Una ciudad llamada espejismo

Entre guerras civiles, dibujos geométricos sobre arena y edificios vacíos, un artista angoleño reflexiona sobre la entropía, la fragilidad de la arquitectura y la ilusión de permanencia que sostiene la vida moderna.

POR Kiluanji Kia Henda

Junio 02 2026
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Cuando miro hacia el desierto, no lo hago desde una perspectiva irónica, ni desde el humor que me ha interesado explorar en otras de mis obras. En realidad, en lo que estoy pensando es en el paisaje y en las posibilidades que se abren ante él. El humor es un concepto construido desde el inicio de la historia humana, conectada ella con un pensamiento que además nos revela una mirada antropocéntrica del mundo. Y a su vez la ironía es una forma de pensar y llevar nuestra tragedia, es algo así como una medicación, una pastilla necesaria para soportar la condición de ser humanos. Nos damos cuenta de que vivir en nuestra piel no es tan fácil, y recurrimos a ella para sobrevivir. Sin embargo, en el desierto, el humano no es el centro; está ahí como una entidad más que lo transforma pero que está condenada a desaparecer. Es, en esencia, un espacio de entropía, de transformación y movimiento que ignora nuestra presencia. 

De ahí que el desierto sea también una imagen que me lleva inmediatamente a la idea del vacío. Los seres humanos tenemos una relación paradójica con el vacío. Nuestra tendencia es llenar la vida de objetos inertes, que por alguna razón sentimos que nos representan. Desarrollamos afectos por cosas muertas. No obstante, olvidamos que esas grandes extensiones despobladas son también el espacio que nos permite una verdadera expresión de nuestro carácter o de nuestra existencia individual. Creamos nuestras propias cavidades, pero así como el desierto en principio no nos provee nada, estar al frente de un espacio en blanco nos permite darle una respuesta. Siempre es posible empezar algo nuevo cuando el paisaje es tan hostil como un desierto. Incluso el silencio se transforma en respuesta. Nadie puede escribir en una página que ya tiene texto porque para comunicarnos necesitamos la hoja en blanco; allí dejamos un rastro de nuestras ideas, impresiones, ambiciones, frustraciones. Los desiertos, con su larga historia geológica, han sido lo suficientemente hostiles como para resistirse en cierto grado a la presencia colonialista, capitalista e imperialista. 

No hay nada que conquistar en el vacío, salvo el propio vacío. 

Pero hoy nos enfrentamos a otro tipo de vacío: las estructuras arquitectónicas que han sido construidas por el capitalismo y la urbanización desenfrenada. Estas urbanizaciones ya no corresponden a las necesidades básicas de crear un hogar, son simplemente estructuras que revelan el funcionamiento de la máquina neoliberal del lucro excesivo. Podríamos llamarlos un desierto de concreto, un territorio creado por nuestras acciones humanas que se expande de forma inquietante. Si sumamos todos los espacios deshabitados, los edificios y ciudades abandonadas, e incluso las islas artificiales, podrían tener la misma dimensión del desierto del Sahara. Este desierto artificial es doloroso porque no es accidental, es simplemente un proyecto que excluye, y en el que vemos el reflejo de nuestra ambición desmedida. 

Mi obra Rusty Mirage (2013), apuntalada en el desierto de Jordania, cuestiona estas estructuras y propone pensar cómo la tierra, con su poder de corromper todo, siempre vuelve a conquistar su propio espacio. Utilizo varillas y andamios –la parte más básica de una estructura– para subrayar que estas siluetas son esqueletos de edificios que pueden ser tanto una construcción como una ruina. Alguien dijo alguna vez que nada hay más cercano a una ruina que un edificio en construcción, y para mí uno de los momentos más bellos en la construcción de una obra es cuando todavía parece una ruina: no sabes si hubo vida allí o si se está a punto de existir. 

El detonante de Rusty Mirage fue una visita que realicé a un restaurante en la costa de Angola, donde el desierto de Namib –el más antiguo del mundo– se encuentra con el mar. El lugar tenía un cartel que decía “Miragem” (espejismo), que estaba completamente corroído por el paso del tiempo. Ver un “espejismo” oxidado fue una revelación para mí porque rompió inmediatamente con la idea romántica de que el espejismo, en tanto alucinación de un oasis, es una forma de buscar la supervivencia. Lo que me quedó claro, al ver este cartel, fue que el desierto siempre está consumiendo cualquier rastro humano. Así también esta idea se asemeja a cómo se han construido las grandes ciudades bajo el ideal capitalista: es simplemente un espejismo oxidado, que a simple vista parece una sólida estructura de hierro, pero es absolutamente frágil ante la fuerza de la entropía. 

Precisamente es por el efecto que tiene la naturaleza sobre el mundo material que empecé a construir estas estructuras basadas en los dibujos de arena (Sona) de la cultura chokwe (Angola, Zambia, Congo). Estos dibujos tienen una lógica geométrica y etnomatemática, y contradicen la idea de que el arte africano es primordialmente instintivo. Los dibujos son efímeros; el contador de historias los traza sobre la arena e inmediatamente los hace desaparecer. Esa misma efimeridad es la que busco representar en mi arquitectura sobre el desierto: una que reconozca que está condenada a desaparecer, y que el territorio, como siempre, volverá a reclamar su suelo. 

Al final, el desierto nos confronta con el vacío interior. Podemos pensar en cómo todos nuestros actos tienen consecuencias y cómo esas consecuencias nos llevan a otros espacios a los que podemos responder de distintas formas, pero en todo caso, siempre se trata de construir un camino que justifique nuestra existencia. Es más fácil encontrarse a uno mismo en el silencio de un paisaje neutral, y el desierto, además de ser la neutralidad misma, también es indiferente a nuestras perspectivas, a nuestra mirada: frente a él solo somos un grano de arena.

ACERCA DEL AUTOR


(Luanda, Angola, 1979). Artista visual y fotógrafo. Su obra explora la memoria poscolonial, la guerra, la arquitectura y las utopías africanas a través de instalaciones, fotografía y video con una fuerte dimensión política y especulativa.