La última vez que Spinetta me habló de la muerte
Dossier: Algo que noquea nos quedó aquí
Un postproductor de cine y televisión encuentra en sus archivos una entrevista que le hizo a Luis Alberto Spinetta en 2004, cuando se presentó por única vez en Colombia. Esta es la reconstrucción de esa pieza inédita, y de las ideas contraintuitivas, los chispazos líricos y los referentes metafísicos del Flaco en medio de una charla desenfadada.
POR Diego Narciso
Ilustración de Laura Gómez
Es 1 de noviembre de 2004, plena temporada de lluvias en Bogotá.
Voy camino al centro mientras observo las calles de una ciudad que había aprendido a leer de otra manera. Veo cómo despunta uno que otro yarumo y pienso que, de cierta forma, con sus grandes hojas grises parecen los espejos del cielo plomizo que en este momento lo cubre todo. Finalmente llego al Hotel Tequendama con una cámara Fujifilm prestada que no es la más apropiada para grabar audios. La escena con la que me encuentro al entrar parece bastante convencional: el restaurante del hotel está vacío y dos meseros vestidos de blanco se recuestan aburridos sobre el bar. Huele a café recalentado, los manteles lucen pesados y la alfombra tiene un vaho de humedad. El escenario no es propiamente intimidante, aunque las expectativas de encontrarme con un mito del rock argentino me hacen temblar torpemente. Estoy ansioso por comprobar si esa imagen se va a romper o no en el mundo real.
Spinetta aparece en medio de todo ese anacronismo con una camiseta azul de la Fórmula 1 llena de logos y patrocinadores. Lo primero que pienso es que tengo que desmentir toda la mística poética que le he atribuido durante años, si bien el contraste entre él y el restaurante vacío del hotel, sin público, es un escenario donde Spinetta podría desplegarse sin ninguna máscara. “Los poetas bajaron del Olimpo”, decretó alguna vez Nicanor Parra, y quizá algo de eso explique lo prosaico que luce todo esto, aunque en el fondo sé que si las manos tiemblan y sudan así, y si, cubierto con logos de Peugeot y Yahoo!, Spinetta sigue luciendo como un druida en medio del bosque, es porque algo trascendental está por ocurrir.
***
Nací en Buenos Aires en 1976 y conocí la música de Spinetta a finales de los años ochenta. Yo tenía catorce años y pasaba el verano en Villa Gesell, una ciudad balnearia entre Mar del Plata y Buenos Aires. Caminando entre las calles y aprovechando que había locales que solo abrían en esa época del año, entré a una tienda anticuada donde vendían discos. Mis ojos se detuvieron ante una portada que era muy difícil de ignorar: un fondo azul oscuro enmarcaba el dibujo de un pez naranja que atravesaba un acuario con su cuerpo. A su alrededor caían pedazos de vidrio y un espeso hilo de sangre. Arriba aparecía el nombre del álbum: Lo mejor de Pescado Rabioso. Ese mismo día llegué a casa y puse el casete en una grabadora portátil. La primera canción era “Post-crucifixión”, y cuando escuché: “Abrázame, madre de dolor...”, sentí que el alambre tensado dentro de mí durante catorce años finalmente se rompía en mi pecho. En plena adolescencia, y con Led Zeppelin como referencia de cabecera, me sorprendió reconocer que el rock en español pudiera tocar unas fibras tan similares y a la vez mucho más cercanas que aquellas que tocaba la voz de Robert Plant en una canción como “Black Dog”. Ese fue el inicio de una relación viva, que también me llevó de forma oscura y cálida a pensar en la muerte. Los siguientes años escuché toda su discografía una y otra vez, y en cada uno de sus discos la voz de Spinetta fue una aguja magnética que me guio incluso cuando no la escuchaba.
Quince años después estaba viviendo en Bogotá, editando realities y documentales. Colombia sangraba entre secuestros, masacres y desplazamientos, y la coyuntura sociopolítica, encabezada por movimientos guerrilleros y paramilitares, no le daba respiro ni a los medios de comunicación ni a los dirigentes de turno. Y sin embargo –o precisamente por eso– había entre la gente joven una intensa sed de belleza y rebeldía. El rock argentino había llegado a Bogotá años antes, encabezado por Sui Generis y Pescado Rabioso, y los discos se pasaban de copia en copia y de mano en mano entre músicos, bandas de garaje y estudiantes en Chapinero o en el centro. El arte seguía siendo un broquel ante la muerte y el desastre.
Yo mismo había comprobado el impacto del rock argentino en Colombia cuando me encontré con Carlos Vives en medio de una grabación en Miami. Era 2001 y habíamos ido a hacer el detrás de cámaras de un proyecto musical del compositor y productor Andrés Peláez tras el terremoto del Eje Cafetero en 1999. Carlos Vives, que vivía ahí en esa época, había aceptado ser colaborador del proyecto, y una tarde, justo después de una grabación, íbamos charlando sobre rock argentino con el desenfado que tienen los aficionados y no los críticos musicales. Era evidente que para Vives el rock argentino no solo había influenciado el rock latinoamericano, sino que también había convertido al rock en un aliado del español.
Más tarde tuvimos que volver a su casa porque había dejado una de sus guitarras en el baúl, así que Vives nos invitó a pasar. La conversación sobre rock argentino siguió adentro, y en medio de la charla Carlos se levantó, fue hasta su colección de discos y volvió con un cd.
–Llévate este.
Era Los ojos, el segundo álbum de Spinetta y los Socios del Desierto, power trío integrado por Luis Alberto Spinetta (guitarra y voz), Marcelo Torres (bajo) y Daniel Wirtz (batería). Para esa época, aunque su obra conservaba la misma voz y sensibilidad, ya había mutado hacia otros intereses musicales, y esta era, quizás, su faceta más apaciguada y melancólica.
En octubre de 2004 me enteré de que Spinetta venía a tocar a Rock al Parque por primera vez. Lo entendí como una oportunidad que no podía dejar pasar, porque además tenía a mi favor cierta ventaja laboral: trabajaba en televisión y conocía a gente que había producido el festival desde sus inicios. Llamé, insistí, insistí más.
Con la mezcla de terquedad y cortesía que hace que ciertas cosas imposibles terminen ocurriendo, logré contactar al mánager, Juan Carlos Mendiri. Le propuse una entrevista para una revista. No le dije que todavía no sabía cuál, algo que no era una mentira completa, porque en ese momento me había hecho la promesa de hacer algo con ese material, aunque no tuviera claro su destino. En algunos momentos de la vida, las ideas también se fabrican así: primero se consigue el acceso, después se busca el destino. Lo importante era que la entrevista existiera. Publicarla o no publicarla era un problema del futuro. Era de esas oportunidades que, si las dejás pasar, después se convierten en todos los futuros que no fueron. Mendiri, finalmente, aceptó.
***
Mi esposa María y mi amigo Herico Campos Cervera deciden acompañarme. María no es fan de Spinetta, pero quiere ser testigo del encuentro que yo llevaba soñando desde la adolescencia. Herico, en cambio, había visto nacer todo eso: vivió en Buenos Aires cuando Sui Generis, Manal y Almendra estaban empezando, cuando todavía no se hablaba de “rock nacional” porque todavía no existía tal categoría.
El Hotel Tequendama es un lugar solemne y enorme, aunque un poco decrépito. Construido como emblema nacional en 1950, vivió su mejor momento en el siglo pasado, cuando hospedó a figuras históricas como Richard Nixon o Fidel Castro. Su olor a rancio avivaba la sensación de que el pasado pesaba más que el presente y de que el lujo se había transformado en mueblería anticuada. Y con todo, durante esos días previos a Rock al Parque, el hotel logró congregar a jóvenes vestidos con ropa excéntrica que habían vivido la celebración de los diez años del festival, e incluso hospedó a otros músicos que también tocaron en el Simón Bolívar.
Nos recibe Mendiri.
–El Flaco debe estar por acá.
Nos pide esperar.
Las puertas se abren y aparece primero el mánager, después él. Luis Alberto Spinetta viste una camiseta azul de Fórmula 1 llena de sponsors muertos –prenda que al tiempo se explica por su fascinación por los autos de carreras–, gafas discretas pero pesadas y una sonrisa clara que parecía estar a disposición de otros.
–¿A dónde vamos? –pregunta con naturalidad.
–Al restaurante –atino a decir.
El mánager nos dice que nos deja veinte minutos. Se va. Spinetta lo despide con una sonrisa.
Empezamos.
Le pregunto qué tan sorprendido está con la respuesta del público, sobre todo en el escenario del Simón Bolívar, donde tocó ayer. ¿Se lo esperaba?
–Bueno, supongamos que, como por ahí te estuvieron esperando, va a haber toda una generación que sí me siguió y siguió los discos, pero no te imaginás una cosa tan así como la que vivimos. Convengamos que es hermoso y es atípico. No siempre le sucede a un artista con tantos años en el escenario. Me hubiese resultado más lógico haber venido, suponete, una vez cada dos años, haber mantenido a la audiencia creciendo con mis nuevos trabajos y no de golpe tener que estar delante de toda esa multitud y responder a ese amor. Lo más difícil de todo es tener tanto amor como para eso. En general es lo que nos sucede a todos los seres humanos: no nos creemos con tanta energía y con tanto amor como para darle vuelta al dado.
Hace una pausa.
Le pregunto si cree que su música trasciende a través de otros artistas importantes de acá, como Carlos Vives o Shakira, que han reconocido su admiración por el Flaco.
–Es una bobada, me dirás, pero lo importante no es de dónde vengan las cosas, sino que sean preciosas. Lo precioso de Carlos o de Shakira es que no le tienen miedo a conmoverse con lo que uno considera hermoso. Obviamente hay gente que considera hermoso matar gente, dominar países o manejar en Fórmula 1, como lo he creído yo en estos últimos años.
Le pregunto qué sabe de Colombia.
–Entiendo que hay mafias controlando todo. Quizá si se organizan y dejan la plata para que la disfruten todos los colombianos estaría todo bien. ¿Por qué no crean unos hospitales de la puta madre, unas escuelas de la puta madre, y apoyan el arte y la difusión de la cultura en lugar de tantas porquerías que hacen? Es lo mismo en la Argentina. ¿Por qué hay tanto quilombo? Si estos mafiosos de mierda dijeran: “Bueno, dejemos la guita acá, vamos a hacerla correr para que le llegue al de abajo, al de arriba...”. Bueno, el de arriba no necesita nada, excepto que lo parta un rayo si ha sido un hijo de puta... Mirá, estoy enojado. Voy a pedir un café, porque de tanto hablar voy a quedar como seco.
–Ayer en la conferencia de prensa hablabas de las tristes similitudes que encontrabas entre Bogotá, Buenos Aires y Caracas, de la mezcla entre el mp3 y la miseria. ¿De qué manera creés que tu música o el arte se tienen que manifestar o comprometerse con esa situación?
–Eso va en la voluntad de cada uno, ¿no? Porque si los que se dedican a hacer política son los más hijos de puta, imagínate, ¿un músico por qué se tiene que dedicar a cuidar a la gente? Pero la imaginación humana es la única que despierta los campos. Si no agilizamos el instrumento de la imaginación nos quedamos sin herramientas para combatir a los depredadores de las almas. Eso es una reacción natural. La gente piensa que si escucha música de mierda no se daña. Yo les pregunto: ¿la comida basura no daña? Claro que la música basura daña. Daña el cuerpo. En fin, retomando lo del compromiso, cuando empecé a tocar con Almendra quería cambiar el mundo, pero ni siquiera sabíamos cómo éramos nosotros, ¿entonces qué iba a querer cambiar? Al crecer y conocerme a mí mismo, a los otros y a mí en los otros, la ecuación se hizo redonda. Digo la ecuación como si fuera una receta, o una fórmula. La ecuación de la visión, ¿no es cierto?, lo que se ve es esto. Hay gente que no lo ve ni con un catalejo ni con el Hubble. Hay gente que no vuela ni con una turbina en cada mano.
Luis Alberto toma un poco de su café y continúa.
–Yo odio el rock basura, odio a todos los argentinos que se dedicaron al tango porque con el rock les fue mal, porque no tuvieron talento. Son músicos y son valederos, pero se abandonaron a no crear; ese es el problema. La gente en general también se abandona a no crear, lo quiere todo fácil. Odio a esas bandas que tienen un poco de capacidad, pero que manejan una idiosincrasia perversa; son como una especie de Almendra malpensada. Si Almendra era una almendra, con pajaritos y muchachas ojos de papel, estos te lo dicen de una manera... A mí me gustaría preguntarles a todos ellos: ¿qué mierda les querés dar a los demás? Si quieren sigan, pero van a dejar un zurullo.
Herico le pregunta cuál ha sido su referente poético más importante. Spinetta, más serio, responde:
–Empecé a leer a Carlos Castañeda ya hace un montón de tiempo. Primero, un amigo mío en el 69 me habló de su ópera prima, Las enseñanzas de Don Juan, que había sido toda una conmoción. Yo sé que con lo que te voy a decir alguien me va a agarrar y a cagar a patadas, porque acá en América Latina hay unos escritores que son los masters de la novela mundial, pero yo pienso que la literatura hispanoamericana se divide en antes y después de Carlos Castañeda.
Se detiene. Mira hacia la ventana.
–Yo considero que el novelista más imponente de Latinoamérica es Carlos Castañeda. Es el escritor más radiante y fenomenal que hay. Es mi mayor fuente de inspiración. Por supuesto que durante mucho tiempo estuve leyendo de todo. Por ejemplo, leí Arte poética de Borges, una serie de conferencias en una universidad en Inglaterra que a su vez es un libro de poesía. Pero este Carlos Castañeda nos presenta un mundo de una poesía que no podemos reconocer. Creo que todas las poesías le cantaron a esto, che, a lo que Castañeda narra. A ese duelo energético entre la vida y la muerte, a lo que sabían los toltecas, que vivían acá muy cerca...
Continúa:
–Hay un fragmento impresionante en uno de los libros de Castañeda que para mí es como Romeo y Julieta elevado a la potencia treinta. Un nahual, un brujo muy poderoso, aprovecha la energía de dos amantes, dos aprendices de brujo, cuando están haciendo el amor adentro de un ropero y los hace desaparecer de la faz de la Tierra.
Pausa.
–Yo quiero escribir una ópera con ese argumento. Son los amantes de las energías que se han disuelto y que todavía estamos buscando. El hombre buscando a la mujer y la mujer al hombre.
De izquierda a derecha: María Rojas Nieto, Diego Narciso, Luis Alberto Spinetta y Herico Campos (2004)
Hace otra pausa. Mira hacia la ventana.
Otra pausa.
Y entonces dice:
–Yo quisiera curar. Si curás, no completás el camino; te puede pasar como a la Pachita [la famosa curandera mexicana que, según el trabajo de Jacobo Gringberg, podía extraer órganos y cerrar heridas instantáneamente]. Pachita curaba de a ocho, pero solamente cuando hubiera ocho que la necesitaran juntos. Y los curaba de lo que fuera, era como Cristo diciendo: “Levántate y anda”. Pero tenía que reunir a ocho damnificados que vinieran a ella, recién ahí podía aplicar su don. Murió curando, decían.
Toma un sorbo de café.
–Hay que trabajar mucho, pero quizás antes de ir al monoplaza [como llamaba Spinetta al ataúd] termine la ópera.
No sé si alguna vez volvió a referirse a esa ópera. Luego busqué en entrevistas, en documentales, en notas viejas. Nada. Esa tarde en el Tequendama fue la única vez que mencionó públicamente ese proyecto. Una obra inconclusa de la que nunca más habló.
En ese momento llegan otros dos periodistas.
–¡No...! ¡No...! ¿Y ahora cómo me divido en tres?
Después de saludos, besos y abrazos, me aparté de la mesa. Había tenido mi hora con el Flaco. Ahora era el turno de las profesionales. Ellas traían preguntas más afiladas, más literarias. El Flaco cambió de tono sin cambiar de tema: seguía siendo él, pero la conversación mutó. Yo las observé trabajar con la fascinación del aficionado que sabe que acaba de lograr algo que tal vez no merecía: llegar primero.
Antes de despedirme le pregunto si la respuesta que tuvo de parte del público se podría convertir en la promesa de un retorno a Colombia.
–Que Dios quiera que se traduzca en algo así. Temo que una excesiva inmediatez me haga parecer que fue todo como una pesadilla y me despierte en Buenos Aires y esto haya sido un sueño, porque imagínate si viniera la semana que viene [se ríe]. No, no lo puedo creer, ¿tardé treinta años en visitarlos y ahora vendré cada quince días? No creo que sea tan así. Pero quiero tocar hasta que ya no lo pueda hacer, y vendré todas las veces que sea necesario. Todavía no he ido a tocar a México, recién debuté el año pasado en España. Allá les preguntaba: “¿Para qué son los poetas del rock si tenemos el idioma más hermoso del mundo? Escriban más letras en español”.
La entrevista duró más de una hora, mucho más que los veinte minutos prometidos por el mánager. Eso, en sí mismo, ya era un dato sobre el hombre: pudo irse, pudo cortar, pudo “cumplir”. Se quedó. Quiso hacerlo. Al final le pedí que me firmara un disco, Para los árboles, el último que había sacado. Escribió: “Por un encuentro imposible”.
Apenas pude decir gracias.
Nos tomamos una foto. Somos Spinetta, María, Herico y yo. En mi cara se ve una felicidad contenida y nerviosa, con una mezcla de asombro e incredulidad. Él sonríe sin mostrar los dientes, con su camiseta azul de Fórmula 1 con la que nos recordaba que el arte también se hace con contradicciones: poesía y sponsors, belleza y mercado. Alrededor nuestro las luces del restaurante del Tequendama dan cuenta de la tarde lluviosa y fría de ese día.
***
La noche del 30 de octubre, antes de su presentación en Rock al Parque, Spinetta tocó en el bar El Sitio. Quedaba en la zona del Parque de la 93 y tenía capacidad para seiscientas personas. Esa noche Santiago Cruz –músico, admirador confeso de Spinetta y dueño del lugar– había puesto siete mil dólares de su bolsillo para traer al Flaco. No le importaba si los recuperaba o no. Era un acto de fe.
Fui con Herico porque él conocía a Santiago Cruz y logró que entráramos gratis con una mesa privilegiada al pie del escenario. El bar estaba abarrotado de músicos de las bandas más reconocidas de Bogotá. Se delataban por la forma en que observaban los dedos en el mástil, por cómo seguían las progresiones de acordes, por cómo asentían cuando Spinetta hacía algo que solo un músico detecta.
El repertorio recorrió casi toda su historia: desde “Plegaria para un niño dormido” de Almendra hasta “Seguir viviendo sin tu amor” de Pelusón of milk y “Tonta luz” de Silver Sorgo, pasando también por sus distintas bandas: Pescado Rabioso, Invisible y Spinetta Jade. Yo estuve toda la noche hipnotizado, tratando de buscar el momento exacto en el que la música se escapa de las lógicas del lenguaje y de la técnica y se vuelve algo más parecido a un poema o a un instante luminoso. Spinetta nos dejaba vivir ese momento cada tres compases. Desaparecía de su piel de personaje, de su máscara de rockstar, y se convertía en un médium al que el tiempo no hiere. Pasó, sobre todo, cuando cantó: “Luz, solo luz respirándome”.
Unos minutos después llegó “Durazno sangrando”.
Cuando la guitarra empezó a sonar, Spinetta cerró los ojos, y yo también. Y en el ecuador de la canción, cuando cantó: “Pasó cierto tiempo / en el mismo lugar / hasta que un buen día / se puso a escuchar”, tuve la sensación de que todos mis encuentros con el Flaco habían sido el mismo. Estaba simultáneamente en El Sitio, pero también en Villa Gesell a mis catorce años, y en todos los momentos y lugares en los que Spinetta me acompañó con su voz de melodía sangrante. Ante mí se cerraba un campo extraño que no había podido poner en palabras hasta este momento, porque ese día Spinetta me permitió escuchar la versión inédita de “Durazno sangrando”: una versión más lenta, con su voz cansada, pero quizás también por eso un poco más sabia. Sentía ahí mismo que Spinetta había envejecido en su propia canción, en su propio mito, y ahora cantaba desde otro lugar más lejano. Volvió a mi mente la imagen del pez sangrando que había visto veintidós años atrás. Un pez que rompe el acuario a pesar de las heridas y que se hace paso hacia cierto tipo de libertad.
El 8 de febrero de 2012 yo estaba editando un documental en Bogotá cuando recibí la noticia de su muerte. Sentí culpa y gratitud, y estuve inmerso en mis pensamientos los días siguientes, rearmando el momento de nuestra entrevista y recordando cómo había sido aquello y dónde había guardado todos esos archivos. Llegué a pensar que su muerte quizás era una buena razón para desempolvar ese audio y darle una nueva voz, pero inmediatamente descarté esa posibilidad, porque sabía que parecería oportunista.
Guardé la grabación durante casi veintidós años. En todos los momentos de mi vida en los que intenté darle espacio a este texto yo mismo buscaba la forma de no llevarlo a cabo. Una mezcla de dolor y de insuficiencia enmarcó las excusas de estos años. Pensaba que nuestra conversación no guardaba ningún secreto, ni que entre líneas había una revelación esperando a ser vista. Spinetta no me dio una clave para vivir en el presente ni una instrucción de cómo hacer música. No estaba seguro de que algo de lo que hablé con él pudiera marcar un camino para las nuevas generaciones, e incluso me sentí avergonzado de no haber encontrado las preguntas correctas que me llevaran a una gran verdad. Pero editando películas y series he aprendido que hay momentos en la música y en el cine donde solo se pueden contemplar los silencios y las pausas. Hay cosas que un rockstar dice o no dice frente a un periodista aficionado en un restaurante vacío que tal vez nunca podrá contarles a sus hijos. Y creo que, urdido entre su voz, hablando apasionadamente de nahuales toltecas y de proyectos pendientes antes de morir, hay algo de todos esos silencios que permanece en esta entrevista.
Su muerte fue ocho años después de aquella tarde en el Tequendama. La ópera de Castañeda quedó inconclusa. El disco firmado sigue guardado en una caja en Bogotá. La Fujifilm ya no funciona. Pero este texto existe, la música de Luis Alberto Spinetta sigue siendo una plegaria y un embrujo para vivir del otro lado de las cosas, y el pez naranja, a pesar de todo, sigue rompiendo el acuario.
In memoriam Luis Alberto Spinetta (1950-2012).
ACERCA DEL AUTOR
(Buenos Aires, 1976). Músico, compositor y director creativo de postproducción en Endemol Shine Boomdog. En 2017 fue ganador del Premio India Catalina en la categoría Mejor edición. Ha trabajado en producciones de Netflix, Disney+, Telemundo y RCN.