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La fuerza del ombligo

Artículo ganador del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la Categoría Crónica y Reportaje.
Por cuatro décadas los indígenas del Cauca han sido víctimas de hostigamientos y asesinatos. ¿Por qué los están matando? Un avezado reportero penetra en las montañas del norte de ese departamento para contar la historia de un exterminio que continúa hasta hoy.
La fuerza del ombligo
Edición N° 102

N° 102

Octubre de 2009[ ver índice ]

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Con las primeras luces de la mañana se siluetean en el horizonte los picos azulosos de la cordillera Central. Al frente, junto a un río de aguas oscuras y briosas, emergen de la neblina, como fantasmas, las fachadas de color claro de La Mina, una de las 34 veredas del resguardo indígena de Jambaló, en las montañas del norte del Cauca.

Alfredo Dagua, el conductor de la chiva en que viajo, hace sonar la corneta del vehículo mientras atraviesa el caserío de bahareque y teja. Las puertas están cerradas. No se ve un alma. Ni siquiera un perro.
Además del conductor, en el vehículo van conmigo el ayudante, un joven mestizo que trepa a menudo a la capota con la agilidad de un simio, y un aprendiz de chofer, un adolescente que toma la cabrilla en algunos trechos.
 
La chiva le pertenece al Cabildo de Jambaló, máxima autoridad política del resguardo. En el transcurso de la mañana Dagua debe recoger a más de cien paeces de las veredas El Trapiche, La Mina y La Esperanza que han sido delegados para participar en el XIII Congreso del Consejo Regional Indígena del Cauca, CRIC, la organización indígena más antigua de Colombia.
 
Yo me dirijo a la vereda El Trapiche. Allí está ubicado uno de los puestos de control que mantiene la Guardia Indígena en los caminos estratégicos del resguardo de Jambaló, que es, al mismo tiempo, uno de los 42 municipios del departamento del Cauca. Estos retenes son un reflejo del conflicto que azota a los habitantes de las montañas del Cauca. En las últimas semanas la guerrilla y el ejército han combatido con ferocidad en estos riscos. La mayor fuente de tensión, sin embargo, no son los tiroteos. Son las amenazas de muerte que el Sexto Frente de las Farc lanzó este año contra varios líderes del resguardo.
 
El panfleto traía tres nombres: Armando Embús y Emilse Muñoz Collo, contratistas de la alcaldía, y Eibar Fernández Chocué, coordinador del Plan de Vida del Resguardo. La guerrilla acusó a los dos primeros de corrupción administrativa y al tercero de fomentar actividades en contra de esa organización armada.
 
De inmediato, el Cabildo declaró la alerta general, ordenó activar puestos de control y emitió un comunicado de prensa que no alcanzó a ser noticia para ningún noticiero en Colombia. El Cabildo también le ordenó a la Guardia Indígena, un organismo que realiza labores humanitarias y de control del territorio, hacer recorridos nocturnos y alertar a los habitantes en caso de detectar a personas extrañas. Los integrantes de la Guardia, unos diez por cada vereda –hombres y mujeres de todas las edades–, andan armados únicamente con bastones de madera y utilizan radios y teléfonos celulares para comunicarse entre sí.
 
Casi dos meses después, a principios de mayo, la guerrilla amplió las amenazas a todas las autoridades del Cabildo Indígena y a los concejales y funcionarios del municipio. En un pasquín, el Sexto Frente les dio una semana para abandonar el territorio.
 
La respuesta del Cabildo fue citar a la comunidad a una asamblea general extraordinaria. Esta instancia, cuyas decisiones se llaman mandatos y deben ser acatados por todos los habitantes del resguardo, les prohibió a los amenazados renunciar a sus cargos, y le asignó a cada líder una escolta de diez guardias. La asamblea, además, prohibió las fiestas y el consumo de guarapo y, por temor a una masacre, cerró cantinas y billares. El Cabildo, la Alcaldía y el Concejo siguieron atendiendo al público, aunque con cierta cautela.
 
“Matarán uno; matarán dos... matarán cien, pero a todos no nos matan”, dice el gobernador del cabildo, Albeiro Quiguanás, un indígena menudo y desconfiado, que hasta hace poco recorría el territorio, incluso de noche, en una moto 175, tipo enduro, con su bastón de mando a la espalda o atenazado sobre el manubrio.
 
Por la tradición guerrera de los paeces, que conforman más del 98 por ciento del resguardo de Jambaló, se puede deducir que las palabras del gobernador Quiguanás no son fanfarronería. También existe certeza sobre la eficacia de las Farc para cumplir sus amenazas. En el mismo resguardo y en otras zonas del departamento del Cauca hay antecedentes inquietantes sobre estos enfrentamientos.
 
Por esas razones, los dirigentes del CRIC temen que en Jambaló pueda ocurrir una matanza como la que sucedió en febrero pasado con los awá de la costa pacífica nariñense. Allí, las Farc reconocieron haber asesinado a ocho miembros de esa etnia. Los acusaron de sapos (informantes del ejército), una falta que ese grupo castiga, sin lugar a apelaciones, con la muerte. Para prevenir que ocurra una barbarie similar los paeces de Jambaló mantienen día y noche los puestos de control en las carreteras de ingreso a su territorio, como el de El Trapiche, adonde nos aproximamos esta madrugada.
 
 
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5:48 am. UN PÁJARO NEGRO, al que los paeces llaman dormilona, cruza frente al panorámico de la chiva. El ayudante dice que es de mal agüero. La carretera se hace estrecha y empinada. Al frente, y a lado y lado, se ven montañas. Un manto de neblina envuelve a la chiva a medida que asciende hacia El Trapiche.
 
Minutos después de pasar frente a una casa de bahareque y zinc, Alfredo Dagua pisa el freno y maniobra lento para esquivar un derrumbe. El vehículo se bambolea. La carretera se empina. Dagua mete primera y acelera. El motor, un International de ocho cilindros, responde con un bramido sordo mientras la chiva asciende con lentitud por una carretera estrecha, sinuosa, cubierta por un cascajo de color gris.
 
El tajo ha sido abierto en la mitad de la falda de la montaña. Del lado izquierdo del vehículo se ve un barranco poblado de matas de fique; y del derecho, un precipicio de rocas y vegetación rala. Las luces amarillentas de algunas casas brillan a lo lejos, en la semioscuridad de la madrugada.
 
El conductor dice que estamos a menos de veinte minutos de El Trapiche, una vereda de 514 almas incrustada en la parte alta de estas montañas.
 
Desde que salimos de Jambaló, un poco antes de las cuatro de la mañana, nos acompaña por los altoparlantes del carro una seguidilla de música de guitarras, flautas, quenas y tambores. Y también la voz de Milciades Ipia, un joven locutor de la emisora Voces de Nuestra Tierra: 107.4 en FM. La emisora, con 250 kilovatios de potencia, emite una programación educativa y cultural en español y en nasa yuwe, el idioma de los ancestros.
 
Los casi 15 mil paeces del resguardo de Jambaló comienzan el día con el himno nacional cantado en su idioma por los alumnos de La Odisea, una escuela rural de Jambaló. Luego, Milciades Ipia abre el programa:
“Buenos días, saludamos a los guardias que pasaron la noche en Vitoyó, El Trapiche, Loma Gruesa, La Esperanza y otros sitios. Ellos vigilan quién entra y quién sale, qué gente extraña anda por ahí... Les dedicamos esta canción mientras se toman el cafecito”.
 
Entre los girones de neblina se observan pequeños cultivos de plátano, yuca, café, frijol y maíz, y algunos árboles frutales. En las partes más frías producen papa, ullucos y cebolla. Los paeces siembran apenas lo necesario para suplir sus necesidades básicas, una concepción sobre el uso de la tierra que causa escozor entre los terratenientes y agroindustriales del Cauca.
 
Al lado derecho, a unos cien metros de la carretera, y por encima de las copas de los árboles, se ven los primeros techos de zinc de El Trapiche. Unas cuantas reses pastan, dispersas, en las laderas de las montañas. El resto del paisaje está compuesto por arbustos, breñales, cañones y desfiladeros que asustarían hasta a las mismas cabras.
 
El retén de la Guardia Indígena aparece de repente en mitad de la carretera, al salir de una curva. Son las 6:03.

Edición actual Nº 140

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