que lanzó Willy McKey la mañana del miércoles 28 de abril, un escrito que revelaba no estar del todo ausente del estallido de #YoTeCreoVzla. Con fondo violeta, el color del feminismo aunque también de la penitencia en la tradición católica, adelantó: “Quizás he cometido abuso”. Allí reconocía que el movimiento #MeToo existía porque las mujeres dejaron de normalizar cosas y ahora los hombres también debían hacerlo. “Tras los sucesos denunciados en Venezuela, he leído testimonios en los que alguien en algún momento sintió que me comporté como un abusador. Y este no es momento para desmentirlos”, agregó mientras deslizaba que era probable que hubiera sido un “victimario inconsciente”. Pidió perdón a las mujeres que en algún momento pudo afectar y subrayó su “apoyo a todas las que han sido víctimas de los abusos”.

Lo cierto es que el fin de semana anterior, McKey le había confesado a un amigo cercano que la víctima le advirtió que lo denunciaría en público, por lo que debía entrompar la situación. Su imagen de intelectual con jeans y franela prestado a las pantallas comenzaba a resquebrajarse.

McKey en la ciudad de Mérida, Venezuela, durante las V Jornadas Estudiantiles de Creación Literaria de la Universidad de los Andes (2010).

© vasco szinetar. McKey en la ciudad de Mérida, Venezuela, durante las V Jornadas Estudiantiles de Creación Literaria de la Universidad de los Andes (2010).

 

Willy McKey en realidad no era Willy McKey. El origen de su nombre era todo un juego de escapismo. Una amiga de la infancia en Catia recuerda que le decían Willy Manzanilla. En la tarjeta de graduación de bachiller en ciencias del Instituto Cecilio Acosta de Propatria, fechada el 21 de julio de 1997, aparece con el nombre de Willy Joseph Patiño Lira. Entre los círculos literarios de Caracas pensaban que era Carlos Lira, con el apellido de su madre y su abuelo linotipista, conocido como “el Cojo” José Lira, cofundador del partido obrerista La Causa R. Otros decían que en su cédula se registraba como Willy Madrid, es decir, con el apellido de su papá de crianza, Alfredo Madrid, operador del metro de Caracas en los años ochenta, quien llegó a la familia cuando Willy tenía tres años. Su ficha del Instituto Venezolano de los Seguros Sociales (ivss) indica que cotizaba en Prodavinci Digital c.a. con el nombre de Willy Joseph y los apellidos Madrid Lira. En una entrevista en 2014 afirmó que por motivos personales “no podía ni quería desvelar su verdadera identidad” y confesó que había cambiado cientos de veces la versión del seudónimo. Una de ellas fue José “Mackey” Moreno, estrella del béisbol dominicano que era un bateador ambidiestro.

Manifestación de varios colectivos feministas frente al Ministerio de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela (2020).

© iván reyes. Manifestación de varios colectivos feministas frente al Ministerio de Relaciones Interiores, Justicia y Paz de Venezuela (2020).

 

A diferencia de cierta tradición literaria, Willy McKey no solo adoptó un nombre falso para escribir libros como han hecho tantos autores, sino que ocultó su identidad original bajo un nombre anglosajón para interpretar también el performance continuo de su inquieta vida.

McKey no tenía ningún empacho en asumir oficios inverosímiles, siempre ligados a la palabra –escrita y hablada–, que dominaba con formidable soltura. “Yo creo que en la literatura hay que chambear”, dijo en una entrevista que le hizo Ficción Breve Venezolana en 2013. Antes de ganar el I Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas en 2016, fundó junto a Santiago Acosta la revista literaria El Salmón (galardonada con el Premio Nacional del Libro 2010) y la Cooperativa Editorial Lugar Común con Luis Yslas. También fue asesor de comunicaciones políticas del candidato presidencial Henrique Capriles y del presidente interino Juan Guaidó. Trabajó como productor del efímero concurso de belleza que comandó Osmel Sousa luego de que dejara la presidencia del Miss Venezuela tras un escándalo por proxenetismo dentro de la organización. Dictó charlas motivadoras como ted speaker (2018) y en la PechaKucha Night ccs. Dio clases de historia de la comedia en la Escuela de Humor en Caracas y produjo costosos banquetes organizados en sitios clandestinos de la capital venezolana. Fue autor de tres poemarios y una obra de teatro. Se presentaba como propagandista, conceptualizador creativo, editor de no ficción, escritor persuasivo. Era amigo de chefs, actores, actrices, músicos, escritores, poetas, políticos y politólogos, locutores, periodistas y humoristas con sus correspondientes cuentas de Instagram.

Su compulsión por vivir tantas vidas se la relató al periodista Humberto Sánchez Amaya para el libro Nuevo país de las letras, del Fondo Editorial Banesco (2016), en donde fue catalogado entre los mejores 34 escritores venezolanos de la generación nacida en los años ochenta: “Cuando me preguntaron en el colegio qué quería ser cuando fuese grande, respondí que Pedro Infante. Veía que en una película era carpintero, en otra boxeador, en otra más cantante, y así hasta el infinito. Y además, siempre se quedaba con la muchacha. ¿No era una buena elección? Lamentablemente, esa opción no aparecía en las carreras de la universidad”.

 

La caída

Aquel comunicado en morado fue el vaticinio de la precipitada caída de Willy McKey. A las 2:11 de la tarde del 28 de abril, la cuenta de Twitter @mckeyabusador, creada apenas dos horas antes, publicó un largo hilo que abría: “He decidido finalmente hablar de mi experiencia de abuso con el escritor venezolano Willy McKey”. Estaba firmado por “Pía”, una víctima anónima de abuso infantil, cometido por el escritor.

A lo largo de 25 tuits, Pía relata los pormenores de su encuentro con McKey y muestra capturas de algunas conversaciones virtuales que mantuvieron entre 2015 y 2016 cuando ella usaba ortodoncia y la chemise beige del colegio (el uniforme de los bachilleres en Venezuela). Apenas estaba aprendiendo a usar el metro de Caracas y no hacía mucho había celebrado su fiesta de quince años. Lo conoció en el Microteatro en Caracas, cuando él tenía 36 y ella era una quinceañera con unas ganas inmensas de involucrarse en la escena cultural caraqueña. En aquel momento, Pía no detectó la dinámica de control que McKey ejercía sobre ella: la deslumbraba diciéndole que había trabajado con gente talentosa e influyente a la que mostraría su trabajo y con la que lograría grandes proyectos. Pero nunca hacía nada para mantenerla cerca, analizó un lustro después.

Los diálogos (casi monólogos) entre McKey y Pía revelan el estado de conciencia del escritor: procuraba un pacto de cómplices “con el silencio a su servicio” mientras admitía la parafilia que le despertaba la adolescente. Encubría sus intenciones llamándose “partner in crime”. La joven relató que se consumaron dos encuentros sexuales que recuerda como traumáticos. Su caso no fue el único: Pía recuerda que por ese tiempo, cuando entró en el Teatro Nueva Era –del cual Jennifer Gásperi, novia de McKey en aquel entonces, es fundadora y directora–, el escritor también comenzó a seducir en vano a una amiga y a pedirle nudes. Con otras jóvenes del grupo sí logró tener relaciones.

Un poco más de una hora después del explosivo hilo de Pía, McKey publicó en respuesta un segundo post de tapiz negro con la sentencia: “Cometí estupro”. Allí admitió el delito de tener relaciones sexuales con una menor de edad en 2015 y pidió perdón no solo a la víctima por el abuso infligido sino también a la que hasta el momento del post había sido su pareja estable. Resaltando la necesidad de revisar su visión de la masculinidad, también afirmó que sabría hacerse cargo de las consecuencias por este hecho, empezando por separarse de todos los proyectos a los cuales pertenecía para no afectar personas, intereses y reputaciones.

McKey no había terminado de anunciar que dejaría todos los proyectos en los cuales estaba involucrado cuando el portal Prodavinci, donde había trabajado como editor desde 2012 y para el que conducía un espacio radial, publicó un comunicado en el que formalizaba su decisión de romper inmediatamente la relación laboral que se remontaba a 2008.

Al repudio en cadena se sumó la Fundación La Poeteca junto al Team Poetero y la iniciativa Autores Venezolanos. Mediante un comunicado afirmaron que, a partir de las denuncias de estupro cometido por McKey, establecerían una cláusula en las bases del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas por la cual se retiraría el reconocimiento a los próximos concursantes que incurran en esas acciones. “Estamos a favor de las víctimas”, subrayaron. También someterían a evaluación la posibilidad legal de desconocer el premio otorgado a McKey, ganador de la primera convocatoria del evento.

Siguió su salida del popular podcast de humor negro Que se vayan todos, transmitido en La Mega, emisora fm, decisión que fue anunciada por su compañero en este espacio sonoro, José Rafael Briceño, locutor, humorista y experto en oratoria, más conocido como el “profesor Briceño”, quien también fue arrastrado por la ola de denuncias del #YoTeCreoVzla. El Ministerio Público citó a Briceño como parte de una investigación iniciada por presuntamente haber cometido los delitos de ofensa por razones de género e instigación pública a partir de sus “reiteradas ofensas a la mujer venezolana” a través de su programa.

El mundo de McKey, su construido mundo, se abrió bajo sus pies aquella tarde de abril. La zanja incluso siguió agrietándose después de su muerte. El 3 de mayo, la organización de derechos humanos Provea decidió eliminar las referencias a Willy McKey en el libro Poesía contra la opresión (1920-2018), una antología elaborada por Diajanida Hernández y Ricardo Ramírez Requena, alegando ser coherente con sus principios porque “parte de la dominación es el machismo”.

McKey publicó un tercer y último comunicado de Instagram en color púrpura, “Denuncia de abuso: decisiones y consecuencias”, en el que ratificó su apoyo a Pía en los procesos de recuperación de las secuelas que “pudieran haberse generado” con su “actuar impropio”. Anunció por igual que se sometería a la atención de especialistas que le permitieran entender y asumir las consecuencias de su comportamiento. Dijo que pretendía dedicar su testimonio a visibilizar una situación normalizada, con el objetivo de que los hombres “lastimen menos” a las mujeres que hayan creído y confiado en ellos.

El último post de Instagram fue interpretado por usuarios de Twitter y expertas venezolanas en comunicación digital como una muestra de cinismo y prepotencia con velada intención persuasiva. “Sin duda eres un estratega, pero este no es el momento para demostrarlo. La manipulación en tu comunicación es evidente. En tu última publicación hablas de ‘convertirte en un vocero’ cuando esto pase. ¿Te das cuenta del nivel de narcisismo que demuestra esa frase? Mi tuit es solo una forma de decirte públicamente que te ahorres los intentos de continuar creando una narrativa”, le cuestionó la especialista en estrategia digital Verónica Ruiz del Vizo, joven líder del Foro Económico Mundial.

Aquel último comunicado solo avivó la bilis colectiva.

Sádico, depredador, narcisista, sociópata, manipulador, enfermo, despreciable, monstruo, aberrado, sucio, cobarde, basura, asqueroso, vomitivo, maquiavélico, violador, Jeffrey Epstein. Toda la furia y el asco fueron escupidos sin mascarilla alguna en las redes sociales de un país con medios de comunicación amordazados y sin canales regulares para hacer valer la justicia ni garantizar la reparación a las víctimas de violencia sexual.

Marchas a propósito del Día Internacional de la Mujer en Caracas (2020).

© iván reyes. Marchas a propósito del Día Internacional de la Mujer en Caracas (2020).

 

Un tuit del Ministerio Público venezolano aceleró el vértigo. Entrada la noche del 28 de abril, el fiscal general de Nicolás Maduro, Tarek William Saab, a quien Estados Unidos sancionó por “debilitar la democracia y los derechos humanos”, anunció que abriría una investigación penal contra el escritor Willy McKey así como contra Alejandro Sojo, excantante de la banda Los Colores, y Tony Maestracci, baterista de Tomates Fritos, por los presuntos delitos de abuso sexual a menores de edad y violencia sexual. Con un inusitado interés por cumplir sus deberes, el funcionario también hizo un llamado a las víctimas para que acudieran a la sede del organismo y formalizaran las denuncias que se estaban ventilando sin tregua en las últimas dos semanas de abril. Tres semanas después del aviso oficial, la Fiscalía venezolana ordenó la detención de los músicos por presuntos delitos de abuso sexual.

Retrato de Mckey para la cubierta del libro Nuevo país de las letras.

© abel naím.Retrato de Mckey para la cubierta del libro Nuevo país de las letras.

 

El proceso judicial contra McKey no quedó allí. Venezuela también habría emitido una orden de captura internacional contra el escritor, mediante la cual podría ser detenido y deportado por las autoridades argentinas a su país natal, según confirmó el corresponsal del canal vpitv en Argentina. Una amiga del venezolano atestiguó ante la Policía bonaerense que el escritor estaba pasando por un fuerte cuadro depresivo debido a problemas familiares. Su pareja, Jennifer Gásperi, el último asidero, también se había separado de él tras el escándalo.

Cual epitafio digital, el jueves 29 abril, McKey publicó en Twitter un haikú: “No sean esto / Crece adentro y te mata / Perdón”. Solo tres líneas breves que distaban de su acostumbrada incontinencia escritural. El estado de WhatsApp marca que las 3:36 de la tarde del 29 de abril fue la última vez que estuvo conectado. Minutos después, se desenchufó de la vida reivindicando la frase que llevaba tatuada en el brazo izquierdo: “Leer no te salva de nada”.

En contraposición a su estruendosa muerte, el silencio ha dominado en los predios literarios. Pocos escritores han publicado sobre las implicaciones del dramático destino del colega. Martín Caparrós encontró que “la sociedad lo condenó al vacío... por esas canalladas enfermas se perdieron también tantos poemas, tantas risas, algún amor más cierto, las posibilidades de una vida. No digo que nada de eso justifique al agresor ni lo libre de culpa; digo que habría que encontrar la manera de no aniquilarlo, de darle la posibilidad de pagar por lo que hizo y recuperar alguna forma de su vida”.

Mientras, la escritora venezolana Gisela Kozak escribió para Literal Magazine que “es doloroso que un hombre que no había llegado a los cuarenta años se haya suicidado y no haya sido capaz de enfrentar las consecuencias de actos que evidentemente eran incorrectos; prefirió la muerte a la justicia venezolana, lo cual no es de extrañar conociendo el sistema carcelario de mi país y la saña contra la oposición, pero con él muere la posibilidad de reparación de las víctimas y la superación de sus propias fallas”.

La tragedia de Willy McKey se escenificó en buena medida en las redes, esos no lugares que el propio escritor frecuentaba como parte del oficio. Produjo el desconcierto entre los amigos que creían conocerlo, la decepción de mujeres que cayeron en el mismo patrón de seducción, la desilusión de los seguidores que lo tildaban de genio, el asombro de los conocidos que sabían que sí, que era un picaflor, pero ignoraban cómo usaba su poder para abusar de adolescentes o acosar a mujeres periodistas a cambio de escribir en el portal web donde era editor. También dejó perplejos a los que recién se enteraban de que tener relaciones sexuales con menores de edad es un delito penado en Venezuela, y enmudeció a ciertos círculos literarios. El suicidio de McKey también interpeló a una sociedad de machismo arraigado, que ha normalizado la violencia contra las mujeres como parte de su paquete cultural.

En una entrevista de 2013, aclaró a su colega Héctor Torres que “no todos somos Kafka”. En efecto, el escritor caraqueño no quemó sus escritos tal como lo pidió el novelista checo antes de morir, pero sí logró borrar con un clic el registro de su historia reciente en su perfil de Instagram antes de quitarse la vida. Solo dejó colgados los tres posts con los que pretendió aplacar la tormenta. En 2016, cuando aún vivía, escribía y discurseaba en Caracas, un año después de haber cometido estupro, afirmó que “le gustaría ser recordado como un sujeto con suerte”. La buena estrella le acompañó hasta que dejó de ser Willy McKey.

ACERCA DEL AUTOR


Periodista con estudios de posgrado de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Por sus investigaciones sobre corrupción, extractivismo, crimen organizado y violación de derechos humanos ha sido galardonada con reconocidos premios de periodismo nacionales e internacionales.

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