¿Por qué existo?

El colmillo de la esfinge. 

POR José Covo

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El tema, entonces, es de preguntas y respuestas... Esos son los ladrillos de la casita del sentido de cada uno... En la base, como vengo diciendo, están las preguntas más grandes de todas... Hay preguntas por la Historia... preguntas por la sociedad... preguntas por el universo, y así... Pero cada uno de nosotros es, de una manera fundamental, un individuo... De una manera fundamental porque, aunque estemos hablando del universo o de ecuaciones matemáticas, lo estamos haciendo como individuos... Somos, primero y último, individuos para nosotros mismos... Que puede sonar redundante, pero esa es la naturaleza de la cosa... Hay circularidad en la casita del sentido... Cuando hay preguntas, ya esas preguntas, en su preguntar inherente, anticipan a unas posibles respuestas, que están codificadas en la pregunta misma... En el preguntar mismo. Y la pregunta por el individuo es, para mí, esta: ¿por qué existo?

         Entonces quiero preguntar por la pregunta... ¿Por qué existo? ¿Por qué existimos? Ya el plural aparece de inmediato, por todo eso de que somos animales sociales, etc... Eusociales, como las hormigas o las abejas... Ya nuestra consciencia está implicada en las consciencias de los demás, y las de ellos en las nuestras... Pero somos, primero y último, individuos... Tenemos que ser individuos para poder estar en grupos... Si se está espiritualmente primero en el grupo o primero en la individualidad es una pregunta irresoluble... No hay, nunca, un término sin el otro... Siendo individuos, primero y último, ya somos grupos, primero y último... Son las dos cosas simultáneamente... Pero, hechas las cuentas, cada uno es, al final, responsable de sí mismo, material y espiritualmente... Responsable de sí mismo, al final... Aun así, sabemos que la gente que se aísla se enloquece casi de inmediato... pierden las coordenadas del mundo... de la vida... Pero es el individuo el que enloquece... Es que el alma por sí sola brilla tanto que se extingue... Tenemos que repartirnos ese brillo, que es el peso del vivir... El peso de la pregunta por el vivir del individuo... Por el existir del alma.

         ¿Por qué existo? ¿Por qué? ¿Por qué existo? Es una pregunta que para poder formularse tendría que estar por fuera de la existencia... para poder interrogar a lo que existe desde fuera... Porque si ya la pregunta existe cuando se plantea, entonces, ¿qué es lo que pregunta? Si ya la respuesta está establecida en el momento de preguntar... ¿Que por qué existe lo que existe? ¿Por qué experimento la experiencia? ¿Por qué vivo la vida? Ya estamos existiendo... Ya estamos experimentando... Viviendo. Así que es una pregunta muy extraña de hacer... Pero, al mismo tiempo, ¿dónde es que no existen las cosas, para poner allá la pregunta? No sé... Es que ya yo existo al existir... Entonces preguntar esto es imposible, ¿no? Es que ni siquiera sabemos qué cosa es lo que estamos preguntando... Qué exactamente estamos poniendo en duda para poder ver si sí o si no... ¿Cómo ponemos en duda la capacidad de dudar? ¿Ganando seguridad infinita? No, obviamente no...

         Esa parte de la pregunta es así, imposible... ¡Interesante! Porque, aunque imposible, es necesaria... Ahí está, posible o imposible... Y estamos condenados a responderla toda la vida... ¿Condenados? ¿O liberados? La condena es si pensamos que estamos como encerrados dentro del preguntar por nuestra propia existencia... Liberados es darnos cuenta de que la vida es eso, una pregunta, y no algo establecido de antemano... Ya usted escoge, lector, cuál le gusta más... Eso es parte de responder la pregunta que nos tiene aquí.

         ¿Y la otra parte? ¡Yo! ¿Por qué existo yo? ¡Yo, individuo! ¡Yo, Nadie! Yo, el único que vive mi vida... El único que puede, en realidad, vivirla... Porque yo soy yo mismo... Como usted es usted mismo, y todos son, cada uno, la constatación intrínseca de sus propias vidas. Pero... al mismo tiempo... Nos queda algo por fuera... No podemos ser completamente nosotros mismos... Porque, al centro, o a un costado, o arriba, o más allá... En todo caso, en algún lado, hay algo en nosotros que no es, en realidad, nada... Nada que podamos nombrar... Eso del Nadie que he desarrollado antes... La sensación pura e intransferible de ser lo que somos... que, paradójicamente, no es nada... Porque todo lo que llamamos Ser es ya de alguna manera... Y eso del Nadie no es ni sí ni no, ni aquí ni allá... Ni es ni no es... Es innombrable... Tan pronto le explico, lector, lo que yo siento que se siente ser yo mismo, me estoy metiendo en el terreno compartido donde dos Nadies vienen a olvidarse de su ninguneo... Ese terreno es el Mundo... aquí, donde yo escribo... y usted lee estas líneas.

         ¿Por qué existo? Ni podemos parar de existir para mirar lo que es la existencia, ni yo soy tan concreto para que se me pegue la respuesta... ¿Entonces? ¿Qué hacemos? ¿Si toda la vida intentamos responder una pregunta que ni siquiera se puede plantear como pregunta? Y trabajamos, nos volvemos exitosos, o criminales, o buenas o malas personas, o lo que sea que se pueda llamar vivir... Así intentamos, con un desespero de Nadie, justificar esto de existir yo... ¡Es que es fuerte! ¡Haberse atrevido a existir! Entre todas estas cosas tan bonitas e importantes... entre las estrellas, las ideas... Entre toda esta gente que toda nos parece gente y ninguna nos puede decir que son, en realidad, tan Nadies como nosotros... Pero... ¿Es una condena? ¿O una liberación? Yo, la verdad, me esfuerzo por no responder... Me enfoco en la pregunta, la dejo abierta en su preguntar, que de todas formas es infinito... Nunca acaba... Porque como no se puede responder sino solo de una manera suficiente para nuestras necesidades, tan grandes o pequeñas como puedan ser... Y nunca de una manera final, consecuente con la finalidad que nos gustaría tener... Resolver el problema... Dejar dicho qué cosa fuimos, qué vinimos a hacer aquí, por qué... No, no se resuelve... Nos morimos, ya lo que fue, fue... Y queda la pregunta abierta en nuestro nombre... Abierta, hasta el infinito... Más allá de cualquier cosa que podamos concebir... Más allá de cualquier metáfora, cualquier dios... Así queda la pregunta, abierta en nuestro nombre como la tumba de un náufrago... Más abierta que el olvido, que ya es infinito... Tan abierta que en ella no existe la idea del cierre... Abierta... La apertura misma de lo que podemos llamar Mundo... El mundo mío, el suyo... Y ya. Eso es todo... Eso es lo que vine a decir. Eso es. Que sea suficiente.

 

 

 

 

 

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.