En Cali se baila así: la Quinta Bienal Internacional de Danza en Cali

Durante la pandemia, después del movimiento black lives matter y en una Colombia donde la violencia no cesa, se celebra la Quinta Bienal Internacional de Danza en Cali. Aquí, un trazo de este arte en una época con una gran necesidad de expresión.

POR Laura Steiner

Compañia Sankofa: Juan Diego Castillo

Fotografía de Juan Diego Castillo

 

La sensación era de vitalidad: el corazón agitado, los pies ardiendo, el pecho que sube y baja, sube y baja, los cachetes rojos, los ojos bien abiertos con las endorfinas que rebotaban entre mi cuerpo y los otros cuerpos que estaban en el estudio y que también intentaban llenar sus pulmones con bocanadas de aire.

Sonó el tambor y la instrucción era repetir la coreografía. “Tómense el espacio que necesitan para moverse”, nos dijo la bailarina y coreógrafa senegalesa Germaine Acogny, quien lideró el taller de danza africana. “Si ustedes no se toman el espacio –bailando o en la vida–, nadie se los va a dar. Abran campo con sus cuerpos”. El taller de Acogny hizo parte de la Quinta Bienal Internacional de Danza en Cali que concluyó la semana pasada y en la cual participaron 10 países, 32 compañías nacionales, 11 compañías internacionales y más de 400 artistas. Organizada por la Asociación para la Promoción de las Artes (Proartes), la bienal ofreció obras, talleres, exposiciones fotográficas y conversatorios en torno a la danza y al cuerpo en movimiento.

 

Germaine Acogny: Carlos Salazar

Fotografía Carlos Salazar 

 

La noche anterior al taller, Acogny, considerada como la pionera de la danza africana contemporánea, presentó su obra En algún lugar del inicio en el Teatro Jorge Issacs. Su obra mezcló palabras, mapping y movimiento recalcando así una de las líneas curatoriales de la bienal en la que se busca abrir un espacio para danzas menos tradicionales y académicas y en la que se piensa en el baile como un arte en constante interacción con otras disciplinas.

“¿Deben todas las obras ser bailadas? ¿Qué pasa, por ejemplo, con la quietud? ¿Qué obras se deben mostrar en el año después del encierro cuando los cuerpos estuvieron guardados y separados por tanto tiempo?” son algunas de las preguntas que se hace Juan Pablo López, director artístico de la bienal, quien, junto a Miguel González y Lina Botero, fue uno de los curadores de esta quinta versión. “Esta es una bienal que sucede en la pandemia, después [de las protestas] del 28 de abril en Colombia, después del movimiento Black Lives Matter”, dice López. “Es una bienal que se conecta con el tema de la urgencia, con la necesidad de expresión. En el caso de Colombia, lo que estamos viviendo ahora requiere de acción inmediata y es importante poner en escena eso que vivimos”.

 

Compañía Wangari: foto cortesía de la compañia

Compañía Wangari: foto cortesía de la compañia

 

En Colombia asesinan gente prácticamente todos los días y se nos olvida rápido. Parece una frase de cajón, pero es que la historia se repite y se repite, y ya hay otro cuerpo más sin vida. En la obra Trenzadas, una lucha sin muchas, de la compañía de Medellín Wangari, se cuestionaba el rol de la mujer afrodescendiente poniendo en el centro la lucha de lideresas que han sido asesinadas. Los cuerpos bailaban danza afro en el escenario mientras en unas pantallas pasaban fotos de líderes asesinados. Las imágenes eran de gente cuando aún había vida: sonrientes, serios, a medio dormir. Sonaba el tambor y los cuerpos en el escenario se movían más rápido y el contraste entre las fotos de la gente que ya no está viva y la vitalidad de los cuerpos que bailan era agobiante. La obra, bajo la dirección de Yndira Perea, recalca esa línea tan delgada que hay entre estar en movimiento y estar enterrado, y la necesidad de que las muertes no se nos olviden.

El contexto de la Quinta Bienal es esa coyuntura política de la que habla López, y es también la ciudad de Cali. La Cali desigual. La Cali desigual. De inequidad aberrante. La Cali del paro. La Cali de Puerto Resistencia. Pero también la Cali del baile. De la salsa. De la Topa Tolondra. La Cali de la cultura afro. La Cali del chontaduro, del mango con sal y limón. La Cali del trópico.

 

Fotografía de Carlos Salazar

Fotografía de Carlos Salazar

 

La obra Acosón, con 48 artistas en escena, buscaba resaltar la cultura afrocolombiana y mostrar ritmos como el hip hop norteamericano y el son cubano, que también han sido adoptados en Colombia. Para este proyecto se unieron cuatro compañías del distrito de Aguablanca en Cali. En el escenario volaban cuerpos de un lado al otro, cortesía de la compañía de Raza Urbana, que enfoca su práctica en la acrobacia. Otros cuerpos mantenían posturas congeladas sobre una sola mano mientras entraba el grupo de break dance 21 crew, y el currulao y la salsa terminaban por marcar esa fiesta con las compañías Juventud 2000 y Timbaleros con swing. En el escenario no hubo un momento de silencio, ni de quietud. El trópico fue pura música y baile.

Con menos explosión tropical pero con la misma magnitud de expresión corporal, en el taller dirigido por la compañía bogotana L’Explose la instrucción era hacer contacto visual con alguien y bailar en círculos alrededor de esa persona. Los círculos podían ser grandes o estrechos, lejos o cerca, en la vertical o en el piso. Hice contacto visual con una chica vestida de gris que bailaba con ondulaciones que iban desde la lumbar hacia la cabeza, que se movía con vigor aunque sus movimientos eran delicados.

 

Fotografía de Juan Arias

Fotografía de Juan Arias 

 

En ese momento todavía no sabía cómo se llamaba pero haciendo círculos alrededor de ella sentí que se cerraba la historia del 2020: atrás quedaba el distanciamiento social y los días de ver los cuerpos a través de una pantalla por Zoom.

Después supe que se llama Diana, que es bailarina y que la obra del artista senegalés Amala Dianor le hizo sentir un “sollozo en los omoplatos”. La pieza Man Rec, cuyo nombre traduce “Solo yo” en wolof, idioma de Senegal, es una pieza coreografiada e interpretada por Dianor en la que se une la danza contemporánea y urbana. Esa respiración entrecortada de la que hablaba Diana la sentí también viendo al bailarín deleitarse con su propio movimiento en donde, incluso, se permitió la naturalidad de una risa por un momento mientras se movía.

Y es que todas las obras terminaron por habitar un lugar específico del cuerpo.

 

Fotografía de Juan Arias

Fotografía de Juan Arias 

 

La obra Incluso la noche misma está aquí, de la compañía de danza del Teatro Mayor, se me quedó en las rodillas con su apuesta de baile y música que se sintió como un concierto de rock. La salsa caleña de Expresión salsa y swing –de la Asociación de líderes comunitarios, Alcom– se me quedó en la caderas. En el pecho me llevé la obra Ella Poema de la coreógrafa española Aida Colmenero, un proyecto que invita a una bailarina africana para bailar un poema de una escritora hispana. En la garganta me quedó el trabajo de Incolballet con su obra El ruido del silencio y la imposibilidad de expresar los atropellos que existen en una sociedad donde no se habla. La obra que cerró la bienal, presentada por la compañía Sankofa, me dejó la mandíbula desencajada por tener la boca abierta todo el tiempo.

Vuelven las palabras de Acogny: tomarse el espacio con nuestros cuerpos, confiar en que el cuerpo sabe y persigue lo que le da placer. Perseguir entonces el calor de Cali, la puesta en escena que le entrecorta a uno la respiración, las obras en vivo, los cuerpos vitales, los lugares de duelo necesario, las interacciones que tenemos ahora que podemos encontrar bailando otra vez.

 

ACERCA DEL AUTOR


Ha trabajado como periodista de planta (Huffington Post) y ahora como freelancer (Revista Volcánicas, Revista Diners, DRIFT Magazine entre otras). Hoy en día trabaja como profesora de Narrativa Corporal en la Universidad de Los Andes en el programa de Narrativas Digitales. Hace tres años descubrió que su sitio favorito es un estudio de baile y desde ahí el movimiento se la ha tragado enterita.

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