Qué desCaro de homenaje

El Museo Nacional recuerda a un grande de las artes plásticas en Colombia.

POR Simón Uprimny Añez

Fotografías: ©️ Museo Nacional

Fotografías: ©️ Museo Nacional

 

Ocurrió el último día de marzo de este 2022 en el Museo Nacional de Bogotá. Eran las 5 de la tarde. Quien siguió estas coordenadas estuvo presente en la inauguración del primer gran homenaje al artista Antonio Caro, fallecido de manera prematura hace casi exactamente un año. Con breves intervenciones de la directora del museo, Juliana Restrepo, y de algunos familiares del artista, así como del curador de la exposición, Víctor Manuel Rodríguez, se dio inicio a Acción plástica: homenaje a Antonio Caro, que irá hasta el 26 de junio de este año.

El homenaje que se le dedicará a Caro es realmente uno apropiado pues, como él, nada tiene de convencional. En efecto, el visitante que esté esperando una clásica retrospectiva de su obra se quedará esperando. El asistente que esté anhelando una serie de conferencias académicas sobre su vida se quedará anhelando. Pero el curioso despistado le sacará partido; ese sí se llevará una grata sorpresa. Con buen tino, los organizadores decidieron que este homenaje no fuera uno tradicional; en cambio, para recordar a Caro prefirieron transformar el museo en un inmenso taller de creación colectiva. Por eso, en la sala principal de exposiciones temporales, los visitantes se toparán con estaciones de actividades en las que podrán entablar un diálogo –o mejor, un juego– con algunas de las obras más reconocidas del artista, nacido en Bogotá el 10 de diciembre de 1950.

Imposible una mejor despedida: un homenaje como los que a él le gustaba brindar. Uno desobediente, descarado, atrevido. Como el que le hizo a Quintín Lame, multiplicando su firma-dibujo y transformándola en un símbolo de rebeldía y de resistencia. Como el que les hizo a los líderes sindicalistas asesinados en su obra Aquí no cabe el arte. Como el que incluso le hizo al controvertido Mao Zedong, retomando su famosa frase, “El imperialismo es un tigre de papel”, para elaborar con ella una de sus más recordadas creaciones. Y como hasta el flaco homenaje que le ofreció a Carlos Lleras Restrepo en el XXI Salón Nacional de Artistas, en el que una cabeza hecha de sal con la forma del rostro del exmandatario se iba desbaratando a medida que los asistentes a la exposición le vertían un vaso de agua encima –acción que provocó que la sala en la que estaba expuesta se empezara a inundar, lo cual causó conmoción y popularizó dicho trabajo–.

Fotografías: ©️ Museo Nacional

Pero es que son tantas las cosas que pueden decirse del maestro Caro, bautizado alguna vez por un crítico mordaz como “guerrillero visual”. Caro, famoso entre otras cosas por haber abofeteado al crítico Germán Rubiano cuando este fue uno de los jurados que rechazó su obra para ingresar al Salón Nacional de Artistas de 1974 –y, como si fuera poco, justo antes de propinarle la cachetada, mientras se acercaba a la futura víctima, Caro les iba diciendo a los periodistas que cubrían el evento que lo acompañaran, que les iba a regalar una obra de arte en vivo y en directo–. Caro, quien realizó durante su carrera cientos y cientos de talleres en los que prohibía que se mencionara siquiera la palabra “arte” para evitar imponerles límites mentales a sus estudiantes. Caro, el autor de Coca Cola-Colombia (no puedo quedarme con las ganas de preguntar: ¡¿por qué desaprovechó la inmejorable oportunidad de titular la obra Coca Colombia?!). Caro, el responsable también de convertir la planta de maíz en un símbolo gráfico de lo nuestro. En fin, Caro, Caro y Caro. Lo cierto es que a uno podrá gustarle más o menos su trabajo, pero lo que no puede negar es su importancia en el medio artístico nacional de la segunda mitad del siglo pasado. Era un inventor que desparramaba creatividad por donde pasaba, pero que a pesar de su enérgico temperamento, en el fondo lo hacía con modestia, pues siempre tuvo claro que “el arte necesita de la creatividad, pero la creatividad no necesita del arte”, como tanto le gustaba repetir. Siempre repetir.

La invitación es entonces la siguiente: vaya y acérquese al homenaje, y cuando les cuente a sus amigos que estuvo allá, obséquieles algún juego de palabras aprovechando el apellido del maestro. Invéntese toda clase de artilugios lingüísticos, unos buenos, otros pobres (como el del título de este escrito). Vaya y diga que qué homenaje tan caro, o que qué caro homenaje, o que allá todo está muy caro, o que la entrada le costó un ojo de la caro (así no sea cierto, pues la entrada a la exposición es casi gratuita). Lo importante es que se invente algo, que surque los pantanosos terrenos de la creatividad, esos que Caro tanto recorrió. En fin, vaya al Museo Nacional, juegue, diviértase y, al mismo tiempo, deténgase a reflexionar sobre lo que significa estar haciendo ese tipo de actividades en el museo más importante de Colombia. Medite así –porque nunca está de más– sobre lo que es el arte y, al final de todo, después de haber reído y filosofado, salga con una sonrisa. En últimas, nada le gustaría más que eso al maestro. Sería el mejor homenaje.

Fotografías: ©️ Museo Nacional

 

ACERCA DEL AUTOR


Simón Uprimny Añez

Sociólogo de la Universidad Externado de Colombia. Es periodista cultural y asistente editorial en El Malpensante.

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