Lo magno y lo esencial
Una reseña del disco Pacantó (1999) de Totó La Momposina.
POR Russell Farnsworth
Hace ya más de un lustro, un disco tentaba el fogoso título de La candela viva (MTM 018019-2) y se encargaba de presentar a un vasto público la labor folclórica de Totó La Momposina. El amor por la música costera colombiana y la intención clara de otorgarle una audiencia más amplia la sacaron primero de su natal Talaigua, en el departamento de Bolívar; la llevaron a Mompós, de ahí a muchos otros pueblos y terminaron depositándola, sin saber cómo, en la Sorbona de París, donde adelantó estudios de historia de la música, coreografía y ritmo.
Su paso por Europa le permitió exhibir el sonido afrocolombiano que fascinó, entre otros, al productor John Hollis. Y entre los dos terminaron dándole vida a un documento que, paradójicamente, era impensable en territorio colombiano: un disco dedicado a la música autóctona de las costas, donde no se escatimaban gastos ni tecnología y con un sonido que conmovió por ser impecable para los más estrictos audiófilos. En fin, candela viva.
Aquel álbum venía firmado por "Totó La Momposina y sus tambores". Y la descripción era precisa: a la voz de Totó se sumaban bombos, maracas, claves, bongoes y, desde luego, tambores, haciendo de esta una grabación dedicada, casi con exclusividad, al canto y la percusión. Pocas licencias artísticas y mucho respeto a la tradición.
Han pasado seis años y vuelve a aparecer la cantadora en un álbum titulado Pacantó. Sólo que ahora aquel agregado de "sus tambores" desaparece discretamente y con justa razón. A la primera audición de este nuevo disco, la diferencia resalta como un estallido: es que ya no sólo hay tambores, sino que también resuenan trompetas, trombones, tiples, guitarras y bajo eléctrico. Y cuando irrumpen todos al unísono, porque la voz de Totó es la misma, parece que se escucha una agrupación completamente distinta, una orquesta de música tropical y no los tradicionales tambores.
Sello, por supuesto, de una evolución. ¿Para qué repetir una fórmula anterior si un nuevo disco es la posibilidad de ampliar horizontes? Totó es fiel a ese ímpetu que la sacó de las calles de Talaigua y la ha convertido en embajadora colombiana sobre escenarios europeos, africanos y japoneses. Si a ello sumamos su energía, se entiende cómo ha hecho para contagiarle a la gente entusiasmo por proyectos cada vez mayores e incorporar cada vez más instrumentistas.
En un reciente concierto alcancé a contar 17 músicos sobre el escenario. Totó recordó cómo, al inicio de su carrera, únicamente la acompañaban tres tamboreros; luego se refirió a sus instrumentistas como "la orquesta sinfónica de la música colombiana" y concluyó que "en un futuro, ojalá la orquesta sea toda Colombia". Emocionante, sin duda. Pero hay un gran peligro que no se ha querido adivinar detrás de ese gran sofisma de distracción que es el patriotismo. La idea de Totó es la de llegar a crear un sonido universal sin hacer de lado la esencia de la música colombiana. Fragua entonces una equivalencia que no necesariamente funciona en la práctica: para ella, la audiencia puede ampliarse si se amplía el número de instrumentos en la banda, de manera que todos aquellos timbres de la música nacional ganan cabida en un solo sonido magno.
Cada instrumento que se escucha en Pacantó está allí por alguna razón específica. En resumidas cuentas, se trata de hacer figurar las grandes corrientes que conforman a Colombia como etnia y reconocer lo mucho que se tiene en común con otros pueblos: las guitarras reconocen el ancestro español, las gaitas el legado indígena, los tambores el aporte negro, y así puede uno rastrear cada uno de los sonidos, mostrar que nada es gratuito en este disco. El problema radica en una cierta ingenuidad con que se está asumiendo la creación del nuevo sonido. Al parecer, para Totó la manera idónea de reflejar la inmensidad de esa cultura es haciendo sonar al mismo tiempo todos, absolutamente todos, los instrumentos que han hecho parte de aquella red. Y conociendo lo heterogénea que es la cultura colombiana, puede uno aventurar un pronóstico poco amable: de ahí al caos no hay sino un paso.
Si Totó sigue haciendo crecer su banda, se aproximará cada vez más a la complejidad colombiana: sus innumerables formas de mestizaje estarán allí; cada ritmo, cada cadencia, cada subgénero tendrá igual opción de salir a flote en la música de Totó La Momposina y su sinfónica utópica. Pero ello no garantiza que el resultado sea, digamos, una polifonía perfecta. Por el contrario, puede convertirse en un híbrido y perder cualquier rasgo de música puramente colombiana o de cualquier lugar.
Tal vez el secreto radique no en darle protagonismo a todos y cada uno de los instrumentos como si se tratara de un gran inventario, sino en encontrar con unos pocos el núcleo de un todo, que es lo que busca la folclorista. Temas como "Pacantó" o el paseo "La paloma", donde interviene la orquesta en pleno, son sin duda aptos para el baile; pueden gustar a grandes públicos y hasta hallar cabida en las emisoras de corte tropical. Pero, curiosamente, hay más referencias a la esencia de una música tan colombiana como universal en aquellas piezas donde el ensamble se reduce, como "Acompáñala" o "El porro magangueleño". Esto no se dice por presumir de purista, si al fin y al cabo esas piezas incluyen guitarra y hasta bajo eléctrico. Es que, tras el correr del tiempo, lo básico corre menos riesgo de perecer que lo grandilocuente.
Una anécdota, narrada por la misma Totó en una entrevista reciente, puede explicar el fenómeno de lo universal contenido en lo simple. Transcribo las palabras de la folclorista con un par de apostillas mías, que van entre paréntesis: "En el año 91 cuando estuvimos en el festival de WOMAD [sigla de World of Music, Arts and Dance, institución que fomenta las expresiones musicales autóctonas de distintos rincones del mundo], nos encontramos con un músico, Remmy Ongala [uno de los cantantes más famosos de Tanzania]. Y resulta que en Japón teníamos que hacer algo fuera de lo planeado, de lo que hacíamos cada uno. Y me dijeron a mí qué podría hacer. Entonces yo dije 'bueno, yo tengo un son ahí que se llama Manduco' y lo canté. Y dijo Remmy Ongala: 'Pero si eso lo cantaba mi mamá… 'Ah, bueno, entonces hagamos ese.' Entonces él cantó lo que cantaba su mamá y yo canté; lo había recibido como que yo herencia también".
Para encontrar el puente entre Tanzania no hizo falta una orquesta que Colombia incluyera todos los instrumentos ni que fusionara todos los ritmos del planeta. Simplemente un golpe de tambor o un estribillo se encargó de establecer la resonancia entre ambos pueblos. El disco Pacantó se cierra con un canto que es acaso el verdadero hallazgo de Totó La Momposina. "Mami Watá" reúne en una misma melodía coplas del folclor colombiano y estribillos milenarios del África occidental. Al lado de Totó canta la africana Djanka Diabaté. Apenas se escuchan dos guitarras, tocadas de manera tal que suenan a kora (arpa africana). Y en escasos tres minutos el oyente se topa, no con la música de un pueblo, sino con la esencia, que puede estar en muchísimos rincones y que le otorga a Colombia, ahora sí, lugar en el mapa de la música del mundo. Ojalá el próximo disco de Totó siguiera este camino, creciera hacia dentro, que es en verdad la forma de llegar a todo el mundo afuera.
ACERCA DEL AUTOR
Colabora para varias revistas culturales latinoamericanas.