Hace unos días pensábamos comentar en este Iceberg la poco usual circunstancia de que una revista como El Malpensante alcance los 16 años. Ya metidos en el asunto, hasta le hubiéramos dedicado un par de líneas a los dos Simón Bolívar que ganamos con una entrevista de Juan Gabriel Vásquez y un perfil de María Alexandra Cabrera. Sin embargo, después de leer unas retadoras declaraciones de Alfredo Bryce Echenique en el diario El País de España nos pareció indispensable hacer un comentario al respecto. Como casi todo el mundo sabe, el autor peruano ha sido objeto de una encendida controversia a raíz de que le fuera concedido en septiembre el Premio fil de Literatura, sin duda uno de los galardones más prestigiosos de la lengua española y, al menos hasta el día de ese fallo, uno de los pocos premios con un mínimo de credibilidad literaria.
El argumento central en esta discusión es que no debería premiarse a un autor acusado de haber cometido numerosos plagios en sus columnas periodísticas. Pese a ello, en la entrevista de El País, Bryce sostiene que no solo “nunca” ha plagiado sino que ha salido vencedor en todos los juicios que se le han iniciado al respecto. Quien conozca la trayectoria del autor peruano no se sorprenderá con estas defensas pueriles: al fin y al cabo, uno puede decir misa si hay quien lo oiga. Lo que sorprende es que un periódico serio como El País (y un periodista experimentado como el colombiano Winston Manrique Sabogal) se preste para ser cajas de resonancia de afirmaciones absolutamente falsas. Los plagios de Bryce no están en discusión: entre muchos otros, Ricardo Cayuela en la revista Letras Libres, Fabiola Ramírez en Nexos y María Soledad de la Cerda en Proceso han demostrado que en por lo menos 32 ocasiones Bryce se apropió de material ajeno, alcanzando en esa tarea grados pintorescos de descaro: “Del discurso mío en la Real Academia de Ciencias Exactas de 1991 –comentó con mucho humor Santiago de Mora-Figueroa–, Alfredo Bryce Echenique consiguió sacar (y cobrar) ocho artículos y una ponencia para el iii Congreso Internacional de la Lengua Española” (¡!).
Otro tanto podría decirse de las supuestas victorias de Bryce en los estrados. En una breve nota enviada a los medios, afirmó desafiante: “Que una cosa quede clara. Yo ya he ganado todos los juicios, e Indecopi, la institución peruana que defiende los derechos de autor, me ha devuelto con intereses la multa que me impuso. Por lo tanto, quienes me atacan en México, diciendo que me han multado, deben rectificarse y reconocer que se han indignado excesivamente: no hay juicios pendientes, y no he sido multado sino más bien desmultado”.
La realidad es muy distinta: ni el Indecopi ha sido obligado a devolver los 71.000 nuevos soles de la multa, ni el juicio ha sido fallado a favor de Bryce, tal como puede comprobarlo cualquiera que visite la página del instituto y consulte el estatus legal del caso. Por cierto, ¿no habrá entre los lectores de esta revista un abogado que nos explique por qué, si Bryce ha salido vencedor cual Mío Cid en todas las batallas, su abogado está apelando ante el Constitucional del Perú?
Al final de la entrevista, Winston Manrique Sabogal les pregunta al autor de Un mundo para Julius si tiene algo para decirle a sus críticos, y él responde: “¡Que se jodan!”. Ojalá fuera tan fácil: en este caso los que de verdad se joden son un premio con una larga tradición de transparencia y los miembros del patronato que, contra lo aconsejado por el sentido común, porfiaron en darle la distinción y en dársela de la peor manera posible. No estamos seguros de que nuestros lectores sepan que, a diferencia de lo hecho durante las veintiún ediciones anteriores, esta vez el Premio fil no se entregará durante la Feria de Guadalajara sino que Bryce lo recibirá privadamente en su casa de Lima. A eso hemos llegado: premios de literatura que se entregan con tanto sigilo y verguenza como si se estuviera vendiendo cocaína.
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