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Retromanía

Reediciones, reencauches, tributos... ¿Está la fascinación por lo vintage condenando a la música a repetir una y otra vez su brillante pasado?

Retromanía
Traductor
Teresa Arijón
Edición N° 130

N° 130

Mayo de 2012[ ver índice ]

Vivimos en una era del pop que se ha vuelto loca por lo retro y fanática de la conmemoración. Bandas que vuelven a juntarse y giras de reunión, álbumes tributo y cajas recopilatorias, festivales aniversario y conciertos en vivo de álbumes clásicos: cada nuevo año es mejor que el anterior para consumir música de ayer. ¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea... su pasado?

Es probable que estas palabras sean innecesariamente apocalípticas, pero el escenario que imagino no es un cataclismo sino un debilitamiento gradual. Así termina el pop, no con un bang sino con una caja recopilatoria cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar y una entrada sobrevalorada para la puesta en escena, tema por tema, del álbum de los Pixies o de Pavement que escuchábamos sin pausa el primer año de la universidad.

Alguna vez, el metabolismo del pop zumbaba de energía dinámica, produciendo esa sensación de sumergirse-en-el-futuro tan característica de períodos como los sesenta psicodélicos, los setenta pospunks, los ochenta del hip-hop y los noventa de la rave. Los años 2000 tienen otra impronta. Tim Finney, el crítico de Pitchfork, advirtió “la curiosa lentitud con que avanza esta década”. Finney se refería específicamente a la música dance electrónica, que a lo largo de los noventa había sido la vanguardia de la cultura pop y producía un nuevo “próximo gran éxito” cada temporada. Pero la observación de Finney no solamente puede aplicarse a la música dance sino también a la música pop en su conjunto. La sensación de avanzar se fue volviendo cada vez más lánguida en el transcurso de la década. El tiempo parecía aletargado, como un río que comienza a serpentear dejando aguas estancadas a su paso.

Si el pulso del AHORA se sentía más débil con cada año que pasaba, es porque en los 2000 el presente del pop fue paulatinamente invadido por el pasado, ya fuera en forma de recuerdos archivados del ayer o de viejos estilos pirateados por el retrorock. En lugar de ser lo que eran, los 2000 se limitaron a reproducir muchas de las décadas anteriores al unísono: una simultaneidad temporal del pop que termina por abolir la historia e impide que el presente se perciba a sí mismo como una época dotada de identidad y sensibilidad propias y distintivas.

En vez de ser un umbral hacia el futuro, los primeros diez años del siglo xxi resultaron ser una década “re”. Los 2000 estuvieron dominados por el prefijo “re”: revivals, reediciones, remakes, reescenificaciones. Retrospección interminable: cada año traía una nueva racha de aniversarios, con su superabundancia de biografías, memorias rockumentales, biopics y números conmemorativos de revistas. Además estaban las reformaciones (nuevas formaciones) de las bandas, ya se tratara de grupos que se reunían para realizar giras nostálgicas cuyo objetivo era reabastecer (o abultar todavía más) las cuentas bancarias de sus integrantes (The Police, Led Zeppelin, Pixies... la lista es interminable), o de una precuela para retornar al estudio de grabación y relanzar sus carreras (Devo, Fleetwood Mac, My Bloody Valentine et al.).

La palabra “retro” tiene un significado específico: refiere a un fetiche autoconsciente por la estilización de un período (en cuanto a música, ropa y diseño) que se expresa creativamente a través del pastiche y la cita. Lo retro, en su sentido más estricto, tiende a ser la prerrogativa de los estetas, los connoisseurs y los coleccionistas, personas que poseen una profundidad de conocimiento casi académica combinada con un afilado sentido de la ironía. Pero la palabra empezó a usarse de una manera mucho más vaga para describir todo aquello que está relacionado con el pasado relativamente reciente de la cultura pop. Siguiendo este uso común y menos estricto de la palabra, Retromanía investiga el espectro completo de usos y abusos contemporáneos del pasado pop. Esto incluye fenómenos tales como la presencia cada vez mayor de la vieja cultura pop en nuestras vidas: desde la accesibilidad de los discos de catálogo hasta el gigantesco archivo colectivo de YouTube y los cambios masivos en el consumo de música que son consecuencia directa de aparatos reproductores como el iPod (que muchas veces funcionan como una estación de radio personal donde solo transmiten “oldies”). Otro aspecto importante es el envejecimiento natural de la música rock después de unos cincuenta años de existencia: artistas del pasado que continúan vigentes y siguen haciendo giras y grabando discos, pero también artistas del pasado que preparan su regreso después de un largo período de silencio. Por último, está la “nueva vieja” música de los músicos jóvenes que buscan sustento en el pasado, y casi siempre lo hacen de manera claramente ostentosa y arty.

Esta clase de retromanía se ha transformado en una fuerza dominante de nuestra cultura, a tal extremo que parecemos haber llegado a una suerte de punto de inflexión. ¿La nostalgia obstaculiza la capacidad de nuestra cultura para avanzar? ¿O somos nostálgicos precisamente porque nuestra cultura ha dejado de avanzar y por lo tanto debemos mirar inevitablemente hacia atrás en busca de momentos más potentes y dinámicos? ¿Pero qué ocurrirá cuando nos quedemos sin pasado? ¿Nos estaremos dirigiendo a una suerte de catástrofe cultural-ecológica, en la que los recursos de la historia pop se habrán agotado? Y de todas las cosas que ocurrieron durante la década pasada, ¿cuáles podrían alimentar la locura nostálgica y las tendencias retro del mañana?

No obstante, Retromanía no es una denuncia lisa y llana de lo retro en tanto manifestación de regresión o decadencia cultural. ¿Cómo podría serlo, cuando yo mismo soy cómplice? Así como he escrito artículos y reseñas periodísticas sobre la “música que abre nuevas fronteras” como la rave y la electrónica, y he celebrado la existencia de movimientos que eran puro futurismo como el pospunk, también he sido un ávido partícipe de la cultura retro: como historiador, reseñista de reediciones, cabeza parlante en documentales de rock y como escritor de booklets. Pero esto va más allá del desempeño profesional. Como fan de la música, soy tan adicto a la retrospección como cualquiera: merodeo por las tiendas de discos de segunda mano, estudio minuciosamente los libros de rock, vivo pegado a vh1 Classic y a YouTube, devoro documentales de rock. Añoro el futuro que nos ha dejado atrás, pero también siento la atracción del pasado.

He dedicado mucho tiempo y amor a ciertas bandas que podrían ser fácilmente desestimadas como un mero pastiche retro. Tuve que recurrir a argumentos ingeniosos y a metáforas torturadas para explicar por qué más de una de las bandas que particularmente yo adoro no integran el grupo de los necrófilos ladrones de tumbas. El ejemplo más reciente es Ariel Pink, probablemente mi músico favorito de los 2000, cuyo Before Today fue unánimemente aclamado como uno de los mejores álbumes de 2010. Sin el menor rastro de vergüenza, Ariel describe su sonido –un entramado de ecos borrosos de pop radial idílico de los sesenta, setenta y ochenta– como “retrolicioso”. ¡Y lo es! Después de todo, la nostalgia es una de las grandes emociones pop. Y a veces, esa nostalgia puede encarnar la agridulce añoranza del pop por su propia edad dorada perdida. En otras palabras: algunos de los grandes artistas de nuestra época están haciendo una música cuya emoción primordial se dirige hacia otra música, hacia una música anterior. Pero, una vez más, ¿no hay algo profundamente errado en el hecho de que tanta de la mejor música de la última década suene como si hubiera sido compuesta veinte, treinta o incluso cuarenta años atrás?

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