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Edición N° 75

N° 75

Diciembre - Enero de 2006[ ver índice ]

 

Edén.
Vida imaginada
Alejandro Rossi
FCF
2006
 
El progreso, al menos en literatura, es una noción sospechosa. Crecer en línea ascendente —una obsesión de estos tiempos modernos— no siempre es lo determinante en el vasto campo de la creación artística. A la vera de tendencias mayúsculas, movimientos multiabarcantes o promociones volcadas a determinados desarrollos, las corrientes menores, descreídas y poco pomposas cultivan una salud envidiable. Se diría que en la combinación de lo más visible y de lo que quiere permanecer más bien invisible, el cuerpo cobra vida y recorre su camino. Pero esas tendencias menores —precisamente por su condición invisible— cautivan cada vez más por lo que tienen de extrañas, singulares, apetitosas. Incluso se ha dado el caso de obras que, naciendo a contracorriente y de espaldas a la tradición que las engloba —piénsese, por ejemplo, en Borges, en sus inicios un humilde cultor de poemas y relatos breves—, terminan siendo mayores y hasta canónicas. Al menos desde la aparición de Los raros, en el que por cierto Rubén Darío apenas se detiene a examinar el caso de escritores iberoamericanos, la vida y recorrido de la subespecie goza de mayor salud que la que normalmente le endilgamos. Raros clásicos ya son el mexicano Julio Torri, el argentino Antonio Porchia, el uruguayo Felisberto Hernández, el venezolano Ramos Sucre, y a su manera también planetas tan disímiles como Juan Rulfo en el norte o José Bianco en el sur. Pero raros siguen emergiendo a la superficie con el esplendor de su extrañeza a cuestas, y recientes descubrimientos editoriales dan cuenta del singular poeta argentino Héctor Viel Temperley —un posible álter ego sureño de Gottfried Benn—, del surrealista chileno avant la lettre Omar Cáceres o de un aforista colombiano secreto y empedernido como Nicolás Gómez Dávila.
 
En el caso de Alejandro Rossi (1932), la rareza confluye además con otras variables determinantes: inteligencia, hondura de pensamiento, limpidez del lenguaje, voluntaria indefinición genérica y no pocas dosis de humor. De madre venezolana (cuya ascendencia, bueno es recordarlo, se remonta hasta el general José Antonio Páez, el mismo de los billetes de a 20, como gusta recordar el maestro), padre italiano y formación y residencia fundamentalmente mexicanas, Alejandro Rossi se destacó, en sus inicios, por una sólida obra de interpretación filosófica, y luego por una seguidilla de libros notables, difíciles de clasificar, que bordean, sin nunca caer con exactitud, la crónica, la narración breve, la apostilla reflexiva o la anotación de turno. En títulos como Manual del distraído (con una precoz edición venezolana que tuvo a bien sacar Monte Ávila Editores), Un café con Gorrondona o esa joya de la fina ironía llamada La fábula de las regiones, Rossi se nos muestra como un autor único, raro constitutivo, cuyo esplendor verbal, sin nunca ser opulento, se cuela entre imágenes inolvidables y visiones entrañablemente singulares. De un plano que nunca quiere mostrarse como sabio, aunque certezas sobrarían, se desciende a un plano expresivo francamente cristalino en el que el mundo parece reinaugurado. La inteligencia no debe confundirse nunca con el retruécano —podría ser la conseja secreta de esta prosa magnífica—. O como recordara Mariano Picón Salas al referirse al origen de la expresión barroca: si la forma se hace compleja es porque el fondo, al menos en el precepto escolástico, es inmutable. Rossi nos enseña, en este sentido, un camino distinto: que la transparencia de las formas es la mejor herramienta para traer a flote fondos que siempre son oscuros. ¿O acaso la vida misma no es el súmmum de todas las extrañezas?
 
La reciente aparición de Edén (FCE, 2006), con el cautivador y no poco sugestivo subtítulo de Vida imaginada, no sólo profundiza la singular trayectoria del maestro sino que la abre como un abanico o delta hacia significaciones mayores, o al menos más complejas. Si en los libros anteriores la pulsión narrativa se contenía, ahora sale al descampado; si en las fases previas la crónica parecía darse de forma espontánea, ahora se traspone para casi convertirse en una mezcla de historia natural y cuadro de personajes; si en los relatos suyos más venerables la veta reflexiva cundía por doquier, ahora se diluye entre el diálogo de los personajes y una furia descriptiva que no ahorra términos ni detalles. ¿Es Edén una novela, un libro de memorias, una recreación de la infancia, un ajuste de cuentas con personajes entrañables, un concentrado de educación sentimental? Todo lo anterior, ciertamente, pero también mucho más. Se diría que Rossi, acostumbrado como nos tiene a los desafíos formales y a las trampas genéricas, ha construido una especie de nuevo género. Edén es el recuento vital del niño Rossi, quizás entre sus 6 y sus 12 años (justo hasta el umbral de la adolescencia), pero fundamentado sobre la base del recuerdo que se puede recuperar, hilachas de memoria o imágenes a veces pescadas sin contexto. El recuerdo, sabemos, no puede ser nunca lineal, se topa con baches o escenas inconclusas; el recuerdo es fundamentalmente selectivo, se alimenta de las impresiones mayores y desecha las que parecen prescindibles. Si Rossi quiso recuperar una memoria de infancia y trasponerla en un envolvente ejercicio textual, es muy probable que la ilación haya sido más de meandros que de continuidades. De hecho, el libro se va haciendo en función de trozos recuperados descritos soberbiamente, escenas con la madre, con el padre, con el hermano, paisajes de la provincia italiana o argentina, y es al cabo el lector el que va uniendo los fragmentos y encontrando un sentido mayor, de continuidad, de historia recuperada. El libro está escrito tal como se recuerda, con las intensidades que juntan a un momento con otro, a una mueca con otra, a un amorío con otro. En tal sentido, el subtítulo Vida imaginada cobra un fulgor especial, pues se trata de entender que, más que recuperación de memoria, estamos hablando de la organización o disposición de esa memoria, de cómo imaginamos haberla vivido o de cómo nos hubiera gustado vivirla. Y es aquí, precisamente, donde entra la literatura (el guiño de Rossi), en la imaginación en torno a esa memoria, en la fabulación a partir de esa memoria. Quiebre de la ortodoxia e irrupción de la novedad: no importa que lo que se haya descrito sea verdad o mentira —no es lo que está en el planteamiento de fondo del libro—; lo que importa es la intensidad selectiva por la que se recuerdan los momentos vividos o imaginados como vividos. Si en todo recuento de la memoria personal siempre hay algo de fábula, ¿qué esperar cuando se recrea el trozo de memoria más remoto, allí donde inconsciente y conciencia se hacen sombra mutuamente mientras forjan la personalidad del individuo?

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