Vendedor de juguetes

Un hombre recorre los pasillos de un sex shop acompañado por dos sombras tutelares, doctas en el uso de juguetes y disfraces. Mientras caminan, se van desnudando historias de clientes satisfechos y transeúntes despistados. Acá una nota de periodismo gonzo sobre el gozo.

POR Andrés Delgado

Vendedor de juguetes

 El pasillo por donde avanzamos está reventado en neón blanco, impecable, y uno de sus laterales está forrado con un arsenal de vibradores exhibidos en la pared. A golpe de vista parecen lapiceros gigantes y fluorescentes para dibujar. Una vitrina de papelería y colores de arcoíris. La escala salta de los rosados a los azules, de los morados a los verdes. Largos, gruesos, lisos y rugosos.

–Parece la vitrina de un almacén de juguetes –le digo a Daniel Paredes, el administrador de la tienda erótica, y seguimos avanzado lentamente por las baldosas blancas, la luz blanca, el aire blanco y la muralla de penes multicolores.

Daniel me corrige: 

–No “parece” una juguetería: es una juguetería.

Y le entiendo porque esto es entretenimiento para adultos. 

–Cuando éramos pequeños jugábamos con carritos y muñecas –dice–, pero ya grandes lo hacemos con vibradores, aceites y bolas chinas. 

Daniel me ofrece una visita guiada por las vitrinas. Me cuenta que, en caso de que apareciera por la puerta de la tienda una muchacha curiosa preguntando cómo empezar a experimentar con el catálogo, le recomendaría un lubricante a base de agua y una bala vibradora.

–Es el kit obligatorio para novatas –dice–, o para mujeres que pretenden llegar a ser multiorgásmicas.

Me muestra la bala plateada y el lubricante.

–Si la chica ya tiene experiencia y juguetes –continúa–, le puedo ofrecer un vibrador doble.

 Dildos de silicona de la empresa colombiana Elfo, inspirados en personajes mitológicos y fantásticos.

Dildos de silicona de la empresa colombiana Elfo, inspirados en personajes mitológicos y fantásticos.

 

Aquel juguete luce como un par de cachos de rinoceronte, uno más grande, otro más pequeño. Debe ser mortal el uso de esta cornamenta, como para morir y resucitar varias veces, ya no digamos de placer.

–O unas bolas chinas –dice Daniel y las extiende.

Parecen una versión moderna de una camándula para rezar un fervoroso rosario.

–En la tienda, un doctorado no vale nada –me dice–. Quien entra y ojea en las vitrinas queda indefenso.

Me cuenta que si viene un gerente curtido, un viejo lobo de los negocios, allí siempre será un novato. Se sentirá un pelele al frente de las vitrinas, sin saber para qué forros se utiliza esa bomba morada en forma de pera. Lo mismo le sucederá a una psicóloga o a una abogada, porque los títulos universitarios, o el estatus social, se quedan en el parqueadero. Daniel está muy tranquilo pero yo creo verlo estirar el cuello y acomodarse una corbata que no tiene cuando dice:

–Acá el que sabe soy yo.

Intento descubrir una expresión de orgullo, pero me encuentro con su rostro impasible, como si estuviera diciendo cualquier cosa. Creo entenderlo. El hombre ha sido educado en la informalidad de la calle, los catálogos, las vitrinas. Lo que intenta es ubicarse en el mismo punto de alguien que ha hecho un estudio formal, científico, de un tema sin embargo tan ignorado por la academia: los juguetes sexuales.

Seguimos avanzado despacio mientras veo la variedad y me antojo de tener un cuarto lleno de estos artefactos. Un cuarto no, la sala completa para exhibirlos con orgullo. Me viene un pensamiento caprichoso: en la sala de la casa, en vez de una biblioteca con libros, yo debería tener una pero plagada de juguetes para adultos. Será uno pendejo en la vida, guardando lecturas en vez de pasatiempos eróticos. Mejor la diversión carnal que la intelectual. Entonces digo que no todos son novatos, algunos ya comenzaron el juego.

–Sí, claro –dice Daniel–, tengo una catalogación para las parejas: calladas, narradoras y profesionales.

Las parejas calladas son las más aburridas porque nunca se dicen lo rico que la están pasando. Las parejas narradoras son las que están aprendiendo a expresar lo que les gusta y lo que desean, y hacen planes eróticos. Finalmente, las parejas profesionales son las que ya tienen un clóset con juguetes, se regalan sorpresas el uno al otro, saben para qué sirven los diferentes productos, pero sobre todo se hablan, tienen un canal de comunicación en temas íntimos.

–Mi tarea –dice Daniel– es educar a las parejas calladas para que pasen a ser parejas narradoras, abran ese canal de comunicación y luego sean parejas profesionales. Y claro, que de paso vengan a la tienda y me hagan el gasto.

Esposas, antifaz y látigo de la marca colombiana Slut, especializada en fetichismo.

Esposas, antifaz y látigo de la marca colombiana Slut, especializada en fetichismo.

 

En las vitrinas hay mucho para comprar y probar. Ya estoy antojado de un montón de vainas. Lo que me falta es plata. La tienda está dividida por temáticas de productos. Ahora vamos por la sección de dildos en vidrio templado, una gama que incluye un vibrador en ángulo de 45 grados, duro y transparente, que va directo al punto G, con un accesorio de soporte y cargador, y luces blancas, que también puede usarse como una pequeña lámpara en la mesita de noche. El detalle me parece de fina coquetería.

Avanzamos y nos alcanza Vanessa, otra asesora de la tienda.

–No solo somos vendedores –dice ella–, también ayudamos a la gente en su vida íntima.

Vanessa cuenta que antes de trabajar acá despachaba en una tienda para adultos en Envigado, dentro de una zona residencial. Las personas compraban arepas y pasaban por la tienda de sexo para ojear qué había llegado de nuevo. Iban por un domicilio de empanadas y pasaban por la tienda con la bolsa grasosa, mirando los condones con estimuladores. Vanessa señala aquellos que parecen puercoespines de plástico. 

–Los clientes eran del barrio –cuenta la muchacha–. Alguna vez entró una señora muy preocupada porque su marido estaba aburrido con ella.

Era una señora de unos sesenta años que, según le contó a Vanessa, le llevaba cinco a su marido, un conductor de bus, “barrigoncito y de bigote “, decía la señora. “De seguro usted lo conoce”.

La asesora le mostró algunos productos de la tienda y le explicó los diferentes usos. La señora llevó varios aceites. A los días, volvió.

–Usted me salvó el matrimonio.

La señora estaba muy emocionada y conmovida:

–Mi Dios se lo pague –dijo. Y de paso compró una bufanda de plumas moradas y unas tangas masculinas, de las económicas, de cuero negro de gladiador.

En la parte superior se observa un vibrador de lujo de la marca Satisfyer. Debajo del mismo hay varios dildos marca Elfo.

En la parte superior se observa un vibrador de lujo de la marca Satisfyer. Debajo del mismo hay varios dildos marca Elfo. 

 

Recorremos el pasillo blanco. Ahora vamos por la vitrina de bombas de vacío: cilindros succionadores que prometen un crecimiento, tanto del largo como de diámetro.A su lado está la vitrina de plugs anales: de diferentes tamaños y usos variados. Acá está el pequeño dilatador para principiantes. También se exhibe el plug con terminación en joya que simula un diamante brillante, un accesorio coqueto y sofisticado. Más abajo está la breva con terminación de colita de zorro, para quienes prefieren un peluche en la cola.

En otra oportunidad, cuenta Vanessa, un ejecutivo se detuvo ante la vitrina y le preguntó por un látigo con nudos en las puntas. Ella se lo presentó: venía con empuñadora de cuero y lazos negros.

–¿Y pega duro? –le preguntó el señor.

La vendedora asintió. El hombre giró, se quitó la chaqueta y dijo:

–A ver, hágame la prueba.

 Vaginas masturbadoras para hombre, con precios desde 50.000 hasta 300.000 pesos.

Vaginas masturbadoras para hombre, con precios desde 50.000 hasta 300.000 pesos.

 

La muchacha sacudió el látigo cerca de la espalda del señor. Dentro de las capacitaciones que tienen los empleados para vender productos sexuales, el instructor les pide “agitar con ganas un juguete del estilo sado”. Y así como con el látigo, tienen que aprender a usar los productos para venderlos correctamente.

–Si no me pega bien –le dijo el hombre con tono decepcionado–, no se lo compro.

“Bueno, estamos trabajando”, pensó ella. “Tengo que hacer la venta”, y sacudió el producto con fuerza. Los nudos chasquearon y le cosió un buen latigazo bajo el cuello. El hombre se retorció de dolor. Con una sonrisa pagó y se largó. Al mes volvió y se compró una macana forrada en cuero. Esta vez no solicitó los servicios de Vanessa.

A medida que caminamos por la tienda podemos ver los gustos de la gente, sus fetiches y sus accesos al deseo; también sus miedos, represiones, tabúes. 

Todo un estudio sociológico, pienso con aire académico de pacotilla. Al visitar un sex shop podemos asomarnos a una expresión muy interesante de la humanidad.

Lencería y disfraces eróticos y de Halloween, fabricados en Colombia. El escaparate pertenece a la tienda Guía Cereza, en Medellín.

Lencería y disfraces eróticos y de Halloween, fabricados en Colombia. El escaparate pertenece a la tienda Guía Cereza, en Medellín.

 

Pasamos entonces a la zona de fetiches. Lo dicho antes: una visita a la tienda erótica es un repaso por numerosas corrientes del deseo y el tabú. Tenemos al frente todo un paredón de prendas negras para amarrar, castigar y sodomizar. Se exhibe el “kit de verdugo”: máscara y tanga en cuero negro con taches. A su lado está la máscara en látex con mordaza de pelota, para quienes gustan de los frenos para caballos. También hay máscaras para caballero con dildo alargado en la boca, lazos para amarrar y columpios para colgar del cielorraso (siempre se recomienda atornillar un buen chazo, como si se fuera a colgar una hamaca, no sea que el tornillo se suelte en pleno acto teatral de tortura).

Pasar por la tienda es recorrer un catálogo de placeres. Eso dicen. 

Otros productos son el shock therapy, con seis electrodos para pezones, clítoris, paredes vaginales; la máscara con cierre en la boca, la macana negra, la varilla plástica y flexible con pluma al final para acariciar y castigar. En una esquina está el kit con mordaza, antifaz, látigo, pluma y dados. ¿Para qué los dados? La idea es que uno de los participantes arroje el dado cuyos lados indican varias partes del cuerpo, y que el otro lance el dado rotulado con varias acciones, como chupar, lamer, castigar. Al arrojarlos podría salir: chupar cuello o castigar nalga.

En ese momento una pareja ingresa a la tienda y Vanessa tiene que dejarnos para atenderlos. Afilo el oído para intentar pescar algo, pero se van por otro corredor; la tienda es amplia y pierdo su rastro.

Daniel me cuenta que, una tarde, entró al almacén una abuela con gafas y canas, de la mano de un niño de unos seis años muy bien puestecito, peinado con gomina. La señora caminó por la tienda con toda la tranquilidad, mirando los productos, hasta que llegó a la caja registradora, donde la esperaba Daniel. La abuela preguntó si tenía trajes para la primera comunión.

–Tal vez la señora vio los disfraces en la vitrina –me contó Daniel–, y pensó: “Si hay disfraces, hay trajes para la iglesia”.

El administrador tuvo que explicarle en dónde se había metido y la señora salió de allí dando saltitos de vergüenza.

Pasamos a la exhibición de imitaciones plásticas de partes femeninas, como si fueran descuartizamientos de mujeres: pechos cortados al cuello. Nalgas sin piernas. Cabezas con la boca abierta y cercenadas por el cuello. Es la vitrina de masturbadores para hombres.

–Están hechos de silicona hipoalergénica –explica Daniel.

Un torso con pechos de mujer. Unas piernas mutiladas en la cintura, con la cola levantada y el logo de Fuck Me Silly, y doble orificio. Son los productos más costosos de la tienda, con precios cercanos a los 2.400.000 pesos.

–Conozco a un amante de estas bellezas –comenta el hombre acariciando el torso con los pechos–. Me alegra mucho cuando viene porque me arregla la venta del día.

Con esos precios, entiendo perfectamente su alegría.

–En estos días el cliente estaba muy preocupado.

–¿Y eso?

–Porque, según me contó, estaba frecuentando más al maniquí que a la esposa.

Entonces nos alcanza Vanessa. La miro preguntón y ella entiende. Me dice que la pareja no compró nada.

–Es muy común –dice–. Vienen de curiosos, pero luego vuelven más decididos.

En adelante pasamos por las vitrinas de ropa íntima y disfraces, la vitrina de aceites y otro espacio para los multiorgásmicos, la zona de energizantes marca Mero Macho y Poseidón, y la vitrina de bromas y accesorios para fiestas de despedidas de soltero. El gerente de las tiendas, que ya son más de veinte en todo el país, comenzó el negocio con un pequeño local en Medellín donde vendía bromas de corte erótico: chupetas en forma de pene, dulces en forma de “bubis” y pitos en forma de vagina, entre otros. Entiendo. Este es otro caso de éxito de emprendimiento empresarial en la ciudad.

–¿Y cuál es el dildo más grande de la tienda?

Me llevan a una de las estanterías. Lo bajan, lo sacan de la caja y me lo extienden. Carraspeo. Luego del susto, anoto: “Real Feel, 12 pulgadas de largo”. A ver, tiene 30 centímetros de longitud y casi siete de diámetro. “Bueno, no es tanto”, pienso recordando a Mandingo, el famoso actor porno. 

–¿Y quién los compra?

–Mucha gente –dice Daniel con una generalización que me asusta–, pero sobre todo las modelos webcam, sus clientes siempre están pidiendo extravagancias.

A la tienda ingresa otra pareja. Y esta vez puedo escuchar todo lo que le preguntan a Vanessa, pues ella se ha quedado, a propósito, a un pasillo de distancia. Son jóvenes de unos veinte años. El chico es quien pregunta por los aceites anales, por los dilatadores y las pastillas energéticas. Cuando la asesora les ofrece un producto que estimula la libido en la mujer, el muchacho le dice a su chica: 

–Esto es lo que te voy a comprar para todas las noches. 

Entonces ella le reclama: 

–Ay, mijo. 

Y lo deja solo al pie de la vitrina.

Cuando Vanessa vuelve con nosotros, me dice que el muchacho ya había consultado el catálogo.

–Él ya sabía lo que estaba buscando –dice.

“Claro”, me contesto yo mismo sin abrir el pico, “pero se comporta como un imbécil”.

Daniel me cuenta que las modelos webcam son excelentes clientas del negocio, algo que tiene sentido, pues en Medellín el sexo por la web es un renglón en la economía que cada vez se vuelve más popular debido a las ganancias que está dejando.

Entonces me deja otra taxonomía de su trabajo.

–Básicamente hay tres tipos de clientes. Uno: quienes piensan que esto es un consultorio sexual y buscan una asesoría para su intimidad. Dos: quienes vienen por cuestiones de trabajo (strippers, bailarinas, modelos webcam). Tres: quienes vienen para buscar juegos y salir de la monotonía.

Un estudio sociológico, nada de publirreportaje.

Ya es hora de irme. Entonces me voy despidiendo y repito mentalmente que cuando éramos pequeños jugábamos con carritos y muñecas, y ahora con vaginas y penes de plástico. 

–En la vida no podemos dejar de jugar –me dice Daniel, y me regala un catálogo de la tienda, me mira muy serio–. No se vaya sin comprar nada.

Me interesan las bolas chinas y la camándula para dilatación anal. Me gustaría probar esto con mi pareja. Y, claro, contar la historia. Ese será el siguiente capítulo.

ACERCA DEL AUTOR


Andrés Delgado

Publicó las novelas Sabotaje con la Editorial Planeta y El vértigo del viaje. Buscando a Zafón (una novela, pero quizás no) con el Plan de Lectura de Medellín. Además, es autor de la colección de crónicas Noches de estriptís, publicada por Intermedio Editores.

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