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Los compositores olvidados

Al pensar en música clásica por lo general nos fijamos en los sospechosos de siempre: Mozart, Bach o Beethoven. Sin embargo, en el pasado hubo compositores que gozaron de igual fama que ellos. ¿Quiénes son?, ¿qué pasó con sus obras?

Los compositores olvidados
Ilustrador
Bea Crespo
Traductor
Juan Carlos Garay
Edición N° 133

N° 133

Agosto de 2012[ ver índice ]

En el segundo acto de la opereta El mikado, de Gilbert y Sullivan, el protagonista canta acerca de un hombre que asiste a “misas y fugas y opus / de Bach, combinadas / con Spohr y Beethoven, / los clásicos populares”. En efecto, Ludwig (o Louis, como se nombró en su autobiografía) Spohr era un nombre tan familiar que se citaba en medio de Bach y Beethoven.

Desde luego que Gilbert, el libretista, necesitaba un apellido de compositor de una sola sílaba para que encajara en la métrica del verso, pero habría podido nombrar a Gluck, a Grieg, a Liszt, a Raff, incluso a Johann Strauss; solo que ninguno le proporcionaba el efecto deseado de una manera tan efectiva como Spohr. Sencillamente, Spohr era parte del canon en aquellos días. Hoy en cambio, si uno hace una encuesta aleatoria, difícilmente encontrará una sola persona que haya oído hablar de él. Pero, bueno, en otra encuesta aleatoria que hice años atrás, el 80% no sabía tampoco la fecha del Día de san Jorge ni del natalicio de Shakespeare.

En la primera edición del Diccionario Grove de la música y los músicos, la entrada de Spohr tenía una extensión de ocho páginas (16 columnas), en tanto que de Johann Strauss se dice que “su pluma aún está activa” –era 1883– y solo se le dedica una columna. Si uno asiste a cualquiera de las salas de conciertos construidas en la segunda mitad del siglo XIX, ahí estará el busto de Spohr al lado de las figuras de Haydn, Mozart y Schubert. Esto resulta especialmente cierto si uno visita esas edificaciones en Inglaterra, donde hubo una auténtica “spohrmanía”.

Spohr, nacido en 1784 en Brunswick, Alemania, fue un niño prodigio del violín y la composición. Como director de orquesta se cuenta entre los pioneros del uso de la batuta, y fue uno de los primeros promotores de Wagner. Sus óperas fueron inmensamente exitosas, entre ellas Fausto (revivida en Londres en 1984) y Jessonda. También se interpretaron sus oratorios: en las tiendas de partituras de segunda se encuentran con sorprendente frecuencia copias muy gastadas de El Calvario y El Juicio Final.

Los compositores se ponen de moda y pasan de moda. Incluso el todopoderoso Bach tuvo que ser rescatado del olvido por Mendelssohn. Los conciertos para piano de Mozart se tocaron en muy raras ocasiones durante el siglo XIX; Liszt, por ejemplo, nunca los tocó. A Vivaldi casi nadie lo había oído; la misma edición del Diccionario Grove le dedica apenas dos columnas: “Poseía facultades creativas en grado limitado”. Estos tres genios ahora ocupan su lugar merecido en el gran panteón. Spohr es uno de los muchos compositores cuyo caso es el contrario: su música alcanzó una inmensa popularidad en vida, fue admirado por sus colegas y alabado por los críticos más influyentes; pero después de su muerte, en un lapso relativamente breve, cayó en el olvido.

Aquello que alguna vez fue encantador y enormemente estimado de pronto pierde su brillo, e incluso sus méritos se perciben como fallas. “El rango de su talento no fue amplio”, dice ahora el Grove. “No parece haber salido de un círculo de ideas y sentimientos... Era aficionado a experimentar en la composición, como en el caso de sus novedosas combinaciones de instrumentos (los cuartetos dobles, la sinfonía para dos orquestas y el concierto para cuarteto, entre otros), pero bajo estas vestiduras y títulos frescos no se encuentra otra cosa que el mismo Spohr de siempre, incapaz de dar un nuevo rostro a unos pocos compases siquiera”. Puede ser cierto, pero, ¿acaso el hecho de que no habitó el Olimpo, de que no todas sus obras se lancen hacia adelante, ni busquen nuevas expresiones ni comenten la condición humana, significa que debamos tirarlas al basurero? Los exquisitos conciertos para clarinete de Spohr, los conciertos para violín y varias de sus sinfonías, por no mencionar el magistral Noneto en Fa mayor opus 31, son obras de un compositor notable. Y sin embargo, ¿dónde están en las programaciones de las salas de conciertos del mundo?

El fenómeno se aplica a los compositores de segunda división, y en particular a los que vivieron el siglo XIX. En tanto que las brigadas de la música antigua y los especialistas en el período barroco han hecho su agosto (o mejor, medio siglo de agostos) descubriendo los tesoros enterrados de los siglos XVI, XVII y XVIII, los nombres olvidados del Romanticismo todavía están en mora de regresar con esa misma fuerza. Por ejemplo, las cuatro R: Raff, Reinecke, Rheinberger y Rubinstein. Sus obras han llegado al disco gracias a los sellos independientes –ninguno de los grandes–, pero sus nombres están ausentes de aquellos teatros europeos que alguna vez llenaron.

Incluso la obra más mediocre de la pluma de un gran compositor reconocido es programada repetidamente por directores, promotores, solistas. Es terreno seguro. Hay una marca de excelencia que respalda. Las mejores obras de cualquiera de las cuatro R, aunque sean igual de buenas, si no mejores, tienen que dar la lucha: la Sinfonía N° 3 de Raff, su Concierto para piano en do menor, su Concierto para violonchelo; el Concierto para piano en fa sostenido menor de Reinecke; los dos conciertos para órgano de Rheinberger; la alguna vez popular sinfonía Océano de Rubinstein y, aún al margen del repertorio, su Concierto para piano N° 4 (que el joven concertista Joseph Moog acaba de grabar). ¿Por qué el público no tiene oportunidad de escuchar la música de primera de los compositores de segunda?
 

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