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Edición especial

Portugal como finisterre

La crisis económica que vive Portugal no es en absoluto un asunto reciente y asociado de manera exclusiva al comportamiento del euro. Un examen de la historia del país deja al descubierto las hondas raíces de la pobreza lusitana.

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Nicolás Barbosa López
Edición N° 140

N° 140

Abril de 2013[ ver índice ]

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El dictador Oliveira Salazar gobernó Portugal durante casi medio siglo, de 1928 a 1968, con su mano o su influencia, y luego bajo la modalidad de misa de cuerpo presente a través de Marcelo Caetano. Salazar, una especie de viudo soltero, amante tan solo de su propio mesianismo, moldeó el país en el fundamentalismo beato de una opus grey a la que él llamó Estado Nuevo. Con las mismas dosis de misticismo y de cinismo, tenía una fe triple: 1) en sí mismo como Führer infalible; 2) en Dios como confesor leal del poder; 3) en la miseria como santuario natural de la virtud. Miseria económica, miseria cultural, miseria moral. Miseria-Patria. Sin fuerza para ser grande, el Portugal de Salazar alimentó el orgullo de su soledad y el culto de su pequeñez. “Un pueblo que tenga el coraje de ser pobre es un pueblo invencible”, le confesó un día el dictador-beato a su ministro de Negocios Extranjeros, Franco Nogueira. Esta frase encierra todo su credo y toda nuestra desgracia, incluida la que vivimos hoy. Cincuenta años después de la salida de Salazar y cuatro décadas después de la revolución de abril de 1974, el Portugal democrático, vasallo de una troika de contadores y amaestrado por un grupo de domadores de circo, sufre ahora la venganza póstuma del dictador. El país, sujeto desde 2011 a una intervención financiera internacional, está a merced de quienes creen que Portugal tiene todas las de ganar si queda más pobre. Pobre “en términos relativos, incluso en términos absolutos”, según explicó el primer ministro Pedro Passos Coelho. Estos tiempos son de contrarrevolución y sueños regresivos.

El dogma de quienes gobiernan hoy en Lisboa es que no hay alternativa al régimen de indigencia colectiva firmado con la troika. El presupuesto del Estado portugués para 2013 es un hito histórico. Pone fin a una época destrozando la promesa hecha a una sociedad que, luego de la Revolución de los Claveles, soñó con ser algo distinto a lo que hoy, sin compasión, Europa le dice que es: ya no el nuevo rico entre los pobres sino el viejo pobre entre los ricos. El presupuesto, corolario de una inclemencia ideológica lancinante, anuncia una era de tinieblas. Es el réquiem por la III República. Es un presupuesto que materializa el desmantelamiento acelerado del Estado social construido en y por la democracia. En sí, esto no es solo una tragedia portuguesa sino, antes que nada, un estrepitoso fracaso europeo. En efecto, se está destruyendo de forma duradera, en un período corto y con la legitimación de Europa, lo que fue construido en más de treinta años con la ayuda misma de Europa. Sin embargo, no es ningún misterio ni ninguna novedad. Tanto en la construcción como en la demolición, los sueños y las locuras más grandes de Portugal tienen y tuvieron las oportunidades y los límites que los intereses de nuestros fieles amigos extranjeros permitieron. Así fue que tuvimos nuestro imperio y que, adicionalmente, mantuvimos el holograma que llamamos independencia nacional.

Lo demás, internamente, son las flaquezas seculares de Portugal y la continuación de lo que viene de tiempo atrás, que regresan en esta legislatura con un vigor descaradamente revanchista, luego de un recorrido posrevolucionario alegre y bullicioso de Portugal por Europa. Hagamos el balance de cuatro décadas de democracia y “convergencia”. El Estado se cristalizó en una estructura oligárquica, plataforma al servicio de los intereses de una clase política parasitaria y sus clientelas. El país, que en rigor hoy no puede cumplir varias de sus propias obligaciones constitucionales en materia de soberanía, no es viable sin capital externo. Tampoco es viable sin esa joya del atavismo nacional portugués llamada Angola. La nación portuguesa confronta sus mitos con la realidad de su irrelevancia periférica y recicla en la “lusofonía” el discurso del excepcionalismo portugués cocinado a partir del lusotropicalismo de Gilberto Freyre. La pobreza, en últimas, vuelve a ser la condición normal del ciudadano portugués promedio. Resignación, rencor y envidia social –marcas ancestrales de una población que pocas veces tuvo el coraje de ser pueblo para cambiar su destino– forman el código operativo de supervivencia individual. En consecuencia, a quien no le gusta o quien no aguanta emigra, aun con la bendición indecorosa de las autoridades, que llaman “oportunidades” a lo que es una sombra de tragedias y dramas individuales. Esta descripción, que podría ser la del Portugal de 1960, corresponde en esencia al Portugal de 2012. Pongamos como ejemplo apenas unos miles de kilómetros de autopistas y otras obras de infraestructura construidas, a propósito, “sin costos para quien las usa” (les dieron ese nombre delirante), que ahora engrosan el pecado mortal del déficit creado por la inversión pública. “Quizás hay cosas que no debimos haber pedido”, decía hace poco un ex ministro y alto ejecutivo, con la comodidad y el impudor de quien gozó no mucho tiempo atrás de un “premio” millonario al salir de su cargo. “Tal vez hayamos exagerado en las autopistas”. No se le ocurre preguntar, a él ni a los que en Europa comparten ese discurso, quién ganó con esa ambición de “pedir cosas” y a quién le sirvió la “exageración” de ese escándalo que son las sociedades público-privadas.

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