La IA en el trono del ajedrez

¿Cómo es que, poco a poco, los autómatas turcos, los supercomputadores y demás artificios tecnológicos han ido desafiándonos en el ajedrez durante los últimos siglos? ¿Y qué le depara a este juego tras la irrupción de la inteligencia artificial, rutilante campeona mundial frente al tablero escaqueado?

POR José Salazar

Marzo 31 2026
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@wikimedia commons

La algarabía inunda el local. Los de menor estatura, forcejeando, buscan adelantarse o, al menos, encontrar un resquicio que les permita ver lo que ocurre. Los mejor situados, absortos, indiferentes a los empujones, comentan en voz baja con sus vecinos lo que prevén en el tablero. Momentos antes, en la primera mesa del torneo se había escuchado un “¡Jaque!”, y ahora el jugador atacado, lívido, escudriña la posición. Esta escena, vivida una y otra vez en cualquier club de ajedrez, revive la emoción profundamente humana que despierta un juego cuya práctica ha sido transformada de manera radical por el cambio tecnológico.

Las creaciones humanas nos sorprenden con frecuencia. Recordar el escepticismo de algunos de nuestros más respetados antecesores frente a innovaciones exitosas nos hace esbozar una sonrisa. Es famosa la ocasión en que Sócrates calificó de “gran necio” a quien pretendiera consignar en un libro su conocimiento para instruir a los demás. Dos mil cuatrocientos años después, pocos secundarían su opinión y muchos preferirían unirse a Borges cuando dijo: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro”.

En nuestros días, el avance más magnífico y, a la vez, preocupante es la inteligencia artificial. Despierta por igual estupefacción, ilusión y temor. Para pensar sobre ella resulta ilustrativo saber cómo su desarrollo estuvo motivado por un juego que apareció en la India hace más de mil quinientos años: el ajedrez. Este entretenimiento, inicialmente dominio exclusivo de nuestra mente, debió recibir en su tablero a un fuerte jugador que ya derrotó –o, mejor, derrocó– la inteligencia humana.

 

El camino a la derrota

Viajemos a una tarde de finales del siglo xviii, año 1770, Palacio de Schönbrunn, Austria. Cerca de la emperatriz María Teresa contemplaremos a los cortesanos agolpándose, atónitos, para ver jugar a El Turco, un autómata de madera que demuestra una notable habilidad como ajedrecista.

En un costado, su inventor, el ingeniero y filósofo Wolfgang von Kempelen, observa con curiosidad la concurrencia y elude las preguntas sobre cómo un conjunto de engranajes puede contener una mente capaz de jugar mejor que varios de los antes orgullosos retadores y ahora descompuestos perdedores.

Este asombroso artilugio tuvo tal éxito que visitó varios países y enfrentó a personalidades como Benjamin Franklin y Napoleón Bonaparte. Tristemente, tras cambiar varias veces de propietario, pereció en 1854 en el incendio del museo Charles Wilson Peale de Filadelfia, donde había sido donado por John Mitchell, su último dueño. Muchos (sobre todo los convencidos del dualismo cartesiano) se preguntaron qué había sido del intelecto que animaba a ese conjunto de componentes físicos. Para tranquilidad de todos, la respuesta llegó gracias a Silas Mitchell, hijo de John, quien reveló sus secretos: un tablero interno secundario, un juego de imanes, un ingenioso mecanismo y un buen ajedrecista de contextura pequeña lograban el resultado retratado en varias ilustraciones de la época.

Los humanos respiramos otra vez tranquilos y volvimos a nuestro pedestal: ningún artificio sintético había derrotado aún a nuestro cerebro. Sin embargo, aunque el autómata no tenía mente, demostró la recursividad y chispa del ingenio humano, y tal vez algo más: inspiró a muchos a pensar que la existencia de un aparato así no era imposible.

¿Pero por qué considerábamos tan difícil que una máquina nos derrotara en este juego? En cada turno de ajedrez existen, por lo general, muchas jugadas posibles. A su vez, el rival tiene una amplia gama de respuestas a su disposición; esto hace que las ramificaciones del juego crezcan de forma exponencial, volviendo inalcanzable revisar todas y cada una de las secuencias. Se estima, por ejemplo, que las partidas posibles desde la posición inicial son el inmenso número de 10 a la 120 (un uno seguido de ciento veinte ceros).

La gran cantidad de alternativas y situaciones hacen del ajedrez un juego intrincado, pero la mente humana ha logrado desentrañarlo. Así, a pesar de su profundidad, el ajedrez, como todo arte, entrega sus mieles a quien le ha dedicado tiempo de estudio y práctica. La confusión del novato, ante la diversidad de posibilidades, queda bien retratada en la frase que se atrevió a decir el escritor norteamericano Edgar Allan Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”: “[en el ajedrez], donde las piezas tienen movimientos diferentes y singulares, con varios y variables valores, lo que resulta complejo es equivocadamente confundido (error nada insólito) con lo profundo”. Cualquier jugador de ajedrez que ha superado la barrera de la confusión inicial disentirá molesto ante esta declaración. Casualmente, el mismo Edgar Allan había presenciado en 1835, en Richmond, a El Turco y escribió un ensayo con su versión de cómo funcionaba. En el texto, que prefiguró el estilo narrativo detectivesco que lo haría famoso, sugirió, aunque basado en una explicación incorrecta, que existía un operador humano oculto.

El deseo de crear una máquina que jugara ajedrez continuó inquietando a la mente humana hasta que en 1948 Alan Turing, brillante matemático y científico inglés, y uno de los creadores de la teoría de la computación, ideó un algoritmo (procedimiento o secuencia de indicaciones) capaz de jugar al ajedrez, denominado Turochamp. Su enfoque era el de explorar las posibles jugadas y respuestas, avanzar unos cuantos movimientos de profundidad y asignar una calificación a cada posición resultante (determinada de forma heurística, es decir, con cierta arbitrariedad) para luego escoger la mejor línea. Debido a las limitaciones tecnológicas de la época, el Turochamp no se implementó en un computador, pero se replicó por humanos, quienes, con ironía, comprobaron que el nivel de juego del programa era aún bastante débil comparado con el poderío de una persona de carne y hueso.

Trasladémonos a otro momento a finales del siglo xx, año 1997, Manhattan, Nueva York. De nuevo una multitud se congrega alrededor de una máquina que juega ajedrez: el supercomputador de ibm Deep Blue enfrenta al excelso jugador y campeón mundial Garry Kasparov. Ahora es Feng-Hsiung Hsu, uno de los programadores de la máquina, quien mira con expectación al humano retado.

Deep Blue (versión 1997), desarrollado específicamente para jugar ajedrez, tenía un enorme poder de cómputo: utilizaba un algoritmo de juego que evaluaba una gran cantidad de jugadas (enfoque que se puede denominar “fuerza bruta heurística”) y había sido alimentado con extensa información de aperturas, finales y partidas de los mejores jugadores de la historia, incluido el propio Kasparov.

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El cubrimiento mediático estuvo sembrado de expresiones grandilocuentes como “La última batalla del cerebro” o “Kasparov defiende a la humanidad”. El encuentro terminó con el triunfo de Deep Blue, que ganó dos partidas frente a una de Kasparov y tres empates. El momento causó conmoción. En el fragor del encuentro, Garry, alterado, sembró la duda de que posiblemente había habido intromisión humana durante las partidas. Luego, con el paso del tiempo, en su libro Deep Thinking (2018), a la pregunta de si Deep Blue hizo trampa, respondería con claridad que cree que no.

A pesar de la derrota, no debemos olvidar que, un año antes, en 1996, Kasparov le había ganado a Deep Blue. Quedó así para la historia que aquella fue la última vez que un humano venció a la máquina en un encuentro de ajedrez. Hubo, sin embargo, un nuevo intento. En 2006, el entonces campeón mundial, Vladímir Krámnik, se atrevió a retar de nuevo a un programa de ajedrez, esta vez representado por Deep Fritz (un sistema, en esencia, con la misma filosofía de Deep Blue), ejecutado en equipos de cómputo de uso general. El triunfo de la máquina fue indudable y, desde ese momento, cualquier humano, por engreído que sea, considera infructuoso intentarlo. La máquina se asentó definitivamente en el trono del campeón de ajedrez.

 

Una máquina más “humana” supera a sus congéneres

Durante el nuevo milenio, el vertiginoso avance de la capacidad de procesamiento, almacenamiento y nuevos algoritmos dio mayor potencia a los computadores. Pero hubo un momento crucial: la llegada del “aprendizaje profundo”. Para comprender mejor a qué se refiere este concepto, nos servirá, curiosamente, ahondar en la pregunta de cómo piensa un gran maestro de ajedrez. Si el ajedrez tiene tantas posibilidades, ¿cómo discurre la mente humana que ha desarrollado un conocimiento profundo del juego? La respuesta a esta inquietante pregunta la han dado varios ajedrecistas y puede resumirse así: el estudio y la práctica previa que han tenido les ha permitido crear una base abstracta de patrones de relación entre las piezas, con la cual definen un plan estratégico general, catalogan rápidamente las posiciones y seleccionan las líneas más prometedoras y amenazantes que exigen un cálculo táctico profundo. Este tipo de aprendizaje se asemeja al que utiliza la IA.

 

El método de aprendizaje profundo que maneja la inteligencia artificial se basa en un sistema computacional llamado “red neuronal”, que replica, en cierto sentido, el procesamiento que realiza el cerebro humano: un algoritmo matemático conformado por un conjunto de neuronas (unidades de procesamiento) que reciben señales de entrada (información), las transforman y entregan su salida a otras neuronas hasta alcanzar la capa final que brinda la respuesta. Lo novedoso y llamativo de estos sistemas es que “aprenden” al revisar un gran conjunto de datos, del que, mediante una compleja jerarquía de varias capas (profundas), extraen los patrones y reajustan las características internas de sus neuronas de procesamiento (lo que se conoce como “retropropagación”), para finalmente dar respuesta a nuevos casos.

El supercomputador Deep Blue se enfrenta a Garry Kasparov (1997).

 

Utilizando un sistema de aprendizaje profundo llamado AlphaZero, la IA obtuvo el triunfo definitivo en ajedrez. Presenciémoslo en el año 2017, oficinas de DeepMind, Londres. Aunque extrañamos la algarabía humana habitual de nuestros anteriores destinos, encontramos a un grupo de científicos junto a Demis Hassabis, prodigio del ajedrez y director de DeepMind, mirando atentamente las pantallas de computador. No ocultan su emoción al empezar a conocer los resultados del encuentro entre dos programas: AlphaZero, desarrollado por DeepMind, y Stockfish 8.

Stockfish 8 era, en ese momento, el programa de ajedrez más avanzado y había ganado el Campeonato de Motores de Ajedrez en 2016. Su funcionamiento seguía el mismo principio de sus antecesores: bases de información y reglas heurísticas. En contraste, AlphaZero era un programa de una estructura y funcionamiento muy diferentes: estaba diseñado con redes neuronales y un algoritmo de aprendizaje por refuerzo. Su desempeño fue tan sorprendente que solo fue necesario entregarle las reglas del ajedrez: el sistema, de forma autónoma, jugando contra sí mismo, en cuestión de nueve horas había quedado preparado para el encuentro.

El resultado fue rotundo: de 100 partidas, AlphaZero ganó 28 y empató 72. La IA de redes neuronales con aprendizaje profundo había conquistado el mundo del ajedrez. Este mismo tipo de sistemas son los que han permitido el avance de los modelos de lenguaje de gran tamaño (large language models, llm) como Chatgpt. Siguiendo la misma línea de desarrollos, el mencionado Hassabis recibió, junto con John Jumper, el Premio Nobel de Química en 2024 por AlphaFold, un sistema de IA que predice la estructura tridimensional de las proteínas.

 

Después del triunfo indiscutible de la IA

Las máquinas derrotan hoy a cualquier ajedrecista, pero ello no ha significado el fin del ajedrez. Por el contrario, a pesar de las múltiples ofertas de entretenimiento disponibles hoy, el número de jugadores, especialmente en línea, ha aumentado. Las versiones actuales de los programas de ajedrez más fuertes disponibles para el público, como Stockfish 17, utilizan redes neuronales y se han convertido en “oráculos” –autoridad casi indiscutible–, y esto ha cambiado profundamente la práctica.

La preparación de los jugadores para sus encuentros es ahora todo un reto: acompañados del computador, pueden analizar las partidas de sus contrincantes e identificar sus errores y puntos débiles, pero saben también que igual preparación tendrá su rival, lo que les exige perfeccionarse. Al transmitir las partidas de torneos de los jugadores de élite, los comentaristas se acompañan del oráculo: cuando el jugador comete un error –puede ser bastante sutil y con consecuencias muy adelante–, de inmediato el computador lo señalará. En muchos casos, los narradores tienen que acudir a sus indicaciones para comprender por qué acaba de emitir este incontrovertible juicio. Así mismo, cuando el jugador realiza un movimiento hermoso y difícil el computador lo indica, ante lo cual no es extraño que el comentarista exclame: “¡Pero si esa jugada es inhumana!”. Las evaluaciones aportan interés y alimentan la conversación entre los espectadores y comentaristas.

Pero no solo los expertos se han beneficiado: el fácil acceso a un entrenador paciente y sabelotodo como lo es el programa de ajedrez, combinado con bases de información, ha permitido que hoy niños y jóvenes alcancen niveles asombrosos de juego a temprana edad, batiendo con frecuencia récords de los jugadores que les han precedido.

La automatización produjo además una escena que antes habría parecido distópica: torneos entre los mejores programas de ajedrez disponibles para el público, máquina contra máquina. Uno de los más populares es el Campeonato de los Mejores Motores de Ajedrez (Top Chess Engine Championship, tcec) que en 2025 fue disputado por 44 programas. Resulta admirable reproducir las partidas y ver, por ejemplo, cómo en algunos casos el vencedor sacrificó material –digamos, un alfil– a cambio de una ventaja posicional que solo se hizo evidente varias decenas de jugadas después.

Pero esto no es todo: la máquina ha permitido revaluar intuiciones incorrectas e iluminado nuevos caminos y conceptos estratégicos que nunca habían sido planteados por jugadores humanos. Con ello, la IA ha creado –o alguien dirá que ha extraído de las reglas– un conocimiento nuevo.

Lamentablemente, no es de extrañar que el lado oscuro de los humanos, su faceta de Mr. Hyde, haya hecho su aparición y haya usado la invención para suplantar el juego humano. La capacidad actual de la IA en el reconocimiento de imágenes y su velocidad de procesamiento han obligado a instaurar controles y vigilancia para evitar fraudes durante las partidas.

Antes, le dimos a la IA el pomposo título de oráculo en el ajedrez. Pero, para su desazón, no es un jugador totalmente perfecto, pues aún existen algunas posiciones en las que falla o tarda más en resolverlas que una persona. Ello ocurre frente a algunas “composiciones artísticas de ajedrez”, problemas creados por ajedrecistas, en los cuales, partiendo de una posición dada, se debe alcanzar un objetivo en un número de movimientos. Las composiciones son un universo en sí mismo, lleno de belleza e imaginación, y por ello tal vez le ha resultado especialmente difícil al artificial jugador advenedizo.

La llegada y dominación de la IA en el ajedrez no terminó con el juego ni con los ajedrecistas avanzados ni con los aficionados: enseñó, complementó, dinamizó y creó nuevas formas de simbiosis humano-máquina que han despertado curiosidad y nuevos retos. Luego del desasosiego inicial, nos hemos adaptado a nuestro acompañante, y la emoción alrededor –o frente a la pantalla– de un tablero escaqueado continúa.

La IA se encamina a conquistar otras actividades humanas. Nuestros rostros reflejan igual sorpresa que la de aquellos espectadores del club de ajedrez… y el juego será fascinante. œ

ACERCA DEL AUTOR


 (Bogotá, 1967). Ha realizado maestrías relacionadas con el sector eléctrico (Universidad Pontificia Comillas, Madrid) y en planificación de recursos hidráulicos. También es especialista en economía. Experto en estrategia comercial y regulación de los mercados eléctricos y energéticos, así como en instrumentos climáticos de mitigación y sostenibilidad. Docente universitario en economía y mercados energéticos.