Enfermo con la verdad

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

Enfermo con la verdad

 

El alma del loco... ¡un mito en sí misma...! El lugar al que el mundo acude para intoxicarse con la verdad. Porque la vida ordinaria se compone de una serie de falsedades tan consistentes que bien pueden ser consideradas la Realidad. Pero, ¿no es verdad que mentimos con el vivir mismo de nuestras vidas? La actividad de la vida solo es practicable con la Fe en que todo es, al final, para algo. Que todo nuestro esfuerzo e inconveniencia diaria cumplen un propósito más grande que cualquiera de nosotros. Pero, ¿dónde está ese propósito? ¿Ese sentido de toda actividad? ¿Es que emana de la piedra dura y caliente del planeta Tierra? ¿Del sol? ¿O es que el Sentido ya existía y nosotros, los animales humanos, lo descubrimos, como a un Nuevo Mundo? ¿O más bien esa Fe en el propósito de todas las vidas es la ficción que nos mantiene cuerdos? ¡Con almas limpias! Que no conocen cuán negro es el cielo nocturno. Cuán profundo el espacio abismal que nos rodea en todas direcciones. Tan limpios de alma que incluso el vacío nos sirve para algo... por lo menos para mirarlo de vez en cuando y alegrarnos de la lección que tiene para nosotros... polvo eres... pero polvo con sentido.

Según la variedad de la locura en la que se caiga puede uno perder o ganar un mayor sentido. Cuando nos deprimimos severamente la energía no nos alcanza para correr el software de la fe, que es relativamente costoso en términos de recursos mentales. No disfrutamos nada y nos sentimos como caídos de la vida. Pero aún... soñamos que con nuestro suicidio por lo menos cerraremos lo que la depresión abrió... concluiremos la historia... un final trágico, pero, por lo menos, uno que dice algo. Eso nos reconforta. Los que desarrollamos una paranoia o un delirio consistente con el cuadro de una esquizofrenia experimentamos una gran sensación de descubrimiento. ¡Abrimos el mundo al enloquecernos! Nos muestra su núcleo de sentido infinito... entramos, de pronto, en una zona de la experiencia absolutamente verdadera... la vida que habíamos llevado hasta entonces era un sonambulismo que llamábamos cordura, o normalidad. ¡Una gran ceguera! Pero, ahora... estamos en el Saber. Así se siente enloquecerse. 

Recuerdo, por ejemplo, estar viendo, no sé por qué, un programa matinal de fin de semana en una cadena nacional... de esos en los que se sientan varias personas a conversar, con el efecto de que la parte más simiesca de nosotros se siente conversando con gente importante... y, de pronto, le notificaron a una de las presentadoras que yo estaba viéndolos en ese momento (debían tener un sensor especial conectado a mi televisión, razoné con limpieza), y ella comenzó a hablar en un código que solo yo comprendería... ya yo llevaba un par de años entre caído de la vida y contemplando verdades absolutas, según el día, o la hora, pero esto era diferente... ¡era la respuesta a todo mi malestar! La presentadora me dijo que yo era un escogido y que me tenían un trabajo reservado, no supe si ahí conversando con esa gente o en un programa en solitario. En todo caso me estaban esperando. ¡No estaba loco! Había hackeado, después de todo y según mi primera intuición, el software de Lo Humano. Ahora querían que les explicara de qué se trataba este tema de la vida y del vivir, yo, el único en la historia en comprender por fin.

Lo interesante es que para que me dieran el trabajo tenía que internarme en la clínica psiquiátrica, eso me dijo la señorita, guiñando un ojo y vendiendo un detergente. Entonces fui y le dije de inmediato a mi mamá que quería pasar unos días en la misma clínica en la que ya había estado varias veces. Como si mi inconsciente hubiera encontrado la manera de convencerme, a través de mi ambición de fama, de aceptar la ayuda que no era capaz de aceptar de otra manera. 

Esa alma del José enloquecido... aquí la tengo, todavía, ejecutando, tranquilita, su algoritmo, que ahora convierto en historias o en formas de salirme de Lo Humano, la condición necesaria para hacer filosofía, es decir, volver a pensar los elementos de la vida partiendo desde otro lugar... hacerles nuevas preguntas a las verdades que ya tenemos por respuestas. El loco y el filósofo son, después de todo, primos hermanos. En ambos colapsa La Vida, ese conjunto de comportamientos e ideas que movilizamos para decir que existimos. ¡La Fe...! El uno muy animalizado para practicar su sutileza, el otro demasiado sutil para la animalidad del Creer... Siendo, o habiendo sido tanto lo uno como lo otro, puedo decirle, lector: los humanos no existimos. Existe la idea de que somos humanos, y convenimos, entre todos, en realizar un enorme esfuerzo organizado, ¡un solo ejército!, para no darnos cuenta de que vivimos de acuerdo a una gran hipótesis, muy costosa y muy frágil... ¡Que todo tiene sentido...! O lo tendrá, cuando por fin... ¿Qué? ¿Montemos el sistema político objetivamente verdadero? ¿Vuelva ese hacker de la ética para juzgarnos finalmente? ¿Se disgreguen todos los átomos, demostrando que nuestro orgullo era infundado, y así dejando claro que la humildad era, después de todo, el valor máximo? ¿Qué? ¿Qué podríamos hacer o qué podría pasar, para, como el loco, no tener más preguntas, y que seamos, por fin, escogidos?

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.