La cosa más natural del mundo

Un perfil de Mauricio Rosencof.

Compañero de cárcel del expresidente Pepe Mujica durante más de una década –ambos condenados por pertenecer a los Tupamaros uruguayos–, Mauricio Rosencof ha sabido tejer a lo largo de su obra literaria las cicatrices que dejó la dictadura en el país charrúa. Su mérito, en buena parte, ha sido el de contar el dolor sin caer en el resentimiento.

POR Carolina Keve

Un perfil de Mauricio Rosencof.

 

Mauricio Rosencof en su casa (2015).

Mauricio Rosencof en su casa (2015). © minga

 

Mauricio Rosencof estuvo muerto doce años. Mucho para cualquiera, demasiado en un país como Uruguay, donde se nace y se muere poco. Más incómodo y doloroso aún resulta si uno está vivo.

En total, Rosencof pasó secuestrado once años, seis meses y siete días. Los militares uruguayos lo capturaron como parte de un plan para aniquilar la acción armada de su país. Él pertenecía al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros y su muerte inacabada se había vuelto botín. Sin embargo, no guarda rencor. No. Ni el hambre, ni el silencio, ni el terror, ni la ausencia de su hija parecen producir en él ese tipo de aflicción. Lo que en cambio recuerda de esos tiempos es la terrible sensación que le produjo la falta de un escusado.

La ley aplicada en las catacumbas de los cuarteles les permitía a él y a sus dos compañeros de encierro orinar solo una vez por día. Eso si contaban con suerte, porque a veces los oficiales no aparecían y la cosa realmente se ponía difícil. Fue así como comenzaron a probar todo tipo de técnicas hasta que por fin se decidieron por una: la cantimplora. El objeto casi no tenía uso, dado que para ese entonces beber también se había convertido en un eufemismo, y les sirvió para aliviar la vejiga. Con una salvedad particular: debían hacerlo de a chorritos, ya que solo así el orín llegaba a evaporarse, algo que se torna fundamental en una celda donde no hay un lugar para desagotar el recipiente.

En medio de esa lucha, que no le daba tregua para andar planeando revoluciones, fue como Rosencof descubrió la poesía. Tal vez ahí está la clave para entender por qué su prosa no es una que ostenta, sino que transpira y huele a carbón, que recupera el barrio y le habla a la madre, que se forja en la humildad de unas pequeñas hojas de cigarrillo negociadas con algún guardia como una hermosa excusa para hacerse de su humanidad robada y encontrar algo de belleza en el mismo momento en que la sed y la falta de agua lo enfrentaban con otra premisa insoslayable: si uno deja enfriar la orina en contacto con el aluminio, las sales se decantan en el fondo y se puede beber el líquido. La destilación lleva unas horas. Claro, el resultado nunca es perfecto y el rastro puede permanecer en el paladar durante muchas horas.


 

Fotograma de la película La noche de 12 años.

Fotograma de la película La noche de 12 años. ©international pictures

 

***

 

–Aló –carraspea la voz al otro lado del teléfono.

–¿Cómo va, Ruso? Acá, llamando desde Buenos Aires.

–¡Pero cómo te va, piba, tanto tiempo!

–Como se puede, pero qué te voy a decir a vos...

–Ah, no, no. Pero vos pregúntame de esto, que tengo una experiencia bárbara –y suelta una carcajada.

Mayo de 2020. Hace tan solo cinco meses comenzó a circular la noticia de un extraño virus en China. El 13 de marzo llegaron los primeros casos a Uruguay, cuatro personas que viajaron desde Milán, Madrid y Barcelona. El gobierno por ahora ha decidido abrir solo las escuelas rurales. Los comercios en Montevideo funcionan bajo un estricto esquema. Con la pandemia, las calles de la ciudad, deshabitadas por costumbre, parecen haberse vuelto una sombra del Río de la Plata, en una proyección descolorida y gastada que recuerda la nostalgia seca de Onetti. Todavía el grado de incertidumbre e imprecisión sobre la enfermedad es grande, aunque ya se habla de algunas de las causas que delinean a sus principales víctimas. La edad y las enfermedades respiratorias están entre ellas.

Mauricio Rosencof –“el Ruso”, como todos lo llaman en Montevideo– está por cumplir 87 años y padece una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, heredada de los años de encierro. Por eso guarda un estricto confinamiento en su departamento de Malvín, un barrio en las afueras de la ciudad que en los años cincuenta comenzó a poblarse de empleados y comerciantes que lograban hacerse de algún crédito para costear una vivienda cerca de las playas más exclusivas. Tuve oportunidad de visitarlo allí en 2017, dos años después de conocernos durante la filmación de un documental que retrataba su historia y la de sus compañeros tupamaros. Rosencof habla de su secuestro con tono amable. En realidad hay algo con los uruguayos y el humor, como si contaran hasta el recuerdo más tortuoso con una gramática que no admite lugar para aquello que, simplemente, ya no tiene remedio.

–Mi idea es que el virus anda con ganas de quedarse. Igualmente mi vida no cambió mucho, viste que yo trabajo a domicilio –vuelve a reírse.

Terco, como él dice, no ha perdido el hábito de escribir. Lleva más de veinte libros publicados, desde novelas y poemarios hasta piezas de teatro. Sin ir más lejos, en 2018 Álvaro Brechner estrenó La noche de 12 años. La película, seleccionada en el 75 Festival Internacional de Cine de Venecia y en el 66 Festival de Cine de San Sebastián, está basada en Memorias del calabozo, la obra que Rosencof escribió con Eleuterio “el Ñato” Fernández Huidobro, al salir en libertad. Ambos estuvieron secuestrados junto con José “Pepe” Mujica. Muchos años después, Rosencof llegaría a ser secretario de Cultura, Fernández Huidobro ministro de Seguridad y Mujica presidente. Pero cuando la libertad era una opción incierta y ser gobierno una fantasía, poner palabras a todo eso que habían pasado parecía ser lo más importante. Fue así como Memorias se tradujo a muchos idiomas, y con más de veinte ediciones se ha convertido en uno de los principales testimonios sobre la dictadura uruguaya.

–Todo arrancó cuando con el Ñato nos enteramos, mientras estábamos encerrados, de que un compañero tenía un tumor y otros dos estaban enloqueciendo. Fue en ese momento que nos prometimos que si alguno salía con vida iba a dar testimonio de todo. Lo empezamos en la casa de mis viejos, en la playa. Quince días estuvimos frente al grabador. El libro en realidad reproduce ese diálogo; quisimos prescindir de cualquier recurso narrativo para que el lector no lo pensara como mera literatura. Tenía que ser una transcripción de lo que nos había sucedido. Nuestra intención no era hacer una tribuna, tan solo quisimos pensar cuál era nuestro lugar ahí.

–¿Y cuál era?

–Mirá, hay una cosa que es muy difícil de explicar. Pero los tres por separado llegamos a la misma conclusión. Lo que nos vencía frente a nuestros carceleros era la debilidad emocional. Les dabas un punto débil y tocaban por ahí, por tu hija, por el viejo o la vieja. Así fue como logramos construirnos una especie de coraza de hormigón para no transmitir esas debilidades, porque se volvían en contra nuestra. Para que veas, te cuento una. La hija del Ñato nació en un cuartel. Su compañera, la Petisa, estaba embarazada de Gabrielita cuando la detuvieron. Después, cuando nos habilitaron las visitas, la hermana del Ñato llevaba a la nena al cuartel. Y ahí venía y se oían los gritos de la chiquilina porque el papá estaba esposado y ella pensaba que no tenía manos. Un día el Ñato me dijo: “Esta visita me hace mucho mal y le hace mucho mal a mi hija. Voy a hacer un trámite para que la suspendan”. Entonces le dije que era un error porque iba a crecer, no pensando que tenía un padre sin manos, sino que no tenía padre. “Tenés que crear un mecanismo para que ella deje de pensar que solo va a ver a su papá que está preso”, le dije. Había que inventarle algo, y así empecé con los cuentos para Gabrielita.

Los relatos terminaron componiendo Cuentos para las lágrimas de una niña que, junto con otros textos de la colección Piedritas bajo la almohada, inspiraron el cortometraje A Father’s Gift.

–¿Hay algo de tu vida sobre lo que no has escrito?

–No sé, la memoria es la que te lleva a todos esos lados...

–Sobre tu hermano no has escrito.

Rosencof hace un largo silencio.

–Pero está presente en todo esto –suspira y sigue–. Aunque me lo dejás como una semilla en la cabeza.

Rosencof hace otro lago silencio.

–Pobre vieja, tuvo dos hijos enterrados. Uno de ellos muerto.

El hermano del Ruso murió de meningitis a los 16 años. Se llamaba Leonel.

Ese era el nombre que Rosencof utilizaba cuando lo detuvieron en 1972.


 

Julio Marenales sosteniendo la bandera de los Tupamaros.

Julio Marenales sosteniendo la bandera de los Tupamaros. © wikimedia commons

 

***

 

Isaac Rosenkopf llegó a Montevideo con su esposa y su primer hijo en 1932, tuvo que cambiar su apellido, abandonó la p al lado de la consonante y la k, comunes en su pueblo natal de Polonia pero no tanto para estos pagos. Luego hizo lo que todos los inmigrantes que escaparon de las guerras en Europa: trabajó y logró tener su propia casa. Tiempo después nació Mauricio.

El hijo menor de don Isaac heredó dos cosas de su padre: la mirada de un azul transparente, y el carácter tenaz y rebelde del viejo, un bolche agremiado en lo que los uruguayos, con su pícara prosa, bautizaron como el Sindicato Único de la Aguja. Isaac trabajaba como sastre.

Fue así que, durante la adolescencia, Rosencof comenzó a militar en el Partido Comunista. Años más tarde pasó a integrar el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una organización armada uruguaya que nació bajo la promesa instaurada en la región por la Revolución cubana, y logró crecer rápidamente ganándose la atención de la prensa gracias a sus intervenciones épicas. La más grande fue la fuga de un penal que hoy se disputa el título como una de las más importantes de la historia. En Montevideo todos la conocen como “la fuga de Punta Carretas” y la relatan con el mismo ingenio que utilizaron los tupamaros para escapar de la cárcel. Al parecer, el 6 de septiembre de 1971 el jefe de la Policía recibió un llamado:

–Soy el dueño de la casa que está frente a Punta Carretas. Se acaban de fugar los presos –dijo la voz de un hombre al otro lado de la línea, según cuenta el mito popular.

–No diga tonterías –fue la respuesta.

–Pero no le estoy mintiendo. Hicieron un túnel...

–¿Y cómo lo sabe?

–Porque desemboca en mi casa.

En total lograron huir 116 detenidos. Los Tupamaros bautizaron al túnel como Lenin, y a la fuga la llamaron El Abuso. En una entrevista publicada en 2011, Rosencof dio una definición más biológica. La consideró “un orgasmo nacional”. Su responsabilidad en el plan fue grande. Él fue quien, junto a otros compañeros, ocuparon justamente la casa frente al penal, la 2535 de Solano García, para recibir a los prófugos y garantizar su resguardo.

Para entonces la política ocupaba gran parte de su vida, aunque la literatura seguía marcándole el pulso. A los 34 años ya era autor de seis obras de teatro, entre ellas Las ranas, estrenada en Madrid y La Habana, ganadora del Premio Casa del Teatro del Uruguay a la mejor obra de autor nacional.

Mientras tanto, el contexto social se volvía cada vez más crítico. La inflación no paraba de hacer caer el salario de los trabajadores, que con un relativo desarrollo industrial habían podido alimentar una organización sindical más sólida. Frente a eso, sumado al vertiginoso crecimiento de las organizaciones de izquierda, el gobierno afiló su fuerza represiva. Hacia comienzos de los años setenta la mayoría de los dirigentes tupamaros fueron detenidos.

Rosencof no fue la excepción. Cayó preso en 1972. Unos meses después, el 27 de junio de 1973, el presidente Juan María Bordaberry disolvió el Congreso, y las Fuerzas Armadas aprovecharon entonces para dar su gran golpe.

En el frío de una primavera que se resistía a aparecer, secuestraron de la propia cárcel a los nueve líderes del movimiento. Junto con Rosencof, Mujica y Fernández Huidobro, desaparecieron Adolfo Wasem, Raúl Sendic, Julio Marenales, Jorge Manera, Henry Engler y Jorge Zabalza. El razonamiento de los militares era sencillo: sin una cabeza, la organización iba a terminar disgregándose.

La operación duró toda la noche. Los sacaron de sus celdas en plena madrugada. En completo silencio, moviéndose en una tenebrosa y ensayada coreografía, los oficiales del penal les pusieron algodones en los ojos, cubrieron sus rostros con una lona áspera y dura, y los dividieron en grupos de tres para confinarlos a los pozos de los cuarteles diseminados por todo el país. De un día para otro nadie sabía dónde estaban.

En total, permanecieron secuestrados en esas condiciones once años, seis meses y siete días. La prensa los bautizó “los rehenes de la dictadura”.

El 27 de junio de 1976, Amnistía Internacional presentó un informe ante la Cámara de Diputados de Washington denunciando que uno de los jefes del penal les había asegurado: “No nos atrevimos a liquidarlos cuando tuvimos oportunidad. Debemos aprovechar el tiempo que nos queda para volverlos locos”.


 

***

 

–Rosencof se entusiasma con todo.

La voz de Alcides Abella, el director de Ediciones de la Banda Oriental, se precipita del otro lado del teléfono. Conoció la obra de Rosencof en los años setenta y comenzó a publicarlo a fines de la década siguiente. Habla con una verborragia que suena rara en un montevideano.

–Novelista, poeta, dramaturgo. ¿Cuál es la definición que más cabe para su obra?

–Su estilo es multifacético. No desdeña ninguna forma de expresarse. Se siente cómodo en la novela, pero también en el relato corto que bordea la crónica. Lo que lo define es la memoria. El Ruso recupera el Montevideo de los inmigrantes y las huelgas obreras de los años cuarenta, y también el que vivió la dictadura, entendiendo la literatura como herramienta de justicia, en un sentido testimonial. Pero no es una literatura del resentimiento. Es como si...

–¿Como si...?

–Como si le diera pudor hacer referencia a su propio sufrimiento.

 Represión policial en Montevideo durante una manifestación antidictatorial (1984).

Represión policial en Montevideo durante una manifestación antidictatorial (1984). © agencia fotográfica camaratres

 

***

 

24 de diciembre de 1973. Un haz de luz se tuerce sobre el techo como una promesa. El Ruso abre los ojos. Aquel pequeño destello que ha logrado colarse por una grieta se transforma en una tortura. Le recuerda lo que ya no es. Lo que dejó de ser. Perdió la cuenta del tiempo. Hace días, meses, años que está encerrado.

Esa tarde el cuartel está vacío. Es Navidad y al parecer todos se han ido de franco. No sabe qué es peor, si la ausencia o los ecos del pequeño festejo que los oficiales organizaron al mediodía con un asado. Fueron amables, les dieron algunos huesos. De pronto, escucha algo a lo lejos. No logra distinguirlo, es como si los sentidos perdieran información ante la falta de estímulo. Por un instante cierra los ojos e intenta concentrarse en esa música que es como una caricia.

Uno, dos, tres. La pared está llamando. Cuatro, cinco, seis. ¿Es el Ñato? Pero, ¿qué está haciendo? Suena como si estuviera rascando el muro. Si los llega a ver la guardia... Uno, dos, de vuelta. El Ruso intenta pensar. Está intentando decirle algo pero no entiende. Hasta entonces su comunicación se resumía en dos movimientos: seis golpecitos para informar que estaban bien y un golpe seco como señal de peligro. Sin embargo, estos ruidos son distintos...

El Ruso vuelve a contar. Esta vez, cinco golpes y un silencio. ¿Qué le quiere decir? Si tan solo pudieran hablar. Intenta concentrarse, pero solo escucha su respiración, cada vez más espesa en ese agujero lleno de calor húmedo. Uno, dos. Sí, es un código. El Ruso se pone nervioso. El pulso se acelera. Escucha pasos. Parecen acercarse. Piensa. Intenta masticar el aire pero tiene la garganta seca. ¿Los han descubierto? Los pasos, por suerte, siguen de largo. Acaricia entonces la pared, como si pudiera ofrecerle alguna clave. Y, de pronto, comprende.

Ahí, en el silencio pegajoso de una tarde sin fiesta, repite en voz alta lo que su compañero le ha dicho del otro lado del muro: fe-li-ci-dad.

Muchos años más tarde, Eduardo Galeano escribirá en el prólogo de Memorias del calabozo: “Aquella música de tamborcitos, aquellos ruiditos humildes, eran la mejor sinfonía de Beethoven; en ellos resonaba la maravilla del universo. Prohibida la boca, hablaban los dedos. Hablaban el lenguaje verdadero, que es el que nace de la necesidad de decir. Ese diálogo alucinante es el más certero símbolo del fracaso de un sistema que quiso convertir a todo el Uruguay en un país de sordomudos”.



 

***

 

20 de enero de 2015. Faltan unas semanas para que José Mujica, “el Pepe”, como aquí todos lo conocen, deje la Presidencia. En Uruguay pasa algo raro, que no suele pasar en otras partes del mundo: un presidente que no quiere ser más presidente y la gente que quiere que siga siéndolo.

Estamos en pleno rodaje del documental, y aprovecho para indagar pensando en este perfil. A diferencia de Rosencof, Mujica prefiere evadir el recuerdo. Piensa y habla de esos años, sí, pero no los relata. Los analiza. 

–Nuestro mundo es extrovertido, y está como amputado en los caminos hacia dentro. Y, claro, ese camino naturalmente da como fruto una manera de pensar distinta... –habla como elípticamente.

–Sus compañeros dicen que usted fue quien peor la pasó. Por lo menos el Ruso y el Ñato podían hablar con su sistema de golpecitos.

–Mmm... Es difícil de catalogar eso, pero no es muy importante. Lo importante es lo que quedó. Yo en general tiendo a no darle mucha importancia a la aventura de lo vivido, porque de lo contrario se teje una especie de cultura del martirio y la heroicidad. Y todas esas cosas son pamplinas. No soy muy amigo de hablar de estas cosas, no me gusta la mitología del mérito... Una vez mi compañera me leía algo que escribió Mandela en su autobiografía, sobre las enormes maldades de la soledad, de estar confinado en la soledad. Lo que tiene a favor es el infinito tiempo para pensar y repensar lo que uno ha vivido. Tal vez, cualquiera dice: “Se comió trece años preso, aislado, y salió un viejo blando y bueno”. No, ni blando ni bueno. Salió inteligente.

 

***

 

Rosencof no para de hablar. Son las diez y, a pesar de todo, mantiene la rutina de hace veinte años: el programa de todas las mañanas, los libros –viene publicando prácticamente uno por año– y los veranos en la casa de la playa con Matilde, su mujer, una doctora de temperamento fuerte y cabello como el petróleo. Es la única que lo llama Mauricio. Así, a secas, cada vez que termina una oración. Mauricio.

La política sigue formando parte de su rutina, pero no la gestión. Tras estar al frente de la Secretaría de Cultura de Montevideo en 2005, Rosencof no quiso volver a ocupar una función pública.

–No es para mí –se limita a decir. 

Y después de un rato agrega, como quien explica: 

–Fijate, piba, yo no salgo a caminar, salgo a r-e-s-p-i-r-a-r.

Muchos meses más tarde, recibiré un correo: “Un abrazo, piba. Con todo, el Ruso”.

Es su último libro, La caja de zapatos. Lo que leo me conmueve, arranca así:

 

Mi mamá tiene una caja de zapatos. Los zapatos de mi mamá están en el piso del ropero. La caja de zapatos también. Ahí tiene las fotos. [...] Adentro de la mesa de luz de mi mamá, si abrís una puerta –no, la chiquita no; otra, más abajo y mucho más grande, ahí, ¿ves?–, ahí está la ropa de mi hermano. Doblada. Mi mamá, que también es la mamá de mi hermano, se sienta en la cama y se pone toda la ropa de mi hermano sobre la falda. Le pesa la mano como si la acariciara y llora. Mi hermano se murió.

 

Alguna vez Mario Benedetti definió sus versos como si fueran angostos y “parecieran estirarse, alzarse en puntas de pie, cual si intentaran alcanzar por una vez al pujante sol que les está vedado”.

Recuerdo una ocasión cuando le pregunté cómo se vivía después de haber sufrido tanto. Rosencof pensó por un segundo y lanzó una carcajada.

–Esa es fácil, piba, como la cosa más natural del mundo.

ACERCA DEL AUTOR


Carolina Keve

Creadora de Minga, una productora de contenidos culturales con la que ha realizado proyectos audiovisuales como Diálogos con Laclau y Los nueve locos. Además, con apoyo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina, está dirigiendo su ópera prima, Los hijos de Perón. Actualmente, escribe en medios como Anfibia, Le Monde Diplomatique, Ñ y La Nación.


 

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