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Ciudadano Kubrick

Stanley Kubrick pasó los últimos años de su vida completamente aislado. Pocos años después de su muerte, el autor de esta crónica escudriña la casa del director de La naranja mecánica buscando su gran secreto.

Ciudadano Kubrick
Traductor
Ángel Unfried
Edición N° 109

N° 109

Junio de 2010[ ver índice ]

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En 1996 recibí la que era –y probablemente sigue siendo– la llamada telefónica más interesante de toda mi vida. Era de un hombre que se hacía llamar Tony. “Lo estoy llamado de parte de Stanley Kubrick”, dijo. “¿Perdón?”, respondí. “Stanley quiere que le mande un documental radial que usted hizo llamado Hotel Auschwitz”.

Era un programa para la BBC acerca del comercio en el campo de concentración. “¿Stanley Kubrick?”, pregunté. “Déjeme darle la dirección”, sonaba muy formal. Parecía no querer decir nada más que lo estrictamente necesario. Mandé la grabación a un casillero en St Albans y esperé. ¿Qué podría pasar después? Cualquier cosa que pasara sería sorprendente. Mi mente comenzó a enloquecer. Quizá Kubrick iba a pedirme que le colaborara en algún proyecto. (Extrañamente, en esa fantasía yo acababa rechazando su propuesta a regañadientes porque pensaba que no podría hacer un buen trabajo como guionista.)
 
Habían pasado nueve años desde el último filme de Kubrick, Full Metal Jacket. Todo lo que la gente por fuera de su círculo de confianza sabía acerca de él era que estaba encerrado en una enorme casa en las afueras de St Albans –o una “madriguera secreta”, de acuerdo con un artículo de ese año publicado en el Sunday Times– presumiblemente viviendo como una especie de genio-loco-ermitaño. Nadie sabía ni siquiera cómo lucía. Habían pasado 16 años desde que una foto suya fuera publicada.
 
Kubrick había pasado de hacer una película al año en la década de los cincuenta (incluyendo la brillante y horrorosa Paths of Glory), a hacer una cada par de años en los sesenta: hizo Lolita, Dr. Strangelove y 2001 en un período de seis años. En los setenta y ochenta solo hacía dos películas por década (siete años separan a The Shining y Full Metal Jacket), y en los noventa, nada, absolutamente nada.
 
Entonces, ¿qué diablos hacía encerrado en Childwick Bury? De acuerdo con los rumores, pasaba sus días aterrado por los gérmenes y obligando a su chofer a no moverse a más de 50 kilómetros por hora. Pero ahora yo sabía realmente lo que Stanley Kubrick estaba haciendo: estaba escuchando mi documental para BBC Radio 4, Hotel Auschwitz.
 
“La buena noticia”, escribió Nicholas Wapshott en el Times en 1997, lamentando los prolongados recesos entre películas, “es que Kubrick es un coleccionista acaparador... Hay una inmensa cantidad de material de archivo en su casa de Childwick Bury. Cuando este archivo se abra, podremos conocer de cerca el enmarañado cerebro del que salieron a la vida hal, los drogos de La naranja mecánica, y Jack Torrance”.
 
El punto es que después de enviar la cinta al casillero que me había indicado Tony no pasó nada. No supe nada más sobre el tema. Ni una palabra. Mi caset desapareció en el misterioso mundo de Stanley Kubrick. Y entonces, tres años después, Kubrick estaba muerto.
 
Dos años más tarde, en 2001, recibí otra llamada telefónica inesperada del tal Tony. “¿Quieres venir a almorzar?”, preguntó. “¿Por qué no vienes a Childwick?”.
 
El camino a la casa de Kubrick comienza normalmente. Manejas por Hertfordshire, atraviesas un camino de casas comunes y corrientes de la postguerra, llenas de optómetras y veterinarios. Entonces doblas a la izquierda y entras por un portón eléctrico con una señal de “No pase”. Sigues manejando por ese camino rodeado de árboles y, después de un rato, encuentras una cerca blanca con la pintura cayéndose, y luego otra puerta eléctrica, y luego otra puerta eléctrica, y luego otra puerta eléctrica, y entonces estás en un salón lleno de cajas.
 
Hay cajas por todos lados –estantes repletos de cajas, cuartos repletos de cajas–. En los campos, por donde alguna vez corrieron caballos, hay una docena de cabinas portátiles, todas repletas de cajas. Éstas son las cajas que contienen el legendario archivo Kubrick.
 
¿Tenía razón el Times? ¿Podría el contenido de esas cajas ayudar a comprender su “enmarañado cerebro”? Noté que muchas de las cajas estaban selladas. Algunas, de hecho, habían permanecido décadas sin abrirse.
 
Tony resultó ser Tony Frewin.
 
En 1965, cuando tenía 17 años, comenzó a trabajar como oficinista asistente de Kubrick. Un día, sin razón alguna, Kubrick le dijo: “Tienes que ser capaz de sacar esa oficina de la oficina si te necesito afuera para otra cosa”. Eso fue 36 años atrás y Tony todavía está aquí, dos años después de que Kubrick muriera y fuera enterrado detrás de esta casa. Puede no haber más películas de Kubrick por hacer, pero hay dvd que remasterizar y ediciones especiales que lanzar. Hay sets de colección y libros de reseñas que supervisar. Hay papeles que tramitar.
 
Tony me lleva a una visita guiada por toda la casa. Caminamos a través de cajas y más cajas y archivadores y una escalera gigante. Childwick alguna vez fue el hogar de una familia de criadores de caballos, los Joels. En ese entonces, presumiblemente, había bustos o adornos florales de ellos a cada lado al final de la escalera. Ahora, en cambio, hay una fotocopiadora a un lado y otra fotocopiadora al otro lado.
 
“¿Esto está...?”, pregunto. “Sí”, dice Tony, “está tal como Stanley lo dejó”. La casa de Stanley Kubrick luce como si el Departamento de Impuestos la hubiera incautado hace años.
 
Tony me lleva a un salón grande pintado de azul y lleno de libros. “Éste solía ser el cine”, dice. “¿Es la biblioteca ahora?”, pregunto. “Mira más de cerca los libros”, dice Tony. Lo hago. “¡Maldita sea! ¡Cada libro de esta biblioteca es sobre Napoleón!”, grito. “Mira dentro de los cajones”, dice Tony. Lo hago. “¡Todo es sobre Napoleón también, todo!”. Me siento un poco como Shelley Duvall en The Shining, ojeando la novela de su esposo y descubriendo que solo dice la frase: “Puro trabajo y nada de relajo dejan a Jack hecho un estropajo”, la misma frase, tipeada una y otra vez, en todas las páginas. John Baxter escribió en su biografía no autorizada de Kubrick: “La mayoría de la gente atribuye el hecho de que Kubrick haya comprado Childwick a su pasión por la privacidad, y trazan paralelos con Jack Torrance en The Shining”. Este cuarto lleno de cosas sobre Napoleón parece confirmar esa comparación.
 
“En otra parte de esta casa”, dice Tony, “hay un gabinete con 25.000 fichas de biblioteca, de diez por quince centímetros. Si quieres saber lo que Napoleón, o Josefina, o lo que cualquiera del círculo de confianza de Napoleón estaba haciendo la tarde del 23 de julio de 1817, cualquiera, busca esa ficha y ahí está”. “¿Quién llenó las fichas?”, pregunto. “Stanley y algunos asistentes”, responde Tony. “¿Cuánto tiempo le tomó?”, pregunto. “Años”, dice Tony, “finales de los sesenta”.
 
Kubrick nunca hizo su película sobre Napoleón. Durante los años que le tomó recopilar esta información, una película de Rod Steiger llamada Waterloo fue escrita, producida y estrenada. La película de Steiger fue un fracaso de taquilla, así que la Metro Goldwyn Mayer abandonó el proyecto Napoleón y, en su lugar, Kubrick hizo La naranja mecánica.
 
“¿Hacían esta clase de investigación a gran escala para cada proyecto?”, le pregunto a Tony. “Más o menos”, responde. “Ok”, digo, “entiendo cómo hicieron esto en el caso de Napoleón, pero, por ejemplo, ¿cómo hacerlo para The Shining?”. “Hay un espacio en esta casa con información sobre cada libro de fantasmas que ha sido escrito y una caja con fotografías de los exteriores de, quizá, cada hotel de montaña del mundo”. Un breve silencio. “Tony, ¿puedo mirar dentro de las cajas?”. Fui a la casa de Kubrick un par de veces al mes desde entonces.

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