“Hay que dejar que la porosidad nos erosione”

Una entrevista a Lucía Vargas Caparroz.

POR El Malpensante

“Hay que dejar que la porosidad nos erosione”

Lucía Vargas Caparroz. © Juan Sebastián Londoño

 

Si es cierto que escritura y vida siempre están unidas, en el caso de Lucía Vargas Caparroz ambas parecen estar zurcidas por los bordes. Desde hace varios años la poeta y escritora argentina, radicada actualmente en Colombia, ha recorrido entrelugares físicos y lugares apartados del territorio colombiano, y a su vez ha horadado las fronteras invisibles de la poesía, la crónica y la narrativa. Hace poco, el Premio Nacional de Cuento La Cueva la seleccionó como la tercera ganadora del que quizá es el mayor galardón en Colombia para cualquier persona que escriba cuentos. El Malpensante habló con Lucía sobre su relación con el lenguaje, con ese habitus móvil presente en su vida y en su obra, y sobre su faceta como tallerista.

 

Este año, las tres ganadoras del Premio Nacional de Cuento La Cueva fueron por primera vez mujeres (incluso, dio la casualidad de que Yulieth Mora, la ganadora del primer lugar, es amiga tuya de tiempo atrás). ¿El veredicto de esta última edición de La Cueva es un termómetro de algún tipo para pensar el lugar actual de las mujeres en la literatura colombiana?

Esa ha sido la gran noticia para los medios, ¿cierto? Que, por primera vez en diez años, una mujer gane el premio. Sigo preguntándome por qué es curioso o llamativo que tres mujeres ocupen los primeros puestos. Sí, entiendo que es la primera vez que pasa y que eso lo convierte en noticia, pero hay un énfasis particular que no me convence. Lo que me llama la atención es que, en pleno siglo XXI, el reconocimiento a nuestro trabajo sea noticia. Tanto las mujeres como los hombres han escrito grandes obras literarias y creo que la calidad no depende del género, sino del trabajo y la perseverancia.

No me interesa el contraste. Sé que hay escritores muy buenos que admiro y respeto por la calidad de su pluma, pero, continuando con tu analogía, me parece que este premio no viene a medir nada porque la temperatura siempre fue la misma: el calor que genera el compromiso con nuestra escritura va de la mano con el sofoco que genera el enardecimiento por nuestra historia. Más bien me interesa eso otro que decís respecto a pensar el lugar actual de las mujeres, pero no solo en la literatura.

Creo que la visibilización de nuestro trabajo es consecuencia de todo lo que se viene gestando a nivel social, político y cultural: desde el derecho al voto hasta el aborto legal, seguro y gratuito. Nos reinventamos cada día, desde diferentes ámbitos, no solo desde la literatura. Nos animamos a decir, a manifestar, a escribir firmando con nuestros nombres, y siento que esa responsabilidad tiene que ver con algo que dijo Yulieth durante la ceremonia de premiación: allanar el camino para futuras generaciones.

Después de haber vivido un tiempo acá, quizá has detectado diferencias entre la literatura argentina y la colombiana. Entre los escritores. Entre las editoriales. Entre las escenas y los parches. Tú misma trabajas acá en una distribuidora. ¿Crees realmente que hay una marcada distancia en el mundo editorial de ambas latitudes?

No sé si esa distancia es tan marcada, tal vez sea solo la impresión que genera mirar un mapa. En realidad, creo que la situación en Latinoamérica es más o menos la misma: las editoriales independientes tienen los mismos problemas (el papel, las ferias, el mercado), los escritores y escritoras siguen comprando tiempo para escribir, los parches siguen siendo variados y la escena puede ser una verdadera jungla.

¿Qué extrañas de tu país?

La comida. Sí, Colombia tiene platos típicos deliciosos y una inmensa variedad de frutas y verduras que allá no se consiguen, pero no termino de acostumbrarme. Creo que tengo alojada en el paladar algo de la nostalgia argentina, esa de la que tanto hablan. También me hace falta la gente, los espacios: el barrio, los amigos, los cafés, la familia, el habla. A veces esa añoranza me dificulta el estar lejos, pero la conservo viva. Supongo que es lo que me hace volver a casa siempre.

Paul Valéry decía que la diferencia entre la poesía y la narrativa radica en la relación de ambas con el lenguaje. Si la narrativa suele usar el lenguaje como un medio, a la manera de un maratonista que utiliza el movimiento para ir de un punto A a un punto B, la poesía emplea el lenguaje por su propio fin, como los bailarines, que no se mueven para desplazarse a algún lugar sino para centrarse en el mismo acto de moverse. Tu escritura se sitúa en ambos géneros. Se ve que habitas en esa hibridez. ¿Para ti hay diferencias así de claras como las que mencionaba Valéry?

No me animo a establecer diferencias tan tajantes. Honestamente, reniego de las dicotomías. Creo que se trata justamente de eso que venimos charlando sobre las nuevas generaciones y sobre el respeto y la tolerancia frente a las diferencias. Coincido en lo que decís, me interesa lo híbrido y es desde ahí donde trato de abordar mis textos. Pienso que las categorías de género quedaron obsoletas hace rato, si no fijate en el trabajo de María Gainza en El nervio óptico. ¿Qué viene a ser todo eso?, ¿una novela, una serie de relatos atravesados por un hilo conductor, ensayos sobre arte, una autobiografía ficcionalizada? Cada lector o lectora se puede parar en la postura que quiera y considere válida, pero a fin de cuentas ese no es el punto. En realidad, para mí el asunto radica en encontrarle la forma más honesta y genuina a lo que querés decir, y para eso no hace falta levantar barreras; más bien, hay que dejar que la porosidad nos erosione.

En el último año has estado publicando en El Malpensante unos breves retablos sobre plantas recogidos en una columna que se titula Herbario migrante. ¿Cómo ha sido la experiencia de escribir esas acuarelas en las que convergen botánica y poesía?

Ha sido increíble. Esta columna ha sido un espacio sagrado que he querido cuidar y cultivar con mucho esmero. Siento que el jardín del Herbario florece un poco más en cada nueva entrega. Y sí, creo que lo que intento hacer es cultivar ese conocimiento en botánica desde la voz poética y el trabajo de investigación. El color de estas acuarelas lo da el tono, el trabajo con el equipo de edición, las ilustraciones. Siempre agradeceré la confianza en mi trabajo y la invitación de Karim Ganem Maloof, ex-editor en jefe de la revista, quien me propuso iniciar este proyecto, que ha resultado un desafío maravilloso. Me emociona y enorgullece ser parte de esta casa.

Pareciera una discusión bizantina aquello de si se puede o no enseñar a escribir. En tu caso, desde hace un tiempo te has dedicado a dictar cursos y talleres de escritura. ¿Realmente se pueden formar escritores?

En realidad, siento que no son cursos o talleres de escritura, sino más bien espacios experimentales en donde propongo un diálogo con lxs otrxs, con las cosas y con el mundo. Abelardo Castillo, escritor argentino, dijo: “Yo no enseño a escribir. Yo enseño a aprender". Me encanta esa idea y la considero muy válida a la hora de responder a tu pregunta: no, no creo que se puedan formar escritores, pero sí creo que se puede contagiar el entusiasmo de aprender, de seguir leyendo. Los espacios que ofrezco tienen que ver con eso, con la idea de seguir aprendiendo de nosotrxs mismxs y de todo lo que nos rodea.

¿Qué libro ajeno te habría gustado haber escrito?

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway.

¿Qué gana la vida con la literatura?

Sentido.

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