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Entrevistas

Gritos al vacío, las vanguardias del siglo XX

Juan David Correa entrevista a Carlos Granés

Los movimientos artísticos de principios del siglo pasado comenzaron siendo originales y revolucionarios. ¿Qué pasó después? Un perspicaz ensayista colombiano se pronuncia sobre el estado actual de la herencia de Duchamp.

Gritos al vacío
Edición N° 129

N° 129

Abril de 2012[ ver índice ]

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El Premio de Ensayo Isabel Polanco, entregado el año pasado a Carlos Granés, fue un justo reconocimiento al talante literario y refinamiento intelectual del autor de El puño invisible. Confieso que nunca había oído hablar de él. Al interesarme por el personaje, lo primero que supe fue que había sostenido una dura polémica con Gabriel Zaid, el escurridizo y atento autor de esa pieza fundamental llamada Los demasiados libros. Al rastrear la disputa en la página de la revista Letras Libres, lo que encontré fue un diálogo sobre el papel de la antropología entre nosotros. Zaid arremetía contra la actualidad de esta ciencia, mientras Granés defendía con fiereza la disciplina que estudió en la Universidad Complutense de Madrid, tras graduarse como psicólogo de la Javeriana. Después leí su libro.

El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales rezuma el conocimiento cultivado durante los doce años que Carlos Granés lleva en España, una aguda inteligencia, una prosa certera y cierto conservadurismo que en buena parte puede venir de sí mismo, pero en el que también se siente la huella de uno de sus amigos y tema de su primer libro, el Nobel peruano Mario Vargas Llosa. Cuando hablo de conservadurismo me refiero a que en este ensayo hay una especie de conmiseración por los movimientos de vanguardia que, vistos en perspectiva, le resultan a Granés en principio ciertamente primorosos y capaces de mover el estático suelo de la tradición en Occidente, y después puros gestos vacíos y faltos de seriedad, encerrando en ese arco incluso al socialismo, los movimientos de liberación de la mujer, y una serie de hitos que cambiaron el curso del siglo XX.

En las 400 páginas de El puño invisible se ha ahondado en cada uno de los ismos nacidos con el siglo anterior, sin dejar de mencionar, indagar y explicar los gestos, provocaciones, manifiestos y motivaciones que recorrieron el siglo de la mano de nombres como Hugo Ball, Filippo Marinetti, André Breton, Marcel Duchamp, John Cage, William Burroughs, Allen Ginsberg, y un largo etcétera que incluye a situacionistas, hippies, posmodernistas y discursos estructurales.

En este libro, Carlos Granés hace lo que los grandes críticos nos han enseñado: abre puertas, emite juicios, pone en contexto y es capaz de entablar una conversación fluida e inteligente con cada uno de sus reseñados.

Usted comenzó su formación académica estudiando psicología en la Universidad Javeriana de Bogotá. ¿Cuándo empezó a interesarse en las artes y por qué terminó escribiendo un libro sobre las vanguardias del siglo XX?
Después de graduarme de psicología en la Universidad Javeriana, en 1998, comencé a trabajar en la Facultad de Arte de la Universidad Jorge Tadeo Lozano como profesor de humanidades, así que al enfrentarme a mi tesis lo tenía claro: antropología del arte. ¿Informantes? Los amigos que había hecho en aquellos años o los profesores con los que había tomado tinto en la oficina de profesores: Mario Opazo, Milena Bonilla, Delcy Morelos, Rafael Ortiz, Mariana Dicker, José Alejandro Restrepo, etcétera. Me vine a España un poco a la aventura, gracias a que un par de abuelos catalanes, a los que nunca conocí, me dejaron como herencia un pasaporte. Creí que eso me arreglaba la vida, y en cierta forma sí, pero no como hubiera pensado. He sido un cliché. Es decir, un latinoamericano que viene a Madrid y tiene que asumir trabajitos miserables, por lo general ridículos (¡pero cómo se agradecen!), para poder pagar las cuentas y emplear el resto del tiempo en bibliotecas y tecleando manuscritos. Viajé a Berkeley gracias a un convenio entre la Complutense y la Universidad de California. Fue allá donde redacté mi tesis doctoral. También tomé cursos, asistí a conferencias y utilicé la impresionante biblioteca. En realidad, no era una beca-beca. Era una media-beca, de modo que también tuve que rebuscármela con trabajitos igualmente miserables y ridículos (que también se agradecieron mucho).

¿Por qué eligió rastrear las vanguardias del siglo XX? No es un tema muy común entre los estudiosos latinoamericanos...
Todo empezó como una pregunta muy antropológica: la insatisfacción humana que lleva a hombres y mujeres a buscar la utopía, a dejarse guiar más por fantasías que por realidades, a no conformarse con la imperfección del mundo y a buscar una nueva sociedad, un hombre nuevo, etcétera. Quería entender ese rasgo humano; quería ver cómo se había manifestado en la política, la religión y el arte. Pero el proyecto era descomunal, así que empecé por el arte, y específicamente por el arte que tuvo ese aliento revolucionario: las vanguardias del siglo XX. Menos mal, porque me ocurrió algo curioso que le dio nueva luz al proyecto. Mientras investigaba sobre el dadaísmo, tuve la sensación de que lo que proponía –los valores que defendía, las actitudes que promovía– era supremamente actual. Tuve la intuición de que el dadaísmo no había muerto, como suele creerse, sino que había sobrevivido y, con el tiempo, había logrado impregnar amplios sectores de las sociedades occidentales. Mi reto fue entonces ese: seguir la pista a los valores y actitudes de la vanguardia, ver cómo se esparció contagiando a nuevos artistas, a nuevos grupúsculos; ver la forma en que el virus viajó de ciudad a ciudad, hasta legitimarse, y entrar en los medios de comunicación y convertirse en algo cotidiano y habitual.

Hay una especie de mirada benévola con las primeras vanguardias, incluso con el futurismo, que pregonó muchas barbaridades y apoyó reciamente el fascismo de Mussolini.
Las primeras vanguardias fueron muy prolíficas. El futurismo lo hizo todo. Hasta anticipó la conversión de la gastronomía en arte. Y Marinetti sin duda fue un personaje muy interesante. Lo mismo Tzara, Ball, Duchamp y Breton, entre muchos otros. Sus vidas fueron verdaderas epopeyas con las que trataron de transformar por completo al ser humano y la sociedad. Había algo muy noble y puro en sus propósitos. Ese compromiso integral con sus ideas y proyectos es muy seductor, aunque en realidad yo aborrezco prácticamente todo el ideario futurista que proclama el manifiesto de Marinetti (y, desde luego, su nacionalismo, la más aberrante de las ideologías, que lo llevó finalmente a sucumbir ante Mussolini y su proyecto fascista), no soy en absoluto nihilista, como Tzara, y tampoco creo, como Breton, que desatando las fuerzas irracionales nos convertiremos en hombres nuevos.

Todos ellos fueron personajes que pelearon en medio de la oscuridad, asumieron grandes riesgos y pasaron, como en el caso de Breton, estrecheces económicas debido a su radical rechazo a la profesionalización del arte. Esa congruencia entre principios y acciones es muy seductora. Es noble... y es escasa, sobre todo hoy en día.

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