Largo es el tiempo, mas sucede lo verdadero

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

El colmillo de la esfinge

 

¡Cuánto del mundo muere por exceso de verdad, y cuántas mentiras fungen como lo verdadero! Una cosa es verdadera hoy y falsa mañana. “Hay actos de justicia”, dice Joubert, “que corrompen a quien los realiza”. ¿Y qué ha sido la historia, sino una progresiva y dilatada justicia que al mismo tiempo nos ha corrompido más con cada avance de lo verdadero sobre la animalidad?

            Así con la democracia, la forma más justa de la tiranía, no ya de un rey o un dictador, sino de las verdades implementables en la mayor cantidad de almas. Lo que necesita cualquier candidato es un buen software, un meme efectivo. Y ¿cuál es la efectividad del meme? ¡No su verdad inherente, objetiva! ¡Ni su nobleza o amplitud de espíritu! Como el gen, que reparte y reproduce los atributos de los cuerpos, el meme funciona por la fuerza bruta de su efectividad para multiplicarse. El lugar que ocupa en el cerebro no es ni verdadero ni falso. Solo funciona o no funciona. Pero su mensaje sí puede ser más verdadero o más falso. Y una buena mentira, que sea simple y que satisfaga los deseos instintivos más básicos, como la pertenencia a un grupo a exclusión de otro, o la promesa de una mayor libertad, tiene casi siempre una mayor efectividad reproductiva que las verdades sobre cómo funcionan los procesos sociales y, por lo tanto, sobre quiénes somos todos debajo de nuestros sueños de pertenencia o de libertad.

            ¡La democracia...! Esa gran verdad de lo humano, inventada en la Grecia luminosa, ¡y vuelta a descubrir con la invención de la guillotina.! ¡Unas cuantas cabezas que, al separarse de sus hombros, cayeron sobre el continente con fuerza telúrica! Cayeron sobre la historia como meteoros que reorganizan la distribución de los genes... ¡la distribución memética! Un nuevo marco de referencia para establecer lo verdadero. Las cabezas de Luis XVI o de María Antonieta fueron verdaderas mientras vivieron en Versalles... se volvieron falsas cuando la gente ya no creyó en Versalles... y fueron de nuevo grandes verdades al ser descorchadas como botellas de champagne en Año Nuevo... ¡Verdad nueva! Y, sobre todo... ¡nuevas maneras de llegar a ella!

            Las independencias... la emancipación de todos los pueblos... el nacimiento de las repúblicas parlamentarias... ¡La distribución de los poderes! ¡El sufragio universal! Y un crecimiento de las fuerzas productivas que sin la idea de la universalidad del alma habría sido imposible... si solo hubiera que vivir sin romper nueve o diez reglas, en vez de intentar, en cada generación, ¡volver a descorchar a la época! ¡De buscar nuevos caminos hacia lo verdadero!

            Y ahora... ¿dónde está la verdad de la democracia? ¿Cuál es el camino por seguir? O ¿cuál estamos siguiendo, lo queramos o no? Durante siglos y milenios hemos avanzado hacia el futuro usando los mecanismos naturales de la distribución informática otorgados al cerebro humano por el azar combinatorio de la evolución. En el siglo XXI... ¿por cuáles mecanismos accedemos al futuro?

            El algoritmo... diseñado para optimizar la integración del usuario a las redes, lo que a su vez, como todos sabemos, maximiza las utilidades de las empresas informáticas. ¡Es la misma universalidad que prende los barriles de pólvora revolucionarios! ¡La misma idea de la pureza del alma que nos convence de subir nuestra vida al algoritmo, en fotos o en números de caracteres! El algoritmo nos refuerza nuestra pureza privada. Nos da importancia, nos demuestra que nos aprecia, que sabe lo que queremos antes de que lo hayamos pensado. ¿Quién lo experimenta de otra forma? ¿Quién es, él mismo, algoritmo? ¡Somos amor! ¡Y odio! Y la necesidad fundamental de sentir que somos importantes, o que por lo menos servimos para algo... que tenemos un puesto dentro de la idea del mundo.

            ¡Este no es el mecanismo natural de distribución informática! Hay que ver, por supuesto... ¡tal vez sea mejor! Pero el mismo, en todo caso, no es. Estamos todos en una relación privada con algo que ninguno de nosotros es capaz de comprender. Un organismo –si podemos adelantarnos unas décadas e irlo llamando ya así– que funciona con otra lógica, en otros tiempos. ¡Tiempos perfectos, tal vez! pero incomprensibles, de cualquier manera, para nosotros.

            La democracia está sostenida, histórica y genéticamente, por una fe irreductible en la verdad del alma. La voluntad general de Rousseau, la mano invisible de Adam Smith, el velo de la ignorancia de Rawls... ¡Una gran fe en el substrato de lo que somos! Y el algoritmo... ¿nos tiene esa fe? ¿O nos refuerza, a cada uno por separado, nuestra fe en la fe?

            El fenómeno Trump, el Brexit, el no a la paz en Colombia. La primavera árabe, el movimiento antivacunas, Qanon, las miles de conspiraciones, a las que muchos han prestado, en buena fe, su cuota de democracia. El algoritmo, ciego como parece ser, en tanto no tiene lo que llamamos alma, esa lucecita que se experimenta a sí misma... nos refuerza tanto nuestra lucecita, el brillito que nadie puede negar que tiene, que la democracia, esa constelación de almas sinceras, ya no opera sobre el mismo marco de referencia que liberó a Luis XVI y a María Antonieta del enorme peso de sus cabezas reales. La democracia comenzó como una gran verdad. Y su verdad aumentó con las décadas y los siglos hasta alcanzar un punto de demasiada verdad. Los mecanismos que avanzan hacia esa verdad han logrado una efectividad excesiva, como una máquina que no regula su temperatura y solo acelera. Llevamos dos siglos felices con la aceleración. La velocidad es enormemente sensual... Es justa, nos dice el cuerpo. ¡Es emocionante! Y nadie puede, en buena fe, dejar de creer en su cuerpo o en su alma. Pero... ¿y si ya el alma no es verdadera? ¿Si la verdad está en otro lado y es otro el proceso que lleva a ella? Un proceso falso visto desde la idea clásica de la democracia... desde la idea del mundo que la produjo... pero este ya no es –¿quién lo puede dudar?– el mundo clásico. Y nosotros, almas falseadas, somos incapaces de darnos cuenta.

ACERCA DEL AUTOR


Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.