elmalpensante.com - Lecturas paradójicas

Artículos

ABC de un oficio grato

Los diccionarios se compran ya listos. Pero ¿quién los hace y cómo? El autor pasó cinco años en la redacción de uno y nos cuenta algunas vicisitudes que se viven en ese extraño mundo de las definiciones verbales.
ABC de un oficio grato
Edición N° 78

N° 78

Mayo - Junio de 2007[ ver índice ]

página 2 de 5ImprimirImprimir | Enviar a un amigo | A- A A+

En fin, realicé la prueba y la envié. Una semana más tarde llegó a vuelta de correo una cita para una entrevista. Me entrevistó quien luego sería mi jefe, Beatriz Galimberti, una uruguaya brillante, casada con inglés y residente en Inglaterra. La entrevista fue, por tanto, en español. Prácticamente al entrar, tras los saludos de rigor, Beatriz entró en materia (se había preparado) preguntándome para mí qué era un “chinchorro”. Contesté en el acto que se trataba de unas hamacas tejidas a mano originarias de La Guajira, al norte de Colombia. Beatriz frunció un poco el ceño y me replicó que si no era entonces una red de pesca. En ese instante recordé que también había oído usar la misma palabra para designar, en efecto, unas redes de pesca similares a las conocidas, por lo menos en el Tolima, como atarrayas. Se lo dejé saber. Beatriz había consultado un viejo Larousse y eso era lo que allí estaba registrado: “red barredera”. Un poco incómodo con mi posible desacierto, vi de pronto sobre el escritorio de la mujer una copia de El coronel no tiene quién le escriba. Tomé el libro en mis manos y abrí una página al azar: cuál no sería mi sorpresa cuando, justo en la página que acababa de abrir, el coronel se echaba cuan largo era sobre un chinchorro. Leí la oración en voz alta: como se comprenderá, aquel azar causó excelente impresión. Se fijó una fecha para otra prueba que habría de realizarse en los predios del grupo editorial y que presentaríamos veinte candidatos para escoger entre ellos cinco, dos para el equipo angloparlante y tres para el hispanohablante, tal el total de vacantes. Antes de despedirme le pregunté que cuánta gente había respondido al aviso en el periódico. 250, me contestó, de los cuales habían descartado 200 en las primeras de cambio, aun antes de examinar la prueba de las 20 oraciones, y esto a partir de un criterio tajante y preciso: todo candidato que manifestó querer hacer traducción “inversa”, es decir, al idioma que no le era nativo, cayó en esa primera redada... en ese primer lanzamiento de la “red barredera”.

La siguiente prueba fue mucho más dura. Grosso modo, el asunto consistía en desempeñar lo que podría llamar una especie de autopsia o disección del idioma. Para dar una idea de manera breve, tomemos por caso el adjetivo “flojo”. ¿Cuántas acepciones tiene este vocablo en español? Para contestar a la pregunta, piénsese en los siguientes ejemplos de uso: un trabajo flojo, un tipo flojo, un cordón flojo y la cuerda floja, esta última entre otras cosas porque en inglés la susodicha se conoce como “tightrope”, es decir, literalmente lo contrario: cuerda “tensa” o “en tensión”. En el primer caso se trata de un trabajo mediocre, en el segundo de una persona perezosa, en el tercero de un cordón desamarrado y en el último el interés reside en el aparente pero significativo contrasentido que se da en los dos idiomas en cuestión. Es decir, el adjetivo “flojo” en español significa por lo menos tres cosas.
 
La prueba para los futuros “lexicógrafos”, no sobra decirlo, se realizó en el idioma de cada cual; en otras palabras, no era una prueba de traducción sino de conocimiento de la lengua materna. Habían destinado para realizarla una mañana, de 9:00 a.m. a 12 meridiano. De los diez candidatos hispanohablantes, yo fui el último en salir: a las cinco en punto de la tarde... como es bien sabido, la hora de la muerte ingrata del insigne torero Ignacio Sánchez Mejía. La mayoría de los aspirantes terminó en el plazo previamente establecido. Al salir pensé que hasta ahí me había traído el río y acompañado la buena suerte.
 
Cuando ingresé al grupo de lexicógrafos el proyecto ya llevaba casi tres años en curso y era de una envergadura descomunal. Había cinco equipos: alemán, español, francés, portugués y uno matriz, en inglés. La idea era producir simultáneamente cuatro diccionarios bilingües. Cada uno de los equipos constaba de tres a cinco miembros, es decir, una nómina de planta que se acercaba a los treinta empleados, sin contar el personal administrativo ni los dos personajes que se encargaban de sistematizar la base de datos. No existían los computadores personales. El trabajo lexicográfico se realizaba a mano con papel, borrador y lápiz. Un buen día, y cuando nadie se lo esperaba, llegó la orden de Nueva York (por entonces el grupo editorial encargado del proyecto era Collier-Macmillan) de suspender de manera definitiva los diccionarios en alemán, francés y portugués. La razón que adujeron los directivos de la empresa fue que, a su saber y entender, sólo sería posible desarrollar un producto superior a la competencia existente en el idioma español. Nuestro rasero era el diccionario español-inglés Collins. De alguna manera considerábamos que, si quedaba por lo menos igual al susodicho, nos daríamos por bien servidos. Allí permanecí hasta la terminación del proyecto, cinco años más tarde. El diccionario, finalmente publicado por Oxford University Press (OUP), salió a la luz en 1994. En 1998 apareció una segunda edición y en 2003 una tercera, léase bien: tercera edición revisada y actualizada, no una reimpresión... es increíble lo mucho que puede envejecer un diccionario en apenas diez años.

Ver Comentarios[ Clic para desplegar ]

Para poder comentar, debe ingresar a su cuenta o registrarse aquí

Edición actual Nº 140

edicion 140