Misa de silencio con los cantos de Rafael Cassiani

¿Cómo darle el último adiós a quien despedía a los muertos del palenque colombiano? A un año de su partida, la vida de Rafael Cassiani, líder del Sexteto Tabalá, quizá la agrupación palenquera más importante del país, sigue recordándose a son de tambores y cantos de bullerengue y lumbalú, los mismos que se escucharon en su funeral. Esta es la crónica de su despedida en el pueblo que disfrutó las melodías de su marímbula y de su voz.

POR David Lara Ramos

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La mañana del sábado 4 de junio de 2022, el maestro Rafael Cassiani se levantó a las 6 a. m. en su casa del palenque de San Basilio. Los cantos de los gallos se oían nítidos y los cerdos madrugadores husmeaban en busca de alguna sobra en los traspatios vecinos.

El maestro se sentó en su mecedora momposina, su descanso habitual. Durante 2020, ese primer año de pandemia, sus hijos le acondicionaron su viejo rancho de palma amarga y paredes de bahareque, y echaron piso de cemento y techo de asbesto. Se meció un instante, acercó su marímbula a sus pies, sonó los flejes y, bajito, lelió (lele, lele li...) una melodía indescifrable.

Pepe, su hijo mayor, le ofreció un tinto con galletas de soda. Le recordó que debían salir como a las ocho de la mañana “a cobrar la plata de la tercera edad”, un subsidio de 80 mil pesos mensuales que el Gobierno colombiano entrega a las personas mayores de 60 años. Rafael Cassiani tenía 87.

Terminó su tinto, reposó un rato y tomó un baño; era su rutina. Media hora más tarde, Pepe le ofreció el desayuno: torrejas de papaya, guineo mafufo cocido, huevos revueltos y jugo de chirimoyas cultivadas en el patio. Lo disfrutó. Se puso un pantalón negro, un suéter salmón intenso y se acomodó sus sandalias. Presto a las indicaciones de su hijo, se colgó su rosario al cuello y se ajustó su sombrero vueltiao, una prenda que agregaba un carácter vigoroso, jovial, a su estampa. Pepe le dio su pastilla para controlar la presión arterial y buscó la cédula de ciudadanía del maestro, indispensable para reclamar el subsidio gubernamental.

Diez minutos después de las ocho se dispusieron a salir. El maestro Rafael Cassiani sonrió y se ajustó el sombrero ante el espejo ubicado en un extremo de la sala. Volvió a sonreír para anunciarle a Pepe que estaba listo. Pasó la puerta de entrada, saludó con una sonrisa a los vecinos del frente. Volvió a sonreír cuando su hijo Pepe le tendió la mano para ayudarlo a bajar el escalón de la terraza y sonrió para agradecer el gesto de su hijo. El maestro Rafael Cassiani era un hombre sonriente.

Tomaron la calle Real, recién pavimentada. Pepe recuerda los detalles:

–Él no siguió por la carretera, no quiso bajar, sino que caminó por el andén; estaba fuerte, pero yo lo llevaba agarrado de la mano. La oficina donde cobrábamos la plata estaba cerca, a media cuadra. Al llegar allí, mi papá intentó subir un escalón alto, como de cuarenta centímetros, un piso de cerámica azul; cuando subió el pie derecho no alcanzó la altura del peldaño, tropezó, perdió el equilibrio, se me vino encima y lo abracé, si no... se hubiera caído.

Al ver la escena, los vecinos acudieron en auxilio. Lo subieron hasta la entrada de la oficina y lo sentaron en una silla de plástico blanco. La gente comenzó a echarle fresco. Pepe se dio cuenta de que el rostro de su padre se iba descomponiendo.

 

 Rafael Cassiani fotografiado en San Basilio de Palenque a sus 74 años.

Rafael Cassiani fotografiado en San Basilio de Palenque a sus 74 años.

 

–Mi papá estaba consciente –aclara–, pero pensé: “Esto no es de fresco, hay que llevarlo al puesto de salud”. Ahí mismo agarramos una moto, bien rápido, enseguida.

Llegaron al puesto de salud ubicado a un costado de la iglesia en honor al patrono san Basilio. Al frente, la plaza principal con el monumento de Benkos Biohó, fundador del palenque. Cuenta Pepe que la médica de turno le tomó la presión. Preguntó cómo había sido la mañana del maestro Rafael Cassiani. Pepe le contó. La doctora dijo que tenían que llevárselo de inmediato a Cartagena de Indias, a 52 kilómetros de distancia.

Pepe se fue corriendo hasta su casa. Metió en su mochila una pijama, una muda de ropa y las pastillas para la presión de su padre. Corrió de regreso al puesto de salud. Preguntó por la doctora, caminó hasta la sala de emergencia.

–Ella me vio y me dijo: “Lamentablemente, su papá acaba de fallecer, lo siento mucho”.

Esas fueron las palabras que usó la doctora, recuerda Pepe. Eran las 9:38 de la mañana. El maestro Rafael Cassiani había muerto: su corazón se había detenido. Era voz, la voz del Sexteto Tabalá de San Basilio de Palenque.

 

 

El Sexteto Tabalá

 

La música de San Basilio de Palenque, según cuenta Stevenson Padilla, hoy marimbulero del Sexteto Tabalá, proviene de dos grandes familias o dinastías. Por un lado, los Valdez, cuyo estandarte es José Valdez Simanca, conocido como Simankongo, quien mantuvo viva la tradición del sexteto hasta nuestros días. Por el otro, los Salgado, cuya raíz más emblemática es Paulino Salgado, conocido como Batata iii, quien hizo parte del Sexteto Tabalá en los años sesenta.

La unión de esas dos dinastías musicales, los Valdez y los Salgado, se dio a finales del siglo xix con el matrimonio de Manuel Salgado, tamborero conocido como Batata ii, y María de la Luz Valdez, cantadora de bullerengue y chalupa, cacica del Cabildo Lumbalú, agrupación que se encargaba de los rituales para despedir a los muertos. Narraban sus vidas en el velorio con tonadas, cantos y versos.

Según Stevenson Padilla, se contaba la vida del difunto en sus tres vidas, acorde con la tradición palenquera:

–La primera, la vida terrenal; la segunda, la de las aguas, de ahí proviene el mito de Catalina Luango Salgado, que se unió con el Mohán en las aguas de la ciénaga de Palotá; y la tercera, la del más allá. Mi abuelo Simankongo fue también cacique del Cabildo Lumbalú hasta el día de su muerte. Se encargaba de cantar con el Sexteto Tabalá todos los velorios, no solo aquí en San Basilio sino también en Cartagena y Barranquilla; donde los llamaban para despedir a un difunto, él organizaba su sexteto y se iban a tocar las nueve noches de velorio dentro de palenques urbanos en barrios como San Fernando, San Francisco o Nariño en Cartagena, y en San Felipe, Nueva Colombia, La Manga o Me Quejo, en Barranquilla.

A partir de esas dos familias y sus descendientes, confirma Stevenson Padilla, proviene la música que ha brotado de San Basilio, desde los cantos rituales de lumbalú, pasando por el bullerengue y los sones de sexteto, hasta manifestaciones que conectan el rap y la champeta con ritmos nativos. Esos entramados y mezclas musicales nos llevan a la primera década del siglo xx, punto de partida de la música de sexteto que recorrió el norte de Bolívar, incluyendo la ciudad de Cartagena –por el Canal del Dique hasta San Cayetano–, y desde allí hasta la región de María la Baja, los altos de Ñanguma y Guamanga arriba; un origen atravesado por la creación de los primeros ingenios azucareros en el Caribe colombiano.

Entre 1907 y 1909 se construyó en la región de Sincerín el ingenio azucarero Central Colombia, en la llamada hacienda San Agustín, propiedad de los hermanos Carlos y Fernando Vélez Daníes. Abarcaba territorios de la margen oriental del canal del Dique, las poblaciones de Sincerín, Mahates y Malagana y las zonas de San Pablo, San Basilio y María la Baja. El ingenio fue una apuesta industrial de procesamiento de la caña para fabricación de azúcar refinada, ron, melaza y derivados, con fines de exportación.

En 1906, el ingeniero cubano Luis Bacallado llegó a Sincerín con la intención de dar un concepto sobre las tierras de la hacienda San Agustín. Es decir, valorar si era posible levantar un ingenio con las mismas características de los de Cuba, un país que era, en aquel entonces, el primer productor de azúcar refinada del mundo. El montaje del Central Colombia duró casi dos años, tiempo en el que fueron llegando más y más técnicos cubanos a la hacienda San Agustín. Ese proceso concluyó en 1909, año de la primera y generosa zafra.

La historiadora María Teresa Ripoll, en su artículo “El Central Colombia. Inicios de industrialización en el Caribe Colombiano”, establece que en 1913 los Vélez Daníes, dada la prosperidad del ingenio, compraron la hacienda Aguas Vivas, en jurisdicción de los municipios de Arjona y Turbaco, tierras que se extendían por la margen occidental del canal del Dique hasta el municipio de Rocha, Bolívar.

Los territorios del Central Colombia cubrieron parte de la región de Montes de María, por los lados de la serranía de San Jacinto, hasta la hoy población de Rocha, sobre aguas del canal del Dique, un extenso territorio que desde el siglo xvii concentró una vigorosa comunidad afro en haciendas y palenques, cuya evidencia cultural seguimos celebrando y disfrutando.

Ese montaje de la industria del azúcar contó con apoyo estatal y requirió de mano de obra calificada que provino de Cuba, en especial de La Habana y Matanzas, dos urbes prósperas del gran Caribe durante el siglo xix. En medio de tanta abundancia, habaneros y matanceros organizaban fiestas con su propia música. A ritmo de changüí y sones cubanos se celebraban las zafras o cosechas. La novedosa música de los cubanos fue apreciada por los trabajadores del Central Colombia, lo que dio nuevos ánimos, nuevos bríos y nuevos ritmos a la vida cultural de Sincerín y sus alrededores.

Establecer qué sucedió con la cultura y la música de la región entre la primera zafra de 1909 y la de 1953, año en que el Central Colombia fue liquidado, es una tarea de interpretar, reinterpretar y unir fragmentos de testimonios. Así lo hace Stevenson Padilla:

–Nosotros sabemos que el sexteto que formó mi abuelo Simankongo, que trabajó desde los ocho años en el Central Colombia, venía de años atrás, quizá de los años 1915, 1920, porque yo me ponía a hablar con él. Mi abuelo me contó que su trabajo era arrumar la caña en espera de un tractor que la cargaba y la llevaba a los trapiches. Sus recuerdos eran claros unas veces; en otras ocasiones difusos, pero sí decía que esa música cubana les gustaba a todos, por eso la cantaban y bailaban.

 

 Cantos, rezos y lágrimas para despedir al maestro.

Cantos, rezos y lágrimas para despedir al maestro.

 

Traductora de lengua palenquera y rezandera de oficio, la señora Concepción Hernández, de 78 años, traza una línea desde el presente hacia esos tiempos del goce promovidos por la riqueza del Central Colombia:

–Rafael Cassiani es el último de los viejos sexteteros; eso lo recogió de la tradición musical del viejo José Valdez Simanca, Simankongo, que fue el que le dio mayor respeto a esos sonidos que solo se escuchaban por aquí, sobre todo en los velorios. Me acuerdo de que ya en los años 65 o 70 fue cuando más se vino a escuchar esa música. Yendo a los más antiguos, está Pantaleón Salgado, el primero que aprendió a tocar la marímbula; de ahí pa atrás las cosas se van perdiendo.

Al escuchar a la señora Concepción Hernández, Stevenson Padilla agrega:

–Algo de eso me lo contó mi abuelo Simankongo. Resulta que Pantaleón Salgado comenzó a enseñarle unos pases de marímbula, los mismos que aprendió con los cubanos. ¿Qué pasó? Al año, mi abuelo, que era corpulento, lo superó, muchos decían que era mejor. Pantaleón vivía en el barrio de arriba y allí tenía la gente con la que tocaba, es decir, mi abuelo tuvo que buscar otros músicos, porque ya estaba el marimbulero. Era muy hábil; hizo su propia marímbula, consiguió los flejes y una caja de madera que él mismo construyó.

El escritor Nicolás Simarra, nacido en Palenque, confirma lo dicho por Padilla en la crónica “El adiós al legendario juglar Simankongo”, publicada el 29 de septiembre de 2002 en el suplemento dominical de El Universal de Cartagena, la cual registra un testimonio de Simankongo: “Desde 1938 yo había superado al maestro Pantaleón, soy músico, acompaño al grupo tocando todos los instrumentos cuando se necesita, pero soy el oficial de la marímbula, instrumento por el que siento una gran pasión”.

En 1938, Simankongo, que nació en 1922, tenía 16 años. El maestro Rafael Cassiani, nacido en 1934, tenía cuatro. Los relatos orales, algunos vertidos al papel, han asegurado que para 1930, momento en que Simankongo era un niño de ocho años, ya superaba al maestro Pantaleón; además, afirman que Simankongo era líder de un grupo que luego se convirtió en el Sexteto Tabalá. Sin embargo, el escritor Nicolás Simarra asegura que el maestro Simankongo le contó que fue en 1933 cuando le dio los primeros golpes a los flejes de una marímbula. Por otro lado, no existen evidencias que demuestren tal rivalidad entre Simankongo y el mítico Pantaleón Salgado.

Los mayores, como Concepción Hernández, confirman que Pantaleón fue el primer marimbulero de San Basilio. Este murió en 1952, cuando Simankongo tenía 30 años. Mientras tanto, el maestro Rafael Cassiani contaba con 18 y era reconocido por su timbre potente, su canto limpio y su voz cautivadora.

Simankongo murió a los 80 años, un 24 de julio de 2002. El maestro Cassiani fue el encargado de cantar, aquella primera noche de velorio, temas como “Clavo y martillo”, “La vida es muy bonita pero al fin siempre se acaba”, “Micaria”, “Son del amanecer”, “El palomo” y “Esta tierra no es mía”, que hicieron parte de la primera grabación del Sexteto Tabalá, realizada por Ocora Records en 1998.

Pepe, que hoy tiene 68 años, dice que su papá comenzó a cantar desde niño.

–Es una historia que le escuché a mis tíos. Ellos decían que mi abuela, Creseliana Cassiani, le amarraba un pañuelo en la boca a mi papá Rafael cuando tenía apenas ocho o nueve años. Mi tío Martín y mi tío Pedro decían que mi papá se la pasaba cantando desde la mañana hasta por la noche, y así fue hasta el día de su muerte. Él fue creciendo hasta que un día Simankongo lo invitó a que cantara en los velorios, no solo de Palenque y Cartagena, sino en todas esas tierras de Sincerín, Mahates, Evitar, San Pablo, Los Nísperos. Así andaban, velando los muertos en esas noches oscuras, en esos montes, porque aquí no había luz en esos tiempos; se iban tocando tambor, con mechones encendidos, y cantando sus sones. Así también fue el velorio de mi papá.

 

 Con hojas de nin, paraíso y agua bendita, amigos y familiares le dan el último adiós a la voz líder del Sexteto Tabalá.

 

 

La primera noche de velorio

 

El cuerpo del maestro Rafael Cassiani estuvo en el puesto de salud más de una hora, tiempo en que Pepe logró asimilar la noticia y llamar a sus hermanos en Cartagena para que gestionaran la traída de un ataúd y los arreglos funerarios.

Cuenta Pepe que el cuerpo de su padre salió del puesto de salud en una camilla a eso de las once de la mañana. Tomó la calle de Las flores y cruzó hacia la calle Real. La escena de un camillero tirando el cuerpo del maestro Cassiani, cubierto con una sábana blanca, Pepe con lágrimas en los ojos, mochila al hombro al lado de la camilla, fue suficiente para que la noticia empezara a propagarse por el pueblo. “Murió, murió Cassiani”.

A eso de las dos de la tarde, el ataúd fue colocado en la mitad de la sala. La señora Concepción Hernández fue la encargada de rezar el primer rosario en sus misterios gozosos. Luego pidió:

–Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz el alma de tu hijo Rafael Cassiani, recíbelo en tu gloria, amén.

Los vecinos comenzaron a congregarse. Los dolientes llenaron la casa del maestro, el gentío se reunió en la terraza y la calle fue cerrada por una población dolida ante la partida de uno de sus líderes más queridos. La solicitud de sacar el ataúd y colocarlo en la mitad de la calle Real llegó como un murmullo a los oídos de Pepe y sus hermanos.

Poco después se armaron unos kioskos de lona para amainar la temperatura. El ataúd fue puesto en la mitad de la calle Real al final de la tarde. Comenzaron los cantos rituales del lumbalú. Emelia Reyes Salgado, a quienes todos conocen como La Burgos, hija de la legendaria Graciela Salgado (voz líder de las Alegres Ambulancias, fallecida en 2013 a los 83 años), entonó los cantos de lumbalú y bullerengue, y sonaron los tambores. La voz de Juan Cañate, uno de los miembros del Sexteto Tabalá, gritó plena, dolida: “¡Se fue Cassiani!”. Hombres y mujeres, con el llanto ritual, alzaban y movían los brazos al ritmo de los cueros templados. Se danzó hasta las 12 de la noche. Cuando la señora Concepción anunció un nuevo rosario, volvieron los misterios gozosos. Se repitió:

–Dale, Señor, el descanso eterno, y brille para él la luz perpetua. Descanse en paz el alma de tu hijo Rafael Cassiani, recíbelo en tu gloria, amén.

Luego, la voz del maestro Rafael Cassiani brotó viva de dos parlantes que se instalaron en la terraza de la casa. Dos temas se repitieron, coreados por los dolientes verso a verso. El primero, “Rosa Carminia”, mientras la concurrencia seguía danzando alrededor del ataúd.

 

Rosa Carminia le preguntaba: / oiga, viejito, para ónde va. / Rosa Carminia le preguntaba: / oiga, viejito, para ónde va… / Ay, se va, se va, se va solito. Ay, se va, se va, molenero, / se va, se va solito, ay, se va se va, Rosa Carminia, / ay, se va, se va solicito, se va Yomaira Blanco, / ay, se va, se va, solito…y se va, se va Rafael Cassiani, / ay, se va se va, se va, se va solito, Rafael Cassiani / Ay, se va, se va, se va solito, ay, se va, se va solito.


 

El segundo, “Esta tierra no es mía”, de la autoría del maestro.

 

Esta tierra no es mía, / esta tierra no es mía, / esta tierra no es mía, / esta tierra es de la nación. / Yo salí de cacería, / lo que maté fue una lora, / la maldición de Colombia desde que llegó la Incora. / Esta tierra no es mía,/ esta tierra no es mía,/ esta tierra no es mía, / esta tierra es de la nación.

 

Esa noche, José Valdez, conocido por todos en San Basilio como Paito –“niño chiquito” en lengua palenquera–, hoy de 66 años y segunda voz de Rafael Cassiani en el Sexteto Tabalá, recordó varios momentos al lado de quien llamó su maestro:

–Lo conocí cuando yo tenía 12 años; él era tocador de la danza de los negros, que recorrían las calles en las fiestas de La Candelaria y en las Fiestas de Noviembre. Salía con mi tío Cecilio Valdez, el papá de Justo Valdez, músico importante también. Con su partida, Rafael Cassiani ha dejado su experiencia y mucho reconocimiento. Con él fui a España, Jamaica, Estados Unidos y a muchos lugares de Colombia. Él fue un padre, un amigo, mi maestro; se fue un grande de la música palenquera.

La Burgos dejó por un momento sus cantos de lumbalú y su danza alrededor del ataúd para contar su cercanía con el maestro Cassiani:

–Perdimos a un hombre sabio de nuestra comunidad, un líder, el único que quedaba de los viejos sexteteros. Alguien que sabía mucho de nuestro pasado, del grupo de personas que contaban las historias de antes, del Palenque viejo. Yo lo vi como un papá. Todas las mañanas iba a su casa a preguntarle por su amanecida. Me decía: “Amanecí bien, mija, como el pan de sal: bueno por fuera, hueco por dentro”. Entonces yo le decía, “Atécese, Cassiani”, y él me respondía: “Yo estoy teso, bien teso”, y enseguida soltaba esa risa bonita que tenía él. Se acabó, se acabó Cassiani, Dios mío. Ese fue un jefe, un cacique de verdá, verdá.

La Burgos pasó la noche en pie cantándole el lumbalú al maestro.

–Ya se han ido muchos grandes de este pueblo: se fue Batata, Paulino Salgado, tío mío; se fue Dolores Salinas, con su voz fina; se fue Simankongo, con su marímbula; se fue mi madre, Graciela Salgado, que era única con su voz y su tambor, y ahora se va el maestro Rafael Cassiani, el último de los viejos del Sexteto Tabalá.

 

 

La misa y su viaje final

 

A las seis de la mañana del domingo 5 de junio de 2022, la señora Concepción Herrera comenzó a rezar el rosario. Los misterios gloriosos irrumpieron el silencio de la fría mañana. El ataúd había vuelto a la mitad de la sala al finalizar el amanecer.

Pepe preparó desayuno para los que resistieron y acompañaron al maestro Cassiani hasta la mañana. Se escucharon los pitos de los buses que anunciaban la llegada de nuevos amigos y familiares provenientes de los palenques urbanos de Barranquilla y Cartagena. Con la anuencia de la familia del maestro, el ataúd fue llevado al centro de la plaza, en la tarima central. Un pasacalle en lo alto de la tarima decía: “Maestro Rafael Cassiani Cassiani: Piacha po to tiempo (Profesor/maestro por todos los tiempos)”. Allí permaneció el ataúd hasta las cuatro de la tarde, momento en que fue conducido a la iglesia que él mismo gestionó para que se construyera.

La historia la cuenta la señora Concepción:

–Sucede que Carlos Vélez, abuelo de Orlando Vélez, uno de los dueños de las tierras de la caña en esta región, hizo la iglesia de Sincerín, en honor a santa Catalina, que era el nombre de su mamá, y a san Carlos, el nombre de su papá. Los palenqueros propusieron hacer otra iglesia. Rafael Cassiani, que trabajaba con la caña, dijo que la hicieran en su tierra, pero los palenqueros dijeron que lo que esa gente blanca quería era adueñarse del palenque. Eran creencias antiguas, asuntos de los viejos de aquella época, así que no se pudo. Entonces encargaron a Dionisio Vélez; tampoco se pudo, se opusieron los palenqueros. Cassiani intervino para que se pudiera hacer. Don Orlando, con su hija Angelina, que era arquitecta, por fin pudieron levantar la iglesia y convencer a la gente; eso pasó en 1964. Aquí lo único que se instaló fue el agua, que traían del arroyo porque don Orlando dio todo, trajo sus trabajadores. Así se hizo la iglesia en aquella época.

 

El cortejo camino a la iglesia de San Basilio de Palenque para el funeral del maestro Rafael Cassiani.

Imagen eliminada.

El cortejo camino a la iglesia de San Basilio de Palenque para el funeral del maestro Rafael Cassiani.

 

Una cruz de madera lideraba el cortejo. Los cargueros se mostraron prestos, voluntariosos. El orgullo de llevar al maestro a su última misa. Un gran cuadro al óleo con la imagen del maestro Cassiani se elevó en medio de la multitud. Los picós de las cantinas ubicadas en la Calle Real soltaron el tema “Reina de los jardines”, de la autoría de Simankongo:

 

Ayer la videee, / una mañana regando flores, / a la dueña de los jardines, / de los jardines de mis amores. / Reina de los jardines, recíbeme cantando. / Reina de los jardines, / recíbeme llorando. / Reina de los jardines, / recíbeme llorando, / reina de los jardines.

 

Desde que la iglesia se abrió para los católicos de Palenque, el maestro Rafael Cassiani fue su monaguillo. Duró más de 50 años acompañando a los sacerdotes que oficiaban la misa y que venían cada domingo a encontrarse con su feligresía. Las únicas veces que faltó a la misa de domingo fue porque se encontraba en algún velorio en Barranquilla o Cartagena, o tenía una presentación con el Sexteto Tabalá.

–Siempre se sentaba allí –dijo el padre Antonio, al comenzar la misa, señalando a la derecha del altar mayor–. Ahí vamos a hacer una silla de concreto, de granito, para recordar a Rafael Cassiani, que fue siempre muy respetuoso de los asuntos de Dios.

En la homilía, el padre Antonio, un misionero haitiano con un singular acento francés y cántico palenquero, reconoció la fuerza de la cultura afro. Recordó que la primera lectura de la misa, tomada del libro de Los Hechos de los Apóstoles, se refería al día de Pentecostés, cuando los apóstoles estaban reunidos y brotó una fuerte ráfaga de viento, bajaron del cielo lenguas de fuego que se posaron sobre la cabeza de cada uno y al instante comenzaron a hablar en otros idiomas. El padre Antonio dijo que esa lectura traía un mensaje de Maciano (otro de los nombres por el que era conocido Rafael Cassiani en la comunidad, y así lo llamó en toda su homilía).

–Maciano nos da un mensaje en este momento de su partida: que sigamos hablando y traduciendo la misa y sus cantos en lengua palenquera; fue algo que Maciano se propuso y lo cumplió. Debemos continuar.

Concepción Herrera complementó las palabras del padre Antonio:

–Nosotros aquí en la iglesia hicimos un grupo para traducir y Rafael Cassiani hizo parte de ese proyecto. Eso pasó en 1997, hasta que se hizo la primera misa en lengua palenquera en la iglesia de San Pedro Claver, el 21 de mayo de 2000. Después se hacía durante la Semana Santa, en la catedral, todos los Lunes Santos, pero eso se perdió; sería bueno retomar esas costumbres y hacerle también un homenaje al señor Maciano.

Su hijo Pepe explicó por qué lo llamaban Maciano:

–Resulta que aquí en Palenque a la gente la conocen más por el apodo que por el nombre verdadero. A mi papá le decían que era un ser como de otro planeta, porque era bueno, trabajador, sincero, todo lo que un buen ser humano es; entonces le pusieron Marciano. Pero como aquí hay palabras que pierden letras, a él le decían Maciano. En la casa hay una placa, que puso el Ministerio de Cultura en las casas de líderes de la comunidad, que dice: “Posa ri Masiano”, que quiere decir en español,”Casa de Marciano”. Ese era mi papá.

El padre Antonio volvió a retomar su homilía. Dijo entonces que Maciano era el monaguillo eterno, el monaguillo para siempre.

–Nunca falló en su oficio de servir en el altar; ese hombre tenía un corazón de sacerdote. Era una persona extraordinaria, obediente, que amó su cultura y la defendió. A través de la primera lectura, sobre el Pentecostés, Maciano parece que nos está diciendo: “Cuiden su cultura, su lengua. Enseñen a los niños ese idioma”.

Al finalizar la misa de despedida del maestro Cassiani, el padre Antonio pidió un gran aplauso para un hijo ejemplar. Las palmas fueron generosas. Afuera de la iglesia, los picós amplificaron el himno de Palenque en la voz de Justo Valdés. La cruz de madera volvió a liderar el cortejo que caminó lento, sereno, con la candencia de los tambores, por la calle principal hacia el cementerio.

“Se fue Maciano, se fue Cassiani”. Se escuchaban los gritos de un pueblo que despidió con honores a su gran maestro. Era la voz... la voz en silencio del Sexteto Tabalá.


 

ACERCA DEL AUTOR


David Lara Ramos

Docente de periodismo de la Universidad de Cartagena. Colabora habitualmente para el suplemento Latitud de El Heraldo y el diario Fénix de España. Recientemente Collage Editores publicó su compilación de crónicas El dolor es volver (2017).