La profecía imposible

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

La profecía imposible

 

La única profecía que en verdad, después de todo, puede llegar a ocurrir, es una profecía imposible… Pero permítame, lector, que me ausente de inmediato hacia la imposibilidad del recuerdo… ¡Lo imposible! ¡Lo que no puede ser…! Lo que, en suma, está ahí sin tener que estar en ningún lado.

            Así es el ajedrez... ¿Qué está en juego en ese juego? ¡El orgullo...! Que nunca es completo, ¿verdad? Nunca se termina de estar orgulloso... siempre parece que podemos ir un poco más allá... expandir el ámbito de nuestra presencia en el mundo... ¿hasta dónde? Si nuestra presencia fuera un territorio físico, ¿hasta dónde llegaría? ¿Hasta dónde somos capaces de imaginarla? Jugué ajedrez en la infancia... torneos, un par de títulos regionales, todo eso... Todos los niñitos ajedrecistas éramos promesas de algún tipo... ¡los inteligentes! ¡adultitos ya en el ámbito de nuestras infancias...! ¡visionarios! Y toda esa mítica de los cuadritos blancos y negros... ¡niños, y ya...! ¿Quién, en verdad, llega a ser todo lo que nos parece posible para una vida humana? ¡Es que imaginamos demasiado! Soñamos con una especie de Justicia que nos reivindica cuando llegamos a ella... ¡que sentimos! ¡Orgullosos! ¡El orgullo al final de todos los orgullos! El orgullo como tal, su idea misma hecha cosa, cuerpo, alma...

            ¿Cuál profecía, entre todas, las miles o millones, o incontables, tal vez, ha llegado a ocurrir? Los creyentes de una u otra agrupación de más creyentes dirán, por supuesto... ¡que muchas! ¡Cómo no! ¡Si el mundo tiene su lógica! Las cosas no pasan porque sí... ¡Eso es absurdo! ¡Impensable! Y yo estoy de acuerdo... absurdo... impensable... Las cosas no pasan porque sí, claro que no, pero tampoco pasan porque no... ni pasan ni no pasan... El pasar de la cosa ya está llena de sentido... y si no tiene sentido, si pasa porque sí, entonces nos parece que ese pasar porque sí es, al final, el sentido de la cosa... el porque sí es el nombre que le damos a esa lógica del mundo que no somos capaces de parar de alucinar...

            Pero, entonces, ¿cuál ha ocurrido? ¿Qué evento ha pasado tal cual como alguien dijo, con su aparato mental, que iba a pasar? Podemos pensar en algunas opciones tal vez incluso plausibles... pero, lector, ¿cómo comprobamos el vínculo causal entre lo que se dijo o se escribió y lo que pasó? ¿Cómo sabemos que no fue un lucky guess? ¡Mañana lloverá! Y puede ser que llueva... ¿Es que yo hice que lloviera con mi esperanza o mi pesimismo? En última instancia, hay que creerque una profecía se cumple... Pero eso, por supuesto, no es inconveniente, porque nos encanta ese cuento de creer... ¡Nos satisface! Como más nada, tal vez...

            Creemos, sobre todo, ¡en nosotros mismos! Que existimos, de alguna manera fundamental... no como el pasto o las vacas, sino... ¡Más! ¡Existimos muchísimo! ¡Lo suficiente! Eso nos parece... ¿Quién puede dejar de sentir esto que digo...? Si ese sentimiento es la vida misma, el vivir mismo... Es decir, vivimos soñando una imposibilidad... ¡Somos la profecía de nosotros mismos! Con cada acción y cada idea, ¡nos acercamos a eso que vamos a ser...! ¡Que sentimos, allá en el futuro...! ¿Qué otra cosa es todo este invento de despertarnos por las mañanas, hacer cosas en el día y tal vez en la noche, y luego dormir, como recargando la batería del sentido?

            Así que las profecías posibles no ocurren, o su ocurrir es indemostrable... pero las profecías imposibles... ¡Eso es otra cosa! ¡El apocalipsis! ¡Que se derrite todo y nos cocinamos! ¡Que la llamarada solar! ¡Que el universo mismo quiere acabarse! Nada de esto tiene que llegar a ocurrir para que vivamos con la certidumbre de que ocurrirá... ¡O la utopía! ¡La reja de San Pedro! ¡El nirvana! O la inconsciencia profunda que se imaginan los ateos... ¡Un buen sueño! Eso es la inexistencia.

            El ajedrez... ¡a muchos ha enloquecido! ¡Más de uno ha jugado contra Dios! ¡Y ganado...! Es que, lector, hay más jugadas posibles en un juego de ajedrez que átomos en el universo... Eso me hace pensar que tal vez los que se enloquecen son los que llegan a comprender algo de todo ese asunto... los que paran de alucinar, por lo menos un poco... Los que se encuentran de frente a la imposibilidad... al hecho de que nada es lo que es... todo siempre es otra cosa... y el futuro nunca ocurre... funciona ahí, en el futuro, sin tener que caernos encima desde allá... así hace su trabajo, así pasa lo que no puede pasar... El ocurrir de la profecía es ese no llegar... ese no ocurrir... y así nos despertamos, hacemos cosas y nos dormimos, debajo de la sombrita de ese árbol altísimo, con sus ramas y sus hojas que nunca llegamos a ver... pero nos toca ese fresquito y esa sombrita que nadie sabe de dónde viene... que nadie quiere ni puede saber, porque ese árbol, como digo, no está en ningún lado, y la sombra que tanto nos satisface y que, en verdad, necesitamos, es una sombra sin cosa que la produzca, una sombra pura... la idea misma de la sombra... y así estamos bien... o es que, lector, ¿usted quiere meterse en el Sol?

           

ACERCA DEL AUTOR


Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.