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Columnas

¿Alternativas?

El arte del trapecio

Ante una posible negociación con las Farc, algunos piensan que el costo de la paz es mayor que el de la guerra. Pero, ¿cuáles son las alternativas?

Columna Gutiérrez Sanín
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Se está tramitando en el Congreso colombiano un instrumento jurídico del que se dice que está diseñado con el propósito de crear condiciones institucionales adecuadas para una eventual negociación con las Farc. ¿Conviene o no al país? En principio, creo que sí, dadas algunas condiciones previas (que realmente conduzca al desarme, que no se caiga en ingenuidades tipo Caguán, etcétera). Las razones detrás de esta afirmación son simples. Primero, la victoria militar del Estado colombiano sobre la guerrilla –que con tan predecible regularidad han proclamado desde generales convencidos hasta analistas apresurados– ha demostrado ser bastante esquiva, y hoy ya nadie se llena la boca proclamando “el fin del fin”. Segundo, una negociación implica una serie de procesos de incorporación factual y simbólica que podrían estar ausentes en una solución de fuerza, y contribuir a hacer de la sociedad colombiana una más vivible y más sostenible. En tercer lugar, el conflicto lleva al menos tres décadas (según mis cuentas, que son las más conservadoras; para otros, son cinco, o seis, o siete, o muchas más). Es cosa de burros persistir en el mismo camino. Para que no se crea que digo todo esto por algún prurito faccioso, me permito recordar que apoyé públicamente las conversaciones del gobierno de Uribe con los paramilitares, a pesar de que no me gustaba ninguno de los dos. Pensaba entonces que esos acuerdos, si contenían suficientes pesos y contrapesos y permitían establecer mínimamente la verdad de lo que había sucedido, tendrían el efecto de desinflar los niveles de violencia en el país y de hacer posible el acceso de cientos de miles de víctimas a alguna forma, así fuera imperfecta y modesta, de reparación. El tiempo no ha desmentido dicha expectativa. La turbulenta reinserción paramilitar terminó involucrando suficientes instrumentos y actores –cierto, a contrapelo de los deseos del gobierno de aquel entonces– como para ser más que un simple acto de complicidad, y contribuyó a desmontar una parte muy sustancial de aquel aparato y a liberar de su nefasta influencia a una parte significativa del Estado y la sociedad.

El proyecto en trámite en el Congreso, sin embargo, fue duramente castigado por José Miguel Vivanco, en nombre de Human Rights Watch. El punto de vista de Vivanco también es simple, y fácilmente comprensible. Cualquier forma de arreglo implicaría niveles de impunidad muy altos y beneficios para los actores armados. En particular, las Farc han cometido innumerables y terribles atrocidades. Crear un “marco jurídico para la paz” significaría condonarlas, explícita o implícitamente. El actual gobierno colombiano –que Francisco Leal describió como preocupado prioritariamente por quedar bien con todo el mundo– corrió a tratar de hacerse perdonar del señor Vivanco, y prometió que no habría impunidad. Santo y bueno. ¿Pero entonces cómo van a hacer para asimilar a los líderes y combatientes de una fuerza que tiene una decena de miles de miembros y redes de apoyo no despreciables? ¿Los mandarán a todos a una cárcel de alta seguridad? ¿O es que finalmente tiraron al mar las ya proverbiales “llaves de la paz”?

Porque estos problemas no se resuelven con palabras bonitas, o con esguinces y bálsamos verbales. La verdad es que, como nos ha sucedido rutinariamente, la perspectiva de la paz nos pone frente a la cuadratura del círculo. Dicho de otra manera, carecemos de un consenso social sobre cuál magnitud es mayor: si los costos de la guerra, o los costos de la paz. El señor Vivanco ha emitido un pronunciamiento que es admirable en un par de sentidos. Primero, muestra que no tiene contabilidad por partida doble, algo de lo que se acusa alegremente a los defensores de derechos humanos, y que es capaz de castigar los crímenes de las Farc con la misma dureza con la que denunció los de los paramilitares. Y segundo, se para en el terreno elevado de la moral y la defensa sin resquicios de las víctimas, lo cual además es su oficio. Buen y respetable oficio. Dicho esto, tengo que decir que deploré su declaración. Pues me pareció profundamente irresponsable. Malhumorada, pero irresponsable. En política no es serio criticar un curso de acción sin proponer alguna clase de alternativa. En este caso, la alternativa de facto es continuar en las mismas, o apostarle a la victoria militar de alguno de los bandos. Bueno, llevamos ya una generación en estas (la mía, lo que no me hace ninguna gracia) y el desenlace no parece cercano. Dejar caer sobre cualquier iniciativa pro paz el torrente retórico de la indignación es analíticamente vacuo (y moralmente reprochable, cuando la persona que hace tales pronunciamientos no sufre los costos del statu quo, que es lo que en la práctica está defendiendo).

La coalición de gobierno podrá correr a aplacar a los críticos, y tiene buenas razones para ello: por ejemplo, está en trance de sacar adelante una terrible propuesta de fuero militar, que efectivamente constituiría un desastre para los derechos humanos en este país. Para no hablar de que en el “marco jurídico” puedan colarse micos a favor de congresistas encartados en la parapolítica, es decir, que no se esté legislando sino para la paz y la tranquilidad de los propios parlamentarios. En un grupo con tantos rabos de paja, uno entiende que sea prudente no arrimarse a la candela. Pero creo que la sociedad colombiana tiene que empezar un debate razonado, serio, con argumentos, sin que la retórica del señor Vivanco se le convierta aun en otro estorbo fatal para terminar esta pesadilla. Es claro que la paz no se debe comprar a cualquier precio. Pero la ilusión de que se pueda obtener gratis es ridícula.

No se dejen meter los dedos a la boca: en el contexto internacional, conversar con grupos irregulares aún es viable, y no dejará de serlo (en Afganistán se está negociando con los talibanes a los ojos del mundo entero). Es posible que no sea el momento de las acciones para la paz: no lo sé. Pero ciertamente es el momento de las ideas.

 

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