La Mojana: volver a escuchar la voz de las aguas

De las tierras de La Mojana, ese circuito de aguas dulces en el norte de Colombia, ha surgido un grupo de lideresas ambientales que rescatan árboles huérfanos y resisten el riesgo constante de inundaciones y de sequías con el mismo ímpetu de una lluvia pertinaz.

POR David Lara Ramos

Junio 29 2024
Puente en el corregimiento de Ventanillas que conduce a Majagual, Sucre.

Texto y fotografías de David Lara Ramos.

En la zona de La Mojana todo el mundo recuerda el año en que alguna creciente los afectó.

El término “creciente” es preciso. Ocurre en épocas de lluvia. Los tres ríos que circundan la región –Cauca, San Jorge y Magdalena– aumentan su caudal. Mientras uno más se adentra en sus meandros, caños, zapales, ciénagas, playones, o recorre sus terraplenes, va siendo más complejo entenderla. Quizá, como una especie de consuelo de ese hombre que prefiere definir para entender, diremos que La Mojana está ubicada en el Caribe colombiano, y sus límites están dados por el río Cauca, el río San Jorge, la Ciénaga de Ayapel y el río Magdalena, en su profundo Brazo de Loba, al sur la Serranía de Ayapel, bordeando un límite natural entre los departamentos de Antioquia y Córdoba. A su vez, las aguas de La Mojana bañan cuatro departamentos y 11 municipios: Magangué, Achí y San Jacinto del Cauca en Bolívar. San Benito Abad, Majagual, Caimito, Guaranda y San Marcos en Sucre. Ayapel en Córdoba y Nechí en Antioquía.

Para Julián Díaz, gestor ambiental y un conocedor de la región, La Mojana es más que un número impreciso de hectáreas que la conforman (alrededor de un millón), o la suma de municipios y departamentos que la integran. Para él, La Mojana es un factor humano complejo de una cultura diversa, que ha ido perdiendo su arraigo, su sentido de pertenencia, porque se ha desconocido la dimensión histórica de su entorno:

–El mojanero posee todo un inventario de conocimiento producto de su relación con la naturaleza. Ha construido un legado de saberes sobre el manejo de las aguas que vienen a fecundar la tierra y producir cosechas generosas, pero la acción del hombre –el desarrollo de espaldas al ecosistema y el uso y acceso de la tierra– es responsable de los desequilibrios ambientales, de muchas de las inundaciones recientes que se han presentado desde los años cincuenta. El territorio hay que reorganizarlo entendiendo el flujo de las aguas, los cambios climáticos y ambientales para minimizar el impacto de las inundaciones y las crecientes.

–A uno no se le olvida el año de la creciente.

La sentencia es de Raquel Serrano, habitante de El Palomar, un corregimiento del municipio de Majagual, Sucre, que es bañado por el río Cauca.

–Yo tenía ocho años cuando supe lo que era una creciente, hoy tengo 64 –explica Raquel–. El río Cauca se rompió por el punto que llaman Boca del Cura, y se inundó toda esta región. Esas mismas aguas llenaban una ciénaga que le decíamos La Mojanita; ahí había cantidad de pesca’os, ponches (chigüiros), galápagos (tortugas hicoteas), bagres de to’s los tamaños. Mi papá me explicaba que eran inundaciones que ocurrían durante el invierno para que esas ciénagas tuvieran vida. Después, las comunidades pidieron que se cerrara la Boca del Cura y la ciénaga se secó; ahora hay un poco de potreros, ganado, vacas y búfalos. Había abundancia para todos.

Reinerio Pallares, esposo de Raquel Serrano, cuenta que existían otras ciénagas como Los Barbules, Guarumá, Tiesto, El Sapito, La Lata, Cadrasco, Hatillo, El Aguacate, algunas de ellas interconectadas. Vivían por el flujo natural de las aguas. Hoy algunas de ellas se han secado, la gente invadió esos playones secos y fueron reemplazadas por fincas, varias con crías de búfalos.

–Todas esas ciénagas se anegaban en invierno y bajaban en verano, pero nunca se secaban –dice Reinerio Pallares–. Cuando yo era niño, mi abuelo me decía que esos eran asuntos de la naturaleza, que así tenía que ser y que siempre iba a haber crecientes, que la gente se iba acomodando en las zonas altas y usaba las bajas para cultivar, pescar en las ciénagas y hacerse a una vida en medio de las aguas.

Javier Pérez, el presidente de la acción comunal de Zapata, vereda del municipio de Majagual, asegura que esos cuerpos de aguas eran medios de comunicación fluvial. Explica que, por los caminos reales, que en otros tiempos eran de burros y mulas, hoy solo pasan motos.

–Antes había transporte por los caños, los niños venían al colegio en chalupas de veredas cercanas como El Limón, Carrao, Puerto Dáger, Puerto Pastrana, Iracal, Nueva Esperanza, Lana, Coco, Las Martas y La Ceja, entre otras. Si esos caños se tapan, entonces a esos niños les toca llegar a pie o los trae el papá en moto, si tiene los recursos. Hoy esos caños están llenos de sedimentos, “abonados”, dice uno acá.

El corregimiento de Zapata está a orillas del caño Ventanilla, de gran importancia para la economía de la región. El caño une a más de 15 veredas y corregimientos. Además, se conecta con el llamado caño Mojana, que conduce hasta Majagual, epicentro del comercio de esa zona de La Mojana. Hoy tanto el caño Mojana como el caño Ventanilla están secos: las embarcaciones encalladas en la orilla y los pequeños puertos de madera configuran una escena surrealista. La opción actual es tomar las vías de polvillo amarillo, las que requieren una intervención urgente. En tiempos de sequía, las motos transitan con dificultad, y cuando llueve, el lodazal es infranqueable.

Ahora, gracias a acciones conjuntas entre gobiernos locales y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entre otras instituciones, se han diseñado programas no solo para recuperar el caño Ventanilla, sino para que los once municipios que integran la región de La Mojana comprendan las variaciones del clima y ellas mismas puedan contribuir a reducir su impacto.

Por el caño Ventanilla y caño Mojana llegaban frutales y productos de pancoger a los mercados locales. Volver al transporte fluvial es una prioridad, según cuenta Javier Pérez:

–Hoy la moto es el vehículo que más se usa, pero una moto puede cargar un saco de arroz. Antes, una chalupa podía cargar hasta con 100 bultos de arroz por el caño. Los beneficios del transporte fluvial son inmensos.

Los ciclos de sequía y de lluvias de La Mojana tienen una incidencia en la geografía de la región, en las formas de vida de sus habitantes y en la economía de sus pueblos. De esa vocación de flujo y reflujo de las aguas en siglos pasados da cuenta la antropóloga de la Universidad Nacional Lucy Gómez, hoy coordinadora del Museo del Oro Zenú de Cartagena.

–Sabemos que La Mojana, que hace parte de la Depresión Momposina, se inunda desde hace unos 10 mil años aproximadamente y este ciclo natural se presenta aún en la actualidad. En esta región habitaron muchas poblaciones, entre las que destacan la sociedad zenú y la malibú, que ocupó el área geográfica que conocemos hoy como bajo Magdalena. Si bien los zenúes habitaron estas tierras antes que los malibúes, después hubo zonas de confluencia y coexistencia de estos dos importantes grupos. Se estima que el sistema de canales hidráulicos se construyó desde el siglo ii antes del presente, hasta el siglo XIII, cuando se produjo un despoblamiento de la zona debido, al parecer, a intensas sequías.

Antes de la llegada de los españoles, estas áreas anegadizas pertenecieron a la llamada nación zenú, que trabajaba el oro con gran maestría. Los zenúes enterraban a sus muertos con sus pertenencias, como collares, aretes y narigueras, entre otras, que eran de oro. Eso llamó la atención de conquistadores como Francisco Becerra, Pedro y Alonso de Heredia, que saquearon esas tumbas, según relatos de los cronistas.

En esas mismas zonas inundables del pasado están asentadas comunidades sobre las cuencas de los ríos Cauca, San Jorge y Magdalena, extensas llanuras del Caribe que se han caracterizado por su vocación anfibia y la adaptación a estaciones secas y de lluvia.

Según relatos de los cronistas, las zonas inundadas dificultaron el paso de los conquistadores españoles que, ávidos del oro zenú, comenzaron a organizar expediciones que trajeron destrucción y saqueo, pero también el desplazamiento y muerte de estos pueblos que habitaban, en aquel entonces, esa región. En el libro El oro del gran Zenú, Ana María Falchetti describe que en las tierras donde confluían las aguas de los ríos San Jorge, Cauca y Magdalena se adecuaban las tierras y se construían canales artificiales cuya extensión, según Falchetti, cubría unas 500 mil hectáreas que se anegaban en una época y en otra permanecían secas. Así los pueblos se adaptaban a las condiciones climáticas y pudieron vivir en armonía con la naturaleza, dado que dominaban el ímpetu de las aguas.

Mapa hidrográfico de La Mojana.

Entre los años 2010 y 2011, tras la ruptura en los puntos de Santa Anita y Nuevo Mundo, en el río Cauca, la furia de las aguas fue inclemente. La pérdida de los cultivos fue total y las esperanzas de una recuperación, lejanas. Una de los miles de personas damnificadas fue Enidis Pérez, mujer de alegre carisma y líder de la comunidad de El Palomar, a orillas del caño Mojana. Enidis recuerda aquella creciente como la más terrible de toda su vida:

–Las aguas nos llegaban a la cintura, corrían por toda la casa. Las embarcaciones que llamamos “Yonson” pasaban frente a la casa como si se tratara de un brazo del río. Las cosechas se perdieron. Los árboles frutales, que era nuestra gran riqueza –zapotes, nísperos, peritas rojas, papayas, guanábanas, aguacates, mangos, guamas, mamones y guayabas que recogíamos y llevábamos semanalmente al mercado de Majagual–, se perdieron. Aquí se daba yuca, maíz en abundancia, pero quedamos sin tierra, sin frutales, sin comida, sin nada. Los primeros días nos comimos las gallinas que andaban en los palos, comimos algunos frutos que quedaban, pero luego no hubo nada para comer; nos fuimos para la sede del SENA, y ahí esperamos las ayudas del gobierno.

La descripción de otra habitante de la zona, Daisy Suárez, ilustra la atmósfera que se vivió en 2011. Ella se encontraba por fuera de La Mojana, pero volvió cuando las aguas se retiraron:

–Lo que encontré fue desolación: todos los árboles muertos, secos, como manos levantadas pidiéndole piedad y perdón al cielo. Volver y encontrar lodo por todas partes fue muy triste; no se podía caminar, las casas estaban destruidas y las paredes en el suelo. Desde aquí, todos los lunes salía un camión lleno de frutas pa’ Majagual, pero el agua mató a todos los frutales. Aquí hay árboles que son de agua, que la resisten, como el suan, por ejemplo, o el campano, pero los frutales no resisten bajo el agua.

Desde 2010, cuando el fenómeno de La Niña provocó devastadoras inundaciones, la historia que cuenta Daisy Suárez se ha repetido en otros lugares de La Mojana.

Iguana al pie del caño Mojana.

Volver a los caminos de agua

Según el documento La Mojana 2030: un país posible, editado por el Departamento Nacional de Planeación, dnp, parte de los problemas de La Mojana radican en que las entidades (gubernamentales y no gubernamentales) han actuado de forma desarticulada. La propuesta final, consignada en las conclusiones del documento, es volver a pensar La Mojana como un ecosistema de humedales, una confluencia de aguas, rica en caños, ciénagas y zapales interconectados que forman un delta suigéneris integrado por los ríos San Jorge, Cauca y Magdalena.

Las cifras son contundentes: en los últimos veinte años se han contabilizado más de 500 inundaciones y crecientes. El último de esos eventos fue el registrado en el mes de agosto de 2021, que afectó a unas 37 mil familias y deterioró o destruyó más de tres mil viviendas. Entre 2011 y 2021 se invirtieron 960 mil millones de pesos en distintos frentes, reporta el documento del DNP, pero lo grave es que se siguen realizando acciones sin escuchar la voz de las aguas, la misma que le habló a la gran nación zenú con sus flujos naturales del pasado.

Quienes han venido trabajando de forma articulada con las cuatro gobernaciones que tienen incidencia en la zona (Antioquia, Sucre, Córdoba y Bolívar) son el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, financiado por el Green Climate Fund en alianza en el país con el Fondo Adaptación, cuyo objetivo es construir resiliencia frente al cambio climático junto a comunidades e instituciones. La presencia de las intervenciones se da luego de las inundaciones de 2010, en las que un 50 % de la población se afectó, casi veinte mil casas fueron destruidas y la gente quedó en condiciones muy vulnerables. Desde la llegada de una sequía aguda en 2015 la región no ha podido encontrar su balance. Por otro lado, la intervención humana en ríos, caños, humedales, que en el pasado funcionaban a la perfección, generó desconexiones entre esos cuerpos de agua. Caños, ciénagas y zapales ya no cumplen con el papel de disminuir los impactos de las inundaciones, y son estos los que se esperan continuar restaurando con apoyo del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

–Este trabajo –dice Jimena Puyana, gerente de Desarrollo Sostenible del pnud– ha marcado un cambio de paradigma en la forma de abordar el trabajo ambiental en La Mojana. Colombia ha transitado de un enfoque centrado en obras de infraestructura dura para contener las aguas a la implementación de un modelo integral de soluciones basadas en la naturaleza; uno que fortalece la resiliencia climática a través de infraestructura verde y que es liderado por las comunidades.

"El mojanero posee todo un inventario de conocimiento producto de su relación con la naturaleza. Ha construido un legado de saberes sobre el manejo de las aguas que vienen a fecundar la tierra"

El impacto de la ola invernal en los últimos meses dentro de la región hace aún más evidente la necesidad de un cambio de modelo para enfrentar la crisis. En el recorrido por el caño Mojana y el caño Ventanilla, el panorama es desesperanzador. Taponamiento de aguas, sedimentación excesiva, desechos y basuras de todo tipo, desaparición de árboles nativos que impedían la erosión de las riberas. La situación es crítica, pues los árboles son fundamentales en este ecosistema para el mantenimiento de los bosques riparios, los que están ligados a corrientes de agua. Además, se sabe que solo queda el 10 % de la extensión original de ciénagas y zapales en toda la región. La destrucción se ha prolongado durante muchos años, de ahí la necesidad de reconocer que La Mojana es un espacio de flujo de aguas en el que surge un beneficio simbiótico con las comunidades que habitan estas cuencas.

Para intentar entender la dimensión del problema, decido hacer un recorrido por el caño Mojana y el caño Ventanilla poco antes de la ola invernal. Lo hago en moto, desde el municipio de Majagual. Es martes santo. En invierno, quizá el recorrido habría sido en lancha, desde el río Mojana, que está conectado con el caño Ventanilla y sus más de 15 veredas. Llego al punto conocido como Ventanilla Centro y veo que el caño permanece con algo de agua, pero insuficiente para la navegación. Algunos vecinos aprovechan la permanencia de agua en el caño y se dedican a la cría de peces como cachamas, tilapias y bocachicos. En Ventanilla Centro me encuentro con Candelaria Torrente, quien hace honor a su apellido: su liderazgo y conciencia ecológica la convierten en un torrente de inspiración para las mujeres de su comunidad. Con ella está Andrea Redondo, una indígena kankuama que vino desde Nabusímake, Sierra Nevada, a visitar a su madre, se enamoró y se quedó allí para entregar a la comunidad de Ventanilla Centro sus saberes ancestrales. También está Denis Medina, cuya preocupación hoy es la preparación de un dulce que solo se prepara en Semana Santa. Es el dulce de orejero, un árbol que puede llegar a medir más de 12 metros, también conocido como carito.

Candelaria lidera la acción comunal de Ventanilla Centro, es de labia envolvente y sonrisa generosa. Me da a conocer el rol de las mujeres en la región.

–Las mujeres de La Mojana son valientes y emprendedoras, no le tenemos miedo a nada y por eso sacamos los proyectos adelante; claro, con la ayuda de los hombres, porque sabemos trabajar en equipo. A veces los hombres piensan que algo es imposible, y nosotras, que tenemos la mente más clara, tomamos las riendas, salimos adelante y triunfamos.

Candelaria Torrente nació en Ventanilla Centro y terminó su primaria en ese mismo lugar. Reconoce que los aprendizajes no solo los da la escuela, sino también las experiencias que enriquecen y que se pueden compartir con su comunidad. Desde que tiene memoria, su vida la recuerda dentro del agua, en tambos que su papá construía. Para ella, una inundación es una prueba que hay que superar.

–Ahora nos dicen que somos resilientes, pero antes eso era “echar pa’ lante” y afrontar los problemas con verraquera, porque los papás nos enseñaban a ser valientes, a no tenerle miedo a nada. Desde niña yo tengo recuerdos de las crecientes, por eso hemos desarrollado una capacidad de adaptación tanto en los períodos secos como en los de lluvia. Los hijos míos, por ejemplo, sufrieron mucho en la creciente de 2007, pero yo les explicaba que había que aprender a vivir con esa agua, sacarle beneficio. Antes no había ayuda de nada, era difícil la situación de cada familia, uno perdía en las inundaciones la cosecha de arroz, pero se pescaba mucho en esas aguas. Entonces, mi papá cogía su canoa con su canalete, y la llenaba de pescado, se iba a los lugares río arriba, a La Ceja, caño Hondo, y canjeaba la pesca por arroz, plátano, yuca, y así se alimentaba uno, de forma natural.

Para Candelaria, las nuevas palabras que trajeron estos programas se llamaban de otra forma en el pasado. Una palabra como “emprender” es para Candelaria “trabajar duro”. Reconoce que las actuales iniciativas gubernamentales están mejor enfocadas, pero sabe que la conciencia ambiental para cuidar los cuerpos de agua es asunto de las comunidades.

Andrea Redondo, indígena kankuama, cuenta que en su comunidad de Nabusímake todo lo que se sube se debe bajar.

–Allá en mi comunidad, en la Sierra Nevada, se le pide al visitante que si trae algo lleno, por ejemplo, una bolsa de galletas o una lata de atún, debe devolverse con ella vacía. Los mamos, nuestros líderes, dicen: “Si subió algo lleno, es más fácil bajarlo vacío”, así que todo lo que llega se va, pero es cada persona la que debe ser responsable de limpiar.

De izquierda a derecha: Enidis, Jakeline y Eucaris, tres lideresas de El Palomar, Sucre.

Candelaria está de acuerdo con que una idea así se implemente en La Mojana para que todas las basuras regresen a su lugar de origen y no contaminen los caños y humedales.

La hora del almuerzo llega. Candelaria ofrece dos almuerzos especiales, uno para el periodista y otro para su acompañante, Javier Pérez, quien se ofreció de guía en el recorrido por el caño Ventanilla.

Candelaria cuenta, antes de traer los almuerzos, que plantas como el bijao han desaparecido de la región. Por eso se está trabajando en la recuperación de la flora local con programas de rescate de especies nativas que antes crecían silvestres en las riberas.

El almuerzo está envuelto precisamente en hojas de bijao, amarradas con pitas de fique. Una cuchara metálica es el elemento moderno. La comida se envuelve caliente, y los alimentos se impregnan del aroma del bijao: carne desmechada, arroz tipo 20/20 cosechado en la región y medio plátano maduro, envueltos como se hacía en el pasado, explica Candelaria.

Denis Medina dice que debe irse a preparar su dulce de orejero. Es un proceso largo que puede tomar hasta dos días. Le pregunto cómo es el famoso dulce y me contesta que en toda la región lo hacen en Semana Santa, que es asunto de que me quede unos días más y podré disfrutarlo. Lamento decirle que nuestro recorrido por el caño Ventanilla debe continuar. Almorzamos y partimos hacia El Carrao, un corregimiento que en compañía del PNUD ha comenzado un programa de siembra de árboles para la recuperación de los bosques riparios, caños y humedales.

El carrao y el palomar siembran nuevas riberas

En El Carrao el encuentro es con unas doce mujeres del lugar que trabajan en la siembra de más de seis mil árboles frutales y maderables. El proyecto es liderado por Norelbi Rodelo, una mujer que sabe que su comunidad es cada vez más consciente de los procesos que garanticen seguridad alimentaria y agua potable para todos. A través de talleres, explica Norelbi, la comunidad ha conocido cómo en el pasado sus ancestros cuidaban los cuerpos de agua, de ahí la existencia del proyecto de repoblamiento de especies vegetales nativas en las riberas de caños y ríos.

–Con la ayuda de todas las mujeres, de nuestros hijos y esposos –explica Norelbi–, logramos germinar las semillas de seis mil setecientos árboles frutales y maderables que vamos a sembrar a finales de abril. Ahora todo está muy seco, pero cuando comiencen las primeras lluvias, la tierra se ablande y se garantice que esos arbolitos crezcan en los caños y los ríos, las mujeres iremos a sembrar porque estamos comprometidas en este proceso y porque queremos lo mejor para nuestra región, para nuestros hijos.

Norelbi cuenta que entre todas tienen también un emprendimiento de cría de gallinas para venta y consumo, algo que favorece su seguridad alimentaria y promueve beneficios para sus familias.

En El Palomar, en la ribera del caño Mojana, también crecen más de seis mil árboles en un vivero que Enidis Pérez ha desarrollado con las mujeres del pueblo. Una de ellas, con elegancia y llena de orgullo, va llamando a cada planta por su nombre, al tiempo que acaricia sus hojas con amor reverencial. Su nombre es Faisuris Pallares:

–Esta se llama guama de mico, y bota una fruta que se comen los monos cabeza roja. Este es guamo verde. Estos son mangos de varias clases, de puerco –que es el mismo de hilaza–, perilla, de chupa y mango de rosa, que es delicioso. Acá hay guamo machete. Tenemos vara blanca, que bota una frutica pa’ que se la coman animales como la marta, el murciélago, la ardilla. Este es bolombolo, también apetecido por el murciélago, un árbol de mucha sombra, frondoso, que abre sus ramas y no crece pa’ arriba sino pa’ los lados. Hay roble blanco, que bota una flor rosada y embellece mucho; además, a las iguanas les fascina. Este es camajón: da una fruta ovalada que echa sus semillas por todos lados. Y este es un solera, un árbol maderable...

Enidis dice que el solera no deja progresar a los árboles que están a su alrededor, que debajo de su sombra no crece ni la maleza ni el pasto. Así que si al lector le dicen que es mejor estar solo que con un solera, ya sabe el porqué. Faisuris Pallares agrega:

–Tengo un palo de solera en mi casa y a un costado hay un árbol de zapote que no lo ha dejado crecer. El solera es pa’ que esté solo, crece hasta 30 metros. Este que tenemos aquí es el chengue, aquí el canta gallo, que es lindo cuando florece. Ahora vienen los frutales, como la guanábana, buena para prevenir el cáncer. También tenemos guayaba, aguacate, zapote, naranja, coco verde, coco amarillo...

Enidis explica que también se han dado a la tarea de rescatar algunas especies, pequeños árboles que han nacido en caminos o potreros, y cuyo futuro es incierto. Con delicadeza –“con amor”, dice Enidis–, las mujeres de El Palomar los retiran del suelo y los llevan al vivero en espera de la siembra, que será cuando lleguen las primeras lluvias.

Luis, el esposo de Enidis, y quien ha permanecido en silencio durante nuestro recorrido por el vivero de El Palomar, tiene sus argumentos para explicar por qué las mujeres han asumido un liderazgo en estos programas.

–Lo que pasa es lo siguiente –explica Luis–: nosotros los hombres tenemos una falencia; somos como el palo de solera, nos gusta hacer las vainas solos, nos gusta ser independientes. Las mujeres son lo contrario: ellas son más cuidadosas, más responsables, se cuidan unas con otras, y no aceptan que haya vivezas [o corrupción] en sus negocios. Ellas lo hacen todo en común acuerdo. Uno aquí como hombre se da cuenta de que eso es muy bueno, que ellas también tengan la oportunidad de desarrollarse y de paso hacer progresar a la región, que es lo que todos queremos, que La Mojana toda vuelva a ser lo que era antes, un sitio de abundancia de comida, de peces, de agua, de bienestar en convivencia y respeto.

Luis también reconoce que luego de la creciente de 2010 se comenzaron a organizar asociaciones porque eran necesarias para trabajar en conjunto con los gobiernos, las organizaciones no gubernamentales, o las organizaciones internacionales como el PNUD. Gracias a esos proyectos la gente se organizó, pero las asociaciones que han quedado han sido las de las mujeres, porque saben entenderse muy bien entre ellas, y porque han vuelto a las costumbres del pasado, a escuchar la voz de las aguas.

ACERCA DEL AUTOR


David Lara Ramos

Docente de periodismo de la Universidad de Cartagena. Colabora habitualmente para el suplemento Latitud de El Heraldo y el diario Fénix de España. Recientemente Collage Editores publicó su compilación de crónicas El dolor es volver (2017).