Hidra acéfala

El colmillo de la esfinge. 

POR José Covo

.

...sí, porque en mi día a día me preocupa muy poco la verdad, honestamente. Cuando mis amigos me preguntan algo o ponen un tema de conversación rara vez digo lo que de verdad pienso... generalmente digo alguna cosa absurda, exacerbada, que no tiene posibilidad de ser tomada en serio... o cosas rayando en el racismo, la homofobia, yo, que tengo amigos de todo tipo... Los que me conocen saben que estoy molestando... Pero a veces con gente que acabo de conocer no saben por qué digo esas cosas, y pueden pensar que las digo en serio... Eso es lo que más me da risa, la verdad... Pero, luego, si ya estoy en riesgo de que me vayan a agredir físicamente o algo así... A sacarme de la fiesta... Puedo decir una frase más genuina... Pero no siempre logro convencerlos. Queda la duda.

            ¿Qué es más verdad, la posición “correcta” o el chiste de mal gusto? ¿Qué se necesita para que una cosa o la otra ingrese en ese estatus tan... ¿qué? ¿Sagrado? ¿Puro? ¿Útil? de lo verdadero? ¿Entra más lo verdadero o el chiste en La Verdad? Y, cualquiera que sea la respuesta, ¿por qué?

            Si la verdad es más verdadera que el chiste es porque ya tenemos unas precondiciones que nos llevan a reconocer lo verdadero en lo que es dicho con honestidad, o lo que se corresponde de manera más o menos directa, más o menos literal, con las condiciones del mundo... con lo que existe... Lo verdadero explica alguna parte del mundo... Y nos gusta mucho reconocer que lo dicho en tono serio, sin risas ni otras demostraciones exageradas de afecto, es la manera apropiada de describir las cosas... En últimas, ¿qué estamos describiendo con las verdades? Pues la textura moral de nuestras vidas... Con cada verdad volvemos a asegurar que la vida es en serio... Que todo lo que hagamos importa, mucho... Si nos diéramos cuenta de que esto, el vivir, es un chiste, o una tragedia sin final feliz... ¿qué cambiaría? Todo cambiaría, creo yo... si nuestras metas, aspiraciones, deseos, miedos, estuvieran enmarcados, más allá de toda duda, en la estructura del chiste... Entonces reírnos sería una vía más apropiada para llegar a la verdad... Eso puede ser, me parece, lo que estoy diciendo y poniendo en práctica con mi preferencia por la falsedad absurda en mi día a día...

            Esta postura mía podría ser leída como una gran inmadurez... Y probablemente hay algo de eso en ella... Pero, al mismo tiempo, sí tengo una preocupación por la verdad, como ve usted aquí, lector, cada dos semanas... Pero no creo que la verdad sea más verdadera que el chiste, ni que cualquier otra cosa... La verdad o el absurdo ya dependen de las preguntas que se estén haciendo... Y de la cara con la que hacemos la pregunta... ¡Eso del conocimiento desinteresado! ¡La lógica fría y objetiva! Pues, si creemos que el mundo y la vida son en última instancia frías y desinteresadas... Si nos parece que hay un orden lógico y frío debajo de todo el chiste y el dolor diarios... Entonces, sí. Pero, ¿es verdad?

            Entonces yo prefiero la mamadera de gallo... ¡Es verdadera! Tanto como cualquier otra estrategia para describir lo que es... Esa supuesta lógica secreta de las cosas es un buen recurso para defendernos contra la incomprensibilidad fundamental de todo... ¡Está bien! Así funciona mejor la vida... Así trabajamos, convencidos de que ese trajín tiene algún propósito sagrado... ¡El orden! ¡El éxito! ¡Ganar la vida! Tomarnos a nosotros mismos muy en serio... ¡Eso es! ¡Hijos de Dios! ¡La mano misma del destino, somos! ¡Qué afortunados! ¡Nacimos en el planeta donde existe el sentido! Todo esto es para algo, nos decimos con nuestras conversaciones de cara seria... ¡Menos mal! ¡El que hace chistes no sabe! No se toma nada en serio... No entendió nada, pobre pendejo.

            Voy a terminar esta columna con una discusioncita sobre el lenguaje... De eso estamos hablando, ¿no? Cómo el lenguaje estabiliza nuestra imagen del mundo... Si descartamos la idea de que somos actores universales, que nuestros destinos de animales son tan significativos como la gravedad, o algo así... Que con nuestras vidas cumplimos el plan de Dios, o de La Humanidad, del Universo, lo que sea, cualquiera de esos dioses... Si descartamos eso, entonces los ruidos que hacemos con la boca y en los que alucinamos, entre todos, el sentido y la verdad, esos ruidos son solo ruido... Su relación con el mundo es alucinada... y el sentido y la verdad, alucinaciones también.

            Incluso la palabra “palabra” no se nombra a sí misma... ¿Qué es una palabra? Primero, es ruido... que nosotros leemos inmediatamente como significativo... inmediatamente, no es un proceso... La palabra “palabra” es, tan pronto la escuchamos, una palabra... no escuchamos ruido en condiciones normales... Pero, entonces, si no podemos escuchar el ruido de la palabra es porque ya desde antes tenemos el concepto de ella en nosotros... ¡En nuestras almas! Que está llena de palabras y de sentido... ¡Es puro sentido, el alma! E incluso el sentido del sentido... Entonces el concepto sale de nosotros, se encuentra con el ruido y vuelve a ingresar en las almas que dialogan... Y, aunque los conceptos están en el alma, también están afuera... A mí se me puede olvidar el significado de cualquier término, pero... ¡Ahí está! ¡En los diccionarios! ¡En los demás! ¿Y cuál es el registro original? ¿Dónde está la definición verdadera e incuestionable de cualquier cosa? ¡Distribuida! Nadie ni nada la tiene completa... El lenguaje está afuera de nosotros, de esa manera importante... Y el sentido se nos escapa... A veces decimos algo que no pensábamos decir porque las palabras hablan solas, aunque no queramos... Entonces la palabra “palabra” hace una vuelta grandísima para llegar a su significado... Y no es un viaje con origen ni destino discernible... No empieza en el concepto individual, que ya depende del concepto exterior... ni en el ruido, que entra en el significado para olvidarse de su traqueteo... ni en el diccionario, que es inerte sin el alma... ni en el futuro, desde donde se organiza el sentido del presente... ¿De dónde viene una palabra? ¿Y hacia dónde va?

            Entonces si definimos las partes del mundo con humor o con seriedad... con dramatismo o irracionalidad... Depende de quién seamos... De lo que nos ha pasado que nos ha hecho lo que somos... Del estado del mundo... De lo que ponemos como futuro en un momento determinado... De la persona que tenemos en frente... si tiene o no sentido del humor... Así es... eso es el sentido de las cosas... distribuido y contextual... y la verdad lógica y fría es solo una posibilidad entre muchas... El que tiene temperamento lógico y frío se siente cómodo con esa teoría del mundo... Pero a mí se me queda corta... Y, la verdad, me gusta meterme con la gente... retar su seriedad y su concepto fundamental de que todo es para algo... ¿Para qué cosa? ¿Quién dijo? Este tema no es para nada en particular... Y usted, lector, hace bien en no creer en nada de lo que tengo para decir.

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.