Susan Fenimore Cooper, una pionera

Hasta hace poco, la historia de la primera mujer estadounidense en escribir sobre el mundo natural estuvo perdida entre las sombras del tiempo. Loto del Sur, la marca colombiana de cosméticos botánicos, le regala a los lectores de El Malpensante un breve y luminoso perfil de la naturalista norteamericana, trenzado con sus propias observaciones.

POR Sorayda Peguero Isaac

Susan Fenimore Cooper

 

La primavera es una recién llegada que aún conserva algo de nieve en el doblez de su vestido. Susan Fenimore Cooper siente la alegría de estar de nuevo en el bosque, entre sauces, castaños y abedules. Algunos árboles están desnudos, pero la espera hasta que broten sus hojas no será larga. La vida reverdece en Cooperstown, Nueva York. Susan experimenta la sensación de estar de nuevo en su elemento. Reconoce que cada estación tiene sus virtudes, pero el encierro de los meses fríos le parece demasiado largo. Las páginas de su diario empiezan a reflejar los pequeños prodigios de los días que se aproximan: 

—fig. 01 Dolichonyx oryzivorus

—fig. 01. Dolichonyx oryzivorus

 

Miércoles, 8 de marzo

Un día muy agradable, bastante primaveral. La nieve se está derritiendo con rapidez. La primavera está en el aire, en la luz y en el cielo, aunque la tierra sigue sin ser consciente de su proximidad. Un clima tan templado lo tenemos también en diciembre, pero esta mañana, algo en la plenitud y en la suavidad de la luz que brilla en el cielo nos habla de la primavera: el temprano amanecer previo al día de verano. Un pequeño carpintero peludo y un arrendajo azul estaban correteando por entre los manzanos a la caza de insectos; los observamos durante un rato con interés, ya que a lo largo del invierno se ven pocas aves por aquí. Es cierto que ni el carpintero peludo ni el arrendajo azul se marchan de esta zona del país; los dos se quedan aquí durante la época de clima frío, aunque permanecen inactivos y raras veces vagan por ahí afuera. 

Su afición por las palabras y su amor por la naturaleza le vienen del padre, el escritor James Fenimore Cooper, autor de El último mohicano. Cuando su trabajo como diplomático llevó a la familia Cooper a vivir una temporada en Francia, Susan estudió arte, literatura, botánica y zoología. A su regreso en la villa de Cooperstown, se convirtió en la secretaria y fiel colaboradora de su padre. El carácter autoritario del señor Cooper limita la libertad de su hija para tomar decisiones importantes. Rechaza constantemente a los pretendientes que intentan cortejarla. Y parece ser que lo que no es suficientemente bueno para el padre tampoco es bueno para Susan.

Esta mañana, la hija mayor de los Cooper está especialmente atenta al comportamiento de un esperado visitante. Su aguda mirada vigila cada uno de sus movimientos. Luego, al calor de la chimenea, trasladará a las páginas de su diario las imágenes que ha ido cosechando durante el día. Escribir un diario es una tarea común entre las mujeres de su edad, pero en las palabras de Susan hay una notable voluntad estilística, una pulsión poética y un objeto central: la naturaleza. Ella suele decir que lo que escribe son nimias observaciones sobre la vida rural, insignificancias que carecen de pretensiones científicas. No es consciente de que podría convertirse en la primera persona que se dedica a documentar los cambios estacionales que suceden en un pueblo de los Estados Unidos. Simplemente se considera una enamorada del campo y de todo lo que en él acontece. 

—fig. 02 Bidens beckii

—fig. 02. Bidens beckii

 

Miércoles, 22 de marzo

Anoche cayó una tormenta eléctrica, acorde al equinoccio, y esta mañana, para contento de toda la comunidad, se ha proclamado la llegada de los zorzales robín. Se trata de uno de los grandes acontecimientos del año para nosotros: el regreso de los zorzales. Llevamos diez días a la espera de que lleguen, ya que por lo general suelen hacerlo entre el día 15 y el 21 del mes, y casi todas las personas con las que uno se cruza ahora mismo, viejas y jóvenes, grandes y pequeñas, tienen algo que comentar sobre ellos. En cuanto algún miembro de una familia ve aparecer uno de los primeros ejemplares, lo anuncia por toda la casa. Los niños corren a decirles a sus padres: “¡Han llegado los zorzales!”; los abuelos y las abuelas se ponen las gafas y se acercan a las ventanas a contemplar los zorzales robín, y se oye a los vecinos preguntarse con solemnidad unos a otros: “¿Ha visto usted los zorzales?” o “¿ha oído los zorzales?”. No existe otro pájaro cuyo regreso se deje notar de manera tan generalizada, y durante varios días sus movimientos se ven sometidos a una observación no carente de interés, mientras corretean por el campo o se posan en los árboles sin hojas. Anoche mismo, estando las persianas cerradas, los oímos cerca de la puerta y corrimos a escuchar su primer saludo, pero estaba demasiado oscuro como para verlos. Sin embargo, esta mañana sí los hemos encontrado en los manzanos donde nacieron, y les hemos dado una cálida bienvenida a estas honradas criaturas.

—fig. 03 Sarracenia purpurea

—fig. 03. Sarracenia purpurea

 

Hay un retrato en el que lleva dos mechones que caen en suaves tirabuzones por ambos lados de su cara. Susan tiene la cabeza ligeramente ladeada hacia la derecha. Una mirada apacible. La frente amplia y los labios, muy finos, no muestran ni un tímido amago de sonrisa. No es mucho lo que se conoce de ella. Se sabe que publicó su primera novela –Elinor Wyllys– bajo el seudónimo de Amabel Penfeather, y varios ensayos sin firma. También se sabe que ha criticado la situación de las mujeres en una carta que publicó Harper’s New Weekly Magazine. En su misiva, Susan expresó su desacuerdo con el voto femenino, pero se posicionó a favor de la educación y la igualdad salarial: “El punto realmente crítico con respecto a la situación actual de la mujer en Estados Unidos es la cuestión del trabajo y los salarios. Aquí se toca el bolsillo del hombre. Y el bolsillo es el punto más sensible para muchos hombres, no solo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. No puede haber ninguna duda de que las mujeres ahora se ven alejadas de ciertas ocupaciones, para las que están bien preparadas, por el egoísmo de algunos hombres”.

Es probable que el talento creativo de Susan se viera eclipsado por la sombra de su padre. Las restricciones que la sociedad imponía a las mujeres de su época tampoco favorecieron la visibilidad de su trabajo y el reconocimiento que sí tuvieron otros autores que, como ella, documentaron sus observaciones de la vida natural. Antes de que los lectores estadounidenses leyeran lo que Henry David Thoreau escribió sobre los sonidos que acompañaron su retiro en la cabaña de Walden –el canto de los pájaros, el mugido de las vacas, el croar de las ranas–, Susan publicó su Diario rural, un libro que vio la luz por primera vez en 1850, cuatro años antes que Walden. Pero quizá no deberíamos asegurar que la vocación literaria de Susan se vio truncada solo por su género. Tras la muerte del padre, apenas un año después de la publicación de su diario, se dedicó a preservar y editar la obra del señor Cooper. También trabajó como editora para algunas revistas y dirigió varios proyectos de beneficencia, abandonando definitivamente sus aspiraciones personales en el mundo literario.

—fig. 04 Sialia sialis

—fig. 04. Sialia sialis

 

Sábado, 15 de abril

Lluvia fresca, a intervalos, durante el último par de días. Esta tarde, clima agradable de nuevo. Hemos caminado por el bosque en busca de flores. Tras avanzar cierta distancia en vano, al fin, cerca de la cima del monte, hemos encontrado un manojo de flores de mayo frescas: son las primeras flores silvestres del año para nosotros, y las hemos apreciado en consecuencia; había muchas más que habían brotado del todo, pero ninguna otra abierta.

Desde la última vez que estuvimos en los bosques, han brotado las anémonas (la hierba hepática o trinitaria); sus modestas copitas color lila, en capullos a medio abrir, cuelgan de una en una aquí y allá sobre las hojas muertas, y en esta fase de su corta vida son muy hermosas. Tienen un aspecto tímido y humildes, cuelgan sin hojas de los tallos aterciopelados, como medio temerosas, medio avergonzadas de encontrarse solas en la amplitud del bosque; y es que su acompañante, la flor de mayo, sigue cuidadosamente envuelta en las hojas marchitas. No puede decirse que ninguna de las dos plantas haya florecido como se esperaría; solo se están abriendo: un proceso lento en las flores de mayo, pero rápido en las hepáticas. El musgo está precioso ahora; hay diversas variedades en flor, y todas exquisitamente delicadas. El musgo de color pardusco oscuro, con sus flores de punta blanca y los tallitos rojos, y una sutil compañía de verde claro, con una flor del mismo color, luce perfecto. Vayamos donde vayamos, abundan tanto, y están tan bonitos en su frescura primaveral, que deleitan la vista.

La flora y la fauna de Cooperstown no es lo único que acapara la atención de Susan. Si bien no aporta muchos detalles sobre sí misma, en su diario retrata algunas creencias, costumbres y escenas de la vida doméstica en las que intervienen habitantes de su región: desde las diferentes técnicas empleadas por los pescadores para la captura de lucios, pasando por la gran limpieza que hacen las amas de casa en primavera –que hace lucir los hogares del pueblo como si un gigante los hubiera puesto al revés–, hasta el proceso para la elaboración de azúcar de arce.

—fig. 05 Haliaeetus leucocephalus

—fig. 05. Haliaeetus leucocephalus

 

Sábado, 1º de abril 

Elaborar esta azúcar es más fácil que en el caso de otras, ya que tanto la remolacha como la caña exigen muchos más gastos y tareas. Con el arce, el proceso es muy sencillo: consiste básicamente en recoger la savia y hervirla; lo único necesario para que el azúcar alcance la mayor calidad es aplicar pulcritud y atención. En primer lugar, se abre un agujero en el tronco del árbol, a una distancia entre medio metro y un metro del suelo; para ello se usa a veces una hachuela o un cincel aunque los granjeros más meticulosos prefieren una barrena pequeña, con un diámetro inferior a un centímetro y medio, ya que con este instrumento no se daña la corteza, que volverá a cerrarse en torno al agujero pasados dos o tres años. Después de eso se introduce en el hueco abierto un bebedero pequeño o “grifo”, como lo llama la gente de campo aquí, hecho normalmente con la rama de un aliso o zumaque que se afila por un extremo y se vacía quitándole entre cinco y siete centímetros del interior para que pueda pasar la savia; por ahí esta se vierte al bebedero abierto, que está apoyado en el pote de savia, a los pies del árbol. Estos potes son una pieza de manufactura normal en el país; están hechos de pino, o a veces de tilo, y se venden a veinte céntimos cada uno. Se deja uno a los pies de cada árbol para que vaya recibiendo la savia sudada conforme el pequeño hilo de líquido dulce y límpido fluya más o menos a voluntad, según el clima y la naturaleza del árbol; a veces, de un árbol se recogen unos doce litros en veinticuatro horas, mientras que en otras ocasiones apenas llega a un litro. Por supuesto, los potes se vigilan y vacían de vez en cuando. La savia se va echando en una caldera, que suele colocarse sobre un horno dentro de un arco hecho con ladrillos; normalmente se utiliza una caldera grande de hierro, aunque las ollas de estaño son preferibles, ya que dan menos color y sabor al azúcar. El trasvase de la savia a la caldera es una parte laboriosa del proceso, y algunos granjeros tienen todos los caños pequeños conectados a un bebedero grande que conduce a un receptáculo común cerca del horno; sin embargo, lo que más se utiliza son los potes. Por lo general se resinan doscientos o trescientos árboles de un mismo bosque, y mientras están sudando savia, los hornos permanecen encendidos y el azúcar hierve día y noche. Es una época de mucho ajetreo en el “campito”. Las personas que trabajan en esto suelen comer y dormir en el lugar hasta que acaba su tarea; se trata de un lugar de encuentro que encanta a los niños y jóvenes de las granjas, quienes disfrutan enormemente de este toque de vida campestre, por no hablar del azúcar nuevo y de los ocasionales tragos de savia fresca.

En 1998, después de un prolongado olvido, se publicó una nueva edición de Diario rural. A propósito de esta publicación, algunos críticos se refirieron a Susan como la primera mujer estadounidense en escribir ensayos sobre la naturaleza. Hasta entonces, muchos naturalistas aficionados ignoraban su existencia. Diario rural aparecía pues como un secreto injustamente guardado, reclamando un nuevo comienzo. A Susan parecían entusiasmarle los comienzos. Recibía la llegada de cada estación como una oportunidad para renovar su increíble capacidad de percepción sensorial. Su mirada adquiría el asombro de las primeras veces y su curiosidad se rebelaba ante la idea de que no hay nada nuevo bajo el sol. 

—fig. 06 Oriolus oriolus

—fig. 06. Oriolus oriolus

 

Viernes, 1º de junio

Un día precioso. Hemos dado un paseo agradable. El campo entero está verde en estos momentos, más que en cualquier otro período del año. La tierra luce enteramente decorada por un delicado verdor de tonalidades varias: los árboles frutales se han desprendido de sus flores, y los vergeles y huertas están verdes; el bosque ha sacado a relucir su follaje fresco, las praderas siguen sin estar coloreadas por las flores y los jóvenes cultivos de cereal aún se muestran herbosos. Este matiz verde fresco del campo es encantador, y entre nosotros resulta muy fugaz, ya que pronto cede el paso a la coloración más cálida del pleno verano.

—fig. 07 Melanerpes erythrocephalus

—fig. 07. Melanerpes erythrocephalus

ACERCA DEL AUTOR


Sorayda Peguero Isaac

Periodista y columnista de El Espectador, colaboradora frecuente de El Malpensante. Su primer libro, Por aquí pasó una luciérnaga, es una colección de sus textos cortos publicada este año por Tusquets.

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