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La ruta del sonido bestial

El paraíso según Ricardo Ray y Bobby Cruz

El 1° de febrero de 2003, en el Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón, en Puerto Rico, Richie Ray y Bobby Cruz celebraron los primeros cuarenta años de una de las asociaciones más felices en la historia de la música salsa. Allí estuvo el escritor, dramaturgo y ahora documentalista Sandro Romero Rey para contarnos el milagro. Lo que sigue es su arrebatada declaración de amor a los dos músicos.

La ruta del sonido bestial
Edición N° 46

N° 46

Mayo - Junio de 2003[ ver índice ]

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Bobby volvió a tomar las riendas de su micrófono con “Juan en la ciudad” del álbum Algo diferente, quizás el tema más popular de su período religioso, junto a “Los fariseos”. Siempre suena muy bien y los espectadores lo reciben con entusiasmo profano; Borinquen no fue la excepción. Felices, satisfechos por dejar colar el mensaje del-que-sabemos, los músicos continuaron con el viaje a través de la máquina del tiempo. Regresaron los invitados. Luisito Carrión se unió a la fiesta. Al término de sus dos canciones, el comentario unánime era que se trataba del mejor de los solistas invitados. Luisito inició su turno con la legendaria “Cristóbal Celai” de Roberto Angiero, del álbum 1975, un clásico con homenajes a Johann Sebastian Bach. La canción es fuerte, de violentos golpes de timbal que el cantante recibe con estoicismo y sabe devolver con maestría. Tras el redescubri-miento de “Cristóbal”, Luisito Carrión se descarrió con una versión contundente de “Amparo Arrebato” que, para un colombiano colado en medio del delirio puertorriqueño, era más que un homenaje. “Pa Juanchito me voy, a pescar al río”, cantaban los coros, y yo me preguntaba si Luisito conocía las claves del tema, si Cali, Chipichape y Yumbo habían zumbado por sus venas. No importaba. El tema saltaba por los aires con la misma gracia y el mismo goce de la grabación original, insertada en tantas compilaciones. Luisito Carrión se dio por bien servido, y Amparo Arrebato ascendió a los cielos entre diamantes tropicales.

Siguieron las sorpresas. Si uno ha oído hablar de Richie Ray, ha oído hablar de Miki Vimari. Pero nadie había vuelto a saber de su existencia. La daban por muerta, la daban por una invención, la daban por un artificio de las grabaciones. Pues resulta que los productores del concierto la resucitaron para la escena. A pesar de que en un principio ella estuvo reticente, al final se dejó convencer y, hela aquí, en el coliseo cubierto Rubén Rodríguez, muy tímida, ya no como la Lolita impávida que adorna la contracarátula del Bestial sonido, sino como una mujer cargada de experiencias que regresa al escenario con recurrente modestia. Bobby la presentó con entusiasmo y ambos entonaron el bolero “Cuando me digas sí”, que todos coreamos con ella para darle confianza, para que se diera cuenta de que el tiempo de las canciones no es el tiempo de la realidad. Tras los aplausos, la orquesta comenzó con los acordes de “La Vimari”, el travieso himno que concluye la cara A del disco que la inmortalizó. Todo muy bien, todo sabrosito, el público se sentía ya instalado en la felicidad, pero no sabía, ni por asomo, de la tormenta de dicha que se le venía encima.


Vamos tocando como bestias

Ya llevábamos doce temas y quien esto escribe se estaba preparando para lo mejor. Días atrás, en la sala de ensayo, yo había tenido la fortuna de quedarme paralizado filmando y disfrutando los ensayos con los músicos originales de La Orquesta del Sonido Bestial. Así quedaron bautizados: José Hidalgo Mañengue, Charlie El Pirata Cotto, Polito Huertas, Manolito González, quienes habían ensayado solos, con Richie, y parecían una orquesta de cien músicos. Hacía cerca de treinta años que no se reunían y yo fui testigo del arranque. Se lanzaron sin papeles con una versión alucinante del tema insignia de don Ricardo Maldonado y allí fue Troya. El mismo Richie quedó con la boca abierta en el estudio. “Chicos, parece que no hubiera pasado el tiempo”, les dijo el que no es Stravinsky. Ese día, acomodaron los detalles para una versión de “La zafra” igual de escalofriante. Así que, la noche del concierto, yo estaba preparado para que el coliseo se hundiese en sus propios cimientos. Palabra de Dios. Sólo el hecho de verlos aparecer marcó la diferencia: Mañengue, conocido como “El alcalde de La Perla” (el barrio caliente de San Juan), con sombrero blanco y chaqueta alada, Manolito González con esparadrapos en los diez dedos, El Pirata Cotto con su ojo que sólo mira hacia adentro, Maelo Rodríguez entre el público, muy enfermo, los gritos cerrados de los espectadores incrédulos, la señal de Richie, el estremecimiento general y ¡zum! las trompetas de la felicidad rompieron el aire con el “Sonido bestial”, Miki Vimari en los coros, los viejos muchachos descargando como sólo ellos lo saben, la baba de la rumba, la agonía y el éxtasis, Richie Ray y Bobby Cruz bajando de los cielos, enseñándole a la eternidad quiénes son los dueños de las celebraciones.

Nadie lo podía creer: ver a Mañengue conversando con sus cueros, bailando, levitando, El Pirata dibujando serpentinas en el aire con sus baquetas, el cencerro de Manolito marcando la parada, era el punto final y el punto de partida para demostrar por qué diablos existe la magia infinita en la música de nuestros convidados. Por supuesto, siguió “La zafra”, con las voces de todos los intérpretes imitando los cuchicheos de las percusiones, y luego, escucha una canción allá por la seee-rra-nía ¡pum! el acabóse, canonizados estuvieron los buenos muchachos del pasado, bienvenidos al presente, Richie se los debía meter en el bolsillo y no dejarlos salir nunca: el concierto ya estaba más que justificado.

Pero esto no paraba, seguía y seguía, y los asistentes al templo, al tempo de Richie, Richardine, ya nos estábamos acostumbrando a que había que quedarse a vivir allí. Cuando se fueron los viejos maestros, siguieron los estrenos. Canciones compuestas especialmente para la fiesta. La primera se llama “Doña Catalina”, un tema críptico, con secretas y discretas alegorías religiosas. Pero con el punch que ya sabemos. La segunda se denomina “Chan chan”, que no tiene nada que ver con la canción que inmortalizaran Compay Segundo y la pandilla de Buena Vista. En este caso, se trata de un travieso lullaby que Bobby hizo a partir de los arrullos de su madre en la infancia. Sin objeciones. Los presentes seguíamos respirando a tumbos y esperando a ver cómo se podía superar lo vivido hasta el momento. Un nuevo invitado pasó al tablero con una canción que no visitaba la memoria de los amantes de (la música de) Richie desde hacía bastante tiempo: “El yambú”, incluida en el ya citado Décimo aniversario. Bobby la iniciaba y luego, cuando comienza el pregón, hace la segunda para Alex de Castro, otro de los cantantes de salsa convertido en pastor. Aunque en esta ocasión (y yo diría que por fortuna) el proselitismo se dejó a un lado. La concentración estuvo en el estribillo, en el aé, qué rico yambú, que sonó fresco y diáfano, para tranquilizar la respiración. Alex de Castro se encargó también de resucitar el hermoso “Guaguancó triste”, una de las primeras composiciones del entonces anónimo Rubén Blades, que Richie y Bobby incluyeron inaugurando la cara B del Bestial sonido. Una lástima que no la hubiese cantado el señor Cruz, el de la Santa Cruz. Sin embargo, los solitos saltones de Richie, que no descansa ni para tomar aliento, hacen las delicias de los remembrantes. De la tristeza, pasamos a la alegría de la “Bomba de las Navidades”, de nuevo con los coros de Miki Vimari, los pregones alucinados de los hermanos Sanabria y los espectadores deambulando por los resquicios del pasado.

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