Madera de narrador

Como ocres centinelas, los árboles han presenciado los muchos caminos que los seres humanos hemos atravesado durante miles de años. Cuando no habitemos más el planeta, ellos muy seguramente seguirán en pie. Para el pensador español Santiago Beruete, célebre por sus ideas sobre jardines y botánica, quizá podamos encontrar en sus anillos concéntricos las pistas para nuestra propia supervivencia.

POR Santiago Beruete

Junio 30 2024
Ilustración de Bokuyō Katayama.

Ilustración de Bokuyō Katayama.

Pido perdón al árbol por las cuatro patas de la mesa.

Wisława Szymborska, Hasta aquí

La vida es una unión simbiótica y cooperativa que permite triunfar a los que se asocian.

Lynn Margulis 

El hombre viene del mono y este del árbol, dice un viejo chiste. Una buena prueba de nuestra atávica y ancestral conexión con ellos es que muchos de nosotros tenemos o no madera de narradores, trabajamos en alguna rama profesional, entroncamos en una cultura, anhelamos echar raíces y compartimos un árbol genealógico. Una honda nostalgia arbórea subsiste en los seres humanos, desde que nuestros ancestros fueron expulsados de su paraíso vegetal hace la friolera de unos 22 millones de años. Por aquel entonces se abrió la gran falla del valle del Rift, que atraviesa África Oriental de norte a sur, como consecuencia del movimiento de las placas tectónicas continentales. El régimen de precipitaciones se vio alterado y, en el curso de miles de años, las selvas tropicales fueron cediendo el terreno a las sabanas semiáridas cubiertas de plantas herbáceas, lo que puso al borde de la extinción a los monos arborícolas. Sabemos que estos fueron capaces de superar ese desafío ecológico y adaptarse a aquellas condiciones de vida porque nosotros somos sus descendientes. Los sapiens nos enfrentamos ahora a una nueva emergencia climática, solo que esta vez provocada por nosotros mismos. Y aún queda por ver si esos primates bípedos, con grandes cerebros, en los que nos hemos convertido, serán lo bastante inteligentes como para cooperar en la acuciante tarea de cambiar el rumbo suicida de la civilización tecnocapitalista.

Ni qué decir del hecho de que no estamos haciendo lo suficiente, ni lo suficientemente rápido, para frenar el proceso de degradación de la biosfera. Con toda seguridad, la temperatura superará en los próximos años el techo de 1.5 grados fijado por los Acuerdos de París, y las dramáticas consecuencias de nuestra desidia e inconsciencia se dejarán sentir en las siguientes décadas. A decir verdad, las previsiones más realistas contemplan una subida de entre 2.7 y 4 grados antes de finalizar el siglo, con todo lo que eso implica. Se nos plantea una vez más el viejo dilema: adaptarnos o desaparecer, desarrollar una nueva cultura planetaria o afrontar las secuelas de un catastrófico cambio climático antropogénico. Por muy abrumadoras que sean las evidencias de este, el activismo ecosocial jamás logrará sus metas sin tocar la fibra sensible de los ciudadanos y movilizar sus emociones con una épica persuasiva.

Los datos convencen, pero no bastan para incitarnos a actuar contra nuestros intereses egoístas y privilegios injustificados como especie. Qué esperanza hay entonces de que podamos llevar a cabo la dolorosa transición de una civilización de los hidrocarburos a una de la inteligencia ecológica. Sea cual sea la respuesta, solo podremos imaginar un porvenir diferente al que parecemos condenados por la emergencia climática si volvemos la mirada hacia los árboles en busca de inspiración. Necesitamos su sabiduría para despejar la incógnita de la ecuación del futuro. No olvidemos que las avanzadas tecnologías de captura, secuestro, extracción de carbono o como quiera que las llamemos resultan más ineficaces y costosas de mantener que un bosque y, para colmo, a menudo agravan el problema que pretenden resolver. Por otra parte, nuestra dependencia de los árboles es tal que, si estos desaparecieran súbitamente, no viviríamos para contarlo. Pero si fuera al contrario, una exuberante vegetación no tardaría en repoblar la superficie de la Tierra, y pronto no quedaría apenas rastro de nuestro paso por ella. Una cosa que sabemos desde siempre, pero tendemos a olvidar, es que las plantas poblaban el mundo muchos millones de años antes de que nosotros irrumpiéramos en escena. Y si no somos capaces de frenar la catástrofe medioambiental en curso, colonizarán con facilidad las ruinas de nuestra civilización.El hombre viene del mono y este del árbol, dice un viejo chiste. Una buena prueba de nuestra atávica y ancestral conexión con ellos es que muchos de nosotros tenemos o no madera de narradores, trabajamos en alguna rama profesional, entroncamos en una cultura, anhelamos echar raíces y compartimos un árbol genealógico. Una honda nostalgia arbórea subsiste en los seres humanos, desde que nuestros ancestros fueron expulsados de su paraíso vegetal hace la friolera de unos 22 millones de años. Por aquel entonces se abrió la gran falla del valle del Rift, que atraviesa África Oriental de norte a sur, como consecuencia del movimiento de las placas tectónicas continentales. El régimen de precipitaciones se vio alterado y, en el curso de miles de años, las selvas tropicales fueron cediendo el terreno a las sabanas semiáridas cubiertas de plantas herbáceas, lo que puso al borde de la extinción a los monos arborícolas. Sabemos que estos fueron capaces de superar ese desafío ecológico y adaptarse a aquellas condiciones de vida porque nosotros somos sus descendientes. Los sapiens nos enfrentamos ahora a una nueva emergencia climática, solo que esta vez provocada por nosotros mismos. Y aún queda por ver si esos primates bípedos, con grandes cerebros, en los que nos hemos convertido, serán lo bastante inteligentes como para cooperar en la acuciante tarea de cambiar el rumbo suicida de la civilización tecnocapitalista.

Ni qué decir del hecho de que no estamos haciendo lo suficiente, ni lo suficientemente rápido, para frenar el proceso de degradación de la biosfera. Con toda seguridad, la temperatura superará en los próximos años el techo de 1.5 grados fijado por los Acuerdos de París, y las dramáticas consecuencias de nuestra desidia e inconsciencia se dejarán sentir en las siguientes décadas. A decir verdad, las previsiones más realistas contemplan una subida de entre 2.7 y 4 grados antes de finalizar el siglo, con todo lo que eso implica. Se nos plantea una vez más el viejo dilema: adaptarnos o desaparecer, desarrollar una nueva cultura planetaria o afrontar las secuelas de un catastrófico cambio climático antropogénico. Por muy abrumadoras que sean las evidencias de este, el activismo ecosocial jamás logrará sus metas sin tocar la fibra sensible de los ciudadanos y movilizar sus emociones con una épica persuasiva.

Los datos convencen, pero no bastan para incitarnos a actuar contra nuestros intereses egoístas y privilegios injustificados como especie. Qué esperanza hay entonces de que podamos llevar a cabo la dolorosa transición de una civilización de los hidrocarburos a una de la inteligencia ecológica. Sea cual sea la respuesta, solo podremos imaginar un porvenir diferente al que parecemos condenados por la emergencia climática si volvemos la mirada hacia los árboles en busca de inspiración. Necesitamos su sabiduría para despejar la incógnita de la ecuación del futuro. No olvidemos que las avanzadas tecnologías de captura, secuestro, extracción de carbono o como quiera que las llamemos resultan más ineficaces y costosas de mantener que un bosque y, para colmo, a menudo agravan el problema que pretenden resolver. Por otra parte, nuestra dependencia de los árboles es tal que, si estos desaparecieran súbitamente, no viviríamos para contarlo. Pero si fuera al contrario, una exuberante vegetación no tardaría en repoblar la superficie de la Tierra, y pronto no quedaría apenas rastro de nuestro paso por ella. Una cosa que sabemos desde siempre, pero tendemos a olvidar, es que las plantas poblaban el mundo muchos millones de años antes de que nosotros irrumpiéramos en escena. Y si no somos capaces de frenar la catástrofe medioambiental en curso, colonizarán con facilidad las ruinas de nuestra civilización.

"El amor que profesamos por los árboles encierra un principio de esperanza. Ese vestigio de la ancestral veneración que tenemos por la tierra y la primitiva percepción de la sagrada unidad de lo viviente pueden ayudarnos a afrontar los desastres que están por llegar". 

Desde la perspectiva de los árboles, los humanos somos unos recién llegados a la fiesta de vida, algo que corroboró la poderosa narrativa del darwinismo. La teoría de la evolución destronó al rey de la Creación, bajó del pedestal al sapiens y lo convirtió en una criatura más del reino animal. Pero al mismo tiempo que rebajaba sus pretensiones de singularidad, reforzó su feroz egoísmo. A la cosmovisión zoocéntrica de la permanente y despiadada competencia por los recursos y la selección del más apto se contrapone el paradigma, no menos científico, de la asociación mutua y la cooperación entre especies, representado por las redes simbióticas que tejen raíces, hongos y bacterias en el suelo de los bosques. Esta concepción sistémica o, si se prefiere, holística de la naturaleza celebra la codependencia de todos los organismos y la colaboración frente al individualismo. La respuesta a la crucial pregunta de qué significa ser humano no tiene nada que ver si adoptamos un enfoque u otro. Y, por supuesto, determina cómo queremos vivir. La célebre sentencia del sofista Protágoras (siglo V a. C.), que se convirtió en una de las divisas del Renacimiento, “el hombre es la medida de todas las cosas”, resume por sí sola la visión antropocéntrica que estamos llamados a rectificar si queremos avanzar hacia un futuro deseable. Por respeto al conocimiento y nuestro bienestar y bienser nos conviene pulir nuestras lentes conceptuales, corregir nuestra miopía materialista y aprender a vivir a la manera de los árboles. Estos, ante la imposibilidad de huir de las amenazas climáticas, encaran las dificultades adaptándose, rebajando sus expectativas y decreciendo. Así, por ejemplo, durante una sequía se desprenden de sus hojas para reducir la evaporación e interrumpen la producción de azúcares mediante fotosíntesis.

Aunque acostumbremos a comportarnos con imprudente temeridad y creernos los dueños del planeta, hemos contraído una impagable deuda de gratitud con los árboles, de los que hemos obtenido a lo largo de los siglos la madera que nos ha permitido satisfacer nuestras necesidades de cobijo, alimento y energía. Ahora que nos enfrentamos a una emergencia ecosocial y cobra fuerza la amenaza de un colapso civilizatorio, los árboles ocupan un lugar de honor en nuestros proyectos utópicos y nuestras narrativas emancipadoras. Tanto las ecópolis como el diseño biomimético y la economía circular siguen su ejemplo y cuentan con sus superpoderes, lo que evidencia una vez más la relación umbilical que tenemos con ellos. Aunque nuestra especie hace mucho que abandonó las selvas tropicales, los árboles siguen tutelando todo tipo de andanzas y desventuras en la Tierra y custodiando nuestros sueños. A los humanos nos agrada tenerlos a la vista, como si su callada presencia colmara un arcaico anhelo de protección. Así se explica que los bosques, las arboledas y los jardines tengan un protagonismo tan destacado en los mitos fundacionales de nuestra tradición cultural. Baste recordar el jardín de las Hespérides, los Campos Elíseos, el Edén, el Paraíso Terrenal...

Pocos símbolos hay más polisémicos que el árbol. Este es un arquetipo universal y una recurrente metáfora visual de la que nos servimos para hablar tanto de las ramas del saber como de la evolución de la vida, lo mismo de nuestra genealogía familiar, la regeneración cíclica y la elevación espiritual. En esa imago mundi se reúnen los cuatro elementos: la tierra (en que se hunden las raíces en busca de nutrientes), el agua (que fluye con la savia), el aire (que alimenta las hojas) y el fuego (que prende al frotar la madera seca). Está claro que el imaginario colectivo está poblado de árboles. Tanto es así que el inconsciente se representa en ocasiones como un bosque. Abundan a lo largo y ancho del mundo los mitos y las leyendas que hablan del Árbol Cósmico o de la Vida, plantado en el centro del universo. “Sus raíces se hunden hasta los infiernos y sus ramas tocan el cielo”, en palabras de Mircea Eliade. Se trata de una réplica del Eje del Mundo (axis mundi), que comunica la esfera de lo profano y lo sagrado, las profundidades de la tierra con las alturas, donde habitan los dioses. Tanto en la antigua China o la India védica como en la religión germánica o el chamanismo tártaro se celebraban rituales y ceremonias que tenían como protagonista al Árbol de la Vida. Este se particularizaba en una especie u otra dependiendo del contexto cultural. Así pues, la ceiba era venerada por los mayas, el roble por los celtas y el fresno por los vikingos. El ahuehuete cumplía la misma función en México y el baobab en África. Ese viejo mito universal también reverbera en el de la Cruz de Cristo, símbolo de la salvación y fuente de la vida sobrenatural para los cristianos.

Numerosos grupos étnicos provienen, según sus creencias, de un árbol ancestral, convertido en la viva representación de lo sagrado y en una figura totémica en sus ceremonias. Poco importa si este es un bambú, un cedro, una mimosa o cualquier otra especie. El culto a los árboles divinos es una constante universal. Sin ir más lejos, en la mitología griega la diosa Artemisa se identifica con el nogal, Afrodita con el manzano y Saturno con el ciprés. Los seguidores del budismo, hinduismo y yainismo honran el árbol de Bodhi o del Despertar (Ficus religiosa); los japoneses sintoístas el sakaki (Cleyera japonica) y los musulmanes el olivo (de la familia Oleaceae). Buena prueba de esa unión espiritual son los esponsales místicos entre árboles y humanos, que aún se practican en diferentes culturas a lo largo y ancho del planeta (siux, bosquimanos, hotentotes, hindús...) para propiciar la fertilidad. Esas creencias han persistido a lo largo de los siglos, tal vez porque responden al anhelo de retornar a un estado previo a la ruptura de la alianza con la naturaleza.

Esta escisión se produjo entre cinco y diez mil años atrás, cuando las tribus nómadas de cazadores recolectores aprendieron a domesticar plantas y animales, y comenzaron a asentarse en el territorio. Más que de un salto civilizatorio, se trató según algunos expertos de una salida in extremis a la desesperada situación provocada por el aprovechamiento abusivo de los recursos cinegéticos y las plantas comestibles. Una eficiente tecnología lítica –apuntalada con herramientas de piedra– había llevado al animal humano a ser un depredador sin rival y ocupar la cúspide de la cadena trófica. Si los primeros homínidos habían superado el desafío ecológico adoptando la marcha bípeda y la caza, sus lejanos descendientes saldrían adelante gracias a la revolución agraria, también conocida como neolítica. No por casualidad las primeras civilizaciones urbanas se desarrollaron en las fértiles cuencas de los grandes ríos: el Nilo (Egipto), el Tigris y el Éufrates (Mesopotamia), el Indo y el Ganges (India), el Amarillo (China), en los valles fluviales de los Andes (incas) y los ríos de Mesoamérica (olmecas). El control del agua garantizaba cosechas más productivas, que permitían abastecer a poblaciones sedentarias cada vez más numerosas. De ahí que estos estados arcaicos o prístinos reciban el calificativo de hidráulicos. Aparecen entonces la estratificación social, la división del trabajo y la acumulación de excedentes agropecuarios. La necesidad de llevar un registro de los sacos de grano y las cabezas de ganado se encuentra detrás de la invención del alfabeto y la práctica de la escritura. Los primeros escribas no pretendían fijar en caracteres las palabras de los dioses, las gestas heroicas o las maravillas naturales, sino llevar una pormenorizada contabilidad de las riquezas acumuladas. El cultivo de las letras y de los árboles con fines productivos y ornamentales surgen a la par. La arboricultura y la escritura comparten no solo su origen, sino también su propósito: conjugar lo útil con lo bello.

Mucho antes de que los miembros de nuestra especie inventaran el alfabeto y aprendieran a escribir con un punzón en tablillas de barro cocido, los árboles eran ya unos reputados escribas. Llevaban muchos miles de años dejando testimonio de su existencia en la madera de sus troncos. Esa crónica, escrita con parsimonia en los anillos concéntricos de crecimiento, guarda asimismo el recuerdo de sequías, incendios, inundaciones, plagas y terremotos que marcaron el destino de nuestros antepasados. Si bien cada árbol tiene su propia firma, los pertenecientes a una misma especie se desarrollan siguiendo un patrón similar, lo que permite establecer una datación cruzada y una cronología fiable. Estas pruebas dendrocronológicas nos han ayudado a entender cómo las variaciones climáticas han precipitado el auge y la decadencia de las civilizaciones en el pasado. Romanos, aztecas, incas, mayas, uigures, otomanos, jemeres y una larga lista de imperios padecieron prolongadas olas de frío y calor, así como explosiones volcánicas y solares y otras calamidades atmosféricas asociadas en no pocas ocasiones a brotes epidémicos. Desde luego, no somos la primera sociedad que tiene que afrontar cambios climáticos inesperados. Hasta la fecha, hemos logrado superar esos retos de supervivencia haciendo valer nuestra imaginación creativa y nuestra capacidad de innovación tecnológica. Pero únicamente si conocemos el relato de cómo hemos llegado a ser la especie dominante podremos corregirlo o reescribirlo. De lo contrario, nos condenamos a ser rehenes de creencias irracionales como el crecimiento ilimitado.

El impacto de la actividad humana sobre el clima inició con la revolución agraria y la fundación de los primeros Estados, que conllevó la deforestación de amplias áreas geográficas para dedicarlas a tierras de cultivo. Desde la aparición de la civilización urbana la huella climática fue aumentando lenta y progresivamente hasta mediados del siglo XIX, momento en que empezó la Gran Aceleración. El crecimiento exponencial de la población y la industria, con el consiguiente consumo de materias primas y recursos naturales, llevó aparejado un imparable acrecentamiento de los niveles de concentración de carbono en la atmósfera (de las 280 partes por millón antes de la revolución industrial a las actuales 421) y el correspondiente ascenso de la temperatura media mundial, a razón de 0.2 grados por década durante el último medio siglo. El lema “más que ayer pero menos que mañana” se puede aplicar con propiedad tanto al calentamiento global, las emisiones de gases efecto invernadero o los fenómenos meteorológicos extremos como a la desigualdad económica, la decadencia de la democracia o el auge del populismo. Si las evidencias de la emergencia ecosocial ya no representan una razón suficiente para actuar, tal vez sea porque nuestras conciencias se encuentran anestesiadas. Sin que sirva de excusa, resulta fácil perder la fe en el futuro cuando las fuentes de energía renovable no son suficientes para satisfacer nuestro consumo eléctrico, los egoísmos nacionales y la codicia corporativa impiden alcanzar una mínima justicia climática y los políticos que osan imponer una austeridad energética no salen reelegidos. Aun así, comprometerse con una causa real es la única manera de no caer en el conformismo, el resentimiento o la desesperación. Para preservar el optimismo necesitamos creer en algo, incluso si no estamos seguros de que funcione. Sin sacrificio no hay resiliencia.

Cuanto más irrefutables se vuelven las pruebas de la entropía climática, más grande es nuestro anhelo de retornar a la naturaleza y mayor también nuestra arbofilia. El amor que profesamos por los árboles encierra un principio de esperanza. Ese vestigio de la ancestral veneración que tenemos por la tierra y la primitiva percepción de la sagrada unidad de lo viviente pueden ayudarnos a afrontar los desastres que están por llegar. Tengamos presente que el árbol representa la metáfora por excelencia de una economía regenerativa, que convierte los desechos en recursos y no desaprovecha nada. Sus ocasionales flores y frutos sirven de alimento a los animales, incluidos los humanos. Cuando aquellos caen al suelo, al igual que sus hojas secas, se descomponen, y con ello mejoran la fertilidad de la tierra y nutren a sus pobladores: microorganismos, hongos, insectos y gusanos. El aparente derroche de producir tantas semillas y hermosas flores, lejos de ser un gasto de energía superfluo, sirve para atraer a los insectos polinizadores y reclutar para su causa a otras especies mutualistas, entre las que también nos encontramos nosotros. Por lo demás, los árboles no existen aislados de su entorno. Están ligados por un pacto de dependencia mutua y una alianza de solidaridad con sus vecinos. Tan solo a los animales racionales se les ocurre extraer de la tierra bienes y riquezas sin devolver a cambio nada fácilmente reutilizable, degradando la trama ecológica de la que dependen. Mientras que la naturaleza responde al reto de la supervivencia con el florecimiento de la biodiversidad y las redes simbióticas, la industria humana apuesta por producir en serie y esquilmar los recursos siguiendo la lógica economicista del máximo beneficio.

Hemos sido y aún somos los huéspedes de los árboles. Gracias a ellos resulta habitable la casa común del mundo. Por cortesía debida a nuestros anfitriones deberíamos poner fin a la deforestación y plantar bosques en nuestras ciudades. Según recientes cálculos de la Organización Mundial de la Salud, se requiere al menos un árbol por cada tres urbanitas y un mínimo de entre 10 y 15 metros cuadrados de zona verde per cápita para mantener los niveles de calidad del aire. El hecho de que un ejemplar arbóreo de gran tamaño pueda absorber hasta 150 kilos de dióxido de carbono al año y liberar ingentes cantidades de oxígeno a la atmósfera lo convierte en un poderoso agente de transformación medioambiental y casi que en una fuerza superior. Nuestros ángeles de la guarda no tienen plumas sino hojas. Pero además de combatir la polución, los árboles disminuyen la contaminación acústica, favorecen la regulación térmica, contribuyen al ahorro del consumo de energía y previenen la erosión del suelo y las inundaciones. Por si esto fuera poco, benefician la salud física y psíquica de los habitantes de las ciudades. Numerosos estudios demuestran cómo el arbolado ayuda a reducir la ansiedad social, la conflictividad vecinal y las tasas de delincuencia en los barrios.

"Mucho antes de que los miembros de nuestra especie inventaran el alfabeto y aprendieran a escribir con un punzón en tablillas de barro cocido, los árboles eran ya unos reputados escribas".

La alianza estratégica entre la arboricultura y el urbanismo materializa la idea de un paisaje integral y cumple el viejo sueño de la ecópolis: la ciudad hecha bosque y el bosque hecho ciudad. Se podría afirmar que la silvicultura urbana es la última expresión del ancestral culto al árbol. Nuestros antepasados no albergaban dudas al respecto de que estos eran seres vivos, con personalidad y conciencia propia, poseedores de un alma o habitados por un espíritu o una deidad. Esa veneración resurge hoy en día gracias al uso de la razón y por los mismos argumentos científicos con que, siglos atrás, la despachamos. Si tenemos en cuenta que las ciudades ocupan el 3 % de la superficie terrestre, pero consumen el 75 % de los recursos naturales y generan las tres cuartas partes de las emisiones de dióxido de carbono, su viabilidad depende de que se renaturalicen. El viaje que comenzó con nuestros ancestros construyendo chozas de ramas, que reproducían en el suelo las copas de los árboles, tal vez termine volviendo a nuestros orígenes. Una urbe boscosa ya no es un oxímoron o una utopía poética, sino un horizonte hacia el que encaminarnos. Pasearse por un bosque sin salir de la ciudad parece una opción realista y, sobre todo, deseable.

Pero tampoco conviene pecar de ingenuo; las campañas de plantación masiva de árboles han sido no pocas veces instrumentalizadas por los gobiernos y las empresas para lavar su imagen pública. Muchos de esos populares programas de reforestación distan de cumplir sus promesas y, amparándose en una retórica ecokitsch, traicionan a menudo los ideales que dicen defender. Un bosque es, después de todo, mucho más que una colección de árboles. De ahí también que no baste con repoblar para mitigar el cambio climático. Verter a la atmósfera los gases de la combustión de carbón, petróleo y gas, todas ellas materias vegetales fósiles, y esperar que los árboles vivos secuestren ese exceso de carbono y lo fijen en el suelo a veces representa una estrategia menos acertada y eficaz de lo que suponemos. Dejando aparte el hecho de que incendios u otros imponderables podrían liberar inesperadamente las emisiones retenidas, no siempre el incremento de la masa arbórea y el manto vegetal tienen un impacto medioambiental positivo. Buen ejemplo de ello es la colonización por parte de especies pioneras de vastas extensiones de tierra hasta hace poco cubiertas de hielo. La radiación solar entrante, en vez de ser reflejada por las nieves perpetuas, resulta absorbida por las plantas, lo que agrava el efecto invernadero.

Antes de acabar quiero llamar la atención sobre el hecho de que los ocho mil millones de primates racionales que actualmente hollamos el planeta apenas representamos el 0.01 % de la biomasa terrestre. Se trata de una insignificante proporción de la trama de la vida, salvo porque somos los responsables de la extinción durante los últimos cincuenta años de la mitad de los animales salvajes y las plantas. A reforzar esta lección de humildad contribuye el hecho de que, pese a la continua pérdida de biodiversidad y la amenaza de la deforestación, existen en el planeta muchos más árboles que personas. En un estudio de hace varios años, cuyas conclusiones fueron publicadas en la revista Nature en septiembre del 2015, investigadores de la Universidad de Yale contabilizaron 3 billones, pertenecientes a 60.065 especies, lo que, dividido por el número de pobladores humanos de la Tierra, arroja una media de 422 por terrícola. Esta proporción varía mucho de un país a otro, desde los 8.953 por habitante en Canadá hasta los 2 en Israel. En España se estima que crecen 11.391 millones, lo que equivale a 241 per cápita. A la vista de estos datos, lo que está en juego no es la continuidad del planeta, sino del “capitalismo fósil”. Nadie sabe a ciencia cierta si el experimento de la naturaleza con el primate humano acabará en un colapso civilizatorio o en una nueva era de ilustración ecológica. Sea cual sea el desenlace, quedará plasmado en la narrativa concéntrica de los árboles.

ACERCA DEL AUTOR


(Pamplona, España, 1961). Escritor, antropólogo, profesor y doctor en filosofía. En el último par de décadas se ha dedicado a entender el valor social, estético y espiritual de los jardines. Su libro más reciente es Un trozo de tierra (Turner, 2023). Este texto fue publicado inicialmente en la revista centroamericana Carátula.