Un “te quiero” no se dice a las carreras

A propósito del homenaje a Antonio Caballero en la FILBo.

POR Simón Uprimny Añez

Antonio Caballero

Antonio Caballero (1945-2021)

 

Valiente, generoso, serio, amable, riguroso, irónico, culto, enamoradizo, sincero, militante, rabioso, hosco, romántico, honesto, trabajador, rumbero, tímido, rebelde.

Dicen los correctores de estilo y los profesores de literatura que el uso abundante de adjetivos debe evitarse en la escritura; que el abuso de calificativos es uno de los errores más comunes de quienes están aprendiendo a escribir. Empezar un texto con una enumeración de dieciocho adjetivos puede ser entonces un suicidio. Pero bueno, ya entrados en gastos, no escatimemos. Aquí van once más: malhumorado, exigente, colérico, frentero, severo, cariñoso, justo, injusto, burlón, maravilloso, tierno.

Con estos veintinueve adjetivos, y probablemente algunos más que escaparon de este registro, describieron a Antonio Caballero los invitados al homenaje que se le realizó el sábado 28 de abril del 2022 en la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo). Y quienes se sirvieron de estos calificativos para dibujar su retrato sabían de qué hablaban, pues fueron personas cercanas unas, muy cercanas otras, al escritor fallecido el 10 de septiembre del 2021 y cuyo vacío el mundo de las letras colombianas aún no termina de asimilar. Los invitados: Felipe Restrepo Pombo, escritor que moderó la charla y que hizo su tesis de grado sobre Sin remedio, la única novela escrita por Caballero; Carlos Agudelo, periodista que trabajó varios años bajo el ala caballeresca; Felipe Escobar, amigo y compañero de vida del difunto, con quien compartió varios años en Europa ingiriendo, según sus propias palabras, “cantidades industriales de vino”; Juan David Correa, director literario de la Editorial Planeta y encargado de la reedición de algunas de sus obras más importantes, y, por último, Isabel Caballero, su hija, quien lastimosamente solo pudo llegar hacia el final de la conversación, porque en esta caótica, y a veces desalmada ciudad, los trancones y la lluvia no respetan ni siquiera la memoria de un padre.

Durante una hora, que ojalá hubieran sido tres o cuatro, los invitados contaron y recordaron anécdotas de la vida de Caballero que conmovieron e hicieron enfundarse las ropas de la nostalgia a todos los presentes en la sala E del pabellón 22 de Corferias. Tras tanto encierro pandémico había llegado la oportunidad de realizar, por fin, un pequeño duelo colectivo por un gran escritor partido.

homenaje en la FILBO

El homenaje a Antonio Caballero se realizó el sábado 28 de abril del 2022 en la FILBo. Fotografía de Leonardo Alvarado.

Pero en este texto se ha cometido ya otra impertinencia, y es que se ha dicho de Caballero que era solamente un escritor. Como si eso fuera poco... Pero es que en su caso sí lo fue, pues no solo escribió una de las novelas más importantes de la literatura colombiana del siglo XX, sino que además ejerció una labor periodística sin igual, redactando las columnas más leídas y probablemente mejor escritas del país durante muchos años en medios como Alternativa, El Espectador o Semana. Y además fue crítico literario. Y también escribió crítica de arte (y muy bien: su libro Paisaje con figuras, publicado por El Malpensante en 1997, es considerado por Julio César Londoño “quizá el mejor libro de crítica de arte y literatura de la historia”). Y además fue cronista taurino. Y además fue uno de los mejores caricaturistas del país. Y además…

Antonio Caballero fue un intelectual completo de curiosidad insaciable. Si bien tenía muchos enemigos, ninguno podía dudar de su cultura. En el homenaje realizado en la FILBo, este fue uno de los temas más recordados. De él se decía que era una enciclopedia andante y que poseía una memoria casi infinita. No por nada se cuenta que en las salas de redacción de los periódicos en los que trabajó, antes de la génesis de Wikipedia, era a él a quien sus colegas recurrían para preguntarle fechas y corroborar datos históricos. Una Antoniopedia. Y enemiga de la especialización a ultranza, tan aclamada en los días presentes: sabía de pintura, escultura, literatura, periodismo, historia, geografía, religión, política… Al mejor estilo de un humanista del Renacimiento.

Tampoco podían dudar sus detractores del talento de su explosiva pluma, por la cual nadie quería verse encañonado. O, en vez de pluma, deberíamos decir teclado, siguiendo a Felipe Restrepo Pombo, para quien su ritmo de escritura era el de su máquina de escribir, su incondicional compañera con la que compuso casi todos sus textos debido a la imposibilidad de acostumbrarse al computador. Teclas que escribieron letras que se volvieron palabras que se volvieron columnas que se volvieron algunas de las críticas más feroces y corajudas que se le han hecho a los impresentables líderes políticos, económicos y militares que tanto daño le han causado al país. Quizás una de las pocas cosas que podrían reprochársele es que en ocasiones se dejaba llevar demasiado por la fuerza de sus palabras y podía írsele la mano y terminar siendo injusto. Como aquella vez que, durante una entrevista, al reflexionar sobre la supuesta pobreza intelectual latinoamericana, sostuvo que en Colombia “pasa lo que pasa en toda América Latina con respecto al pensamiento: es más ruidos que sentido. […] No, de verdad: aquí nadie ha pensado nada. Nunca”. O aquella otra ocasión en la que, por no resistir la seducción de una rima, criticó desmesuradamente a algunos de los mejores economistas del país, lo que le valió una fuerte respuesta de Salomón Kalmanovitz.

Pero volvamos al inicio: ¿cómo puede delinearse a alguien con tantos adjetivos? Se sabe que el ser humano es complejo, ¿pero puede en serio serlo tanto? Lo cierto es que la imagen pública de Caballero siempre fue la de alguien hosco y malhumorado, pero aquellos que estuvieron más cerca de él coinciden en que también era tierno y cariñoso. En él se reunían severidad y amor. A veces, una anécdota basta para probar algo, y en este caso, la siguiente, contada por su hija Isabel el día del homenaje, cumple la tarea con creces: un día, cuando ella era muy pequeña, iba saliendo apurada de su casa para jugar con sus amigos y le gritó a su padre, con todo el cariño y la inocencia infantiles: “¡Te quiero!”. Este, para sorpresa de su hija, la llamó y le dio una lección que ha acompañado a Isabel toda su vida. Frente a los ojos asombrados de la niña, le explicó que las palabras no debían usarse ligeramente, y que un “te quiero” no era algo que pudiera simplemente soltarse así como así, a las carreras. Que cuando uno le dice a alguien “te quiero” es porque realmente está preparado para decirlo, sin apuros. Que el poder de las palabras debe siempre respetarse, y más si son de amor.

Amor del que sus seres queridos nunca dudaron. Si permanecemos un poco más en su faceta como padre, vale la pena recordar que Caballero escribió innumerables líneas, columnas, crónicas y textos, pero que ninguno alcanzó un grado de ternura tan grande como Isabel en invierno, la más conmovedora de sus creaciones: un libro de dibujos infantiles que le hizo a su hija cuando esta era tan pequeña que aún probablemente no sabía hablar, y que cuenta las aventuras de Isabel, la protagonista, junto a sus dos inseparables compañeros: la Comadreja Muchareja y el Osito Nicolás. Y un libro que, al ser publicado varios años después, terminaba con una dedicatoria que derrite el corazón: “Antonio Caballero, que es el papá de Isabel, escribió este libro para ella cuando acababa de cumplir dos años (ella; él tenía muchos más). Ahora tiene dieciocho y sigue esperando los otros libros que su papá le prometió)”.

Se nos va acabando el espacio y no queremos dejar de recordar el importante papel que Antonio Caballero jugó en la historia de El Malpensante, participando de manera activa en el nacimiento de la revista. Alrededor de esto, Rocio Arias Hofman, periodista y fundadora de SillaVerde, contaba otra valiosa anécdota en la primera edición de La Malpensante Moda: cuando la publicación iba a salir al mercado en 1996, urgía escogerle definitivamente un nombre y la palabra “Malpensante” se había asentado ya en las mentes de los fundadores. Entonces, Caballero sostuvo que debía llamarse “La Malpensante” y no “El Malpensante” porque era una revista y, por lo tanto, el artículo debía ser femenino. También escribió varios textos en El Malpensante e, incluso, la primera edición de la revista esconde un tesoro invaluable: entre esas páginas, que hoy tienen ya más de 25 años, se encuentra “El padre de mis hijos”, el único cuento que Antonio Caballero publicó en vida (incluido también 18 años después en la 158, una reedición especial de aquel legendario primer número).

Como Rimbaud, Antonio Caballero murió a los 76 años. El espíritu malpensante aún resiente su ausencia. Se nos fue un maestro hace ya ocho meses, que se sienten como muchos más. Desde aquí intentaremos siempre recordarlo de la mejor manera posible: respetando el lenguaje, honrando las palabras. 

ACERCA DEL AUTOR


Simón Uprimny Añez

Sociólogo de la Universidad Externado de Colombia. Es periodista cultural y asistente editorial en El Malpensante.

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