En el cuidado también está la revolución

Columna de una mujer incómoda

POR Vanessa Rosales Altamar

Vannesa Rosales

 

En 1776, Adam Smith publicó el emblemático libro La riqueza de las naciones. Como otros de su estirpe –considerados en ciertas narrativas como grandes precursores–, Smith obtuvo la gloria de ser llamado “el padre de la economía moderna”. La academia ha tenido por costumbre otorgar títulos grandilocuentes de este tipo. También ha mostrado la peculiar manía de presentar algunas de sus teorías duraderas en una suerte de vacío. Como si los conceptos, las palabras, brotaran en lo abstracto. Algunas ideas se repiten lo suficiente como para emanar un tipo de pátina inmortal. Cuando, en realidad, todo libro o tratado, toda consecuencia concreta del ejercicio intelectual, ha sucedido en circunstancias mundanas. Una habitación. Una geografía. Una mesa de trabajo. ¿Una pluma o una máquina de escribir? Un tiempo específico. Si recalibramos la mirada, por qué no preguntar: ¿qué circunstancias tuvieron tantos varones, pensadores del talante de Smith, para fabricar ideas que han sido estimadas tan perdurables?

En 2016, la escritora sueca Katrine Marçal publicó el libro ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? La respuesta sucinta: su madre. ¿Qué hay detrás del alimento, de la cena asegurada? La posibilidad de crear sin turbaciones, las condiciones para aislarse a pensar o a escribir. Lo que Marçal revela en un perspicaz análisis es que, en su grandilocuente y citada teoría, al “padre de la economía moderna” se le escapó un componente fundamental de las mismas circunstancias que le permitieron su pensamiento más enaltecido. Un punto ciego importante.

Para Smith, su cena era posible gracias a la supuesta ambición egoísta del panadero, el cervecero y el carnicero. Eran los propios intereses, movilizados por el comercio, los que explicaban que el pensador tuviese aquella comida en la mesa. Y, sin embargo, el mecanismo que abrasaba la atmósfera de su actividad pensante era escenificado por su madre, a cargo de los asuntos domésticos que le concedían el confort para realizarla. Este es un tropo histórico interesante.

Como Smith, otros tantos varones tuvieron semejantes cuidados. La escritora Brigitte Schult analiza también las presencias femeninas que propiciaban circunstancias fértiles para la creatividad de algunos varones memorables. Marcel Proust contaba con su ama de llaves, Céleste Albaret, quien le proveía sus esenciales de mañana, panes, prensa, café. Gustav Mahler se sostenía en su esposa, Alma, cauto y siempre angustiado de que esta tuviese la osadía de compartir el oficio de la composición con él. Sigmund Freud tenía a Martha Bernays, quien, se dice, disponía para él sus ropas. 

Estos casos nos llevan a la construcción de una importante división. Mientras lo constituido como masculino se pensó como el trabajo “válido”, hecho en público, reconocido de manera monetaria, exaltado, esos otros oficios, definitivos, fundamentales por estar localizados en los pormenores de lo privado, se concibieron como femeninos y, por ende, secundarios. El caso de Smith es una portentosa metáfora de una economía que valora la labor masculina mientras ignora y desdeña los oficios que han sido “feminizados”. 

La limpieza de la casa, la disposición de las comidas, la atención a los cuerpos, pequeños, enfermos, envejecidos, esas tareas de la esfera íntima han sido históricamente realizadas por las mujeres y se han establecido como ocupaciones femeninas. Históricamente también, aquello relacionado con lo “femenino” no ha sido exactamente realzado.

Lo que Marçal nos invita a ver es la ironía que entrañan muchas veces las teorías. Se juzga y condiciona desde donde se mira. Desde hace miles de años, la mirada masculina ha sido parcial. Esto es tangible en el modelo económico que, venerado por las academias que ensalzan a Smith, ha sido el mismo esquema encargado de relegar a aquella otra economía, ejecutada estructuralmente por las mujeres. Lo curioso es que esa “otra” economía termina por ser la piedra angular para todo aquello que ha permitido a los varones ser quienes se jactan de producir. En los sesenta, la activista estadounidense Gloria Steinem dijo: “Las mujeres no serán iguales fuera del hogar mientras los hombres no sean iguales dentro de él”. Lo que vemos es una soterrada estructura de asimetría. 

Los imaginarios más perdurables son también facturaciones sostenidas. La disociación entre masculinidades y cuidado es una ficción. Como lo es la asociación incuestionada entre maternidad y feminidad. Figuras como Gary Barker, de la organización Promundo, llevan décadas demostrando que el cuidado, cuando se incentiva en las actitudes masculinas, disminuye estadísticas de violencia social y puede generar experiencias varoniles más felices, más conectadas con una fuerza que se canaliza en proteger, considerar y nutrir. 

Las épocas son también sus imágenes y consignas. La nuestra dice, entre otras cosas, “rabia digna”. Las palabras están inscritas en la piel urbana. En las paredes visibles. En las pancartas afiebradas. En las fibras de un tiempo cuyo espíritu también es combativo. Este espíritu batallador busca transformación de manera esencial. 

La ferocidad busca, entre otras cosas, un remezón de las estructuras que aún dictan que el sujeto económico universal es masculino y que aquellas prácticas invisibles, realizadas en la esfera íntima, son propias de lo femenino. Lo diciente es que esas actividades son las que sostienen nuestras vidas, y bajo el mecanismo viril que visualizó Smith son oficios que aún no se consideran merecedores de una cuantiosa remuneración. Esa revolución también está por darse todavía. Que las masculinidades se fabriquen emparentadas a lo que el cuidado puede hacer en la textura de la vida. Y que el cuidado se expanda a una noción política. 

Arribar a las orillas feministas implica muchas veces un ejercicio individual de entendimiento. Existen, de repente, formas de nombrar cosas que no sabíamos articular. El “fogonazo”, como le llama la escritora estadounidense Vivian Gornick, encandila porque da forma a lo que atravesaba de algún modo nuestra subjetividad o mundo íntimo. No es infrecuente que eso remita a iras y heridas. Hay mucho dolor, comprensible, en una historia de asimetría. El entendimiento cede a la asimilación de retóricas. Hay una adrenalina en la comprensión que sabe dar nombre a lo que antes era impreciso. Esto sucede en toda forma de realización política. 

No obstante, en el comprensible fervor podemos acabar por plegarnos de un modo similar a las trampas que tiende la teoría. El fogonazo puede hacerse retórica que radicaliza. Para despejar el escozor que este término suscita, vale recordar que “radical” significa “relativo a la raíz”. Añorar transformación sucede también desde allí. En la búsqueda, de buena fe, de la revolución, puede suceder que las ideas encandilen. Porque la rabia es digna. Porque existen muchas razones para sentirla. 

Pero podría recalibrarse la mirada también aquí. Como en el caso de Smith, a quien se le escapó un elemento que despreciaba y que cobijaba en su oficio, en la fórmula combativa también vale la pena recordar que en aquello que parece ínfimo, en el intersticio, también está la materia de la revolución. El cuidado, en sus múltiples formas, lo ejemplifica. Llamar a masculinidades que cuiden. Crear estructuras donde se despeje la alarmante asimetría entre lo masculino y lo femenino en el dominio doméstico e íntimo. Valorar los oficios del cuidar, tan asociados con lo femenino, de manera distinta. Y cuidar también puede significar la manera en que abordamos a aquel que nos suscita discrepancia arisca. En un tiempo cuando se desbordan razonablemente el hervor social, el descontento, añejas heridas, valdría mirar hacia la textura que parece minúscula. También en lo pequeño puede haber radical renovación.

“Cuidar” viene del latín cogitãre, que significa “pensar”. Cuidar implica contemplar. Observar. Considerar. Nos distancia de la lógica patriarcal. Una palabra grande esa: patriarcal. Significa, entre otras cosas, un sistema que heredamos y que nos ha impulsado a ver el mundo de ciertos modos. Ese esquema se ha cimentado más en visiones de dominio. Avasallar la tierra. Producir a costa de la vitalidad de los otros. Valorizar y exaltar lo concebido como masculino. Anular a las mujeres. Verlas como seres secundarios. Despreciar aquello que se ha codificado como femenino. Extirpar la emoción. Colonizar. Explotar. Alimentar voracidad monetaria. Acaparar a la mujer asimétricamente. Ejercer poder como dominio. 

“Feminizar” el mundo es otra movida. Lo femenino también puede ser la suma de ficciones o códigos creados y reproducidos. Se trata de mirar hacia allá, de repensar modos de habitar, producir, gobernar, mirar. No se trata de que lo doméstico se convierta meramente en un sitio para reclamar agencias femeninas. Que sea más bien un sitio que se reparta más sabiamente entre los hombres y las mujeres que lo habitan. Necesitamos una masculinidad más cuidadora, un poder que siga ese espíritu, una forma de habitar el mundo que se sitúe más desde aquello que se inventó en “femenino”.

El cuidado es revolucionario porque se fija en las minucias que definen una existencia apacible. Porque materializan solidaridad y compasión. Porque cuidar implica detenerse a pensar y a mirar al otro, en su diferencia, en su distancia. Cuidar es humanizar. Cuidar es revolucionario porque subvierte un entendimiento utilitarista y desconsiderado. Porque contempla. A la tierra. A quienes nos resultan dramáticamente diferentes. 

Hace poco, en uno de esos torbellinos ariscos que se alebrestan en las redes, se criticaba a un varón que desde la política desplegaba una imagen con uno de sus hijos. Un hombre cuidador. Se le acusaba de recurrir al condescendiente paternalismo. Se equivocan ferozmente quienes atribuyen una evocación patriarcal a una imagen así. El cuidado ha sido uno de los aspectos más feminizados de la existencia que nos habita. Si hay algo que se han inventado las masculinidades patriarcales es justamente la falsa noción de que el cuidado no es un asunto masculino. Otro llamado que recibimos. Reconsiderar la relación entre lo que se asume como viril y la consideración, la compasión.

Son tantos los rostros de lo político. El cuerpo en la calle. La consigna. La teoría. La convicción. El fogonazo. La palabra. La retórica. La revolución. Pero también lo que parece ínfimo. El detalle que suma, la materia de las cosas, las fibras. Como nos muestra Marçal, puede haber un giro perceptivo si miramos hacia la textura de la vida. “Feminizar” el mundo, el poder, la visión de la tierra, la constelación de la comunidad que nutre y se solidariza, las formas como abordamos a quienes nos son distintos en la aspereza ideológica. Si nos fijamos en el espíritu de un pensamiento que contempla, considera, cultiva desde una forma compasiva. Cuidar, eso también es radical revolución, en la política y en la vida.

 

ACERCA DEL AUTOR


Vanessa Rosales Altamar

Historiadora de la Universidad de los Andes con una maestría en estudios de moda de Parsons School of Design. Es escritora y crítica cultural especializada en historia y teoría de la estética y la moda desde la perspectiva feminista. Su libro más reciente es Mujer incómoda, publicado este año por Lumen.

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