"Hay que tener la humildad de la pregunta": Jorge Antonio Vega

Una entrevista con un maestro de la radio colombiana.

Tras la publicación de un perfil sobre su vida hace varios años en una de nuestras ediciones, charlamos con Jorge Antonio Vega, una de las figuras más importantes de la historia de la radio colombiana y uno de nuestros suscriptores más ilustres, sobre los cambios en el universo radial, la importancia de evidenciar la quintaesencia de una palabra al pronunciarla y las formas de vengarse del tiempo haciendo crucigramas.

 

Fotografías y video: Leonardo Alvarado

POR Simón Uprimny Añez

Jorge Antonio Vega

Jorge Antonio Vega en la Casa Malpensante

 

Como bien lo ha dicho Diana Uribe, Colombia es un país radial. A pesar de ser un medio de comunicación que ya pasó de su primer centenario, la radio sigue atravesando nuestras selvas, montañas y ríos para conectarnos a través de relatos, noticias y canciones. Incluso con el afianzamiento de tecnologías más novedosas como la televisión e internet, la magia y la potencia de la voz humana han hecho de la radio una expresión cultural fundamental en la historia de nuestro país.

Por este motivo, tras ocho años de haber entablado una primera conversación, volvemos a charlar con uno de los personajes legendarios en la historia de la radio colombiana, Jorge Antonio Vega, quien fue, entre otras muchas cosas, director de las cadenas Radio Caracol y Todelar, y anfitrión del legendario programa La hora Philips, que en los años sesenta paralizaba los hogares nacionales todas las noches durante una hora.

Nos encontramos con el exlocutor, quien cumplirá 90 años en mayo del 2023, para hablar sobre la relación entre oralidad y escritura, los cambios que han experimentado los medios de comunicación con las nuevas tecnologías, sus gustos literarios (y en especial poéticos) y su vínculo con nuestra revista, pues es también uno de nuestros más fieles suscriptores.

Todo esto, al fin y al cabo, no es más que una conversación sobre el inexorable paso del tiempo, el mayor antagonista, o el único, tal vez.

 

El Malpensante: Empecemos hablando un poco sobre su carrera. Usted ha sido uno de los personajes más importantes de la historia de la radio nacional. En el universo radial hizo todo lo que se podía hacer. De hecho, nosotros le dedicamos un perfil que repasaba su vida profesional en nuestra edición 155 (agosto del 2014) titulado “El camaleón de la radio”, realizado por la periodista María Alexandra Cabrera y acompañado de fotografías y reproducciones de Lina Botero. Fue locutor durante muchos años, y algo que siempre lo caracterizó fue su cuidado y su respeto casi ceremonial por el lenguaje. ¿Cuál es para usted la diferencia entre la palabra leída en voz alta, como ocurre en la radio, y aquella leída en silencio, que uno lee para sí mismo? ¿Cuál sería la diferencia entre la oralidad y la escritura?

Jorge Antonio Vega: Cuando me preguntas eso, afloran recuerdos. Te cuento uno. En la Asociación Colombiana de Locutores yo dictaba clases para las personas que tenían dificultades en la lectura. Y eso tuvo mucha aceptación. En esos ejercicios de lectura yo les iba pasando a los asistentes el libro de uno en uno y les suplicaba que respetaran el valor sonoro de las palabras. Por ejemplo, la palabra “furia” tiene su propio sonido. No puedes decirla dulcemente, porque es un contrasentido entre la palabra y su interpretación. Y así vamos leyendo y voy corrigiendo. Había una dama abogada tomando el curso, le pasé el libro, ella empezó a leer muy suave y le dije: “No, no la escucho, más alto, por favor”. Respondió: “Yo leo es para mí, no para los demás”. Entonces, me dejó dos lecciones inmediatas: primero, una de altanería, y segundo, otra bajo forma de pregunta: ¿para qué va a tomar un curso si no lo necesita, si no quiere aprender?

Yo, por mi parte, procuro leer de las dos formas. Hago un ejercicio diario de lectura en voz alta, y el resto, para mí, en silencio. ¿Cuál es la diferencia? En la lectura silenciosa tú aprendes conceptos con mayor comodidad que cuando estás leyendo en voz alta; en voz alta lo que estás haciendo es darle valor a las palabras. La palabra “dulzura”, por ejemplo, hay que decirla de una manera especial. Y luego, el ritmo que debe llevar. Cuando estoy leyendo en silencio, me doy el lujo de volver a leer, de repasar cuando no he entendido bien un párrafo. Reviso y tomo mis anotaciones en una hojita aparte (no me gusta manchar el libro). Escribo palabras cuyo significado exacto desconozco, frases que veo que tienen una construcción forzada. En fin, todas esas cositas. Esa es la diferencia en mi forma de leer. No sé los demás, cada uno tiene su técnica o su costumbre. Me gusta, por ejemplo, leer poesía en voz alta, porque exige interpretación. ¿Qué sintió la persona que escribió el poema? Entonces, yo trato de actuarlo.

El Malpensante: Usted menciona la palabra “furia”, la palabra “dulzura”. ¿Tiene alguna palabra favorita?

JAG: Ah, ¡claro! Es “gracias”. Sí, me fascina esa palabra, y la uso muchísimo. Cuando voy a un sitio y me sirven un tinto, lo primero que tengo que decir es “muchas gracias”. Además, porque significa ya lo dice la palabra gratitud, reconocimiento y finura. A mí me fascina esa palabra, creo que es la que más uso y a la que más le rindo veneración en nuestro idioma.

El Malpensante: Con las nuevas tecnologías, con internet y las redes sociales, el acceso y la producción de información han crecido de manera impresionante. Esto trae cosas buenas, como la democratización al acceso a la información, pero también algunas malas, como que algunos medios escritos ya no cuiden tanto lo que escriben igual que antes. Encuentra uno frecuentemente en internet faltas de ortografía y de redacción, a veces bastante evidentes. Se siente todo más desprolijo, más descuidado. ¿Siente usted que pasa lo mismo en la radio?

Jorge Antonio Vega: Desde luego. Yo vengo de una escuela en radio en donde todo se escribía. Cada locutor tenía su escritorio, su máquina de escribir y su sistema de hacer sus programas. Esos libretos se pasaban al director artístico de la emisora. Y uno revisaba y corregía para tener un producto final aceptable, para que a la hora de la trasmisión el locutor pudiera estar seguro de la calidad de lo que estaba diciendo. Eso se perdió. Ya parece que a la gente que trabaja en radio le gusta más improvisar, pero para improvisar se necesita conocimiento. Resulta que lo hacen más por capricho que por conocimiento. Yo escucho ya muy poca radio. Precisamente por eso, porque me molesta, me mortifica, la falta de respeto. Maltratan al oyente. Y hay un exceso de ego. Le voy a contar una experiencia que tuve: yo he sido director de algunas cadenas del país. Fui director de Caracol Radio en dos oportunidades, con 25 años de diferencia entre la primera y la segunda vez. Fui director de Todelar. En fin, una vez, un periodista llegó y me dijo: “Cómo le parece, señor Vega, que el ministro no me quiso hablar a mí, que vengo en representación del medio. No me quiso hablar”. Le dije: “Perdóname, el ministro le habla a quien quiere. No es obligación hablarte; tú no tienes una condición especial porque eres periodista. Cuando la gente no quiere, no habla. Eso es un derecho”. Entonces me di cuenta de ese ego que se le despierta al periodista porque tiene un micrófono y el respaldo de una empresa. Eso es un exceso de soberbia. En mi larga trayectoria yo le aprendí una frase a Juan Gossaín, con quien trabajé diez años en RCN. Como lector de noticias, él les decía a los redactores y a todos los que participábamos en eso: “Tengan la humildad de la pregunta”. A mí me fascina eso, lo recuerdo siempre. Hay que tener la humildad de la pregunta. Muchas veces, uno no pregunta para no demostrar que no sabe. Pero eso sella la ignorancia, la protege. No preguntar es cerrar la puerta al conocimiento.

El Malpensante: Después de la Constitución de 1991, a los locutores se les dejó de exigir la licencia que antes se les pedía para trabajar. ¿Usted considera que eso ha influido en la pérdida de calidad en el medio?

JAG: Muchísimo, muchísimo. Yo presenté mi primer examen para locutor en 1949, cuando el despacho se llamaba Ministerio de Correos y Telégrafos y el ministro en ese entonces era Rojas Pinilla. Para presentar el examen me dieron una hojita con unas preguntas base. Tenía que aprender pronunciación de nombres extranjeros, saber algo de música clásica, de geografía del país, también hacían preguntas de historia... Es decir, uno tenía que prepararse para tener la osadía de enfrentarse a un micrófono. Después de unos meses, uno tenía la opción de presentar nuevos exámenes y subir, porque había un escalafón. La primera licencia la llamaban de segunda, y solo después de algunos meses y un nuevo examen uno podía obtener la licencia de primera. Y la máxima era primera y noticias: estaba reservada para gente de una gran calidad cultural y social. Era un respaldo de calidad profesional.

El Malpensante: Cuando la televisión se popularizó, y luego, con el surgimiento de las nuevas tecnologías, muchas personas creyeron que eso iba a significar el final de la radio. Sin embargo, ahí sigue, vivita y coleando, y no parece dar signos de que se vaya a ir a ningún lado. ¿Usted por qué cree que aún hoy en día sigue teniendo esa fuerza? ¿Por qué le gusta tanto a la gente escuchar radio?

JAG: Yo a la radio le doy un enorme valor, porque la sustentación de la radio es el sonido. La palabra es la expresión sonora de las ideas. De tal manera que siempre existirá ese medio de comunicación fundamental, elemental y hermoso que es la palabra. Lo demás son instrumentos que se utilizan para que esa palabra tenga una mayor difusión. Entonces, ahora, por ejemplo, con internet, WhatsApp y estas cosas, yo digo que la persona que se dedica a la comunicación, ya sea como locutor o periodista, necesita hoy más que nunca un discernimiento que respalde su trabajo. Porque el problema es que en todo lo que aparece hay muchas ofensas, muchas mentiras. Hay mala ortografía y mala redacción. Es decir, eso es como una caneca: ahí se bota de todo. Y el comunicador que utiliza esa herramienta debe tener el discernimiento para escoger: esto es mentira, esto es chisme, esto es verdad.

El Malpensante: ¿Usted conoce los podcast? ¿Qué piensa de ellos? 

JAG: Sí. A mí me llamaron de RTVC Radio y me pidieron que hiciera un podcast, unas charlas de cinco minutos sobre diferentes temas de mi experiencia. Y lo hice, y me fascinó hacerlo. Pero para buscarlos no soy duro, no soy muy experto en el manejo del aparatico. De repente me tropiezo con algún podcast y lo oigo. Yo digo que es una nueva herramienta para llegar a los demás.

 

Jorge Antonio Vega

Jorge Antonio Vega lee el perfil que le hizo María Alexandra Cabrera en El Malpensante 155

 

El Malpensante: Volvamos al perfil suyo aparecido en nuestra revista hace ocho años. En esa ocasión, la periodista María Alexandra Cabrera lo acompañó a una de las clases de locución que usted daba en ese tiempo. ¿Sigue dictando esas clases hoy en día?

JAG: Imagínate que ya no, porque como eliminaron la licencia de locución, entonces ya cualquiera puede hablar por radio sin necesidad de conocimiento. Y la triste realidad es que nuestra gente tiene poca ansia de conocimiento. Yo he ido a dictar clases a universidades y me he dado cuenta de que no hay interés; hay interés solo en sacar el cartón para adjuntarlo a una hoja de vida y mandarla para pedir puesto. El deseo de conocimiento es muy escaso en nuestra gente. ¡Pero cómo me agradaría volver a dar clase! Porque cuando uno está dictando clase, está aprendiendo. Es una alimentación mutua interesantísima. Uno aprende de la gente y la gente aprende de uno. Eso es comunicación.

El Malpensante: Voy a leerle algo dicho por usted en ese perfil. Al reflexionar sobre la felicidad, declaraba: “De todas maneras, llega un momento en el que uno suena como un arpa vieja y se acabó, pero mientras llega eso hay que disfrutar la vida, ser feliz o tratar de ser feliz porque, ¡Dios mío, sí que es difícil la felicidad! La felicidad es muy esquiva. Es fugitiva”. ¿Qué consejos puede dar usted hoy, ya bordeando los 90 años, para atrapar esa escurridiza felicidad?

JAG: Yo no me atrevo a dar consejos porque di tan mal ejemplo [risas]. La felicidad es subjetiva, es una sensación tan íntima. Y hay momentos en que la felicidad no depende de uno, sino de los demás. Sí, la alegría es un combate. Porque la vida es áspera por naturaleza, difícil. Entonces, encontrarle la parte bonita es un ejercicio de optimismo, de salud. Yo tengo un dicho que digo a menudo: es mucho mejor reír que llorar. Aunque el llanto tenga sus momentos inaplazables, tratemos de reír lo máximo posible.

El Malpensante: Usted también dijo en aquella ocasión: “El tiempo acaba con todo menos conmigo, carajo”. Hoy, ocho años después, ¿qué le dice al tiempo?

JAG: [risas] Te cuento algo: yo saco los crucigramas y los sudokus de los periódicos que caen en mis manos. Todos me fascinan, y me preguntan mucho por qué. Yo respondo: es una venganza que tomo. Estoy matando el tiempo porque ese tiempo me va a matar a mí. Entonces, yo lo hago antes. El tiempo es lo único que quiero matar. Además, si usted le dedica un segundito a reflexionar sobre el tema, va a llegar a una conclusión: el tiempo no perdona nada, el tiempo lo acaba todo. Es lo único que no tiene reversa. Ya lo que se hizo, se hizo. El tiempo es implacable. Y eso de que el tiempo no acaba conmigo es un decir, porque yo tengo ya en este momento 89 años y mi propósito es llegar a los cien; me cuido y hago mis cosas a ver si aguanto hasta ahí. Ahora, si mi Dios me da una ñapita después, se la acepto. Porque me gusta vivir. Vivir es un ejercicio único. Esto no tiene repetición. Y a mí realmente me ha ido bien en la vida. Claro, con los dolores y las fallas y las cosas que todos tenemos. Pero me ha ido bien y tengo satisfacción de vida. Por eso tengo apego a ciertas circunstancias.

Cuando me invitan a algún lado y me preguntan: “¿No le da nostalgia la radio?” Yo respondo: “No, qué me va a dar nostalgia”. La palabra “nostalgia” no me gusta; incluso, una vez me invitaron a un programa de televisión que se llamaba Nostalgia y decliné la invitación porque no quiero participar de eso. Le explico: nostalgia tiene un componente de dolor, viene de “álgos”, que en griego significa “dolor”. Y yo no tengo dolor. Lo que siento por la radio es una enorme alegría de haber hecho lo que hice en el momento en que lo hice.

El Malpensante: Terminemos esta entrevista con un par de preguntas sobre sus gustos literarios y su relación con nuestra revista, pues no queremos quedarnos con las ganas de conocer las respuestas de uno de nuestros suscriptores más antiguos y fieles. ¿Usted recuerda cuándo fue la primera vez que escuchó de El Malpensante?

JAG: Lo que pasa es que yo soy ratón de biblioteca. Entonces, un día la vi en un estante de una librería y la compré porque me sedujo el contenido. Ese contenido me gusta porque es una exploración literaria de diversos temas. Inclusive, veo cosas que digo: esto está hecho para varias generaciones, porque hay cosas que pueden interesar a los jóvenes y otras a los viejos.

El Malpensante: ¿Desde cuándo es suscriptor?

JAG: Desde hace al menos diez o doce años.

El Malpensante: ¿Le gusta coleccionar las ediciones?, ¿las guarda en algún sitio especial?

JAG: Yo las tengo todas. Tengo un arrume así de grande [hace un gesto con la mano que abarca el espacio desde el suelo hasta su cintura]. Bueno, yo tengo un edificio de tres pisos, y en el segundo encuentras archivos de mis oficinas y la colección de revistas de no sé hace cuántos años. De repente se van a dañar...

El Malpensante: En ese gusto reverencial que usted tiene por el lenguaje, ¿cuáles son sus preferencias literarias?

JAG: Procuro leer de todo. Y le doy importancia al estado de ánimo en que me encuentre. Hay momentos en que estoy para leer divertimentos, otros no. Y me gusta mucho leer poesía. Inclusive, te lo digo, yo trato de entender la poesía contemporánea, la de los jóvenes, para ponerme en actualidad con lo que se está viviendo. Pero no hay nada mejor que esa poesía de antes con rima y medida, que lleva una música, una melodía, que exige una interpretación.

El Malpensante: ¿Tiene algún poeta favorito?

JAG: Me gustan cosas diversas. Yo grabé varios discos de poesía para empresas comerciales, pero nunca tuve la curiosidad de aprenderme de memoria los poemas. Sentía que era algo que no iba conmigo. Pero, por ejemplo, hace muchos años, recién llegué yo a la radio, encontré unos versitos que decían “una nube blanca y una nube azul / en la nube un sueño y en el sueño tú”. Pero nunca supe de quién eran ni nada. Y en internet, hace unos años, puse la frase y me salió el poema completo. Es de un poeta hondureño llamado Heliodoro Valle y es una preciosura. Pero no lo conoce nadie, creo yo, porque digo esa frase y nadie hila con ella. Es un tesoro que está por ahí, guardadito.

 

Al finalizar la entrevista, buscamos la aguja entre el pajar infinito que es Google y, en efecto, ahí estaba: el poema se titula “Ultramarina”. Procedimos a imprimir una hoja con los versos del poema y no dejamos pasar la oportunidad de pedirle a uno de los locutores más importantes de la historia de la radio colombiana que declamara el poema solo para nosotros. El resultado es todo un deleite: puede disfrutarlo haciendo click aquí. A continuación, el poema completo:

 

Una nube blanca,

una nube azul,

y en la nube un sueño

y en el sueño tú.

 

Gaviotas al Norte,

luceros al Sur;

sobre el mar el cielo,

y en el cielo tú.

 

Música de errantes

cítaras de luz,

y luz en el alma,

y en el alma tú.

 

Las ondas me traen

cartas del Perú,

y en las cartas besos,

y en los besos tú.

 

Tú en la noche blanca,

tú en la noche azul;

y en lo misterioso

dulcemente tú.

Jorge Antonio Vega declama el poema “Ultramarina” del hondureño Rafael Heliodoro Valle (1891-1959)

Jorge Antonio Vega declama el poema “Ultramarina” del hondureño Rafael Heliodoro Valle (1891-1959)

ACERCA DEL AUTOR


Simón Uprimny Añez

Sociólogo de la Universidad Externado de Colombia. Es periodista cultural de El Malpensante.