Se robaron un muerto

Un hombre se deja llevar por las elucubraciones que vienen a su mente tras enterarse de la profanación de un cuerpo en el cementerio. ¿Qué pudo motivar a los ladrones y cuáles habrán sido los detalles logísticos para traer hacia acá a alguien del más allá?

POR Sergio Molina

Mayo 20 2024
Ilustración de Jerónimo Ángel

Ilustración de Jerónimo Ángel

 

Querido Felipe: ayúdame a salir de esta cuestión. El robo de un muerto no me deja en paz. El hecho ocurrió en septiembre de 2023, en la ciudad donde vivo. Los periódicos describieron lo acontecido de forma genérica, con sensacionalismo: “Se robaron un cadáver del cementerio”. Eso no fue cualquier pilatuna o una expedición arqueológica, no se trató de quedarse con un ornamento o algún diente de oro o plata, pues se robaron todo el contenido, es decir, el cuerpo completo; debieron pensarlo muy bien. Luego de leer la noticia, no he tenido paz preguntándome cómo planearon el macabro acto de exhumación, disposición y traslado del cuerpo en una especie de logística minuciosamente calculada. Para mermar mi purgatorio, algunos me han dicho que todos los días profanan tumbas en algún lugar y con motivaciones distintas. Ya sé lo de Einstein y la disección de su cerebro para fisgonear su inteligencia, el hurto del cuerpo de Chaplin con fines extorsivos y el ultraje a las tumbas de Rasputín y de Napoleón, a quienes les mutilaron el pene. Sin reparar en su identidad, pues no soy su deudo, y sin entrar en detalles sobre las motivaciones para extraer este cuerpo al que me refiero (no debió ser para estudio en materia de anatomía y fisiología), te contextualizo. Lo digo para que me ayudes a aclarar la inescrupulosa idea, la forma y el mecanismo de extraer un cuerpo cualquiera (este, por lo demás, en descomposición) de un cementerio, sin ser atrapados en el intento. Reparo en lo risible, paradójico, insólito e inverosímil llevado a la realidad, intentando resolver hipótesis que me dejen vivir tranquilo. No hago más que divagar en tal gesta, en apariencia finita y ligera.

 

 

La negociación (deme esos cinco, va pa esa)

Hay personas dispuestas a matar, pero de ahí a perturbar la paz de un difunto hay mucha distancia; se me hace más aterrador que el difunto fuera requerido por alguien de forma presurosa, lo que, a su vez, me hace suponer un alto precio por el servicio del contratado. El acuerdo fue entre vivos, pero se cuidaron de que ninguno fuera más avivato que el otro.

Abatir el muro quizás implicó golpear, con martillo y cincel, nueve adobes, en un tiempo mínimo, para estar frente al difunto y tenerlo al alcance de las manos o para pedir un descuento al exhumador de cuerpos advirtiéndole: “Está fácil de sacar, ahí, a la mano nomás”. Imagino el tira y afloje entre las partes de la negociación. Cómo serían las objeciones del ejecutante ante el riesgo que implicaba meterse con el inframundo y con un cuerpo en proceso de descomposición. En su beneficio, la parte contratante intentaría otra rebaja argumentando: “Es solo un cuerpo, no requiere escalera y, además, recuerde, ya está muerto. No le va a poner problema”.

El traslado, otra fase de la misión, tiene su cuento. Es posible que alguien acepte sacar un cadáver, ¿pero trasladarlo? Ello supone el riesgo no menor de un control policial en la vía y que un agente de tránsito se tope con tan singular encomienda. ¿Qué decirle sin tartamudear? “No es lo que parece, señor agente”. Un sobrecosto por el cálculo de “la flecha”, como le dicen en el bandidaje al que sabe hacer cosas.

 

La planeación (sin mente, solamente lisos)

Mis elucubraciones giran también en torno a la estructura delictiva que debieron urdir los participantes. Con mucha probabilidad tenían experiencia previa con la muerte y los muertos, de modo que el robo no les generaba repudio o duda. Ahora bien, supongo que, para conjurar cualquier vacilación de último momento, fue necesario un psicotrópico o estimulante que indujera a tal osadía, no solo para cometer un ilícito, sino para caminar por el camposanto, donde lo sobrenatural es cotidiano.

Los imagino reconociendo previamente el sitio, haciéndose pasar por deudos de otro difunto y caminando por el cementerio para medir distancias y estudiar las cerraduras por forzar, así como para establecer el horario de apertura y cierre de la puerta principal. Y, claro, como es un acto delincuencial, los imagino buscando las cámaras de seguridad que registran movimientos de este y del otro mundo.

Me pregunto cuántos fueron por el cadáver. Más de uno, seguramente. No por aquello de evitar el miedo y acompañarse, sino por la especialización del trabajo que supondría que al menos uno ejecutara la obra civil y otro la anatómica. No sé si los servicios incluyeron entrega a domicilio o si la labor se redujo a dejar el cadáver en la puerta del cementerio. En el primer caso, hay que pensar cómo fue el traslado en carro. Mínimo dos ejecutantes debieron halar el ataúd, abrir el cofre y manipular (doblar, cortar, enrollar o aprisionar un cuerpo). A propósito, ¿qué rol definido tuvieron los ejecutantes? ¿Partieron de la experticia de cada uno? ¿Certifica alguna institución la habilidad tanatológica de forma tan informal? ¿Sustracción de cuerpos en descomposición? Alguno de ellos debió ser albañil y acreditar conocer cómo se desportilla una hilera de adobes por la junta de cemento, uno a uno, con el menor ruido posible. ¿Tales asignaciones de oficios se librarían con una moneda al aire? Entre tanto, ¿les daría risa nerviosa?, ¿se encomendarían a algún santo?, ¿invocarían a algún ente?

No me queda duda de que este fue un acto ejecutado con mucha filigrana, quizás todo un proyecto. Una vez consumada la operación, se me ocurre que quizás requirieron zapatos con suela lisa. Yo lo haría, para que no se impregnen de tierra de cementerio (ser delincuente no quita lo supersticioso; por el contrario, sospecho una relación directa entre ambas condiciones). ¿Y para lavarse las manos?, ¿agua de la fuente del cementerio?

 

La ejecución (a lo que vinimos, nada de nervios)

La coordenada donde está depositado el cuerpo habría de ser precisa porque, ¿te imaginas exhumar un cuerpo equivocado y que luego no te lo paguen?

Mi repaso escénico de la coordenada se va haciendo tan repugnante como inevitable, con un morbo que admito. ¿En qué debió embalarse el cuerpo? ¡Bolsas!, preferiblemente negras, las más grandes disponibles, como para que quepa el cuerpo de un adulto; una sábana blanca ya sería demasiado glamuroso a estas alturas. Ahora bien, ¿podría doblarse el cuerpo? No sé si suene a sacrilegio, pero hay que ser prácticos, y no es lo mismo un paquete rollizo que un rigor mortis inmanejable. El traslado, entonces, implicaría que fuera en el hombro y la espalda de uno de los dos actores, ¿o acordarían algo como: “Agarra tú de esa punta y yo de esta”?

Continúa mi agobio. Antes de marcharse del camposanto, y superando el hedor, ¿cómo dejaron el lugar de los hechos? Sin pistas, desde luego, pero, ¿recogieron los escombros? ¿Introdujeron de nuevo el desvencijado y ya vacío ataúd? ¿Hubo algo de estética o eso ya es lo de menos? ¿Quién cobró más, el que demolió, el qué extrajo y embaló o el que trasladó y entregó?

Afuera, el automóvil y su conductor con el maletero abierto (quizás la parte tres de la operación) está rondando o esperando en el limbo, porque afuera no se sabe lo que ocurre adentro. ¿Es menos escrupuloso alguno de los perpetradores? Lo claro debió ser que el cuerpo iría atrás, pues no se comparte habitáculo con un cadáver.

 

La retroalimentación (lista la vuelta)

¿Cuál sería la actitud y mentalidad posterior de los delincuentes? ¿Sería una historia más para contar en los bajos mundos de la delincuencia? ¿Aumentaría su experiencia? ¿Serviría para una carta de presentación? ¿Se admitirá fanfarronear? ¿Alguien lo creería al escucharlo?, ¿un emprendimiento en tal modalidad?

Evitando que pasen estas cosas, lo mejor sería que no exista cuerpo, como ocurrió con Bin Laden, quien terminó lanzado al océano o, según nuevas noticias, fue incinerado en ee.uu. Las cenizas descartan cualquier posibilidad de espulgar los despojos del que era y ahora no es.

En fin, querido amigo, los delincuentes no darán detalles de su osadía; seguiré purgando los detalles. Entre tanto, mi cabeza da vueltas en los pormenores de una misión sui géneris. Se robaron ese muerto y, desde que ocurrió eso, no pienso en otra cosa. Quizás, en estos momentos, tenga más paz el exhumado que yo. Hasta pronto, Felipe. Te dejo esta cuestión, no tengo vida.


 

 

ACERCA DEL AUTOR


(Medellín, 1971). Doctor en filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana, con estudios postdoctorales en la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de dos libros, columnista en La República. Retratista de lo obvio que por ser tan obvio no se cuenta.