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Iceberg

Incómodo polvito

Iceberg: Incómodo polvito
Edición N° 129

N° 129

Abril de 2012[ ver índice ]

Medios

Imágenes

Es el más fresco de una larga serie de incidentes y con seguridad no será el último. Días atrás, Juan Fernando Ospina, el director de un combativo y audaz periódico de Medellín titulado Universocentro, se quejó en Twitter de que la revista SoHo había plagiado en su cubierta de marzo de 2012 una fotografía que él había tomado y publicado en la Navidad del año anterior. Cuando uno examina las dos imágenes sin prejuicios, advierte enseguida que las similitudes entre ambas son digamos inquietantes. No parece fácil explicar por qué la cubierta de la revista bogotana desarrolla al milímetro la misma idea que Ospina había desarrollado tres meses atrás: parodiar, con muchísima gracia, la más bien tonta foto de unas ladies del notablato valluno aparecida en la revista Hola de diciembre de 2011. Y aunque las dos imágenes tienen sin duda numerosas diferencias de estilo, también es cierto que esas diferencias palidecen cuando uno trata de dilucidar a quién corresponde el verdadero mérito de ser creativo, no un simple epígono.

A nosotros esta polémica nos interesa de manera oblicua. Si la mencionamos aquí es porque en el pasado nuestros colegas de SoHo encabezaron un ataque en prensa, radio y televisión contra un entonces famoso columnista. Ya veremos si ahora que la acusación recae sobre ellos demuestran el mismo celo inquisitorial o más bien optan por quedarse callados y barrer ese incómodo polvito debajo de las alfombras.

Lo que sí nos interesa (y de manera nada tangente) es el inusitado protagonismo que el tema del plagio ha cobrado no solo en la cultura colombiana sino en términos amplios en la cultura del mundo de raíz hispana. Recuerde el lector un poco y verá que un buen número de los más sonados escándalos de los últimos años han tenido que ver con este asunto. En España, por ejemplo, el guionista Antonio González-Vigil intentó llevar a juicio al novelista Arturo Pérez Reverte aduciendo que este le había plagiado la idea de la película Gitano; en Perú, el Incopi, un organismo dedicado al control de la propiedad intelectual, multó con 50.000 dólares al también novelista Alfredo Bryce Echenique por haber saqueado a más de 16 autores en sus artículos de prensa y ahora mismo, en este abril cruel y lluvioso, México arde en llamas a causa de los sonados “abusos intertextuales” de Sealtiel Alatriste, ex coordinador de Difusión Cultural de la UNAM.

En Colombia, donde estas cosas también pasan con mucha más frecuencia de la que se admite, no solo está la célebre causa de la profesora Luz Mery Giraldo (a ella nos referimos en este Iceberg hace un par de años); también están los nada velados señalamientos de la página www.fotocopiascolombianas.com en contra de por lo menos seis fotógrafos nacionales, o la querella que de un tiempo a esta parte el arquitecto Guillermo Fischer sostiene contra el multipremiado Giancarlo Mazzanti, o las denuncias que el filósofo Pablo R. Arango ha entablado contra algunos marrulleros profesores de la Universidad de Caldas.

La definición de plagio es sumamente problemática. Como bien dice Evodio Escalante, aunque el plagio existe y es reprobable, debemos “admitir que está sujeto a gradaciones, y que las gradaciones son casi infinitas”. O, dicho de otra manera: una cosa es que alguien se apropie de manera burda y mecánica de un texto o una imagen, y otra que utilice –para usar de nuevo las palabras de Escalante– ese texto o esa imagen de manera sublimada. Lo primero es un delito; en lo segundo cabe toda la historia de la cultura.

Sin embargo, a despecho de estas precisiones, también deberíamos admitir que no pocos autores utilizan esa frontera borrosa para definir su trabajo como “influencia”, “intertextualidad” u “homenaje” cuando el examen del material probatorio demuestra algo muy distinto. Incluso con la mejor de las voluntades, resulta imposible negar que ciertas fotos de Carlos Gaviria no son más que descaradas imitaciones del trabajo de Mario Testino o de Terry Richardson; que el diseño de la biblioteca España de Giancarlo Mazzanti es muuuuuuuuuuuy parecido al Centro Multimedia de la Universidad de Hong Kong debido a David Chipperfield o que el supuesto homenaje que el barranquillero Joseph Avski le hace a Alberto Salcedo Ramos en su novela El corazón del escorpión es en realidad una débil excusa para justificar que incluye no digamos párrafos sino páginas enteras de El oro y la oscuridad.

El plagio podrá ser un delito bastante menor pero tiene unas consecuencias devastadoras sobre la cultura. Trasmite veladamente la idea de que copiar, imitar, reproducir, gemelear –escoja usted el verbo de su predilección– vienen a ser algo así como el fin último de la actividad científica o artística. Por eso, porque usurpa un lugar que no le corresponde, el plagio se considera una forma de fraude y por eso mismo, en algunos casos no siempre muy bien documentados, hasta se llega a penalizarlo con multas o con cárcel. Hoy en día es tan fácil entrar a internet, leer un artículo y copiarlo –o ver unas imágenes y copiarlas– que a la gente le resulta difícil comprender la idea de plagio. Pareciera, como señala Roger Cohen, que existe “una erosión en la conciencia misma de que hay una diferencia entre lo original y lo plagiado”. En tal atmósfera, “el acto de creación no puede ser más que cortar y pegar las ideas de otros”.

Sin duda que esta discusión es interesante y tal vez lleve a redefinir las leyes de propiedad intelectual en el futuro. Pero ahora mismo está produciendo un hecho insólito: la celebración, si no del plagio mismo, por lo menos de la mímesis o de la capacidad de copiar algo que se considere meritorio. Esa es (nos parece a nosotros) la idea que rezuma del exitoso programa Yo me llamo del Canal Caracol. Ahora resulta que el gran mérito de un artista no es ser original sino parecerse a alguien. Ahora resulta que lo mejor de Colombia es que somos una nación de magníficos imitadores.

Al respecto, habría que decir cuando menos dos cosas. Primera: el hecho de que en internet el concepto de propiedad sea borroso no debería autorizar ni disculpar las evidentes fusiladas que fotógrafos como Gaviria, arquitectos como Mazzanti o narradores como Avski están haciendo de lo que publican medios colombianos, norteamericanos o europeos. Enseguida, y esa sería nuestra segunda observación, no deberíamos olvidar que en nuestro país existe lo que pudiéramos llamar “tradición de Melquíades”, esto es, el poderoso ejemplo de escritores, arquitectos y científicos sumamente creativos. Gabriel García Márquez nos demostró que un autor sin complejos de inferioridad puede escribir una serie de novelas portentosas; Rogelio Salmona, que es posible hacer arquitectura local de vanguardia y Salomón Hakim que un médico salido de la provincia puede inventar un instrumento útil para todas las clínicas del mundo.

Si el plagio debe ser denunciado como un fraude; si debemos persuadir a los lectores de que lo reprueben, y si sus practicantes deben ser sancionados, no es por motivos morales y ni siquiera por motivos de índole económica. Es porque el plagio constituye la prueba reina, la aceptación plena de que una cultura se siente estéril. Lo que deberíamos celebrar es el talento, la inventiva, los gritos de ¡eureka!, no la capacidad de mímesis. De lo contrario, acabaremos siendo gente cuyo único mérito es tener una conexión de banda ancha y una amplia y bien surtida colección de revistas.

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