Voto y Apocalipsis

El colmillo de la esfinge. 

POR José Covo

voto y apocalipsis

 

Me recuerdo mirando las manos del Padre, que sostenían entre ambas ese círculo blanco, perfecto, que enseguida partía en pedazos, y que en unos momentos nos pondríamos todos sobre la lengua. Había que dejar que esa circularidad se disolviera, ¿no es verdad? Porque masticarla era demasiado bruto, demasiado instintivo para acceder al terreno de lo limpio y sagrado, como es la fe o como son, ahora, para mí, las ideas. El párroco del colegio nos había dado, en algún momento, un discurso sobre cómo debíamos imaginar una luz en esas manos y en esa galletica, y que, si teníamos fe, tal vez podríamos ver la luz de verdad, con los ojos y no con la imaginación. Yo intenté mucho ver al padre con las manos alumbradas... creía, o intentaba creer... rezaba cada noche antes de dormirme... y luego pensaba una cantidad de cosas, entre el padrenuestro y esa vida al revés que llamamos sueño.

            Pero hubo luego, como señalando un quiebre, tres o cuatro episodios en los que me desmayé, o casi, en medio de la misa. Estaba entrando en la pubertad y encontraba cada vez más aburrido todo el teatro del púlpito y la seriedad del padre y de todos... ¡y la tal luz, que nunca vi! Las manos del padre nunca fueron más que manos mortales... la hostia nunca más que una galletica insípida... ¡Así debía saber lo sagrado!, pensaba cuando aún la recibía... En la abolición de lo sensorial aparecía el espíritu, incorpóreo... pero ya no me convencía esa teoría... y me desmayaba. Mis papás se asustaban, pensando que me había dado algo, y me cargaba, mi papá, hasta afuera del templo... en donde recobraba milagrosamente mi vigor juvenil.

            Esa fe... esa luz imaginada... está en todo lo que hacemos. ¿No tienen una luz nuestros padres, nuestros amigos? ¿Nuestros líderes, presidentes, intelectuales, bailarines? ¿Nuestros estadios, edificios gubernamentales? Ese destello que tiene todo lo importante es la forma en que el software de lo humano nos orienta hacia el destino. Con nuestras opiniones, compartidas, contrariadas, dichas con rabia o en tono de burla, votamos por la constante atribución, confirmación o pérdida de cada uno de los destellos que se ganan, con esos votos, personas, instituciones, ideas o cosas.

            Entonces mi desmayo era tal vez un voto en blanco, o un acto de abstención... De ahí en adelante no supe mucho sobre votaciones ni de candidatos... y sobre las opiniones que dicen qué son las cosas, cuáles importantes y cuáles no, tengo las mías propias... pero aún mis opiniones, como votos en esas micronaciones que se inventan algunos, están también en el mercado grande de la democracia. Y aspiran, como toda balota y toda definición, a ser la última balota y la última definición... terminar de decir qué son las cosas, y ya está... se acabó todo el problema de lo humano y de la humanidad... Por lo menos eso es lo que ellas dicen, si se les pregunta... ¡Ambiciosas! ¡La opinión quiere ser Verdad! ¡El voto dictadura! Pero hay que saberles preguntar, porque no siempre son sinceras...

            Pero... ¿sería tal cosa posible? ¿Terminar de definir? ¿De ordenar a la gente? El barbudo alemán dice que sí, ¿no es verdad? Que en la igualdad se acaban las preguntas... ¡y podemos simplemente vivir! Eso dicen sus ideas, no él mismo. Ellas saben qué cosa son tal vez mejor que su progenitor... Y en esas microdictaduras que llamamos sectas... ¡siempre se les acaba el mundo...! ¡Y felices! Pero en la tradición del barbudo israelita hay una idea mucho más sutil... nadie puede decir que no es hermoso el Apocalipsis... ¡El Juicio Final! Cuando se dice todo lo que nos teníamos guardado, personas, dioses, ideas, opiniones, ¡todo! ¡Nos encanta esa historia de que todo termina! ¡Por fin!... nos vemos compelidos a decir. ¡Se acabó! Aunque le pongamos otros nombres... holocausto nuclear, calentamiento del mundo, alienígenas homicidas... ¡Qué necesidad!... de terminar las cosas... ¿A quién le gustan esas películas en las que nada se resuelve? ¡Solo al que siente que no merece satisfacción de la vida...!

            Entonces propongo aquí, desde mi esquinita de palabras... ¡Sometámoslo a votación! ¡Todo humano vota! ¿Acabamos o no acabamos todo? ¿Soltamos por fin todo el armamento? ¡Votemos! ¿No es para eso la humanidad? ¡La democracia no es para indecisos ni para cobardes que se desmayan frente a la luz...! ¡Votemos de una vez por todas! ¡La última votación! Y si gana la idea de seguir andando hacia el futuro... habrá que hacerla Reina absolutista, ¡puesta por Dios! ¡Que brilla con las luces de todas las hostias! Pero si gana El Terror... ¡Ya está! ¡Nos vamos del país de la existencia! ¡Exiliados al Cero! Al monte tupido en donde nada se ve... de donde nadie regresa... Juicio Final, así es... la definición de todas las definiciones... ¡La última opinión! Y nada más que decir, nada más que hacer con estar dando vueltas en la vida... ¡Todos! ¡En fila! “¡Ganó la democracia!”, diremos, mientras caminamos, uno a uno, hacia la oscuridad, dejando atrás todo lo que sigue existiendo sin nosotros, un mundo de repente enorme, sin paz ni violencia, sin principio ni final de las cosas, sin ideas, sin almas... iluminadísimo...

ACERCA DEL AUTOR


José Covo

Ha publicado las novelas Cómo abrí el mundo (Planeta, 2021), La oquedad de los Brocca (Caín Press, 2016) Osamentas relampagueantes (Caín Press, 2015). A través de su escritura aborda la fragilidad de los conceptos y las fantasías con los que se negocian, entre los miembros de la especie, el problema del estar-aquí. Fue pintor antes de escribir cualquier cosa, soñador lúcido antes de empirista, y cree que el agua le entra al coco desde un adentro más interior.