Decía Ray Bradbury que los libros tienen dos olores, “el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a usado, que es mejor”.
Después de dieciséis semanas de pesquisa y trabajo mano a mano con nueve artistas, esta exhibición que ha concebido el olfato creativo de Rocio Arias Hofman se vuelca sobre el sustrato ajado, sobre las viejas letras impresas, sobre la factura que un día mordió el moho en esa plataforma que anida palabras e imágenes, el papel: mensajero de las ideas entre unos y otros y de generación en generación.
Los conteos de los arqueólogos indican que el papel soporta sus inscripciones por cerca de mil años, solo superado por las grabadas en piedra. Es un flamante lugar en la escala donde lo siguen el vértigo de la vida apenas centenaria de la película, los exiguos cincuenta años que dura el vinilo y la fugacidad de una memoria USB, que –de no perderse– apenas roza los doce años.
Ante un mundo inflamado por las amenazas climáticas, estaremos de acuerdo, entonces, con Bradbury: el aroma del uso viene a blindarnos de contaminaciones efímeras y, en su paradoja, resguarda también lo pasajero: ojos que han leído, manos que se han posado sobre una cubierta, la lujuria de inspiraciones perdidas en el fondo de una página subrayada.
Los nueve artistas que Casa Malpensante anuda con los espíritus curiosos que visitan esta exhibición exploran, querido / a lector /a, ejemplares de papel tan jóvenes como es longeva su resistencia. Cada creador ha desmenuzado en creaciones particulares ediciones impresas de El Malpensante que rasgó el trajín cotidiano durante las tres décadas que lleva empeñada la revista en ofrecer “lecturas paradójicas”. La metodología exhaustiva con la que, taller por taller, cada día fueron recuperados de cajas en la babel de las bodegas transmutó esos números dañados en un retoño de nueva vida que hoy es obra artística original y distinta.
Presenciamos aquí su reencarnación, insuflada en nuevos volúmenes y masas compositivas, y en el orgullo de arrugas recién nacidas con qué revestir la existencia de esas que fueron, incluso por años, joyas inconvenientes y tesoros maltrechos concebidos en el amor y, por ello, jamás desechados. Vuelve, pues, por la senda del cuidado, el flujo con el que lo que saben hacer las manos, el oficio de las artes, recupera para nosotros, al final, la presencia latente de los árboles.
*Conoce más de la exhibición oprimiendo el afiche