Mentiras sagradas

El colmillo de la esfinge.

POR José Covo

Mentiras sagradas

 

En Berlín estaba... viviendo en una larga noche sin comienzo ni fin discernible... como si siempre hubiera sido de noche en el mundo... casi no recordaba lo que era el día... tomaba grandes cantidades de antipsicóticos y de sedantes en varios momentos de la noche, con la esperanza, renovada cada vez, de que, ahora sí, iba a poder dormir durante la oscuridad y despertar a la luz. Cuando por fin me sedaba, dormía así, sedado, y tenía sueños absurdos y dolorosos de recordar al despertar y ver todo negro otra vez. Era diciembre, estaba solo por allá, con la excepción, en realidad formidable, de un amigo, Juan, artista colombiano, que me servía de puente para otras relaciones... con finlandeses y mujeres berlinesas... gente con la que no tuve mucho que ver... Eran gente del día, y yo vivía del otro lado... Incluso cuando íbamos a un bar de noche, era de día en sus pechos... Yo no comprendía nada de esas claridades.

            Al final de esos meses mi mamá me compró un pasaje para devolverme a Colombia, al ver que no estaba buscando dónde estudiar, ni trabajando, ni, realmente, haciendo nada... me dijo cuando ya me lo había comprado. Y entonces, en la última semana en el Viejo Mundo, trasnoché varias veces, es decir, no me tomé los medicamentos y pude ir, durante el día, a ver museos... a sacarle un poco de provecho a la situación. Iba como en una resaca, de no dormir y de no haberme tomado los medicamentos en veinticuatro horas, o algo así... medicamentos que, después de todo, habían sido recetados por una razón... Todavía, en esa época, con pastillas o sin pastillas, sentía que la gente en la calle me miraba, que detectaba algo extraño, o sagrado, en mí... no sabía qué era lo que veían, pero me miraban, casi todos, y susurraban algo... Yo quería saber qué susurraban, si era bueno o malo, pero los muy astutos nunca me dejaban escuchar... y tampoco me dejaban descubrirlos mirándome... pero yo sabía... y nadie me podía decir que no era verdad.

            Visité todos los museos de Berlín, o casi todos... En el recuerdo son un solo museo en el que se apiña y se revuelve toda la historia del arte occidental... desde sarcófagos negros que me provocaban verdadero temor, tal vez medio escuchando que alguien allí dentro susurraba algo también... estatuaria griega y romana, arte contemporáneo, video, miles de retratos de siglos sobre siglos de nobleza recordada solo a través de la mano del artista que fue, después de todo, empleado de ellos... y, notablemente, una pintura de Günter Fruhtrunk, Rote Vibration, vibración roja, frente a la que me quedé un rato, no sé cuánto... mirando... ¡me producía vértigo! Como si me fuera a caer dentro de la pintura...

            Y, ahora, aquí sentado, escribiendo esto, demasiado cuerdo, como le decía a un amigo... “¡No sé qué hacer con tanta verdad!”, dije, y él se rio... y sí, es un chiste, pero también una angustia... siento vértigo frente a las ideas... como con el cuadro de Fruhtrunk, uno de esos suicidas que por artistas son suicidas especiales... siempre, el miedo a caer... ¿no es verdad?, ¿que vamos por la vida pisando suave la tierrita de los precipicios? Aquí sentado, recordando esos meses oscuros y esa semana demasiado luminosa, me pregunto si ese vértigo frente a la pintura era un mareo de belleza o de verdad…  si es que hay tal cosa como una belleza verdadera... Y si hay una belleza falsa, o si existe siquiera la diferencia entre una y otra...

            Pero... ¿qué es lo que dice la belleza para poder nosotros decir en turno (¡responderle!) si es verdad o no? Hay varias, o muchas, maneras de responder esto. Esta que sigue es una que recoge, me parece, varias, o muchas de esas posibilidades. ¿Sabe el lector lo que es un cristal semilla? Esta idea viene del cultivo de cristales artificiales, como los diamantes de laboratorio, que, para su creación, requieren un diamante semilla, que puede ser natural o artificial también... Bajo intensas presiones y temperaturas, el carbono alrededor de la semilla toma la pauta de su estructura y “crece” siguiendo esa idea... La belleza es algo así, pinturas, atardeceres, gente atractiva... son las semillas que dan la pauta para el cristal enorme y heterogéneo de la experiencia. Marcan la pauta, las cosas bellas... de cómo es, pero también y sobre todo de cómo debe ser la realidad... Los mejores cuadros de la historia muestran lo que es posible y deseable dentro de la pintura... la gente hermosa de cada época lo que es y debe ser la hermosura humana... los atardeceres más alucinantes nos enmarcan a todos los demás atardeceres... Entonces la belleza define la realidad... pero no como la ciencia o la filosofía... la una mide todo, cuantifica... la otra explica los fenómenos mediante conceptos... En la belleza puede haber y hay tanto mediciones como conceptos... pero en ella se mide y se piensa conceptualmente con otro fin... un fin ni lógico ni científico... “¡Una finalidad sin fin!”, ha dicho un compañero de Königsberg... El fin es que nos mueve y nos da placer... y eso es suficiente... o tiene que serlo, porque no hay más.

            ¿Qué dice la belleza? “¡Mira! Aquí están los diamantes más puros de la experiencia...”. Pero como la experiencia, y la vida, no son para nada en particular, esa pureza se queda ahí metida en la vibración roja, en la noche perpetua que, aunque dolorosa, tenía algo de encantadora... No veía a nadie casi nunca... tomaba el metro a las dos de la mañana... solo... ¡en la noche infinita no hay nadie! Ni siquiera yo mismo estaba ahí conmigo... Creo que tal vez sí me caí en las líneas delirantes de ese suicida-semilla, de ese ejemplo de lo que debe ser un suicida... y todo lo que he vivido desde entonces ha sido al otro lado de esos verdes, negros y rojos susurrantes y hondos como el no haber dormido...

            Con esta pequeña fantasía de haberme caído dentro y todo eso lo que quiero decir es que la belleza no es ni verdadera ni falsa... o, dicho de otro modo, puede ser verdadera o falsa, según a quién se le pregunte, o en qué siglo estemos... el cristal semilla es, al final, una opinión... ¡Que puede ser muy poderosa! ¡Poner presidentes! ¡Ponernos a hablar o a vestirnos de cualquier manera! A vivir según esas opiniones... Es mentira que las cosas sean bellas o feas... las cosas no son, nosotros las ponemos a ser con nuestras imaginaciones... pero con esas mentiras también ponemos a ser, a existir, al mundo entero... porque... si solo midiéramos las cosas y las explicáramos lógicamente... ¿qué seríamos...? ¿Si no tuviéramos cosas sagradas?

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.