La otra pandemia

Fotoensayo

Las playas del norte del país han empezado a reflejar en sus aguas una hojarasca de plástico fruto de las medidas de bioseguridad: tapabocas, guantes, envases de alcohol, caretas y hasta empaques de domicilio se están acumulando de forma descontrolada pese a los esfuerzos de los recicladores por reducir las montañas de desechos. ¿La cura está siendo peor que la enfermedad?


 

POR Charlie Cordero

La otra pandemia

Reciclador al final de su jornada laboral.

Wendy

Wendy, en compañía de sus hermanos y primos, ayuda a sus padres a separar el material reutilizable.

En un momento fue la basura, y no las personas, la que primero se zambulló en el mar. Lo vi en la isla de Tierra Bomba, cerca a Cartagena, cuando acompañé las limpiezas de playas a mediados del año pasado. Todo el mundo, tanto en la isla como en Cartagena, estaba encerrado en su casa bajo la estricta prohibición de acercarse a las aguas, y sin embargo, varios integrantes de la Armada y de Amigos del Mar, una fundación dedicada a ejecutar proyectos de desarrollo social sostenible, encontraron in fraganti, nadando, varios tapabocas y un par de guantes que incumplían con descaro las restricciones de movilidad.

Unos meses antes fui yo mismo el que vio uno de estos elementos de bioseguridad que ahora parecen integrarse torpemente a la fauna marina. Por esos días, durante las cuarentenas en Barranquilla, se permitía hacer alguna actividad física por un par de horas, así que solía ir a surfear en las mañanas a las playas de Puerto Colombia, muy temprano, junto a un amigo. Nos empezábamos a adentrar en las primeras olas del mar durante esa otra primera ola, la de los contagios en la ciudad, cuando me lo topé. Era un tapabocas desechable flotando a la deriva con su cuerpo aplanado como si fuera una mantarraya diminuta. En ese instante me perturbó pensar que no se trataba del típico caso de basura arrojada a orillas de la playa, sino de un residuo arrojado mar adentro, tal cual como estaba ocurriendo con los desechos en Tierra Bomba.

Envases de alcohol

Los envases de alcohol son cada vez más frecuentes dentro de los centros de acopio de reciclaje en Barranquilla.

Era claro que algo estaba ocurriendo con la forma en que se manejaban las basuras en las ciudades costeras. Y que la pandemia tenía algo que ver con que aparecieran en el mar cada vez más tapabocas, los cuales, a pesar de estar hechos de tela, también contaminan, pues son fabricados con polipropileno, un material que prolonga su degradación por unos quinientos años. Pero ahí no acaba la cosa. Las medidas de bioseguridad han ido arrastrando una estela de plásticos desperdigados en las calles a causa del mal uso de los desechos: caretas, guantes, envases de alcohol y de gel antibacterial, entre otros, que están colmando las canecas, contendores, vertederos y centros de acopio, sin contar los residuos hospitalarios o el doble recubrimiento obligatorio para los alimentos enviados a domicilio, que ahora los hace lucir como gigantes y blancas cebollas por tantas capas que los envuelven. Fue por eso que se me ocurrió capturar con mi cámara esa otra pandemia que se está propagando tan exponencialmente como el mismo virus: la de los desechos plásticos en la costa norte de Colombia.

Manos de Carlos

Las manos de Carlos siempre están desnudas cuando recicla. Con guantes es más difícil descifrar el contenido de una bolsa sin abrirla.

Me propuse entonces visitar Barranquilla, Santa Marta y Cartagena, ciudades acuíferas que presentan altos niveles de contaminación hídrica, si bien es cierto que, de las tres, Santa Marta puede tener el lugar más honroso, pues la “Perla de América” viene intentando desde hace varios años ser la primera ciudad libre de plástico en Colombia. No es el caso de Barranquilla, cuyo deficiente sistema de alcantarillado y canalización suele convertir por arte de magia la lluvia en caudalosos cuerpos de agua; “arroyos” urbanos que van irrigando de basura las calles, arrastrándola hasta desembocar en el río Magdalena, a la manera de turbios afluentes.

Fue precisamente en esta ciudad que quise detenerme para seguirles el paso a los recicladores, aquellos salvavidas que protegen a los ciudadanos de ahogarse en mareas de plástico y a quienes acompañé durante sus jornadas diarias hasta el desembarco de su material en el centro de acopio de Rebolo, un barrio también conocido por ser el lugar del que provienen los disfraces de congos más tradicionales del Carnaval de Barranquilla, y de donde sale la famosa comparsa de los “escobitas”, como se les llama popularmente a esos otros valerosos refinadores de las calles: los operarios de barrido de la Triple A, la empresa de acueducto, alcantarillado y aseo de la Arenosa. 

Cesar

César, de 35 años, lleva casi la mitad de su vida reciclando.

 

Cuarto de basuras con tapabocas en el piso

Cuarto de basuras de un edificio al norte de Barranquilla.

 

Desechos en hospital

Desechos médicos del Nuevo Hospital de Bocagrande, en Cartagena.

Tapabocas

Tapabocas encontrado durante una limpieza de playas en Tierra Bomba, Bolívar.

Enfrentados a la intemperie de la necesidad, muchos recicladores actuaban con arrojo. Al preguntarle si le tenía miedo al virus, uno de ellos me dijo: “Yo llevo quince años trabajando en esto y a mí la basura me hizo inmune. Tengo más defensas que Supermán”. Pero otros sentían aún más el peso de trabajar en las calles, pues suelen ser evitados por los transeúntes y los residentes de los barrios que recorren. Una mujer me contaba que antes, si tenía hambre, no era difícil recibir almuerzo en una casa, o si tenía sed, podía pedir un vaso de agua y se lo daban; pero ahora, con tanto miedo al contagio, es imposible. Además, aunque parezca contradictorio, el aumento de desechos plásticos no está significando un crecimiento directamente proporcional de sus ganancias, que se miden por el peso de sus hallazgos. El tereftalato de polietileno (o plástico tipo pet, por sus siglas en inglés), el que más se encuentra en canecas y bolsas de basura, no pesa mucho, o al menos no en comparación con otros materiales como el papel o la chatarra (aluminio, hierro, etc.), que ahora son más escasos.

A esto hay que sumarle que, en parte por el cierre de los colegios debido a la contingencia, hay niños en el barrio que ahora les ayudan a sus padres a separar material reciclable, sobre todo al final del día, cuando los últimos llegan a casa y traen todo lo que debe ser clasificado para después entregar lo seleccionado al centro de acopio, un lugar que, de hecho, funciona muchas veces como hogar comunitario o centro de recreación en el que los mismos niños juegan o los padres se reúnen con sus amigos para fumar o pasar el rato.

Empaques domicilios

Diferentes alimentos entregados a domicilio en sus respectivos empaques, varios de ellos con doble bolsa.

Lo cierto es que aún siento la necesidad de seguir explorando con mi cámara los vestigios plásticos de aquello que se ha vuelto un paisaje de ojos sin bocas en las calles, y de frascos y bolsas por doquier. Y en ese nubloso horizonte, la labor de seleccionar con minucia los desechos y rescatar los que puedan ser nuevamente útiles se convierte en una intrepidez invaluable. Recuerdo que en la fachada de la casa de uno de los recicladores vi cómo se había cortado a la mitad un garrafón de agua y con el pedazo resultante se había instalado una tulipa encima de un bombillo, transformándolo en una farola que aún ilumina una de las esquinas de Rebolo. Quizá esa farola improvisada sea una metáfora precisa de lo que está ocurriendo ahora con el uso del plástico en la costa Caribe, la contaminación de los cuerpos de agua y el papel de los recicladores y operarios de aseo: un trozo de basura que, en las manos adecuadas, en vez de naufragar entre desechos, es capaz de derramar litros de luz a lo largo de toda una calle. 

Trampa de basura en medio de arroyo

Trampa de basura en medio del arroyo León, a las afueras de Barranquilla.

 

ACERCA DEL AUTOR


Fotógrafo documental con máster en fotografía editorial y fotoperiodismo de la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid, España. Su trabajo ha sido publicado por medios como The New York Times, El País de España y National Geographic, entre otros. Este trabajo fue hecho con el apoyo del Fondo de Emergencia para Periodistas de la National Geographic Society.

CONTENIDO DEL AUTOR QUE TE PUEDE INTERESAR