La fantasía del casado

Cuento.

POR María Mercedes Andrade

Ilustraciones de Julia Tovar Mantilla

Ilustraciones de Julia Tovar Mantilla

 

A los solteros.

 

I

Estoy atravesando la peor, o en el mejor de los casos la segunda peor, decepción amorosa de mi vida. Casi no me reconozco. La última vez que viví algo así fue hace más de veinte años, y en esa ocasión duré más tiempo del que quisiera admitir guardando en silencio la pena de la pérdida, convencida de que me había abandonado mi gran amor. Todo lo que hacía, las personas que conocía, los lugares que visitaba, me parecían de segundo orden en comparación con ese que ya no tenía. Solo muchos años después, cuando me lo volví a encontrar, entendí que había estado alimentando una fantasía sin fundamento y que había construido en mi mente un ser sobrehumano, que no se parecía en nada al hombre común y corriente que tenía enfrente. Pero hace rato tengo claro que hay que vivir sin miedo y con la menor cantidad posible de nostalgia, pues no hay tiempo que perder y todo se acaba en un instante. Trato de convencerme de esa idea, pero mi cabeza no quiere hacer caso y me siento cansada de mis propios pensamientos obsesivos, que cada vez vivo más como un lastre. Me cuesta trabajo levantarme en las mañanas y me sorprendo llorando ruidosamente en las situaciones más inesperadas de mi día a día. No pensé que me pudiera volver a suceder eso de llorar por la calle. 

Hace ya varios meses que se terminó súbitamente un amor corto pero intenso, cuando el hombre con el que tenía una relación, que yo me imaginaba era la definitiva, decidió terminar de repente las cosas, argumentando razones que finalmente no comprendí, y se fue lejos. Estoy cansada de tratar de entender esta acción intempestiva que me sigue pareciendo un sinsentido, y sé que tengo que dejar atrás esta maraña de pensamientos que se enredan y se muerden la cola. Ya no quiero seguir abusando de la paciencia de mis amigos que han oído mis quejas tantas veces y quiero, en serio, dejar esta mala experiencia atrás. Necesito levantarme de esta caída; me digo que para recuperarme se valen todas las formas de lucha, las cuales, en mi mente, ya están más o menos ubicadas.

Lo primero que hago, y que llevo haciendo desde hace ya meses, es volver a terapia. Me reúno con mi psicoanalista por videollamada una vez por semana para llorarle a mares y expresarle una y otra vez toda mi tristeza en una cantaleta que pronto me empieza a parecer inútil y me cansa hasta a mí. Al principio fue reconfortante su mirada externa y sentir que ella cumplía para mí la función de validar la experiencia que me había acabado de suceder, sin minimizarla y reconociendo su carácter traumático. Pero siempre me he preguntado cómo se supone que, a fuerza de contarle a alguien una pena, de explorar los lugares profundos de donde viene el miedo al abandono, este sentimiento se transforme de repente en otra cosa y mágicamente quede uno liberado de su carga. En mi experiencia, comprender los orígenes oscuros de los miedos no lleva a que desaparezcan. En este caso, de nada vale que ella me asegure que la manera como actuó aquel individuo no revela demasiada estabilidad emocional y que estoy mejor sin él. El corazón quiere lo que quiere y de poco me sirve que me digan que ese hombre tiene problemas emocionales, lo cual por supuesto comprendo. Uno también puede enamorarse de un loco, le digo. Qué pasa si yo quiero estar enamorada de un loco. Ella no sabe qué responderle a mi terquedad y yo empiezo a dudar si la solución esté en seguirle dando vueltas al mismo tema, pues lo que yo quiero hacer es justamente parar de roer este hueso y dejar de pensar. 

Por eso lo segundo que hago es precisamente tratar de encontrar la manera de no pensar más, y decido meterme a un grupo de budistas seculares que encontré en una de mis búsquedas en internet. Coqueteo con el budismo desde hace años, pero no me gustan las sectas ni las jerarquías, y no estoy buscando una nueva religión: la que me asignaron la dejé hace tiempo y no me hace falta reemplazo, pues me gusta mi vida sin certezas. En este grupo laico no hay líderes, no hay gurús, pero se apoya de manera más o menos informal en las interpretaciones y traducciones que ha hecho del pali un profesor escocés, y que despojan al budismo de toda connotación metafísica. Este enfoque ético, práctico y laico me parece perfecto para mí. Nos reunimos por videollamada el tercer jueves de cada mes para meditar y hablar sobre cómo poner en práctica una forma de vida budista y secular. Hay personas de distintas partes del mundo, todas amorosas y pacíficas, y durante las dos horas que dura la reunión me sumo a su paz y aparente tranquilidad. Hablamos de aceptación, de técnicas para dejar los pensamientos obsesivos, de vivir en el presente, de cómo en la vida diaria, en lo pequeño, se puede encontrar de nuevo la alegría. Cuando estoy con ellos pienso que es posible y creo que estoy a punto de lograrlo. Parece que ellos sí han podido, aunque sé muy poco de cómo son sus vidas después de que se apagan las cámaras y cada quien regresa a su normalidad.

Como parte de ese mismo proyecto decido también hacer más yoga, porque sé que en una ocasión similar, otro desamor (eso es lo mío), logré tranquilizarme a través de la práctica. Recuerdo esa otra época cuando en medio de la tristeza lograba tener momentos en los que me sorprendía la belleza de un árbol o una nube, y la vida adquiriría de nuevo un sentido frágil. Y sí, debo decirlo, en ocasiones me parece que todavía me ayuda, aunque no tanto como la vez anterior. Este desamor es mucho más profundo. En alguna página budista leí una vez que en medio de la turbulencia el refugio somos nosotros mismos. Así que pienso que el refugio será mi cuerpo, que voy a encontrar un hogar en mi cuerpo. De vez en cuando me funciona un poco, y por lo menos veo que me he puesto unas pequeñas metas para avanzar en mi camino. Eso es buena señal. Mis metas son muy modestas, pero son lo único de lo que me siento capaz por ahora. Me propongo aprender a hacer el arco, cosa que logré hace poco, y conseguir la parada de cabeza, sin recurrir a la trampa que hago ahora de ponerme contra una pared y lanzar las piernas hasta que la toquen. Poco a poco noto pequeños avances, pequeñas comprensiones de cómo manejar mi peso y mi cuerpo. Se trata de revelaciones diminutas, pero son lo que tengo a mi alcance en este momento.

La última forma de lucha es la “terapia de distracción”, que vulgarmente corresponde al dicho “un clavo saca otro clavo”. Es más arriesgada, lo sé, pero me voy preparando para ella. Tengo que hacerlo, y lo haré cuando esté lista. Por ahora voy paso a paso.

 

II

En una librería encontré hace poco el libro nuevo de Emmanuel Carrère, Yoga. No está en la sección de autoayuda sino en la de narrativa, y es una edición de Anagrama. Me atrae de inmediato. Al leer la contraportada entiendo que ha caído en mis manos justamente el libro que necesito y me maravilla que me haya encontrado precisamente ahora. Allí se me avisa que es un libro en el que el autor narra sus experiencias como practicante de yoga durante treinta años, pero también la angustia y el sufrimiento que genera una enfermedad mental. Como sospecho que la situación que he vivido recientemente también tiene que ver con eso, lo compro de inmediato.

No me equivoco. Este libro me habla a mí directamente, este es el libro que habría querido escribir si yo no fuera yo sino un escritor francés sesentón. Sin exagerar, Yoga es el libro más hermoso que haya leído en muchos años. Saboreo cada página y subrayo pasajes significativos. Quisiera poderlos compartir con el hombre que me dejó, leérselos en voz alta, como hacíamos, porque veo que el libro lo retrata a él, veo que me retrata a mí, y tengo la fantasía de que si él lo leyera lo entendería todo y se calmaría, y entendería que el amor es una casa para habitar y no una montaña rusa de la que sales de pronto despedido. Fantaseo con que le envío por correo mi versión subrayada (ni siquiera tengo su dirección) y que él comprendería enseguida todo lo que le estoy diciendo con mis marcas en lápiz, que se arrepentiría de inmediato y me pediría volver. Me maravillo ante la escritura de Carrère y pienso que quiero escribir un texto, este, que también sea un homenaje a él.

Hacia el comienzo del libro el autor narra una experiencia preciosa. Cuenta que durante algún tiempo mantuvo una relación sexual con una mujer de la que solo sabía su nombre. Se encontraban en un cuarto de hotel cada quince días y hacían el amor como quien medita, prestándole atención a cada detalle, sin prisa y con plena concentración. Dice que alcanzaban una altura inesperada, una plenitud que solo sucedía dentro de esas cuatro paredes. Y luego cada uno regresaba a su mundo, del cual el otro nada conocía. Esta historia me conmueve y la comprendo: el sexo como experiencia mística es algo real para mí. Alguna vez le dije al hombre que se fue que la única religión en la que yo creía era el sexo, y a él le pareció divertido mi comentario. Pero no se trataba de una exageración ni de un chiste. Soy mística atea, le expliqué, y sé que es posible la infinitud en un instante. La verdadera experiencia de lo sagrado ha sido para mí la experiencia del amor. Él se rio, y sin embargo nuestros encuentros eran justamente así, un lugar donde nos abandonábamos el uno en el otro, con una paz total, creía yo, aunque ahora me parece que me equivocaba; quizás era solo yo quien lo experimentaba de esta manera. Yo sí creo que en esa vulnerabilidad total del amor se quiebran nuestras fronteras y trascendemos. Algo así creían los románticos, y sí, a mí me sigue pareciendo que tenían razón, a pesar de todo.

 

Ilustraciones de Julia Tovar Mantilla

 

III

Carlitos, un amigo que vive en Barcelona, está de visita en mi casa por un tiempo. Él también está separado y en nuestros ratos libres, después del trabajo, conversamos y reflexionamos sobre nuestras experiencias amorosas. Hemos hablado mucho sobre cómo es la realidad de estar solteros más allá de los cincuenta. Pensamos que esta vida que escogimos no está exenta de tristezas, pero también nos trae muchas satisfacciones. A pesar de la soledad que a veces nos toca, ambos decimos que hemos conocido aspectos de la vida que nunca habríamos podido vivir si nos hubiéramos quedado con una misma pareja. A pesar de que esto suene autocomplaciente, pienso que es un acto de valentía abandonar la seguridad de un matrimonio y exponerse de nuevo a la incertidumbre, tal y como lo hemos hecho ambos. Para mí es una manera de mirar la vida de frente, es atreverse a caminar sobre la cuerda floja sin una malla debajo. Es emocionante y a la vez pavoroso, y quizás no todos deseamos esa sensación de vértigo. Carlitos dice que no la cambiaría por nada, a pesar de los pesares, y yo concuerdo. Yo he sido casada y he sido soltera, y me gusta más quien soy soltera porque soy más parecida a mí misma o a la que quiero ser. Para ser franca, el matrimonio no necesariamente saca lo mejor de mí. La convivencia con otro despierta el aspecto impaciente de mi carácter, mientras que cuando estoy sola puedo ser otra vez esa mezcla de despiste y orden estricto que soy, con unos ritmos específicos que yo sé tolerarme bien, pero que no se adaptan fácilmente a los de otro. O al menos así fue.

La libertad de los solteros implica que aún continuamos expuestos a sentimientos difíciles. Seguimos emocionándonos y sintiendo mariposas en el estómago; todavía nos sucede que besamos a alguien por primera vez y nos hemos enamorado locamente en distintas ocasiones. Pero también, por supuesto, los solteros seguimos viviendo un desengaño tras otro, seguimos cayendo en la pena y obligándonos a levantarnos repetidamente. Para los que viven en pareja, este ciclo resultaría intolerable, y así me lo han dicho algunos. Hace poco, en una cena, nos reunimos en una esquina las solteras a contarnos nuestros amores y desamores, y una mujer casada que oyó nuestras risas se acercó. Dijo que ella no podría, que no querría, y una de mis amigas la miró con picardía y le explicó que no la pasábamos tan mal. La verdad es que a veces sí la pasamos mal, muy mal, como yo ahora, pero para mí, al menos, es imposible ya volver atrás. Es como si una sustancia que estaba comprimida y bajo presión se hubiera explotado y expandido, y no pudiera volver a su estado inicial. Pensé que la curiosidad de la casada hablaba por sí sola.

Carlitos me cuenta que cada vez que viene a Colombia hay una mujer casada que lo busca e insiste en verlo. No está en un matrimonio feliz y da la sensación de que él representa para ella la fantasía de una vida distinta, que él en realidad no le ha ofrecido. A mí me causa gracia la historia, pues me parece que esa mujer demuestra una gran falta de madurez y experiencia. Le manda mensajes de texto de manera insistente, tratando de concertar un encuentro, y él le responde de manera siempre cortés pero sin jamás acceder. Y ella persiste y se excede, no sabe cómo hacer las cosas con tacto y no logra despertar el interés en mi amigo. Me sorprende que ella no entienda que una respuesta evasiva es ya de hecho una respuesta lo suficientemente clara. En ese umbral en el que el deseo puede o no extinguirse, insistirle a alguien es la manera más eficaz de asegurar que finalmente muera. Ambos creemos que quizás las personas que llevan tiempo viviendo infelices en un matrimonio no han desarrollado la capacidad que tenemos los solteros para enfrentar los fracasos y los rechazos amorosos con más elegancia, pues no tienen suficiente práctica. Yo le digo que me ofrezco a hacerle una consultoría a su amiga y a explicarle cómo se genera el deseo, que se parece tanto a la ansiedad. Podría explicarle que mis reglas ante el rechazo son tres: ser escasa, nunca rogar y confiar en que todo se resolverá en la totalidad de los tiempos. Nos reímos a carcajadas. Sabemos que la última regla es por lo general a la que hay que terminar acudiendo. 


 

IV

Mi amigo dice que estuvo una vez en Cali trabajando con un grupo de teatro y que en alguna cena terminaron hablando sobre sexo. Se pusieron a debatir, de forma un poco absurda, sobre qué tan importante era el sexo y si en realidad estaba sobrevalorado. Le preguntaron entonces a una de las actrices, una mujer muy atractiva que comentó con desparpajo: “¿El sexo? Sí, el sexo es chévere. Uno conoce gente”. 

Le comento por mi parte que en una entrevista que le hicieron al comediante francés Gad Elmaleh después de que se fuera a vivir a Estados Unidos, él cuenta que en francés no existe el dating: uno sale con alguien y no sabe si va terminar enamorándose o simplemente haciendo un amigo, o teniendo una relación casual. Dice Gad: “En Estados Unidos tienen nombres para todo. Por ejemplo, tienen esta expresión tan curiosa, 'friends with benefits' ”. “Claro”, le dice la entrevistadora en plan de explicarle, “es que el ‘beneficio’ es el sexo. ¿Acaso cómo se dice esto en francés?”. Y Gad le contesta, serio: “Friends”. Más risas nuestras.


 

V

Yo no creería probable a estas alturas ser la fantasía de ningún hombre casado, pero parece que lo soy. Esto no deja de sorprenderme, pero lo asumo, y no porque me sienta especialmente irresistible, sino porque creo que dice mucho de la vida matrimonial. Sé, por ejemplo, que soy el punto de partida de las fantasías de un amigo suizo, aunque quizás aquí “amigo” sea un término exagerado. El suizo y yo somos conocidos y tenemos conversaciones amistosas. Nos conocimos cuando yo tenía veintiún años y él veintidós, en un tren que iba de Italia a Basilea. Yo iba concentrada en mi lectura pero cuando se sentaron en la silla de enfrente dos mochileros greñudos y bronceados guardé mi libro en el morral. Me puse a conversar con uno de ellos, que me preguntó para dónde iba, y resultó que yo iba a su ciudad. Me invitó a quedarme en su casa y, como en ese entonces era bastante irresponsable, le dije que sí. Paseamos por la ciudad, fuimos a un concierto de jazz y nos dimos algunos besos. Luego él me escribía cartas de amor y me grababa casetes, hasta que finalmente vino a Colombia a visitarme. Pero cuando se bajó del avión me informó que tenía una novia y que la cosa iba en serio, así que yo, muy arrogantemente, lo acompañé de paseo, lo llevé a la playa y a la selva sin jamás acostarme con él. Años después me sigue escribiendo mensajes de texto en alemán, en los que se lamenta una y otra vez de no haber aprovechado la oportunidad que tuvo. A mí me causa risa y le sigo el juego un rato, hasta que me aburro de buscar palabras en el diccionario y me canso de sus lamentaciones, que no son las mías, pues un romance fallido a los veintiuno ya no ocupa un lugar demasiado importante en mi memoria. Pero para él, que sí se casó con esa novia, al parecer he ido creciendo en el recuerdo con el paso de los años.


 

VI

Mis distintos esfuerzos me han ayudado en algo a salir de la tristeza, pero sigo con el recuerdo físico, táctil, del hombre que me dejó, y sé que debo cambiar esta situación. La técnica para lograrlo es en últimas solo una, la terapia de distracción. Por eso, cuando finalmente siento que estoy lista para esta forma de lucha, me pongo a pensar en mis opciones. Voy descartando a aquellas personas con las que no quisiera volver, porque me parece que siempre hay que mirar hacia adelante. Las posibilidades que tengo a la mano no me parecen muy tentadoras. De repente me acuerdo de un químico uruguayo, que no vive en Colombia pero que viene de viaje con frecuencia. La única vez que salí con él, antes de la pandemia, me dijo que estaba casado y yo le dije que no tenía ganas de dañarle el matrimonio a nadie ni tampoco necesitaba meterme con un tipo comprometido. Él me aseguró que no se trataba de eso, pues tenía un matrimonio abierto, y yo le creí. Ahora me parece la situación ideal para mí, porque no estoy interesada en ser su amante, y en realidad no me siento con alientos para entrar en una relación, sino que necesito solamente continuar mi proceso de sanación. El uruguayo puede ser justo la terapia de distracción que necesito: una manera de dejar atrás lo que hay que dejar atrás sin necesariamente embarcarme en algo nuevo. En mi opinión, tal vez un poco supersticiosa, es necesario reemplazar un recuerdo con otro, es bueno dejar en el cuerpo otras impresiones. Tengo mucha confianza en la efectividad del método, pero sé que hay que utilizarlo con cuidado: si se acude a él de manera prematura, los resultados pueden ser desastrosos, y uno puede terminar atacado llorando en una cama ajena. No es una perspectiva demasiado atractiva, así que hay que hacerlo con prudencia.

El uruguayo me ha escrito durante toda la pandemia. Encargó por correo uno de mis libros, y alguna vez escribió para decirme que le había impactado mucho y que pensaba todo el tiempo en mí. Se lamentaba de que la pandemia hubiera truncado un encuentro que teníamos planeado, y me prometió (promesa no pedida y tampoco cumplida) que iba a venir antes de que se acabara el año pasado e iba a besarme. Yo oí, o más bien leí, todas estas declaraciones con bastante escepticismo. Me divirtió que hiciera semejantes planes en medio de una crisis que no tenía un fin claro, y por el voltaje de sus mensajes me pareció que estaba alimentando una fantasía en sus ratos de ocio. Creo que soy su propia terapia de distracción. Me lo imaginé casado, con un matrimonio sin sexo, orientando sus deseos hacia una mujer colombiana que le debe parecer exótica y a quien ha visto una sola vez, de la que conoce poco más que los chistes y comentarios irónicos que pone en Facebook. Otra vez pensé en mi vida con sus incertidumbres, y la verdad me siguió gustando, a pesar de los pesares. 

En algún punto, a comienzos de este año, cuando me volvió a escribir y para que no lo hiciera más, le dije que me había enamorado. El uruguayo entendió y se silenció. Pero como ya estoy lista para continuar mi terapia, le escribo ahora un mensaje simple: “El amor no funcionó”. La respuesta es inmediata; me dice alegremente que lo siente, pero no mucho, y me avisa de un viaje próximo a Bogotá. Empieza rápidamente a cuadrar los detalles de un encuentro: las fechas, el hotel cercano a mi casa, la comida en un restaurante con el que al parecer me quiere impresionar. Yo mentalmente dudo un poco, pues me parece que tantos planes tan elaborados muestran que se está dejando llevar por su imaginación y no sé muy bien si yo quiera o pueda estar a la altura de sus fantasías. Me escribe para preguntarme si me gusta el restaurante que propone, que no conozco y que, además de muy caro, parece ser un poco estrafalario. Me pregunta si me gusta la champaña y a mí me vienen a la cabeza otros recuerdos y tengo que contener las lágrimas.


 

VII

El uruguayo me llama tan pronto como llega a Bogotá y nos encontramos en el lobby del hotel, que queda a pocas cuadras de mi casa. Se ha dejado crecer un poco el pelo y le queda bastante bien. En realidad está mejor de lo que yo recordaba. Se nota que le importa la marca de la ropa, aunque tiene una pinta como de adolescente vestido de grande. Nos sentamos en unas sillas y yo le propongo que conversemos un poco. Me cuenta de su vida, de sus estudios y su trabajo, y en algún momento de la conversación menciona que hizo un posdoctorado exactamente en la misma ciudad donde está el que me dejó. Me dice que tiene un nuevo cargo en la empresa con la que trabaja y que probablemente vendrá a Bogotá con mucha frecuencia.

Esta información me alarma un poco y rápidamente propongo definir la situación entre nosotros, pues no quiero generar expectativas. Le digo que me temo que él está fantaseando algo, pues nos conocimos antes de la pandemia y entre tanto mis circunstancias han cambiado. Él me tranquiliza y me dice que su esposa y él tienen un contrato firmado según el cual, durante los viajes, cada uno puede hacer lo que quiera siempre y cuando no afecte la vida familiar. Me dice que ambas partes tienen derecho a vetar algún encuentro potencial y que el contrato se revisa una vez al año; solo en ese momento están en la obligación de contarse si lo han puesto en práctica o no, sin más detalles. Yo estoy dispuesta a apostar que el acuerdo está sin estrenar. Para mí tiene algo de interesante haber dispuesto las cosas de esa manera, pero en el fondo me parece una solución extraña. Es querer estar casado a toda costa, pienso, por encima de una falta de deseo que me parece evidente. Es no atreverse a aventurarse por fuera de la seguridad de la cotidianidad y arriesgarse a lo desconocido. Hay tanta gente con miedo. Él me asegura que está profundamente enamorado de su esposa pero yo creo que estar enamorado es otra cosa, o lo es para mí. Y sí, el amor causa vértigo y da mucho miedo porque después tal vez vendrán las lágrimas, aunque yo siempre he preferido pagar ese precio a cambio de tener brevemente la intensidad. Pero hago lo posible por no juzgar.


 

VIII

En medio de Yoga hay un silencio. Justo en el medio. El texto da un salto y nos encontramos al autor de repente en circunstancias muy penosas y muy distintas a las que venía describiendo. Ese silencio que hay en el centro, como fácilmente pude averiguar, es el divorcio del autor. Las condiciones del acuerdo de divorcio estipulan que Carrère no puede hablar sin permiso de su exesposa, Hélène Devynck. Ella evidentemente no le ha dado ese permiso y el texto o fue recortado o simplemente bordea un abismo. Pero ese agujero está en el centro, es el centro oculto de la narración. Incluso ha habido disputas y polémicas a raíz del libro porque ella considera que su exmarido no respetó el pacto y la mencionó. Me parece que es un asunto muy delicado, pues entiendo el derecho de ella a proteger su intimidad, pero el gesto de quejarse de que la versión de los hechos que aparece en el libro no es exacta resulta contradictorio. En todo caso, entiendo que cuando el amor termina se recurra así a un contrato. 

Pienso que hay siempre un riesgo enorme en narrar la vida propia, y ese riesgo tiene que ver no tanto con uno como con los demás. A mí no me da demasiado pudor hablar de mí misma, y no me importaría si mis conocidos reconocieran eventos reales en medio de una ficción. Sin embargo, hay otros que quizás no quieran verse retratados en un texto y que pueden sentirse demasiado expuestos si se descubren allí. Alguien me rogó alguna vez que nunca lo incluyera en un texto mío y yo le dije que no podría prometérselo. Ahora me parece que se trataba de un mal presagio, como si desde entonces intuyera que la única descripción que podría yo hacer de él lo llenaría de vergüenza. Mal por él. 

En todo caso, afortunadamente yo solo escribo ficción y nadie que aquí aparezca es algo distinto a una criatura textual, producto de mi propia fantasía. No hay suizo, no hay uruguayo, no hay Carlitos, no hay examor. Puf, todos desaparecen por arte de magia. Existen aquí tan solo. Tranquilos, amigos, sus secretos están a salvo conmigo. 


 

IX

Después de ir a comer a un restaurante que a pesar de la estrella Michelin a mí me parece diseñado para impresionar turistas gringos (changua deconstruida, helado de borojó), subimos al cuarto de hotel. El uruguayo es un hombre realmente atractivo. Tiene los brazos de quien va con frecuencia al gimnasio y un tatuaje de las líneas de Nazca que desciende desde el hombro derecho casi hasta el codo. Él inmediatamente pone música y noto que es una canción que yo hace dos años le dije que me gustaba, lo cual me sorprende. Se comporta con propiedad y todo está bien, salvo mi corazón, porque, la verdad, ese cuerpo no se parece en nada al cuerpo que extraño, y por un momento creo que me va a salir mal el experimento y me voy a poner a llorar. Pero no, respiro profundo y llamo con la imaginación a mis amigos budistas. Ellos me ayudan a volver al lugar y al momento en el que estoy. Más o menos logro concentrarme y frenar mi cabeza. Más o menos lo logro, pero en el fondo me impongo una tarea solitaria: no quiero lograr la conexión y no la propicio. Me mantengo al borde, observándome, vigilándome, testigo silencioso o no, pero testigo. Esta no es mi religión laica y no intento conectarme con la fantasía que el uruguayo claramente ha venido cultivando durante su encierro en familia durante la pandemia. En algún momento me pregunta cuántos años tengo, y se lo digo. Me dice que no los revelo, que parezco más joven, y aunque no le creo, digo: “Es por el yoga”. Él quiere que le haga una demostración, pero le explico que el yoga no es un deporte olímpico y termino la conversación. 

Al acompañarme a mi casa el uruguayo quiere darme la mano, quiere besarme en la puerta de mi edificio, a la vista del portero, y yo lo esquivo. Siento que me estoy portando como si fuera un hombre machista. Suelto mi mano, le quito la cara y le respondo que al día siguiente no puedo verlo porque tengo trabajo y estoy ocupada. Me siento antipática –en todo caso sé que la situación no es injusta, pues fui clara–, aunque tal vez él se está enredando un poco. Me parece que, cuando se meten en estas historias, los casados no saben leer, no tienen la práctica a la que estamos sometidos por fuerza los solteros. Me dice Carlitos que los solteros sabemos leer entre líneas y nos metemos con gente que también sabe leer. Los casados, le digo yo, siguen pensando que vamos a jugar a la casita. Es el modelo que conocen. Yo sospecho que el contrato no les va a funcionar.

Cuando nos despedimos me pide que le ponga una dedicatoria al ejemplar del libro mío que se compró. Yo le doy vueltas y vueltas, pues me siento comprometida y me imagino el libro después en un cajón de su oficina o, en el peor de los casos, me imagino que su esposa lo abre y lee la primera página. No me gusta poner dedicatorias, y menos aquí, donde no quiero alimentar una fantasía. Al final simplemente le escribo: “Por una bonita amistad a la francesa”. No sé si esto colme sus expectativas. 

Carlitos me pregunta cómo estuvo la cosa con el uruguayo. Le cuento los detalles del restaurante y de cómo hice reír al mesero. Y sobre la efectividad de mi método para superar los amores fracasados puedo decir que me sirvió de mucho, aunque no exactamente como yo lo esperaba. En efecto, tengo ya recuerdos más recientes de otro cuerpo, y me parece que eso tiene un cierto efecto físico sanador. No está de más tampoco saber que uno le gusta a otra persona, aunque honestamente mi autoestima no depende de eso. El resultado es inesperado, porque en realidad he podido confirmar que lo mío es la experiencia mística, que es lo único que me basta y lo único que quiero, así me toque esperar siglos para encontrarla de nuevo. Y que esto de conocer gente, por lo menos hoy, me parece que está sobrevalorado.

ACERCA DEL AUTOR


María Mercedes Andrade

Profesora de literatura en la Universidad de los Andes. Ha publicado la novela Elegía para una insomne (Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2007), el libro de cuentos Los inspectores (Cuarto Propio, 2017) y el poemario Grafía (La Jaula, Bogotá, 2017). Sus textos han sido traducidos al italiano, al inglés y al esloveno. Próximamente publicará un libro de cuentos con Sílaba Editores.

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