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Escritor hasta la muerte

A un año de su fallecimiento, estas palabras de un amigo retratan a Tomás Eloy Martínez en la tarea que lo ocupó hasta el final de su vida: crear ficciones, como una manera de reescribir la historia.

Escritor hasta la muerte
Edición N° 116

N° 116

Febrero de 2011[ ver índice ]

Le había escrito a Ezequiel que cuando llegara a Buenos Aires quería visitar la tumba de Tomás, y así lo hicimos una tarde de primavera del mes de noviembre, ya cuando el verano va encendiéndose en el cielo austral sobre el Río de la Plata. Primero fuimos con Juan Cruz y su mujer Pilar a la biblioteca municipal Miguel Cané de la calle Carlos Calvo, en Boedo, donde un día trabajó Borges escribiendo a mano fichas para dar entrada a los libros en el catálogo, y de donde fue destituido en 1946 a la llegada del peronismo, nombrado a cambio inspector de gallineros y aves de corral, porque entre otras cosas al poder le gusta el escarnio. Ahora están desocupando el segundo piso para instalar los libros de Tomás, su escritorio, sus papeles, todo como él lo dejó, como si fuera a vivir allí al lado del cubículo que ocupó Borges, los dos entregados a amena conversación, y qué interminable, si tienen la eternidad entera. Algo de eso escribí en el libro de visitantes, que a ambos les esperaba una plática sin fin de la que es una lástima perderse.

Luego recalamos en el café Margot para el almuerzo, allí mismo en Boedo, invitados por Josefina Delgado, la secretaria de Cultura del gobierno de Buenos Aires, y por fin, a bordo de una camioneta del mismo ministerio, parecida a un vehículo celular de la policía, de ésos que recogen prisioneros díscolos en las madrugadas, con una reja divisoria atrás para transportar libros, enfilamos hacia el Cementerio Memorial de Pilar, no sin antes detenernos en un puesto de flores pues Tulita, mi mujer, quería llevarle a Tomás unas rosas rojas.

Hay que viajar unos cincuenta kilómetros por la ruta 9 que lleva a Rosario, siempre congestionada de vehículos, a través de suburbios prósperos marcados a uno y otro lado por desarrollos residenciales, centros comerciales, supermercados, fábricas, agencias distribuidoras de coches, como si la ciudad se empeñara en no terminar nunca y olvidara sus confines, hasta que dejamos la autopista por una vía secundaria y llegamos a las puertas del cementerio amurallado, escondido entre arboledas.

Es uno de esos cementerios que parece un silencioso campo de golf, con sus suaves colinas verdes, tersas como alfombras, los árboles sembrados en lugares estratégicos por los paisajistas, araucarias, álamos, sauces, un sicomoro, los senderos de grava apacibles, discretas bancas para el descanso y la contemplación, y en los prados impecables las tumbas marcadas por pequeñas placas entre la grama, todas iguales, las inscripciones grabadas con la misma tipografía. Infinita uniformidad del parque funerario, hasta donde la vista no alcanza. Ezequiel nos llevó hasta el sector K, donde reposan las cenizas de Tomás al lado de una vecina desconocida. Ya será cosa de sus habilidades cordiales de buen conversador, de las que siempre hizo gala, ver si puede hacer amistad con ella; no necesitarán hablar solamente de libros, a Tomás le sobraban los temas, y están los eternos de la vida y de la muerte que siempre lo sedujeron.

En su lápida hay inscrita una frase suya: “Nos pasamos la vida buscando lo que ya hemos encontrado”. Ezequiel retira el tubo que hay en cada una de las tumbas, que sirve de florero, y va por agua a uno de los grifos. Sus flores, y las nuestras, quedan allí juntas, y luego nos quedamos en silencio, un silencio profundo, mientras arriba en el cielo soleado, porque es ya tiempo en que oscurece tarde, las nubes pasan lentas, y yo diría tan indiferentes. ¿Por qué prefirió Tomás que sus cenizas quedaran aquí, en un cementerio donde para venir a verlo es necesario organizar toda una excursión? Porque fue él quien lo dispuso. Su esposa, Susana Rotker, crítica literaria y crítica de cine, profesora de letras, muerta años atrás en un absurdo accidente en New Brunswick, Nueva Jersey, atropellada por un camión, está enterrada muy cerca, en un cementerio judío. Es lo más cerca posible que pudo quedar de ella.

Pero debo volver atrás. Allá por comienzos de los años setenta, cuando yo vivía en Costa Rica, recibía puntualmente los paquetes de novedades que desde Buenos Aires me enviaba Fernando Vidal Buzzi, director de la editorial Sudamericana, y entonces fue que me encontré por primera vez con el nombre de Tomás Eloy Martínez en la tapa de su novela Sagrado, que era la primera que publicaba y que años después, cuando llegamos a ser amigos entrañables, él solía desechar con sonrojo a la primera mención, porque, según su propio alegato, era una novela en la que se había dejado seducir por las palabras más que por la pasión de contar una historia.

Largos años estuvimos lado a lado, en proyectos, complicidades, alegrías y tribulaciones como la muerte trágica de Susana, que le descalabró en tantos sentidos la vida, encontrándonos en tantas partes del mundo, en New Brunswick, o en su apartamento de la avenida Pueyrredón en Buenos Aires, o en mi casa en Managua, cuando vino por única vez a Nicaragua a dictar unos talleres para jóvenes periodistas, y ya no quedaban ni rastros de la revolución. Largas jornadas en librerías de Madrid o Lisboa, largas sobremesas en México o en Sevilla, su voz de timbre tucumano convocando a la risa, llamadas sorpresivas desde lugares distantes, mensajes electrónicos como cartas contando y pidiendo novedades, ahora que ya no se escriben cartas.

Lleno de santo humor hasta el final, como en este mensaje electrónico de noviembre de 2009, en que responde a un comentario mío acerca de la energía y constancia con que Carlos Fuentes mantiene su agenda internacional, sin que tanto ajetreo le pese nunca a su escritura: “¿Cómo? ¿Ya está Carlos en México? Pronto lo veremos caminando sobre las aguas...”.

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