Las mil y una historias de carbón

La Villa de los Papiros de Herculano conservó un tesoro inigualable: una biblioteca carbonizada, vestigio único de la Antigüedad grecorromana. Su descubrimiento desató un cambio cultural desde su hallazgo en el siglo XVIII. La perseverancia de filólogos y la innovación tecnológica han permitido recuperar fragmentos de este legado, que ofrece un vistazo al mundo romano del siglo I de nuestra era.

POR Ronald Forero Álvarez

Mayo 20 2024
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Ilustración de Paola Albao

 

Tras haberte escuchado durante estas mil y una noches, mi alma ha experimentado una transformación. Ahora me encuentro rebosante de alegría y sumergido en el deleite de vivir.

El rey Schahriar

 

I

En un macabro giro de la fortuna, la erupción del volcán Vesubio aseguró con su ímpetu devastador que desde el siglo XVIII estemos repasando miles de historias que, de otra manera, habrían sido engullidas por las arenas del tiempo. Como si hubiera intervenido Jano –el dios romano bicéfalo de rostros contrapuestos, guardián de los umbrales y señor de las transiciones, el tiempo, los comienzos y los finales–, la catástrofe del Vesubio encapsuló todo a su alrededor. Herculano, Pompeya, Estabia, Oplontis y los demás asentamientos romanos próximos a sus laderas quedaron debajo de una capa de una veintena de metros de espesor, producto de la avalancha de flujo piroclástico y lodo. La coraza endurecida actuó como un guardián contra el sol, el viento y el agua. Viviendas, mercados, templos, teatros, termas e, incluso, un lupanar conservaron en sus entrañas miles de tesoros: frescos y mosaicos que narran mitos y escenas tradicionales; estatuas que evocan la belleza idealizada de dioses y mortales; enseres, joyas y monedas que ilustran la vida cotidiana. En su interior también se encontraron testigos de la voracidad del cataclismo: varios cientos de cavidades antropomorfas –inicialmente llenas de ceniza, pero luego reconstruidas con yeso por los arqueólogos– muestran las posiciones de las personas que se aferraron a sus vidas en la huida y las de aquellas que se resignaron a morir calcinadas. Otras tantas se agolparon en el puerto de Herculano con la esperanza de que una embarcación alterara su destino.

 

Pintura mural de Herculano. Fuente: Picryl

 

La envoltura temporal fue rota en 1709, cuando unos obreros, durante la excavación de un pozo, se toparon con un teatro adornado con estatuas e inscripciones en honor de los herculanenses. La noticia atrajo la codicia de Emmanuel Maurice de Lorraine, el duque d’Elbeuf. El regente ordenó de inmediato hacer túneles para apoderarse de estatuas para decorar su nueva villa en la vecina Portici, un municipio ubicado entre Nápoles y Herculano. Las excavaciones se detuvieron cuando el duque regresó a Austria, en 1716. Después de que los españoles expulsaran a los austriacos en 1734, Carlos III, el nuevo rey de Nápoles y Sicilia, encomendó al ingeniero militar Roque Joaquín de Alcubierre continuar con la misma búsqueda de objetos decorativos para su propio palacio, no muy lejos del iniciado por el duque.

 

En 1750 afloró un prodigio arqueológico. Una biblioteca de carbón fue descubierta en el complejo arquitectónico conocido posteriormente como la “Villa de los Papiros”, en honor del hallazgo. El recinto albergaba una vasta colección de rollos de papiro –el preciado papel egipcio, elaborado con la planta homónima que se daba en abundancia a la vera del Nilo–. Su carbonización se debió a la altísima temperatura del torrente de materiales y gases volcánicos que entró en contacto con los libros, pero, en lugar de quemarlos, la falta de oxígeno provocó una pirólisis. En una suerte de proceso alquímico, la celulosa sufrió una metamorfosis. Las hojas perdieron su flexibilidad, pero ganaron inmunidad contra agentes biológicos. La tinta, compuesta de plomo, resinas y hollín, apenas alteró su tonalidad lo suficiente para distinguirse en el papel transformado.

 

II

La erupción del Vesubio convirtió la Villa de los Papiros de Herculano en un libro hermético de inagotables historias, en su inmensa mayoría aún por relatar. Su prefacio se encuentra en una epístola que Plinio el Joven dirigió al historiador Tácito (Cartas VI 16). En ella relata cómo el 24 de agosto de aquel año se alzó en el horizonte una imponente columna de gases en forma de pino doncel. Plinio el Viejo –tío del Joven– decidió estudiar este fenómeno personalmente para incorporarlo en su Historia natural, una ambiciosa enciclopedia en 36 volúmenes. La colosal obra, de acuerdo con el erudito romano, compilaba 20.000 informaciones extraídas de 2.000 obras, un ejemplo singular de procesamiento de datos à l’ancienne.

 

Cuando se disponía a zarpar en una liburna, el Viejo recibió una carta de su amiga Rectina, quien imploraba su rescate por mar en Herculano. Como prefecto de la flota romana, ordenó entonces preparar las cuadrirremes que tenía a su cargo, no solo con la intención de rescatar a su amiga, sino también a cuantos pudieran acoger a bordo de las naves. Zarpó con su tripulación desde Miseno –el antiguo puerto de Campania–, a unos 23 kilómetros de distancia del puerto de Herculano. En medio de la lluvia de cenizas ardientes, piedra pómez y rocas, dictaba y tomaba nota de sus observaciones. La dificultad para atracar lo hizo considerar la retirada, pero, invocando el proverbio “Fortes fortuna iuvat” (“la fortuna favorece a los valientes”), decidió cambiar la ruta hacia la casa de su amigo Pomponiano, en Estabia.

 

Mapa del golfo de Nápoles. Fuente: Google Maps

 

Una vez en tierra, intentó infundir serenidad a todos los presentes atribuyendo los sucesos a hogueras abandonadas. Incluso se permitió tomar un baño y cenar con la tranquilidad propia de un estoico. Al día siguiente, cuando el peligro aumentó, optaron por aventurarse al exterior, protegiendo sus cabezas con almohadas. La huida resultó tardía; la humareda se intensificó y la cercanía del fuego dispersó al grupo. A pesar de los esfuerzos de dos de sus esclavos por llevarlo a las naves, Plinio se desplomó. Su cuerpo fue hallado al otro día como si estuviera sumido en un sueño profundo. Muchos otros, en las localidades vecinas, compartieron un destino similar. En homenaje al heroísmo del Viejo, las erupciones similares a las descritas por su sobrino son conocidas como “erupciones plinianas”.

 

 

 

III

Cuando los habitantes de la Villa de los Papiros comprendieron que la tormenta volcánica arreciaba con el paso de las horas, quisieron salvar su biblioteca. Los volúmenes fueron empacados para transportarlos a otro lugar, otros fueron amontonados fuera de los estantes. Un empeño de tal suerte en medio del infortunio se justificaba en la dificultad de conseguir copias decentes de una obra clásica. Hecho a mano, el costoso proceso tomaba varios meses; además, dependiendo de la complejidad del texto y la habilidad del escriba se cometían más o menos errores que debían corregirse con la consulta del original. La empresa fue abandonada cuando tuvieron que salvar su vida en lugar de los rollos. Así, la pila de libros carbonizados no parecía ofrecer más que un obstáculo para el descubrimiento de objetos o decorados realmente interesantes. Los primeros rollos sufrieron las consecuencias de la ignorancia. Fueron confundidos en medio de la oscuridad y las difíciles condiciones de la excavación con trozos de carbón y ramas quemadas. Su destino fue el de avivar las llamas que usaban los excavadores para calentarse y cocinar. Otros fueron desechados como escombros o destruidos al tratar de sacarlos del recinto. Una vez más la fatalidad atacaba la biblioteca.

 

Rollos de papiro carbonizados. Fuente: Getty

 

El 19 de octubre de 1752 Camilo Pardeni, el ilustrador de la corte –más tarde promovido a curador de las antigüedades del rey y, posteriormente, director del Museo Herculanense–, reportó por primera vez en una carta a Richard Mead que había reconocido trazos de escritura en los pedazos de carbón; también, que había intentado abrirlos y leer su contenido. Los intentos de Pardeni de desenvolver y transcribir los papiros no fueron más que un ciego deseo de (re)conocimiento. El afán lo llevó a tratar de dividir a cuchilladas los rollos por la mitad para separar con mayor facilidad las capas. Bastante material se desmoronó en ese torpe intento, incluso ante los ojos del rey, a quien quería convencer de que los trozos negruzcos eran de gran valor. Las primeras transcripciones de dibujantes sin conocimiento del griego se convirtieron en el único testimonio de los textos que destruían. La tinta se desvanecía al entrar en contacto con la humedad del entorno.

 

El príncipe Raimondo di Sangro intentó con mercurio –la prima materia de los alquimistas–, con el que esperaba infiltrar las capas y separarlas. Primero probó con unas gotas, luego sumergiendo los rollos. Sin resultado alguno, prosiguió con agua de rosas. Quizás impulsado por el principio de la magia simpática –no es posible saberlo con certeza–, quiso traspasar las propiedades de los pétalos a las capas carbonizadas. El siguiente intento de Gaetano la Pira fue con un gas –al parecer sulfuro de hidrógeno–. La fétida idea fue tan eficaz para poner en fuga a los cortesanos como para destruir los manuscritos. El sacerdote Alessio Simmaco Mazzocchi dio rienda suelta a su imaginación y colocó un rollo bajo una campana de vidrio expuesta al sol, con la esperanza de que el calor evaporara la humedad y permitiera la separación de las capas. Poco logró separarse sin que la tinta se diluyera, se corriera y distorsionara el texto al punto de confundir la lengua latina con la osca.

 

IV

La erudición convertida en barbarie se ensañaba ahora contra los rollos, hasta que, en 1753, el padre Antonio Piaggio fue invitado por el rey a sumarse al reto. El sacerdote de la Biblioteca Vaticana era reconocido por su pericia en la transcripción de textos declarados ilegibles. Ideó un método más cauteloso y efectivo por medio de un particular mecanismo. Su milagroso funcionamiento fue presenciado por un distinguido napolitano que lo plasmó en una carta dirigida a monseñor Gasparo Cerati, el 25 de febrero de 1755, de la cual transmitimos un fragmento:

 

Es fascinante imaginar lo que este hombre logró idear y llevar a cabo. Desarrolló una máquina que, mediante el uso de ciertos hilos engomados que se pegaban a la parte trasera del papiro donde no existía escritura, empezaba gradualmente a estirar, mientras que con un tipo de herramienta de grabador separaba cuidadosamente una hoja de la otra, lo cual representa el desafío más significativo del proceso. 

 

A continuación, aplicaba una especie de revestimiento a la parte posterior del papiro, utilizando hojas extremadamente finas de cebolla (si no estoy equivocado), y empleaba un líquido espirituoso para humedecer poco a poco el papiro y desplegarlo con delicadeza. Esta ardua labor es difícil de apreciar sin observarla directamente. Con una paciencia que supera lo imaginable, este venerable padre logró desenrollar un fragmento bastante grande de papiro, el cual estaba en muy mal estado, como un experimento preliminar. 

 

Se ha determinado que el documento es obra de un autor griego y constituye un breve tratado filosófico (al estilo de Plutarco) sobre la música, criticándola por ser perjudicial para la sociedad y fomentar la indulgencia y la debilidad. No aborda el arte de la música per se. Aunque el comienzo falta, hay esperanzas de que el nombre del autor aparezca al final; sin embargo, parece ser el trabajo de un filósofo estoico, dado el considerable elogio a Zenón.

 

Máquina diseñada por el padre Antonio Piaggio para desenrollar los papiros. Fuente: Wikimedia Commons 

 

La misiva puede consultarse completa en el volumen 49 de las Philosophical Transactions of the Royal Society of London, de 1755. Dos detalles llaman la atención: el remitente se mantuvo en reserva y la traducción de la carta se atribuye a John Locke. Solo un miembro de la Royal Society está registrado con ese nombre, el célebre filósofo y médico inglés, cuyo deceso aconteció el 28 de octubre de 1704.

 

V

Pro captu lectoris habent sua fata libelli” –“según el entendimiento del lector, tienen los libros su destino” (Terenciano Mauro, Sobre las letras, las sílabas y los metros)– es quizás la expresión más precisa para describir la interpretación de la primera lectura hecha después de más de 1600 años. El texto forma parte del tratado Sobre la música, de Filodemo de Gádara, un filósofo epicúreo y poeta. En contravía de lo dicho en la carta, se trataba justo de un exponente de la corriente filosófica rival del estoicismo. La confusión –antes de menospreciar la notable erudición de los napolitanos– se debió a la estructura de la obra. La primera parte estaba dedicada a exponer los postulados estoicos de Diógenes de Babilonia; la segunda, a la refutación epicúrea que, en estricto orden de exposición, pretendía desangrar argumento tras argumento. 

 

En los retazos que conservamos del libro IV (P.Herc. 225, 424, 1094, 1497, 1572, 1575, 1576, 1578 y 1583), Diógenes sostiene que la música, desde la infancia, es esencial para el cultivo de las virtudes; aboga por un una legislación para regular sus innovaciones por sus potenciales efectos negativos; y sostiene que fomenta el sentido de la belleza y armoniza el alma, hasta el punto de pacificar las tempestades que se gestan en ella. Para sustentar sus afirmaciones, el babilonio se zambulle en un océano de referencias literarias y filosóficas que a menudo oscurecen la argumentación. Resultan de gran interés para nosotros las anécdotas de Taletas, Terpandro y Estesícoro, poetas arcaicos que lograron terminar o evitar guerras civiles con sus cantos, así como la cita de una oda de Píndaro que insta a los tebanos a preservar la paz durante las guerras médicas. La exhortación del poeta resuena aún en nuestros días con la misma intensidad que en la época clásica, a pesar de su estado fragmentario. Seguimos la edición Herwig Maehler para la traducción (Pindari carmina cum fragmentis, frr. 110, 109; 1980):

 

Dulce es la guerra para aquellos que nunca la han vivido, 

pero quien lo ha hecho siente un enorme temor en su corazón 

cuando esta se acerca.

 

Que cada uno de los ciudadanos, 

para mantener la comunidad en paz,

busque la radiante luz de la enaltecedora Tranquilidad, 

sacando de su mente la rebelión vengativa, 

que produce pobreza y cría jóvenes hostiles.

 

Filodemo critica el impacto exagerado de la música otorgado por Diógenes. Argumenta que las anécdotas sobre los poetas carecen de fundamento. Según el epicúreo, si tales eventos realmente ocurrieron de esa manera, la influencia en los seres humanos se habría dado por las palabras, no por las melodías que acompañaban los poemas. Filodemo sostiene que la música es meramente un deleite estético sin capacidad para afectar la razón. Se trata, en últimas, de una contraposición a la teoría musical tradicional –gestada entre los pitagóricos y validada por Platón– que veía en la música una herramienta para la educación moral y emocional.

 

VI

¡Oh, vosotros, que pacientemente exploráis

el naufragio de la sabiduría de Herculano!

¡Qué éxtasis!, si pudierais rescatar

algún fragmento tebano o desenrollar

un precioso y tierno corazón de un rollo

puro de Simónides.

 

Eso sería, en verdad, un genuino alumbramiento

de la poesía; un estallido

de genialidad que emergería del polvo:

aquello que Horacio se jactó de contemplar,

aquello que Marón amó, ¿acaso lo podremos abrazar?

¿Puede ser justo el altivo Tiempo?

 

Las estrofas finales del poema “September, 1819”, de William Wordsworth, hacen eco de la desilusión que el arqueólogo e historiador del arte Johann Joachim Winckelmann sintió ante los nuevos textos. El prusiano lamentaba la recuperación de tratados de retórica que consideraba redundantes frente a las enseñanzas de Aristóteles. Ansiaba, en su lugar, obras de historiadores como Diodoro Sículo, Teopompo, Éforo; el recuento de los dramaturgos hecho por el Estagirita; piezas perdidas de Sófocles, Eurípides, Menandro o Alexis; o, mejor aún, las reglas de simetría del pintor macedonio Pánfilo de Anfípolis (Carta sobre los descubrimientos herculanos, 1762). La lista reflejaba, como en el caso del bardo inglés, sus anhelos y pasiones.

 

Sin duda, los entusiastas del epicureísmo han sido los más complacidos con las revelaciones, a pesar del estado fragmentario de los textos, en ocasiones reducidos a meras palabras esparcidas en los trozos de papiro. Así lo constata Trismegistos, el portal interdisciplinario más completo del mundo antiguo –nombrado así por el epíteto grecoegipcio de Hermes, el mensajero divino, “el tres veces grande”–. A la fecha, de 270 registros solo 4 –menos del 2 %– están asociados a autores no epicúreos: los poetas arcaicos latinos Quinto Ennio y Cecilio Estacio; Lucio Manlio Torcuato, político romano, y Séneca, el orador, padre del filósofo homónimo. Tal como ya advertimos en el caso de Píndaro, entre las disquisiciones filosóficas se filtran citas que enriquecen los argumentos. Entre ellos destacan poetas y dramaturgos de la talla de Homero, Safo y Aristófanes; historiadores y geógrafos ilustres como Heródoto y Antígono de Caristo; y destacados oradores, tales como Isócrates e Hipérides, entre muchos otros.

 

Transcripción del colofón del libro IV del tratado Sobre la retórica, de Filodemo de Gádara. Fuente: Wikimedia Commons 

 

Epicuro, fundador del Jardín –su escuela filosófica–, apenas cuenta con 27 registros de los papiros de Herculano relacionados con su ópera magna, Sobre la naturaleza. La cifra es bastante modesta si la comparamos con el gran favorecido, Filodemo, a quien se le atribuyen 109 registros –el 40 % de lo encontrado en la biblioteca–. Este predominio ha hecho pensar que muchos libros de esta excepcional biblioteca le pertenecían. Además, el filósofo se estableció en Herculano bajo el mecenazgo de Lucio Calpurnio Pisón Cesonio –suegro de Julio César–, quien posiblemente ordenó la construcción de la Villa de los Papiros durante el siglo anterior a la erupción. Indican también los fragmentos que las incisivas críticas de los epicúreos a los estoicos se debían a la competencia por ganar el favor de la emergente élite romana. Su objetivo era promover el epicureísmo como una alternativa filosófica al estoicismo imperante, tratando de desvirtuar los argumentos estoicos apelando al materialismo –el universo está compuesto de átomos y vacío–, a la negación de la providencia divina –si los dioses existen, no se ocupan de los asuntos humanos–, a la idea de que el fin de la vida es el placer –entendido como la ausencia de dolor– y a su desinterés por la política –la vida debe ser tranquila y libre de perturbaciones–.

 

Entre los registros y citas se encuentran los epicúreos Metrodoro, Colotes, Carneisco, Crisipo y Zenón de Sidón. Destacan Temista y Batis, –ambas de Lámpsaco–, dos mujeres que evidencian la inclusión en la escuela de personas tradicionalmente rechazadas del ejercicio intelectual. Epicuro permitía además la asistencia de heteras y esclavos. La ruptura de las convenciones sociales de la época atrajeron una ola de acusaciones de laxitud moral, afeminación y excesos. En últimas, se corrió la voz de que el epicureísmo conducía a un estilo de vida disoluto. La combinación de críticas y ataques explica la arremetida de Cicerón, un par de siglos más tarde, contra Leoncio, a quien trata de “mujerzuela” por haberse atrevido a escribir una crítica dirigida a un hombre, al peripatético Teofrasto. “Tantum Epicuri hortus habuit licentiae” (“¡Tanto libertinaje hubo en el Jardín de Epicuro!”) sentencia el romano, aunque le concede haberlo escrito en el más pulcro lenguaje ático (Sobre la naturaleza de los dioses, I 93). Otra evidencia del antiepicureísmo –si es correcta la hipótesis de Margherita Guarducci (“La statua di “Sant” Ippolito, 1974/5)– puede observarse en la entrada de la Biblioteca Vaticana, donde la cabeza de san Hipólito reposa sobre una estatua decapitada de Temista o Leoncio.

 

Epílogo

La novedad que trajo la Antigüedad despertó la fascinación de escritores y artistas. A Few Days in Athens (1822), de la escritora escocesa Frances Wright, por ejemplo, nos sumerge en la vida de Teón, un joven de Corinto que viaja a Atenas en búsqueda de sabiduría. Su lealtad se debate entre la Academia de Platón, la Estoa de Zenón y el Jardín de Epicuro. La obra es presentada como la traducción de un manuscrito encontrado entre los escombros herculanos y en su frontispicio cita un par de versos del poema “Greece” (1734), de James Thomson: “La unión de la dicha a la virtud, la alegre facilidad de Epicuro, rara vez comprendida”. Wright, férrea defensora de los derechos de las mujeres, propuso varias reformas sociales –entre ellas la abolición de la esclavitud–. Sus ideas de avanzada inevitablemente conmocionaron la sociedad decimonónica de su tiempo. Como si se tratara de una epicúrea moderna –una de las formas de referise a ella, además de librepensadora, escritora, conferencista, feminista, socialista utópica, abolicionista y reformadora social–, una caricatura publicada en 1829 la representa con una cabeza de ganso, un cambio de fisionomía similar al de la escultura vaticana. El pie de la ilustración hace un juego de palabras entre “downright” (patente; categórica) y “downWright” con la letra w tachada: A downWright gabbler, or a goose that deserves to be hissed (“Una charlatana empedernida, o un ganso que merece ser abucheado”).

 

La erupción del Vesubio no solo transformó el paisaje de Campania, sino que también avivó en el arqueólogo Johann Joachim Winckelmann el anhelo de reconfigurar la historia del arte y la arqueología. Como teórico principal del neoclasicismo, impulsó un movimiento cultural cimentado en el ideal griego de la kalokagathía, que se expresa en un ser humano bello (kalós) y (kai) bueno (agathós). Su concepción estética se resume en la célebre expresión “noble simplicidad y serena grandeza”, que el erudito prusiano aplicó al grupo escultórico de Laocoonte y a la tragedia Filoctetes, de Sófocles, de cuyo protagonista dice: “Su miseria toca nuestras almas, pero desearíamos soportar la miseria como este gran hombre” (Reflexiones sobre la imitación de las obras griegas en la pintura y la escultura, 1755). Sus visitas a las ruinas romanas terminaron por perfilar su Historia del Arte de la Antigüedad (1764), obra en la que sintetiza el carácter del arte clásico. Los yacimientos arqueológicos dejaron entonces de ser simples depósitos de preciadas antiguallas destinadas a acumular tesoros en las arcas de los reyes o en las estanterías de los museos. Su estudio pasó a ser sistemático y analítico, enfocado en la interpretación del contexto histórico y cultural.

 

Aunque la impericia en la manipulación y la catalogación inicial de los manuscritos convirtió el archivo de Herculano en un gigantesco cúmulo de logogrifos, cada trozo de papiro legible, cada nombre evocado, cada trazo de tinta que ha resistido la furia del Vesubio libera una historia de su prisión de carbón. Las casi tres centurias de estudios y de misiones arqueológicas esporádicas siguen revelando las maravillas encapsuladas. De los 1.800 fragmentos de libros que han sido desenterrados a la fecha, tan solo 270 han sido analizados –un 15 %–. Para solventar la fragmentación y el deterioro de los escritos se requiere tender puentes entre abismos, una labor a cargo de los filólogos –los especialistas, según Nietzsche, en el venerable arte de leer despacio, con ojos y dedos delicados–. La fragilidad del material ha hecho que todo avance sea al compás de una clepsidra. 

 

Lecturas de un rollo de papiro obtenidas mediante rayos X. Fuente: Medium

 

No obstante, varias iniciativas internacionales –incluso con un concurso, el “Vesuvius Challenge”– han estado refinando la tomografía y la espectroscopía de fluorescencia por rayos X. El objetivo es revolucionar completamente el método para evitar el desenrollamiento de los volúmenes que causó tantas pérdidas irreparables. Capa a capa, las nuevas tecnologías distinguen las sutiles diferencias entre el papel carbonizado y la tinta. Las miles de imágenes que proveen son analizadas por medio de inteligencia artificial y aprendizaje automático. Así, los trazos que alguna vez fluyeron de un cálamo se reescriben en una pantalla. La travesía a través del tiempo y la memoria se renueva al ritmo de los desarrollos técnicos. La nueva Sherezade, con su manto digital, nos promete así mil y una noches más de asombros y nosotros estaremos dispuestos a seguir escuchando con el ansia de experimentar una transformación como la del rey Schahriar.

ACERCA DEL AUTOR


Profesor asociado de la Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas de la Universidad de La Sabana. Actualmente es profesor de griego clásico y latín, historia de la lengua española y fundamentos de lenguas bíblicas. Es director del grupo de investigación Nóvitas de la misma entidad educativa y miembro de la Asociación Internacional de Papirólogos. Sus investigaciones están relacionadas con la lírica griega arcaica, la papirología literaria, la recepción de la literatura, la resolución de conflictos y la didáctica de lenguas clásicas. El profesor Forero además es Licenciado en Español y Filología Clásica por la Universidad Nacional de Colombia y Máster y Doctor en Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia de la Universidad de Salamanca en España.