La noche que Interpol tocó entre las orquídeas

Interpol, esa dalia negra del ramillete de bandas que redefinieron el rock neoyorquino a principios de este milenio, interpretó el pasado 26 de mayo sus dos primeros álbumes en Medellín, dentro del Jardín Botánico de la ciudad, entre orquídeas y árboles espigados. Esta es una reseña del concierto y una reflexión personal sobre lo que puede suscitar en vivo la oscuridad de su sonido.

POR William Martínez

Junio 01 2024
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Fotografías de Alejandro Palencia Cañón

 

Hace poco más de un mes Interpol dio el concierto más grande de su historia ante 160 mil personas en el Zócalo de la Ciudad de México. Esta vez, en su primera visita a Medellín, dará uno de los espectáculos más íntimos en los últimos años frente a cerca de 3 mil personas, en el Orquideorama del Jardín Botánico. El reloj marca las 7:30 de la noche y la temperatura es de 21 grados. Margarita Siempre Viva, la banda local telonera, inicia su show. Cientos de manos se levantan en las primeras filas para poder agarrar las bolsas de agua que lanza el personal logístico. A pesar de la mística que provee el escenario –al levantar la mirada, uno puede contemplar una sofisticada estructura de malla de madera orgánica que evoca la figura de los nidos de las abejas y árboles de imponente altura a los lados–, la vista a la tarima es limitada por las gruesas columnas que sostienen esa estructura y por los pequeños jardines de flores que estas albergan. “Mochen esas hojas para poder ver”, grita bromeando alguien del público.

Seguramente este escenario, una elegante síntesis de las formas celulares y la arquitectura contemporánea, no pasará desapercibido para Paul Banks, cantante de Interpol, cuya cuenta de Instagram está dedicada por completo a compartir fotografías en blanco y negro cuidadosamente curadas de edificios que ha visitado en todo el mundo. Al mismo tiempo, la actuación de la emblemática banda de indie rock neoyorkina tampoco pasó desapercibida para ambientalistas y animalistas locales que consideran que este no es un lugar adecuado para conciertos. En una ciudad ruidosa, me dice una de ellas, el Jardín Botánico se ha convertido en uno de los pocos refugios para los animales y las plantas. ¿Tiene sentido entonces alterar su vocación para el disfrute humano?

Muchas personas del público −la mitad proviene de Bogotá, según me confirmó Páramo Presenta, la productora que organizó el concierto− se agolpan en el centro de la plazoleta para poder tener vista directa a la tarima. El calor comienza a sofocar, al menos a quienes venimos de afuera. No hay cómo escabullirse de la masa. Sin duda este es un escenario visualmente atractivo, pero no ofrece una buena acústica y tampoco resulta muy cómodo para los espectadores. Basta con que la gente levante en fila sus celulares para obstruir la vista de los que están más atrás. Así nos aprestamos para escuchar enteros dos álbumes icónicos del rock alternativo del nuevo milenio: Turn On The Bright Lights (2002) y Antics (2004).

Interpol hizo su debut en un momento en que Nueva York estaba experimentando un renacimiento musical. La escena indie había entrado en crisis a finales de los ochenta, eclipsada por el crecimiento acelerado del hip-hop y, más tarde, por la diseminación del techno y el grunge de Seattle, con Pearl Jam, Nirvana y Soundgarden erigiéndose como nuevas estrellas del rock. Nadie parecía querer recuperar el espíritu de Velvet Underground hasta que en 1993 apareció Jonathan Fire*Eater, un grupo que prepararía el terreno para el nacimiento de una nueva camada en los 2000.

En julio de 2001, apenas dos meses antes del ataque terrorista a las Torres Gemelas, cinco jóvenes con ropa vintage y Converse llamados The Strokes anunciaron el inicio de una nueva era, conocida como indie rock o post punk revival, con la publicación del álbum Is This It. Mientras que ellos se inspiraron en el garage rock de los años 60 y el punk rock de los 70, Interpol forjó su reputación de otra manera al pintar con elegancia lienzos de una belleza sombría que invitan a la introspección. Sus paisajes glaciares, evocadores de la ensoñación amorosa y el ocaso del trance romántico, se nutren del amplio espectro de la música alternativa oscura: de la desoladora atmósfera de Joy Division, de la incertidumbre existencial de The Cure, de la maraña rítmica de Fugazi y de la intensidad lírica de Television.

 

Fotografía de Alejandro Palencia Cañón

 

Las bandas de esta escena neoyorkina −Yeah Yeah Yeahs, Vampire Weekend, LCD Soundsystem, entre otras− no estaban unidas por un sonido, sino por una sensibilidad. Se sentían salvajes, fuera de control y convencidas de que podían devolverle la chispa al rock and roll. Trajeron de vuelta el espíritu arriesgado del 77 en un momento en el que los habitantes de la ciudad se mostraban abatidos por la ola de terror psicológico que había disparado los atentados del 11 de septiembre, y por eso fueron acogidos con euforia y afecto.

Son las 9:00 de la noche y el público rompe el silencio con una ovación. Paul Banks saluda al público en un español perfecto, gracias a los años en que vivió en Ciudad de México y Madrid. Así como las portadas de los álbumes de su banda suelen exponer una estética de elegancia minimalista alumbrada por los colores rojo, blanco y negro, en las tablas portan trajes oscuros hechos a la medida, a pesar del clima húmedo. Este estilo lo heredaron de la estética mod de los sesenta y post punk británica de los ochenta. Comienzan con Antics, su disco más exitoso en 27 años de carrera. Desde Next Exit, el tema de apertura, revelan la personalidad escénica que se extenderá durante toda la noche: rechazan la provocación y la electricidad del rock and roll para tocar con sobriedad y austeridad. Ni Banks ni Kessler ni los demás abandonan el sitio en la tarima que eligieron como punto de partida. Sus movimientos son lentos y sutiles y calculados. Sacrifican el movimiento y el dinamismo para entregar un show impecable. En vivo, los paisajes dramáticos de sus trabajos discográficos, que son la banda sonora de miles de historias de amor astilladas, suenan desconcertantemente parecidos a sus versiones de estudio.

Intento seguir descifrando la personalidad de Interpol con el paso de las canciones. Fracaso. La atmósfera auspiciada por la voz abatida de Banks, por los solos de guitarra sumergidos en delay y en reverberaciones, y por el olor del ambiente, una mezcla de abono y plantas y marihuana, me arrastran y me llevan a cerrar los ojos. Vivo el concierto dentro de mi cabeza. No grabo con el celular un solo minuto. Evoco escenas de cuidado y escenas destructivas de una relación pasada. Recuerdo cómo cuidé con esmero a la chica de una gripa que la mandó a la cama. Recuerdo cómo esa chica me abrazó y me consoló cuando lloré al saber que Taylor Hawkins, entonces baterista de los Foo Fighters, había muerto en mi ciudad. Recuerdo cuando le regalé algunos vinilos de Interpol. Recuerdo cómo nuestras discusiones hacían cortocircuito y empezaba una competencia del daño. Errores. Aprendizajes. Aceptación. Recuerdo con dolor, pero no con angustia, porque Interpol tiene esa rara particularidad de llevar a transitar los abismos afectivos con cierta serenidad.

Abro los ojos e intento salir del trance. Con el transcurso de las canciones pienso que si en Turn On The Bright Lights la voz de Banks estuvo envuelta en la niebla impenetrable que creó la instrumentación, y resultó monótona por momentos, en Antics el rango melódico se expande y gana color y expresividad. Las guitarras shoegaze y los pasajes glaciares ocupan un lugar central en sus canciones, pero las melodías de escala mayor y el ambiente fiestero encontraron aquí un camino. La gente salta enfiestada y corea a todo pulmón canciones como “Evil” y “Slow Hands”. Fue gracias a este álbum que, por un lado, salieron a la carretera con The Cure, la única banda que apasiona por igual a todos sus integrantes, y por otro, entraron a formar parte del panteón de la escena indie rock mundial.

“Not Even Jail”, con su ambiente hipnótico e incesante, impulsado por los efectos de delay de las guitarras y la voz oscura y ligeramente monocorde, refleja otro aspecto que separa a Interpol de sus compañeros de escena: sus letras. Banks estudió literatura inglesa y comparada en la Universidad de Nueva York. Su escritor de cabecera, cuyos relatos percibe como un reflejo de sus propios sentimientos y pensamientos, es Henry Miller. Al igual que el autor de Trópico de Cáncer (1934), el cantante compone letras semiautobiográficas en las que impera un tono confesional, ambiguo, de examen íntimo de conciencia. Sus grandes temas son la pérdida, el arrepentimiento y el anhelo que atraviesan las relaciones amorosas.

Estilísticamente, Banks se siente más cercano a las películas de David Lynch que a cualquier otro autor, a esos ambientes enigmáticos que entretejen lo cotidiano con lo soñado, desafiando la comprensión del espectador. Cuando le han preguntado por el sentido de sus letras, no se preocupa por hallar uno: su objetivo es plasmar fielmente su vida interior, con sus misterios y contradicciones, pues finalmente percibe el mundo como una red de elementos confusos. “La vida es a menudo muy misteriosa y no siempre entiendo lo que veo y cómo me siento acerca de las cosas. Me siento cómodo empleando un lenguaje que refleja mi incertidumbre”, dijo el cantante al portal Songwriters on Process.

Llega el momento de Turn On The Bright Lights. Le digo a un amigo que me acompaña que ahora sí vamos a descender a las profundidades del infierno. Este álbum capturó con maestría los sentimientos desolados que experimentaban los habitantes de Nueva York un año después del 11 de septiembre. Después de tres EP trabajados casi en el anonimato, en este primer larga duración Banks canta con entrega fatalista, muy al estilo de Ian Curtis de Joy Division, sobre relaciones conflictivas con diferentes mujeres, mientras que la instrumentación está constituida por bellas melodías y un aire teatral que desemboca en pozos de melancolía.

La canción “Untitled” apareció en un capítulo de Friends, y “Obstacle 2” y “Roland” lo hicieron en la serie Six Feet Under, lo que llevaría a que su música calara en la cultura popular. Interpol comenzó a sonar en bares en los que la gente se conocía gracias a la cocaína, la heroína y los hongos alucinógenos, y era habitual ver a sus integrantes pinchando música en las fiestas en Brooklyn, como cuenta el libro Nos vemos en el baño: Renacimiento y rock and roll en Nueva York (2017), de la periodista Lizzy Goodman. Salieron de gira por todo Estados Unidos, Europa, incluso Japón, y en la mayoría de sus conciertos hicieron sold out.

El clímax de la noche llega, en mi opinión, con “The New”, un tema que supera los seis minutos y sintetiza el espíritu de Interpol: la voz honda de Banks acariciando la tristeza y los pasajes instrumentales emotivos que derriban las corazas que anteponemos para evitar mostrarnos vulnerables. El público aplaude y destila vigorosa energía con cada cambio de ritmo. Una luz roja ilumina la tarima en los fragmentos lentos y una luz blanca relampagueante se apodera de él en los momentos intensos, incesantes. Mi cabeza para de fabricar imágenes y todo se tiñe de negro. No hay nada. Nada que amenace. Ninguna imagen. Pero sí una sensación: una liviandad rotunda y desconocida. La sensación de haber vaciado mi cuerpo y mi cabeza de toda agua sucia estancada para seguir viviendo.   

 

ACERCA DEL AUTOR


Periodista cultural. Sus reseñas y reportajes han sido publicados en El Espectador, Arcadia, Cromos, Shock y el Instituto Distrital de Turismo. Investigó para Netflix la serie El robo del siglo. Fue editor de la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Ha recibido en dos ocasiones el Premio de Periodismo Álvaro Gómez Hurtado.