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Plomería filosófica

La filosofía es el saber que subyace bajo otros saberes y los interconecta. Sin embargo, la gran red comunicante puede obstruirse e incluso puede hacer explosión. En el siguiente ensayo, la veterana filósofa explica, llave inglesa en mano, cuál sería el camino para desbloquear los vasos comunicantes. 

Plomería filosófica
Traductor
Jorge Sierra
Edición N° 31

N° 31

Junio-julio de 2001[ ver índice ]

 ¿Es la filosofía como la plomería? He hecho esta comparación en varias ocasiones, queriendo recalcar con ello que el filosofar no es sólo admirable, elegante y difícil, sino además necesario. No es opcional. Esta idea causó alguna sorpresa e incluso ha sido considerada más bien indigna. La cuestión de la dignidad es muy interesante y volveremos a ella al final de este escrito. Pero primero me gustaría explorar la comparación de una forma más completa.

La plomería y la filosofía son actividades que surgen debido a que culturas desarrolladas como las nuestras tienen bajo su superficie un sistema bastante complejo que usualmente pasa inadvertido, pero que en algunas ocasiones no funciona como es debido. Esto puede tener graves consecuencias en ambos casos. Cada sistema abastece las necesidades básicas de aquellos que viven encima de él. Cada sistema es difícil de reparar cuando tiene fallas, porque ninguno fue conscientemente planeado como un todo. Ha habido muchos intentos ambiciosos por reformarlos. Pero, para los dos sistemas, las complicaciones existentes usualmente están muy difundidas como para permitir un nuevo comienzo radical.

Ninguno de los dos sistemas tuvo nunca un diseñador especializado que supiera exactamente qué necesidades tendría que satisfacer. Por el contrario, los dos han crecido imperceptiblemente a través de los siglos en la misma forma en la que crecen los organismos. Están siendo alterados gradualmente, aunque de forma constante, para satisfacer las exigencias cambiantes de los estilos de vida que se ramifican encima de ellos. En consecuencia, ambos sistemas son ahora muy complejos. Cuando surge un problema, se requiere un conocimiento especializado si es que ha de haber esperanza de localizar la falla y corregirla.

Aquí, sin embargo, nos topamos con la primera diferencia notable entre los dos casos. En cuanto a la plomería, todo el mundo acepta la necesidad de especialistas preparados. En cuanto a la filosofía, muchas personas —especialmente los ingleses— no sólo dudan de su necesidad, sino que con frecuencia son escépticos, incluso respecto a la existencia misma del sistema subyacente, el cual está oculto de manera más profunda. Cuando los conceptos con los que vivimos fallan, normalmente no gotean del techo o inundan la cocina. Simplemente distorsionan y obstruyen nuestro pensamiento de forma silenciosa.

Nosotros con frecuencia no notamos de manera consciente esta oscura disfunción, así como notamos la incomodidad ante un constante mal olor o ante una gripa que se desarrolla poco a poco. Podríamos lamentarnos diciendo que nuestra vida va mal, que nuestras acciones y relaciones no resultan como nos lo proponemos; pero puede ser muy difícil ver el por qué de lo que está pasando y qué hay que hacer al respecto. Encontramos mucho más simple buscar la fuente del problema fuera y no dentro de nosotros. Es notoriamente difícil ver errores en nuestra propia motivación o en la estructura de nuestros sentimientos. Pero es de alguna manera más complejo —incluso menos natural— enfocar nuestra atención hacia aquello que puede estar mal en la estructura de nuestro pensamiento. La atención se dirige de manera natural hacia fuera, hacia posibles faltas externas del mundo a nuestro alrededor. Cambiar la dirección del pensamiento dirigido hacia fuera para mirarse críticamente a sí mismo es algo bastante complicado. Es por eso que, en cualquier cultura, la filosofía es un desarrollo relativamente tardío.

Sin embargo, cuando las cosas fallan, tenemos que mirarnos críticamente. Entonces debemos, de algún modo, reajustar de nuevo nuestros conceptos subyacentes, debemos cambiar el conjunto de supuestos con los cuales crecimos. Debemos reformular aquellos supuestos —los cuales normalmente se encuentran desordenados e inarticulados— para así encontrar la fuente del problema. Y esta nueva formulación debe ser puesta a disposición de todos en una forma tal que los cambios necesarios sean vislumbrados como cambios posibles.

¿Disputas entre filosofía y poesía?

La necesidad de replantear nuestros conceptos es precisamente la necesidad para cuya satisfacción existe la filosofía. Y ésta no es una necesidad sentida sólo por personas con un alto grado de educación. Es una necesidad que incluso puede estropear la vida de personas que tienen muy poco interés en el pensamiento, y su fuerza puede ser vagamente sentida por cualquier persona que intente pensar. Cuando esta fuerza se torna más impetuosa, las personas que están decididas a pensar de una forma particularmente rigurosa se las ingenian para crear remedios contra su oscura molestia; así fue como comenzó la filosofía. Una y otra vez en el pasado, cuando los esquemas conceptuales comenzaron a fallar, alguien encontró el medio para sugerir un cambio que retirara el obstáculo, permitiéndole al pensamiento fluir hacia donde fuera necesario.

Efectuado el cambio, los que lo presencian tienden a lanzar profundos suspiros y decir: “Claro, yo ya lo sabía. ¿Por qué no se me ocurrió decirlo antes?”. (Algunas veces, de hecho, piensan que en realidad ya lo habían dicho...). Las nuevas sugerencias usualmente provienen en parte de sabios que no son filósofos de tiempo completo, especialmente de poetas u otros artistas. Shelley tenía razón al decir que los poetas están entre los legisladores no reconocidos de la humanidad. Ellos pueden mostrarnos una nueva visión; pero desarrollar a cabalidad las nuevas ideas es, no obstante, un tipo diferente de trabajo. Sin importar quién lo haga, siempre se trata de un trabajo filosófico. No sólo se necesita una nueva visión, sino también la articulación cuidadosa y disciplinada de sus detalles y consecuencias.

La mayor parte del trabajo filosófico es tedioso y algunas veces puede convertirse en algo sorprendentemente largo y difícil, pero es indispensable. Cualquier idea nueva y poderosa exige una gran cantidad de cambios y entre más útil vaya a ser, más necesidad hay de desarrollar tales cambios hasta el fondo. Para hacerlo, es de gran ayuda estar enterado de otras visiones y de otras clases de cambios y así tener alguna preparación sobre los antecedentes de la forma en la que esos desarrollos conceptuales anteriores han funcionado. Claro que ha habido algunos filósofos autodidactas que no han contado con la ventaja de esos antecedentes —Tom Paine fue uno—, pero para ellos el trabajo es mucho más arduo.

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