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Coda

Carlos Fuentes. El precio de la ambición

Ahora que ha cesado la fanfarria, conviene volver a los libros del autor mexicano. ¿Exactamente qué nos deja su literatura?.

Edición N° 131

N° 131

Junio de 2012[ ver índice ]

La muerte de Carlos Fuentes ha llenado de elogios y panegíricos las páginas de los periódicos y los informativos de televisión. Si un marciano nos hubiera espiado esos días, habría llegado a la conclusión de que en vez de un escritor había muerto un hombre del poder, casi un gran hombre de Estado. Desde la muerte de Camilo José Cela –donde portaron el féretro ministros, gaiteros e incluso bomberos lusitanos– no se había repetido tal despliegue en el mundo literario hispanoamericano. Todo eso queda un poco raro en una sociedad donde la literatura, desgraciadamente, ha pasado a ser un entretenimiento más y el escritor ha bajado –por inanición propia y exaltación del mercado– una serie de peldaños en la escala. Pero muerto Fuentes, se ha desatado cierta histeria mitomaníaca y no puedo creer que haya sido a causa de sus libros sino más bien a costa del personaje, de su personaje. Políticos, empresarios, periodistas, algún que otro magnate, han tejido el sudario de Fuentes con hilo de oro y sospecho que a él le habría gustado: de ellos se rodeó en vida, al fin y al cabo. Yo solo les formularía una pregunta: ¿leyó usted Terra nostra, la novela considerada “mayor” de Fuentes? ¿Pudo leerla entera? ¿Qué opina de ella? (Sin consultar en Google, desde luego.)

Guardo la primera edición de Terra nostra –Seix Barral, diciembre de 1975– entre cuatro o cinco libros más de Carlos Fuentes que leí con devoción allá por los setenta. Eran los tiempos del Boom y cada escritor latinoamericano (que es la denominación –jesuítica– que ellos prefieren) había de escribir una novela caudalosa: eso era no solo un noble deber cervantino, sino una forma de entender el género, y todos, antes o después, cumplieron o habían cumplido. Paradiso, de Lezama, lo fue; lo fue Rayuela, de Cortázar; lo fue el estandarte Cien años de soledad y lo fueron Conversación en la catedral, de Vargas Llosa y La Habana para un infante difunto, de Guillermo Cabrera Infante. Todas ellas, salvo Cien años, son novelas publicadas en la década de los setenta; todas nacieron en la misma clínica (ese fenómeno extraordinario que revitalizó la novela escrita en castellano) y sumadas –y solo he citado seis– alcanzan las 4.000 páginas: menudo exceso si lo pensamos ahora. Pero en aquellos tiempos las propuestas de Italo Calvino no se habían inventado, ni tampoco el minimal, ni lo portátil, y los novelistas de mitad del siglo XX sabían de Balzac y Joyce a partes iguales; quiero decir que pertenecían a la tradición narrativa occidental, su vocación era grande y ellos escritores (esto, que parece una perogrullada, no lo es). Y otro detalle más: salvo Terra nostra y Cien años de soledad, todas las demás tienen como eje central la ciudad: París en Cortázar, La Habana en Lezama y Cabrera, Lima en Vargas Llosa: la ciudad como territorio natural de la novela; la ciudad como humus de la novela, dos herencias decimonónicas. Pero de todas ellas, la que peor ha aguantado el paso del tiempo ha sido Terra nostra. Probablemente porque ya en el momento de su aparición no cumplió las expectativas que su ambición daba a entender que encerraba.

Llegué a Terra nostra y abandoné Terra nostra después de un primer desencuentro como lector con Carlos Fuentes. Lo cierto es que me pareció un pestiño pretencioso escrito sobre falsilla. Me habían gustado La región más transparente y La muerte de Artemio Cruz. Me habían fascinado Aura –aunque luego pensé que estaba escrita con la plantilla de Los papeles de Aspern, de Henry James– y Zona sagrada, de la que incluso cogí, deformándola, una frase de su primer capítulo para integrarla en uno de mis poemas adolescentes (yo tenía entonces dieciséis años): “cabalgarías al atardecer por las playas de Positano”, decía “mi” verso que no era, exactamente, mío; “cabalgará todas las mañanas, desde ahora, en la playa de Positano”, decía la frase de Fuentes. Pero ya en Cambio de piel –cuya lectura no abandoné como había hecho con Terra nostra– empecé a sentirme alejado como lector del mundo del autor mexicano. Quiero decir con esto que nunca he de olvidar lo que le debe el joven que fui –y no me refiero al verso– a la primera literatura de Fuentes, y es cierto que a veces somos más injustos con aquellos escritores que nos cautivaron para después aburrirnos, que con los que nunca nos interesaron. ¿Es este el caso?

Tal vez. Lo sería si ya no hubiera intentado volver a Fuentes. Pero lo hice y fracasé. La extraña dispersión de Terra nostra, su voluntad de experimentalismo sin puerto de llegada y la confusión como eje narrativo me rechazaban una y otra vez. Solo en algunos diálogos de la película Gringo viejo –tomados, supongo, de su novela homónima– aprecié al escritor que me había gustado en mi juventud y lo cierto es que lo agradecí como aquel al que un aroma devuelve por unos instantes a un lugar donde ha sido feliz. Pero poco a poco, en Fuentes, se había impuesto su figura social sobre la literaria y eso sí que no tenía nada que ver con mi condición de lector y sí con una cierta doblez moral. Su amistad y posterior enfrentamiento con Octavio Paz –que como intelectual me pareció y sigue pareciéndome más coherente y esencial (tanto en su poesía como en sus ensayos literarios y políticos)– influyó también en mi postura. Recuerdo que Zona sagrada estaba dedicada a Paz y a su mujer y que había sido el Nobel mexicano quien prologó la antología narrativa de Fuentes publicada por Alianza, Cuerpos y ofrendas (que era donde yo había leído Aura). Octavio Paz había apoyado a Fuentes, digamos que con generosidad desacostumbrada entre escritores, y a muchos nos quedó la impresión de que quien había fallado en esa relación personal –al margen o no de que las posturas políticas pudieran diferir– había sido Carlos Fuentes. Y si hablo de generosidad es porque esto funciona así: en un enfrentamiento entre escritores siempre suele ser el más generoso con la obra y persona del otro –al menos durante un tiempo– el que resulta ofendido por ese otro, que esgrime, además, alguna causa imaginada o imaginaria que oculta su verdadero motivo de ofensor. Ahí no había solo política; había, más que otra cosa, una manera de estar en el mundo –especialmente en su relación con el poder– y en ese sentido mis simpatías iban hacia Octavio Paz y no hacia Fuentes, ahijado de la agit-prop cultural de hoy y de siempre, cultivador del mismo, y apadrinado por la riqueza del mundo. Cuando Paz murió, todo eso revivió. Ahora, con la muerte de Carlos Fuentes, he vuelto a acordarme.
 

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