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Poesía

Cuatro poemas

A pesar de su ingenio y sentido del humor, la obra de Kenneth Koch prácticamente no ha sido traducida al castellano. Rescatamos cuatro poemas breves publicados en Thank You and Other Poems en 1962.

Cuatro poemas
Traductor
Jordi Doce
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Conocemos bastante bien la obra de John Ashbery o de Frank O’Hara, pero no así la de otros dos grandes poetas de la llamada Escuela de Nueva York: James Schuyler y Kenneth Koch (1925-2002). De Koch, en concreto, creo que no hay nada traducido al castellano, al menos en España, y es una lástima, porque su sentido del humor es aún más lúdico y disolvente que el de O’Hara. En parte, esta ausencia se debe a que el fuerte de Koch eran los poemas extensos, largas series como “Fresh Air”, “The Pleasures of Peace” o “The Art of Poetry”, en los que desplegó con generosa abundancia su inventiva verbal y su iconoclasia, esa forma que tenía de burlarse (a veces de manera violenta o acre) de la poesía y los poetas que se tomaban demasiado en serio. Su particular Leviatán fue siempre el ambiente poético al que hubo de enfrentarse en los años cincuenta, escritores como Richard Wilbur, John Berryman o el primer Lowell, educados en la estela de Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y a cifrarlo todo en forma de símbolo. Como afirma en “Fresh Air”: “¡Me ponéis enfermo con toda vuestra palabrería sobre la contención y el talento maduro! / ¿No habéis mirado nunca por la ventana un cuadro de Matisse, / o es que habéis estado siempre en hoteles donde había demasiadas arañas arrastrándose por vuestros rostros? / ... / Ah, quién tuviera diecisiete años / de nuevo ... y no supiera aún que la poesía / está sometida al cetro de los mudos, los sordos y los repulsivos”. Los grandes molinos que Koch atacó una y otra vez fueron la solemnidad y la pedantería, la creación poética convertida en “carrera literaria”, el énfasis en la dificultad y la maestría técnica como fines que justificaban toda escritura. Lo peor, a su juicio, es que un poema fuera aburrido, o anodino, o que desprendiera un tufo de experimento de laboratorio solo válido para engrosar currículos universitarios. Lo dice bien a las claras en el poema ya citado: “Dónde están los poetas jóvenes en América, están temblando en las editoriales y las universidades, / sobre todo tiemblan en las universidades, bañan los peldaños de la biblioteca con su saliva, / gargarizan poemas inocuos (¿a quién?) sobre arces y sus propios hijos, / a veces lidian con un tema como Villa d’Este o un faro en Rhode Island, / ¡ah qué gusanos son! Desean perfeccionar su forma. / Sin embargo ¿no podrían estos jóvenes, puestos en otra profesión, / triunfar admirablemente, digamos gobernando un barco? No lo dudo, Señor, y ojalá pudiéramos ponerlos a prueba...”. La diatriba se prolonga cinco páginas más y funciona más que “admirablemente”, como diría el poeta. (Me pregunto, por cierto, si no sería posible “traducirla” o “trasladarla” al ámbito hispanohablante, cambiando aquellas referencias por otras más cercanas o comprensibles; practicar una reescritura cultural, por así decirlo, que nos ayudara a poner en solfa a nuestros particulares popes y maestros.)

Sin embargo, Koch empezó bajo la influencia (que siempre reconoció gustosamente, aunque alguna vez la calificara de “torva”) de Yeats y también de Wallace Stevens, a quienes estudió en Harvard bajo el magisterio de Delmore Schwartz. Más tarde inició estudios de doctorado en la Universidad de Columbia, donde pasaría cuatro décadas como profesor de literatura y escritura creativa. Allí tuvo como alumnos a poetas tan destacados como Ron Padgett, David Shapiro o David Lehman. Al parecer, sus clases eran memorables: tenía por costumbre subirse a los pupitres para declamar a Whitman (espero que con mayor fortuna que el personaje de Robin Williams en esa película tan cursi llamada La sociedad de los poetas muertos) y también cantar trozos de óperas italianas para ilustrar sus ideas. Escribió no solo muchos libros de poemas sino también teatro, libretos para óperas contemporáneas y algún que otro manual (a falta de mejor nombre) de escritura creativa. Murió en 2002 en Nueva York, de leucemia, no sin antes haber sido elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras (en 1996).

He escogido cuatro poemas breves tomados de su primer gran libro, Thank You and Other Poems, aparecido en 1962. Antes había publicado un par de cuadernos, pero fue gracias a Gracias…, valga la redundancia, como se dio a conocer a los lectores. Hoy día sigue siendo uno de sus libros más apreciados por su energía, imaginación y sentido del humor, tan visible en su parodia de Wiliam Carlos Williams o en el sutil lirismo de “Para ti” (con un guiño simpático a Wallace Stevens...). La comicidad, en Koch, no excluye la emoción: como en Ashbery o incluso en Schuyler, se adivina una tenue nostalgia por esa América tempranamente pop de los años treinta y cuarenta que fue el paisaje de fondo de su infancia. En “Variaciones sobre un tema de William Carlos Williams”, Koch opta por la hipérbole, sacando de quicio el original de Williams y potenciando su secreta dosis de absurdo. Estoy seguro de que el propio Williams disfrutaría con este homenaje, que vio la luz un año antes de su muerte. Por lo demás, pocos poemas de amor pueden enorgullecerse de un final como el de “Para ti”, capaz de dar vida a los viejos tropos del sol y el amanecer con un remate sentencioso y abierto como el mejor de los aforismos. (Por cierto, ¿soy yo, o en ese verso “de Hartford a Miami” se esconde un guiño a Wallace Stevens, el agente de seguros de Hartford que solía veranear sin falta en Florida?)

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