Lo lujoso está en la historia

Una entrevista con Estefanía Lacayo

Cofundadora de la plataforma continental de moda Latin American Fashion Summit y de la red de profesionales de la industria Tribu, esta empresaria nicaragüense ha sabido hacerse un lugar en la industria de la moda, no solo para ella, sino en particular para los emprendimientos locales y emergentes que constantemente apoya.

POR Rocio Arias Hofman

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Estefanía Lacayo dejó Nicaragua siendo todavía una niña, durante la época en que la Revolución sandinista defendía con mayor ahínco sus ideales, en una lucha a sangre y fuego. Y fue precisamente en el exilio, en Estados Unidos, donde descubrió cómo su pasión por la moda era una madeja de lana que crecía en su interior: las virtudes camaleónicas de su madre, una alta ejecutiva que visitaba el gimnasio a las cinco de la mañana y regresaba a casa en la tarde impecablemente arreglada y prolija, así como las reseñas que leía en la revista Vogue y su pasantía en la misma revista fueron desembrollando una hilaza todavía intacta, después de tantos años.

Junto a Samantha Tams, Estefanía creó el Latin American Fashion Summit (lafs), un escaparate para visibilizar la industria de la moda en Latinoamérica. Este evento anual –que por la actual contingencia ha debido postergar su última edición para marzo del próximo año– existe porque Estefanía y Samantha no solo son apasionadas por la moda sino también figuras relevantes y experimentadas de un sector económico y creativo en permanente evolución. Conocen cada vericueto y subterfugio del mismo. También se han sumergido en ese profundo mar de la categoría del lujo y en el acompañamiento a marcas globales. Los resultados de sus curadurías suelen observarse detalladamente cada año en el foro lafs y en Tribu by lafs, un portal desprendido de esta plataforma. 

La Malpensante Moda habló con Estefanía Lacayo sobre su origen, su trayectoria y el enfoque que la empresaria tiene para trabajar de manera activa y visionaria, adelantando trabajos colaborativos en una industria tan vertiginosa como la de la moda contemporánea. 

Se ve que en tu vida ha habido mucho trabajo, mucha dedicación, pero, sobre todo, un empecinamiento vinculado con ese sentir que te indica por dónde va tu horizonte. Detectaste a tiempo qué era lo que deseabas hacer y eso normalmente es difuso. Ahí está el tras bambalinas de la moda. Además, en tu experiencia se perfila la industria del lujo, en la que siempre has trabajado, la has comprendido perfectamente, pero, ¿cómo fue la puerta de acceso a esa industria en realidad?

Empecé mi trabajo en Vogue y al estar ahí me di cuenta de que quería ser fashion buyer, trabajar viajando alrededor del mundo y adquirir ropa para vendedores minoristas. Eso fue en 2003. Allí conocí una hermosa compañía que se llamaba Vibe. Nunca he vuelto a ver algo tan lindo como Vibe. Tenían un catálogo online de lifestyle y un sitio web donde vendían marcas como Etro, Cucinelli, Christian Louboutin, Stella McCartney, y había todo un mundo de artesanías de lujo. Empecé como asistente de compras, en ello trabajé seis años, y al siguiente me volví directora comercial y asesora de ventas. 

En esa época viajé mucho a Europa, me hice amiga de editores y diseñadores a los que aún soy cercana, y fue así como empecé de lleno mi trayectoria en el mundo del lujo. Eva Hughes, la fundadora de Vogue, ha sido la jefa más dura que he tenido. Me dio fuerza para trabajar, pues no era fácil seguir su ritmo, pero aprendí a ser humilde, a bajar la cabeza cuando fuera necesario. Allí conocí cómo trabajaba la industria, y en ese tiempo muchos diseñadores reconocidos se convirtieron en mis amigos. Una buena parte de las marcas que se habían vuelto mis aliadas querían independizarse, empezar sus propias casas, y juntos nos fuimos. Al renunciar me llevé once clientes en mi portafolio. 

En 2010 decidí empezar mi propia empresa: implementé un plan de negocio, un modelo de finanzas. Conseguí mucho dinero y así mismo perdí. Eso marcó mi vida, mi personalidad, porque hice un gran sacrificio; en ese momento fue increíble recibir tantos fondos de gente que admiraba muchísimo.

A los diez meses de haber lanzado la empresa, abrí una tienda en Catar, al lado de Tom Ford, con ayuda de una compañía pública llamada Salame International, pero con el tiempo todo se fue a pique. Vi ese momento como un fracaso total, perdí con mi socia millones de dólares. Me tomó tres años levantarme. Ya no confiaba en mí, creía que no sería capaz de sacar adelante un proyecto, me sentía una fracasada. Después de haber pasado por terapia tres años, me sentía contenta con mi familia y mi esposo me motivó a continuar trabajando. Fue él quien me invitó al Summit del Aspen Institute, y allí, mientras escuchaba a los líderes de la industria hablar no solo de moda sino de tecnología, de política, pensé que debía hacer eso mismo para la moda en Latinoamérica. Debía unir a Latinoamérica. A los diez meses hice el primer evento.

Escogí Latinoamérica porque estando en Nueva York, en ese período de tres años que dejé de trabajar, vi que muchas marcas latinas deseaban dar un salto en la industria. Ahí supe que éramos muy pocos los latinos trabajando en el mundo de la moda. Me daba cuenta de que, incluso, eran estafados por personas que les ofrecían ventas cuando la marca ni siquiera contaba con un branding. Eran empresas y compañías de shows que los aceptaban y les prometían cosas maravillosas cuando no tenían ni un lookbook montado. Eso me impresionó bastante. 

No podía creer que hubiera estafadores en ese medio. Si mirabas las marcas, no había ni un lookbook ni fotografía profesional, no estaban listas. No pasa nada con no estar listos, pero los incipientes emprendedores latinos nunca llegaban a conocer a las personas adecuadas, a los líderes de la industria. Supuse que era necesario crear una plataforma que los educara, y que los líderes de industria en esas posiciones –buyers, editores, ejecutivos, altos ejecutivos de departamento o compañías globales– debían comentarles directamente cómo funciona todo y cómo va evolucionando. 

Lo más importante era posibilitar el encuentro entre emprendedores novatos y grandes marcas, porque me parecía injusto que yo conociera a los contactos de Nueva York, pero no a los colombianos, nicaragüenses u otros latinos. Fue así como decidimos hacer el lafs. Por fortuna, Samantha y yo no sabíamos cómo funcionaba la industria en Latinoamérica. Si lo hubiéramos sabido, seguramente a mí me hubiera dado miedo y no lo hubiera creado. Lo hice genuinamente, fue algo que creí necesario pero nunca realicé un trabajo de campo, nunca averigüé cómo era que en Colombia había un Bogotá Fashion Week, que en Argentina había tres, en México uno, en Costa Rica dos, y cómo las plataformas no colaboraban unas con otras. Cuando empezamos a trabajar en el proyecto nos dimos cuenta de eso y fue de las cosas más duras. Por eso, lo primero que hice junto a Samantha fue llamar por teléfono a todas esas plataformas para buscar maneras de colaborar con ellas, para unir fuerzas, pero me di cuenta de que no estaban dispuestas. Eso no me detuvo. Comprendí que nuestra idea no solo era buena sino necesaria; también supe que debíamos educar a todo el mundo en lo que es la colaboración. 

Paremos aquí un minuto porque ahora vamos a hablar de geografía. En esa geografía del mapa de Peters, en la que aparecen los continentes reconfigurados, pareces haber hecho el tuyo a tu manera. Nadie te vendió un mapa del planeta, sino que lo fuiste organizando en función de tus experiencias y descubrimientos. ¿De qué tamaño es el mundo para Estefanía Lacayo?

Para mí no tiene tamaño, es tan grande como lo que quisieras hacer en tu mundo. Creo que nosotros siempre nos ponemos barreras como emprendedores. El mundo es infinito y podemos abarcar muchos espacios. Mi propósito es mostrar Latinoamérica a los africanos, a todos, el talento que tenemos para ofrecer, no solo en marcas sino en todo tipo de emprendedores, editores, escritores. Así es que nace Tribu by lafs.

Es inevitable mencionar aquí el tema de esta industria ampliada como ecosistema, en una relación más sistémica con la naturaleza. En el caso de Colombia, por su biodiversidad, es un poco más obvio el vínculo de la moda con los procesos de sostenibilidad que garanticen un sistema de diseño, consumo y producción más responsable. ¿Pero ese mensaje sobre un comportamiento más eficiente con la naturaleza, más responsable, está posicionándose en América Latina? ¿Crees que las marcas del continente están adquiriendo conciencia? 

Poco. Cuando hablo de lo que veo de sostenibilidad ambiental positiva en América Latina, casi no encuentro la parte de impacto social; solo percibo un tema de slow fashion, aunque, en realidad, todas estas marcas son tan pequeñas que manejan necesariamente slow fashion. Aunque hay que ser justos: en algunas de ellas hay una búsqueda social, varias trabajan con madres cabeza de hogar, conocen a esas personas y llegan a hacerse amigas de gente que migra de otras ciudades. Incluso involucran a costureras con las que han trabajado por años e integran a las comunidades de su ciudad. Quizá las falencias en sostenibilidad radican en una falta de educación. Me parece que en Colombia y en Perú están más evolucionados, a diferencia de otros países latinoamericanos, pero por esa razón las plataformas en Latinoamérica como el lafs, Inexmoda, Fashion Week México, o Bogotá Fashion Week dan mayor importancia al tema. A los emprendedores jóvenes les inculcamos estos valores y educación; en ellos hay un deseo de aprender y me he dado cuenta de que temen a esto porque no saben bien cómo hacerlo. La gente cree que le costará millones y debemos enseñarles la manera de hacerlo sin que cueste demasiado.

Aquel papel de la sostenibilidad y el impacto social de la moda deja ver finalmente el diálogo que esta puede entablar con el mundo, incluso con prácticas artísticas como la pintura, la escultura, la gastronomía, etc. ¿Crees que existe una ecuación entre las artes y la moda? El mensaje que puede mandar la moda, en juego con otras disciplinas, puede ser muy importante. ¿Qué opinas?

Todos somos artistas. Aquí vale la pena mencionar a Eloin Rivera. El branding del lafs consiste en palmeras, y cuando empecé a indagar sobre artistas colombianos lo encontré a él. Le expresé por Instagram mi interés de colaborar con su trabajo, porque deseaba enseñarle al mundo que hay un artista dedicado a los paisajes de Colombia, hacer un homenaje al país que me ha hospedado, pero le dejé en claro que el enfoque era de moda. Al escribirle gané la colaboración de un artista para la industria de moda. Hoy en día somos amigos y él me habla de todos los proyectos que le han salido. 

Todas las artes están relacionadas con la moda. ¿Qué sería de los músicos sin los atuendos y los accesorios que los hacen brillar en el escenario? Un músico expresa muchísimo en el escenario, cuando está cantando y bailando, a través de la moda. Planea unos outfits para su tour, está apoyado por el trabajo de una estilista, y por eso puedo decir que las artes y la moda ya están conectadas. Pero me gustaría que hubiera mayor colaboración. 

Eres una mujer educada entre el siglo xx y el xxi. Profesionalmente has crecido en el xxi, sometida a los cambios acelerados de esta época, ¿qué decisiones estás tomando como una mujer que sabe responder a la realidad de manera rápida?

Es difícil. A los periodistas les cuesta dar una opinión hoy en día porque los están juzgando, incluso censurando, y eso dificulta dar un juicio honesto sobre la realidad. Ahora se ha establecido una barrera social que nos impide a todos ser honestos, tenemos al mundo entero juzgándonos sin conocer los antecedentes. Creo que eso nos ha cambiado a todos y nos ha obligado a tener reservas, a cuidar nuestros proyectos.

Compartimos información y conocimiento sobre la responsabilidad en el consumo porque tenemos plataformas y herramientas que lo permiten. Pero en el fondo todos debemos enfrentarnos a la pregunta de cómo son nuestros hábitos de consumo actualmente. ¿Ha cambiado tu forma de seleccionar y adquirir moda?

Claramente. Antes compraba ropa para mis hijos en Zara porque es una marca que produce prendas muy lindas, pero te vas dando cuenta de que todo es tan caro. Empecé por ahí. He sido muy apasionada de lo que es moda, de lo que es lujo. Cuando hablo de lujo no me refiero al precio sino a la historia del producto. Especialmente cuando estaba en mis veinte, en mis treinta, compraba en tiendas como Zara; eso lo dejé porque me preocupa bastante el tema del tráfico humano que alcanza a aparecer en la moda rápida. Eso ha determinado mi consumo actual. He abandonado este tipo de moda, ahora soy consciente de que debo apoyar los proyectos locales. Con Samantha impulsamos a emprendedores emergentes, y por ende apoyamos lo local. Y al hacerlo también incidimos en la economía local.

 

ACERCA DEL AUTOR


Rocio Arias Hofman

Fundadora de SillaVerde, compañía especializada en investigación y publicación de contenidos sobre el ecosistema moda con énfasis en tradición artesanal y sostenibilidad. Creadora y docente del curso “El fenómeno de la moda, escribir con propósito”. Consultora de Artesanías de Colombia. Destina varios meses al año para concebir, dirigir y gestionar tanto temas editoriales como participación de marcas aliadas para La Malpensante Moda.

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