La ciudad y el mundo

Los atentados del 11 de septiembre de 2001, el rediseño de la política internacional de los Estados Unidos y su desplome.

Tras los ataques de las Torres Gemelas, George W. Bush encontró un nuevo escenario para la política exterior de su país. Se trató no solo de castigar a los responsables de los atentados, sino también de reconstruir y controlar la Ruta de la seda para expandir la presencia de EE. UU en Asia Central y promover los “valores democráticos americanos”. Veinte años después, el balance es desastroso.

POR Carlos Alberto Patiño Villa

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

El 11 de septiembre de 2001 empezó para mí como un día normal, dictando clase de historia del siglo XX en la Universidad Nacional sede Medellín, donde trabajaba entonces. Estaba pensando en el viaje a Nueva York que tenía programado para el día siguiente, cuando oí la noticia de los atentados y vi las imágenes por televisión. El espacio aéreo estuvo cerrado varios días para vuelos comerciales en casi todo Estados Unidos. Tuve la suerte de llegar poco después y recorrer las calles semidesérticas de la ciudad, casi en estado de guerra. La experiencia era apocalíptica. El humo que salía de los escombros de las Torres Gemelas, visible desde el espacio exterior, se erguía aún como un testimonio de los impactos, transmitidos en vivo y en directo a todo el mundo. El olor a carne asada, producido por los incendios al sur de la isla de Manhattan, se sentía en el extremo norte de la ciudad. Como en una ficción postnuclear, vi pasar aviones de combate y desfilar todo tipo de uniformes y vehículos militares.

El 11 de septiembre es uno de esos eventos que provocan de inmediato reacciones encontradas, narraciones diversas e interpretaciones paralelas, todas con un alto grado de incertidumbre. Ese día, sin embargo, Estados Unidos tuvo al menos una certeza: se derrumbó el mito de su invulnerabilidad estratégica, uno de los más fuertes a la hora de dar cohesión a su sociedad durante el siglo XX. Era el primer gran golpe que sufría el país en sus entrañas a manos de combatientes extranjeros, en este caso miembros de una organización terrorista amparada por un Estado hostil.

Según varios estrategas, la seguridad de Estados Unidos se sustentaba en una capacidad de defensa fuera de lo común, favorecida por el tamaño continental del país y por tener sólo dos Estados vecinos, ambos inofensivos. Los norteamericanos vieron cómo unos fanáticos, con muy pocas armas de fuego, sometieron cuatro vuelos comerciales y los estrellaron contra objetivos civiles y militares: la realidad superaba el mito. Los expertos en inteligencia no pudieron descifrar las miles de horas de conversaciones telefónicas grabadas entre los terroristas, porque carecían de los conocimientos lingüísticos y culturales necesarios.

Durante sus dos períodos presidenciales (1993-2001), Bill Clinton practicó una política exterior “neo-aislacionista”. A ella se opuso, tras el ataque terrorista, George W. Bush, quien encontró un nuevo escenario estratégico para su país en el mundo. Según el experto en asuntos euroasiáticos S. Frederick Starr, se trataba de reconstruir y controlar la Ruta de la seda, esta vez de la mano de Washington: castigando a los responsables de los ataques del 11 de septiembre, expandiendo la presencia de Estados Unidos en Asia Central y promoviendo los “valores democráticos americanos”. Bush promocionó la “guerra contra el terrorismo”, apoyándose en acciones legales en el marco de la ONU y en intervenciones militares en Afganistán y, a partir de 2003, en Irak. Poco a poco fueron haciéndose borrosos los objetivos, el rumbo y, sobre todo, la forma de terminar esta “guerra”. Ella creó una fuerte animadversión contra los Estados Unidos, muy visible en París, Berlín, Londres, Bruselas o Madrid, para no hablar de Kabul y Bagdad.

Ilustración de Julio Ossa Santamaría. IG: @ossajulio

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En la navidad de 2001, tres meses después de los atentados, regresé a Nueva York y vi cómo la ciudad empezaba a recuperar la normalidad en la vida diaria, lo que incluía decidir cómo llenar el espacio dejado por las Torres, cómo financiar la nueva construcción y, sobre todo, cómo sobrellevar los traumas personales y sociales del ataque terrorista. El humo negro y el olor a muerte, los aviones de guerra y los uniformes militares se habían disipado, solo para resurgir en otros lugares del globo.

La nueva política exterior norteamericana no generó la estabilidad esperada. La república que se intentó construir en Afganistán cayó por su propio peso, o por la falta del mismo, el 16 de agosto de este año. Pronto vendrá la retirada definitiva de Irak, que, para los Estados Unidos, se convertirá en otro territorio perdido, con el agravante de haber sido la cuna del Estado Islámico.

Con estos fracasos se cierran dos décadas desde aquel 11 de septiembre.
 

Carlos Alberto Patiño Villa

6-09-21


 

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ACERCA DEL AUTOR


Carlos Alberto Patiño Villa

Doctor en Filosofía. Profesor Titular Universidad Nacional de Colombia. Entre sus libros se encuentran "Imperios contra Estados" y "Guerra y construcción del Estado en Colombia".