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Un arte
Traductor
Andrea Garcés
Edición N° 128

N° 128

Marzo de 2012[ ver índice ]

La vida de Elizabeth Bishop (1911-1979) fue una sucesión de mudanzas. Tras la muerte del padre y la separación definitiva de la madre a los cinco años, creció entre la casa de los abuelos en Nueva Escocia y su natal Worcester. Desde que inició sus estudios se movió entre varias ciudades de la costa este de Estados Unidos y pasó extensos períodos en Francia, Brasil y Key West. De esos viajes proceden la mayoría de los escenarios de sus cuentos y poemas, el interés por la literatura en español y portugués, y un fuerte rechazo frente a cualquier manifestación de autocompasión, incluido el sentimiento propio de expatriada. Esta conciencia de la soledad y la pérdida –alguna vez le dijo a su gran amigo Robert Lowell que su epitafio debía decir algo como “Aquí yace la mujer más sola que jamás haya vivido”– hace parte esencial de su obra, material poético que, según ella, está en todo lo que nos rodea para ser mostrado de la forma más sencilla posible.
 

Un arte

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.
 

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